Salgo de casa con el carro de la compra hacia el supermercado. Ya en la calle pero todavía muy cerca del portal, detecto una sensación extraña, como si alguien tuviera fijamente clavados sus ojos en mi espalda. Inquieto, me giro y veo a los vecinos del segundo —un matrimonio mayor— acodados en el balcón, con sus ojos fijos en mí. No me saludan ni sonríen. Nuestras miradas se cruzan como si fueran los preliminares de un duelo de esgrima. En otras circunstancias tratarían de disimular. Ahora por el contrario es obvio que me están mandando otro mensaje: ¡Cuidadito!

Camino unos metros. No me hace falta volverme para sentir que me siguen escrutando. Molesto, aprieto el paso para doblar la esquina y desaparecer de su ángulo visual. Esa precipitación me impele a tomar el primer desvío a mi alcance, una calle estrecha que suele estar casi vacía de personas y tráfico rodado. Me sorprende por ello un coche que viene de frente a poca velocidad, al paso de un servicio de limpieza viaria. Enseguida constato que es un coche patrulla con dos agentes. Me miran, les miro. Procuro que vean el salvoconducto que llevo en la mano derecha: el carrito de la compra.

La vía por la que voy andando tiene un trazado tortuoso que desemboca finalmente en la avenida principal. Hubiera sido mejor tomar esta desde el principio, me digo, pero la diferencia es mínima, acaso unos cien metros más. Cuando abandono la calleja encuentro que se pone a mi altura otra vez el coche patrulla. El conductor baja la ventanilla y me interpela sin que medie saludo alguno, en tono cortante: “¿Adónde va?”. “A la compra”, contesto, levantando el carrito. “¿Por qué ha dado la vuelta?” Le intento explicar que no he dado vuelta alguna, le detallo donde vivo y adónde me dirijo. Se hace un silencio tenso y sin más palabras, el coche sigue su camino y desaparece.

El problema no es ya solo que el Estado tenga de hecho hacia nosotros una actitud indistinguible de la relación paterno-filial —nos educa, nos cuida, nos exige, nos reprende o nos sanciona—, sino que ya no tiene necesidad de disimularlo y se permite alardear de ello

En el interior del supermercado hay una pareja de la guardia civil deambulando por los pasillos. Me topo de frente con ellos dos, tres veces. ¿Me estoy volviendo paranoico? Una señora me susurra: “Comprueban las compras. Es que mucha gente sale para comprar cervezas, aceitunas y patatas fritas”. Cervezas, por cierto. Yo llevo aprovisionamiento para toda la semana, una docena de latas para toda la familia. Cuando voy a pagar, la cajera me informa con voz cansina: “Señor, no puede llevarse tantas. Seis por cliente como máximo”. Y antes de que yo reaccione o farfulle algo, retira la mitad.

No pretendo convertir la anécdota en categoría. Me limito a dejar constancia de unos hechos. No me los he inventado ni me lo han contado. Me han sucedido a mí mismo hace tres días, en las dos horas que estuve fuera de casa. Amigos y familiares me han comentado luego cosas parecidas o bastante peores, pero no quiero entrar en una casuística que no llevaría a parte alguna. Creo simplemente que es un buen punto de partida para una reflexión acerca de lo que nos está pasando y, por encima de todo, lo que nos pasará irremediablemente si seguimos siendo un rebaño en vez de ciudadanos libres y críticos.

Empezaré por curarme en salud reconociendo que esto no es un problema español. La magnitud de la pandemia ha puesto de manifiesto que en todas partes cuecen habas, debiéndose entender el célebre dicho en todos los sentidos posibles: ineptitud, improvisación, contradicciones, carencias sanitarias, etc. Pero que se hayan dado errores en todas partes no pone a todos en el mismo rasero, pues es incuestionable que unos países lo han hecho mejor que otros. Tan indudable como que nosotros estamos en el pelotón de los torpes y, según qué criterios —así, en infectados y muertos en términos relativos, tomando como referencia nuestra población—, en lo más hondo de la sima.

