Una de las mejores películas de toda la historia del cine español es “Viaje a ninguna parte”, una obra muy personal del genial Fernando Fernán Gómez, que escribió el guión, la dirigió e interpretó el papel protagonista. Cuenta la historia de una troupe de cómicos vagando de pueblo en pueblo por los campos yermos de la Castilla de posguerra. El oficio de cómico no estaba muy reconocido en aquel entonces, en aquella España profunda que poco a poco iba metiéndose en el siglo XX. Estaba algo más reconocido en la España urbana pero sólo desde un tiempo muy reciente, cuando irrumpió el cine y con él algunos de esos cómicos que alcanzaron una celebridad nunca vista antes.

Los actores: esos nuevos "referentes morales"

Ser actor no era muy diferente a ser buhonero. Un trabajo vocacional, muchas veces por pura tradición familiar -“Galván, hijo y nieto de Galvanes”, clama una y otra vez el actor José Sacristán en la película antes referida-, mal pagado y no especialmente atractivo. Había en Madrid alguna actriz más o menos conocida por el pueblo de la Villa y poco más. Nadie quería ser cómico porque solía ser un pasaporte directo al hambre y las privaciones.

Los actores tienen hoy un prestigio que supera frecuentemente sus méritos profesionales y, especialmente, sus hábitos privados

Hoy esto nos puede parecer chocante si observamos las descomunales cantidades de dinero que se embolsan muchos actores, especialmente los que triunfan en Hollywood y en las principales series de televisión. No son demasiados, cierto es, los que nadan en la abundancia, pero todos tienen un prestigio que supera frecuentemente sus méritos profesionales y, especialmente, sus hábitos privados. Muchos padres inscriben a sus hijos en clases de teatro y es de buen tono entre la clase media tener como hobby interpretar alguna que otra obra en la compañía teatral del barrio.

La penosa profesión de actor en el pasado

Esto hubiese sorprendido a nuestros antepasados, tanto a los lejanos como a los cercanos. En la antigua Roma, los actores solían ser esclavos y en la Europa del Renacimiento no quedaba siempre clara la línea que separaba la interpretación de la prostitución. No es casual que los reyes de España coleccionasen tantas amantes en el gremio. A Felipe IV le encantaba revolcarse con cómicas. Una de ellas, María Calderón, más conocida como La Calderona, llegó incluso a darle un bastardo real, Juan José de Austria, que con el tiempo sería virrey en Nápoles, en Cataluña y en Aragón. La Calderona fue una excepción, todas las demás fueron de usar y tirar.

Los moralistas consideraban que los teatros eran templos de depravación, lugares en los que la gente recta jamás debía entrar. En la Inglaterra de Oliver Cromwell se cerraron todos porque los puritanos los tenían por un entretenimiento frívolo, antesala del pecado de la que nada bueno podía salir. Esa mala costumbre la llevaron a Norteamérica: los primeros colonos aborrecían el teatro y a los actores. El estigma social que tenía el teatro en Norteamérica era incluso mayor que en Europa. En Nueva Inglaterra las diversas prohibiciones que pesaban sobre las artes escénicas se alargaron en muchos casos hasta bien entrado el siglo XIX.

El péndulo oscila al extremo opuesto

Hoy estamos en el extremo opuesto. Los actores en Occidente se han convertido en referentes morales: son, de hecho, los nuevos moralistas. En España los Premios Goya fueron noticia durante muchos años no tanto por las películas que premiaban, como por los discursos y las consignas que repetían todos al unísono durante la ceremonia. Eso ocasionó un divorcio entre parte del público y la industria que todavía hoy se mantiene en buena medida. Desde aquel gran desencuentro los actores españoles se contienen más y sólo los muy descolgados, tipo Willy Toledo, perseveran en el papel de Savonarola ante la indiferencia general.

Los actores: esos nuevos "referentes morales"

Los actores se han transformado en una suerte de clérigos dispensadores de bulas e implacables castigos para quien se aparte del dogma

Lo que no han perdido es esa actitud de guías morales de la sociedad. Cabría preguntarse por qué se han transformado en una suerte de clérigos dispensadores de bulas e implacables castigos para quien se aparte del dogma. O, mejor dicho, por qué se lo hemos consentido.