Siendo pavoroso el problema sanitario y de proporciones cuasi apocalípticas la recesión que nos espera cuando empecemos a asomar cabeza, me detendré aquí tan solo en la tercera pata de esta crisis, la dimensión política. Teniendo en cuenta que el contagio empezó en China y que tuvieron que afrontarlo en principio países limítrofes, no precisamente modelos de democracia en algunos casos, se ha construido una falsa contraposición entre dictadura y sociedades libres a la hora de combatir la pandemia. ¿Alguien me puede explicar dónde está la diferencia entre lo que hizo la brutal dictadura comunista de China y lo que han hecho después las modélicas democracias occidentales?

Lo que percibo es más bien una similitud, algo que está pasando en casi todas partes y que no es otra cosa que el despliegue imparable del poder omnímodo del Estado, que se arroga con los más variados pretextos la potestad de controlar hasta el último detalle de la vida de los ciudadanos. Ahora podemos ver claramente que la distopía de Orwell era una ingenuidad que la realidad de este siglo XXI, gracias a los avances técnicos, ha perfeccionado hasta límites imposibles de prever cuando el escritor inglés escribió 1984. Esto ya se parece mucho más al mundo feliz de Huxley.

No me refiero, claro está, a los aspectos anecdóticos de esta última narración sino a la anestesiante dosis que acompaña al control asfixiante que el poder ejerce sobre el conjunto de la ciudadanía. El problema no es ya solo que el Estado tenga de hecho hacia nosotros una actitud indistinguible de la relación paterno-filial —nos educa, nos cuida, nos exige, nos reprende o nos sanciona—, sino que ya no tiene necesidad de disimularlo y se permite alardear de ello. De modo complementario, esto mismo es lo que espera de él una gran parte de la ciudadanía. ¡El Estado del bienestar era esto! ¡Una autocracia benevolente!

La ausencia de sentido crítico nos ha conducido a una situación que muy probablemente sea ya irreversible. Hemos aceptado como lo más natural del mundo que el poder se inmiscuya en nuestras mentes y nuestros cuerpos, en nuestras relaciones y nuestra intimidad hasta límites que hubieran sido inconcebibles medio siglo atrás. El Estado invade nuestros hogares, reglamenta hasta el último detalle de la actividad laboral, orienta el ocio, nos vigila en la calle, grava nuestras conversaciones y por supuesto sabe lo que ganamos y en qué lo gastamos mejor que nosotros mismos.

Si no implicara una renuncia dramática a la libertad, sería cómico detallar las prerrogativas que se ha arrogado el poder a la hora de dirigir hasta el aspecto más nimio de nuestra vida cotidiana, desde la guardería a la asistencia hospitalaria, o sea, de la cuna a la tumba. Por supuesto, la coartada para ello es nuestro bien, nuestra seguridad o hasta nuestra felicidad, aspectos estos que se sustentan en última instancia en unos vaporosos criterios científicos entendidos siempre pro domo sua. Los que hemos denunciado esta imparable deriva hemos sido tildados con frecuencia de alarmistas o catastrofistas. Hasta ahora.

En ese proceso la crisis actual ha servido para incentivar la tendencia autoritaria preexistente. ¿Qué mejor motivo que esta pandemia para sacar músculo? ¿Quién se atreve a discutir el confinamiento cuando están tantas vidas en juego? Aunque casi todos los países han actuado de forma parecida hay que distinguir, como antes decía, casos y casos. No me negarán que el nuestro arroja un balance especialmente penoso, aunque solo sea porque los españoles, tratados como ciudadanos menores de edad, deben soportar sin rechistar las ocurrencias de unos políticos bisoños, cuya ineptitud solo iguala su sectarismo.