A fin de cuentas un actor no es nada especial. Es un profesional de lo suyo que dispone de un conocimiento de los problemas del país similar al de otras profesiones, muchas veces incluso notoriamente inferior. Nadie se preocupa de la opinión de los actuarios de seguros o los ingenieros de caminos sobre tal o cual tema de política internacional. Lo que el colegio de odontólogos diga sobre la crisis de los refugiados o sobre la deuda externa en el Tercer Mundo no interesa a nadie, ni siquiera a los odontólogos. Pero, curiosamente, si eso mismo viene de la Academia de Cine abre los informativos y se convierte en tema candente en las redes sociales.

Los actores: manipuladores de sentimientos

Quizá sea porque los actores están ahí, visibles, pero también lo están los economistas o los abogados y nadie les toma demasiado en serio, al menos como preceptores morales. No creo que sea por la visibilidad, o no sólo, sino por la materia prima con la que trabajan: los sentimientos. Un artista apela a nuestros sentimientos, si es hábil consigue llegar hasta donde habitan y, si además es bueno, los remueve. El actor es el artista que está más a la vista, mucho más que un músico o un escultor, que se dedican en esencia a lo mismo.

Hemos elevado el sentimiento a la categoría de bien absoluto

En definitiva, los actores son mercaderes de sentimientos. Y está bien que así sea porque la vida sin arte no merecería la pena. Pero antes podía disfrutarse de su trabajo, pero carecían de autoridad moral. ¿Por qué ahora la tienen? Tal vez porque hemos elevado el sentimiento a la categoría de bien absoluto. Si lo sentimos es necesariamente bueno y, por lo tanto, es legítimo que esos sentimientos pasen por encima de las razones.

En una sociedad audiovisualizada hasta la náusea, que echa el día delante de una pantalla y padece una infantilización progresiva, sus popes no podían ser otros. Se me antoja algo irreversible. Hoy los cómicos de Fernán Gómez estarían realizando el mismo viaje… pero esta vez a todas partes.


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Fernando Díaz Villanueva

Soy hijodalgo pero no señor. Primera autoridad nacional en Perroflautología, ciencia inventada por mí mismo que hoy se estudia con gran aprovechamiento en todos los platós de televisión. Miembro de número de la Real Academia de la Lengua perroflautesa. Gran Maestre de la Orden de Nachojcolar. Canciller del Real Instituto Marhuendino. Hermano de carga de la Cofradía Montoresa. Ancho de frente, negro de ventura, largo de piernas, limpio de manos y de bolsillo. Llevo la contraria, así, por principio. Lo hago por escrito, de viva voz y en persona sin demasiados cargos de conciencia. Y no hace falta añadir mucho más.
Este es mi último libro. Y esta mi página web

13 COMENTARIOS

  1. Lo divertido es que se trata de personas cuya profesión consiste precisamente en ser farsantes (palabra que en origen no tiene connotación peyorativa), y que, en teoría, están ahí por ser buenos actores y por tanto presentarse como lo que no son y decir lo que no piensan. Por tanto deberían ser cualquier cosa menos referentes.
    Lo esperpéntico es que encima son malos…

  2. totalmente de acuerdo con el artículo…

    y hablando concretamente de los actores españoles, que son obviamente a los que más veo hablar y opinar fuera de donde únicamente deberían estár, que es en el escenario o en la pantalla…. no los soporto, no tienen ni puñetera idea de lo que hablan que no sea de su profesión… para mi su opinión tiene la misma relevancia que la de un futbolísita… pero se creen seres superiores y montan sus reuniones para darse autopremios con toda su parafernalia hollywoodiense.

    Aparte no son más que otra casta vividora de subvenciones.. aunque no vayamos a ver sus películas, ellos trincan igual, en fin, una vergúenza, y lo que más me j… es que al cine español lo llamen CULTURA EUROPEA y cosas por el estilo, cuando su profesión no tiene nada que ver con la cultura, se dedican a entretener, igual que el fútbol no tiene nada que ver con el deporte… son entretenimientos de la masa, sin más.

    Ah! y además son unos egoístas de cuidado! ¿os habéis fijado que cuando piden que se baje el IVA, sólo lo piden para ellos? aludiendo otra vez a la falacia de que ellos son CULTURA. No piden que le bajen el IVA al panadero o al albañil, que son dos profesiones muchísmo más indispensables que la suya, no, piden que se lo bajen sólo a ellos.

    Yo pido que bajen el IVA, el IRPF y los miles de impuestos que nos arruinan… pero lo pido para todos, no sólo para los que trabajan en lo mismo que yo.

  3. Un buen artículo. El autor sólo denuncia una de las múltiples facetas que adopta una constante de los tiempos: la arrogante y autoproclamada superioridad moral de los intervencionistas del pensamiento único. Se creen tan infalibles como el papa de Roma. Si sólo opinara, pues vale, el caso es que pontifican, señalan, estigmatizan y excomulgan a los que no pensamos como ellos.

    Y como callamos y consentimos, se van creciendo. Y así nos va… tanto en el cine como en Cataluña.

    Y estoy de acuerdo con varios de los comentarios que me preceden: con mi dinero no!

  4. Felicidades al autor. Buen artículo. Soy un recién llegado a Disidentia, pero soy lector suyo de antiguo.

    A mi me parece que lo que ha ocurrido en España es que una serie de actores decidió utilizar sus facultades interpretaticas para crear un lobby. En este lobby ellos desarrollan un papel en el que parece que merecen más consideración social que otras profesiones, que se les debe escuchar, y que, por supuesto, se les debe algo. No difiere del papel que interpretan los nacionalistas o los sindicatos. La diferencia es que estos son profesionales.

    Y este papel en ocasiones los desarrollan tan bien que consiguen engañar a mucho cargo público, administrando la dosis justa de amenaza, para al final conseguir lo mismo que los demás: más dinero público, y beneficios fiscales.

    Solo son actores. Recuerden cuando Maribel Verdú anunciaba hipotecas, y luego apoyaba la plataforma contra desahucios. Eran dos papeles. Recuerden cuando Bardem exhibía el cartel “ERES NO”, mientras él aplicaba uno en su restaurante. Son solo interpretaciones. El problema es de los que se las creen. Mañana aparece una actiz vestida de sacerdotisa del Oráculo de Delfos, y tendremos al ministro con la chequera para contener la ira de los dioses.

    Son solo chamanes…

  5. Me parece a mi que el autor de este artículo no ha visitado el Museo del Teatro, en Almagro ( Ciudad Real). Se lo recomiendo. O quizá no sepa el número de teatros romanos que hay en España, desde Mérida a Bolonia, desde Segórbiga hasta Cartagena. Quizá no sepa nada de nada, pero no va a reconocerlo llanamente, y menos cuando iba a escribir un artículo en determinada dirección. En fin, hablar de los actores como referentes, habiendo medios de comunicación que son simples correas de transmisión de los partidos políticos, es de risa ( floja). Y si seguimos con los llamados curas, imanes o rabinos, que tanto da, dan ganas de tirar digitalmente el artículo a la papelera ( digital también). Como decía Aznar, ” cero, pero cero patatero, patatero, cero patatero”.

    • Estimado Golfus:

      No creo que el autor desconozca todos esos teatros ni las obras que en ellos se representaron y se representan. Es más, siendo el autor como es un gran aficionado al cine, no creo que pueda achacársele animadversión contra la profesión. Nadie está demonizando el arte escénico ni el cinematográfico. Lo que está poniendo en cuestión es la “preponderancia moral” que los actores pretenden arrogarse. Al fin y al cabo la profesión de actor no es más que un vehículo para hacer llegar un mensaje: el contenido en el texto. Que esas personas puedan o quieran convertirse ellos en emisores de mensaje en virtud de su visibilidad por prestar su cara a los mensajes de otros, es lo que la sociedad tiene que plantearse.

      Particularmente que Willy Toledo piense que Cuba es como debería ser la Tierra entera pues no me parece más que una opinión , que todos sabemos que es como los culos: todos tenemos uno. Que mi opinión no tenga el alcance o el eco que tiene la de Willy es algo con lo que cuento.

      Pero otorgar mayor valor a su opinión por su capacidad de llegar a más gente no la hace más valida, fundamentada o mesurada que la mía.

      • Incurre usted en el mismo error que el autor del artículo. Un actor no quiere ser referente moral de nadie, simplemente da su opinión, que será mas o menos conocida o ampliada en función de dos cosas: la popularidad del actor y la importancia que le den a sus declaraciones los medios de comunicación. Pero resulta que, si medimos a todos por el mismo rasero, no olvidemos a los propios comunicadores de radio y televisión, ( hay tertulianos con alma de ayatolás)y naturalmente, a otras personas, procedentes del ámbito del deporte, la música, la literatura. Y por seguir, podríamos citar a personajes tan conocidos como Cristina Pedroche, Pilar Rubio, y en una escala inferior, a Belén Esteban o Terelu Campos. Y ya no bajo mas de escalón, que podría…

        • Incurre vd. en su propio error, otra vez.

          Que expresen su opinión no es nada del otro jueves. Que piensen que su opinión es moralmente superior a la de cualquier otro, ese es el tema.

          Y lo sabemos todos muy bien.

          Igual digo para el resto de opinadores no cualificados, ya sean periodistas, músicos, deportistas, o personajillos televisivos.

          De lo que se trata oiga vd. es de elevar el nivel y un actor no lo eleva tanto como un estudioso o un filosofo o un escritor. Esto de que una persona que se dedica básicamente recitar con mayor o menor gracia es un intelectual mueve a risa. Opinión la que quieran, altura quien la merezca.

        • Por supuesto que todos los actores no se han confabulado para decir que son referentes morales de la sociedad. Lo que critica el texto es que algunos, y no pocos, exponen sus opiniones(hasta ahí bien) intentado que les hagan caso porque son “cultura”.

          Esto trae dos problemas. El primero es lo ridículo de autodenominarte fuente cultural para la sociedad. El segundo es que hay gente que le acepta que le impongan opiniones porque “sabrán más que yo”.

          Lo demás que dice el texto de unos actores más clientelares a ciertas ideas… Pues como todo hijo de vecino, lo mismo que toda la sociedad.

          Un saludo.

  6. Buen artículo. Esta gente sigue a lo suyo y no parará hasta que no les vaya al bolsillo.
    Por mi parte, y desde aquel No a la Guerra, no he vuelto a pagar por ver una película española. Ninguna. Como mucho alguna muy concreta en televisión.
    Si ellos se aprovechan de su posición para atacar mi manera de pensar, yo aprovecho la mía como consumidor para no aportar un euro a su negociete. Lo malo es que casi siempre hay dinero público para ellos y así la lucha es muy desigual.
    Esto ya lo inventó Gandhi cuando promovió el boicot al textil británico. Y funcionó. Se llama resistencia pasiva.
    Disidencia silenciosa, pero eficaz.

    • Totalmente de acuerdo con su comentario, yo también dejé hace tiempo de ver cine español salvo el de algún director que, curiosamente, ha tenido problemas con los del “clan de la ceja”.
      No obstante, en mi propósito de no ver cine español se esconde un motivo económico. No quiero pagar dos veces por lo mismo. Sabiendo que la mayoría de películas españolas se hacen con subvenciones de dinero público, me sentiría robado si además pagase entrada.
      Saludos.

      • Estoy absolutamente de acuerdo. Soy tan radical, que abomino hasta del doblaje. Ni un céntimo. A mí me ocurrió lo mismo, que comenta sergioabelleira. Despúes de aquella bochornosa gala de los Goya, del no a la guerra. Mi boicot al llamado cine español es absoluta. Sobre todo de gentuza, que extiende la mano para que les caiga buenas cantidades de euros, hacer la misma película, “y no crean que por este premio, me sienta español ni por cinco minutos”.

  7. Repito el mismo comentario hecho en otro artículo pero cambiando el título de la película.

    Si no recuerdo mal creo que fue Tennessee Williams el que definió a los actores como “factorías de emociones” para evitar decir que eran tontos. Si alguno tiene dudas puede ver una entrega de premios “Goya” y si quiere emociones más fuertes puede seguir completa la entrega de los “Óscar”.

    Shakespeare recomendaba a sus actores que no añadieran nada de su cosecha al texto del autor, en este caso me temo que muchos actores y actrices se han sentido identificados con el protagonista y no han seguido la recomendación del dramaturgo poniendo su granito de arena al guión “Trata de emociones”

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