La censura informativa llevada a límites inéditos, eficazmente secundada por unas cadenas informativas —en especial las televisiones— que, con alguna que otra relativa excepción, muestran una fidelidad perruna a quien manda y paga. El poder judicial, silente. El legislativo, en hibernación. Los ciudadanos, bajo arresto domiciliario hasta nueva orden. Nuestra salud y nuestra libertad, en manos de unos sabios que decidirán por nosotros lo que más nos convenga. Y por encima de todos, el señor presidente queriendo cubrir con disfraz de estadista su condición de adolescente narcisista. No vean series distópicas, por favor. Miren a su alrededor.

Foto: Christopher Burns

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Rafael Núñez Florencio
Soy Doctor en Filosofía y Letras (especialidad de Historia Contemporánea) y Profesor de Filosofía. Como editor he puesto en marcha diversos proyectos, en el campo de la Filosofía, la Historia y los materiales didácticos. Como crítico colaboro habitualmente en "El Cultural" de "El Mundo" y en "Revista de Libros", revista de la que soy también coordinador. Soy autor de numerosos artículos de divulgación en revistas y publicaciones periódicas de ámbito nacional. Como investigador, he ido derivando desde el análisis de movimientos sociales y políticos (terrorismo anarquista, militarismo y antimilitarismo, crisis del 98) hasta el examen global de ideologías y mentalidades, prioritariamente en el marco español, pero también en el ámbito europeo y universal. Fruto de ellos son decenas de trabajos publicados en revistas especializadas, la intervención en distintos congresos nacionales e internacionales, la colaboración en varios volúmenes colectivos y la publicación de una veintena de libros. Entre los últimos destacan Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Primer Premio de Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto (Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Marcial Pons, 2014).

6 COMENTARIOS

  1. “Violenta fue la usurpación de todos, violenta la retención, violenta la continuación. ¿Queréis que os lo diga? Desde aquel mundo es mundo hasta ahora. No ha habido mas razón ni derecho a los reinos que la fuerza, de donde nació el proverbio Just est in armis”

    No se pueden ceder las armas al Estado sin ceder la libertad…, la píldora roja.

  2. «En ese proceso la crisis actual ha servido para incentivar la tendencia autoritaria preexistente. ¿Qué mejor motivo que esta pandemia para sacar músculo? ¿Quién se atreve a discutir el confinamiento cuando están tantas vidas en juego? Aunque casi todos los países han actuado de forma parecida hay que distinguir, como antes decía, casos y casos»

    Por desgracia, Rafael, así es. Nos tienen pillados por las meninges, con escaso margen de maniobra. Y desde luego, aunque el mundo entero esté contaminado, ni todos los países son iguales ni han actuado del mismo modo ni las consecuencias para los ciudadanos han sido las mismas. Una evidencia que el gobierno de España pretende camuflar y diluir en el río revuelto de la pandemia y del que espera obtener ganancia, con la mayor operación de marketing jamás orquestada.

    Si recordamos cómo se organiza jerárquicamente el ordenamiento jurídico de España, a través de las distintas clases de leyes, observamos que la constitución está en la cúspide, como norma fundamental del Derecho. Observamos tambié que existen cuatro tipos de leyes:
    1- Leyes Orgánicas ((versan sobre derechos fundamentales que se recogen en la constitución. De gran trascendencia jurídica. Exigen mayoría absoluta en el congreso)

    2- Decretos Leyes (normas que dicta el gobierno con carácter excepcional. Una vez dictadas deben ser sometidas a debate y votación en el congreso en los 30 días siguientes)

    3- Decretos legislativos (normas que no pueden regular derechos fundamentales. Estos solo pueden ser regulados por las leyes orgánicas)

    4- Leyes ordinarias (las más habituales)

    Veamos, tal como han señalado algunos juristas, la aplicación práctica del Decreto ley del estado de alarma es una norma de excepción que se corresponde más con un estado de excepción y no de alarma. Es decir, se están vulnerando derechos fundamentales de los ciudadanos con arreglo a la misma norma decretada.
    Esta situación la sabemos, la denunciamos e incluso la proclamamos en voz alta, pero ¿qué partidos de la oposición o qué agentes del poder judicial, en teoría independiente del poder ejecutivo y que vela porque se ejecuten y cumplan las normas, han pasado de las palabras a los hechos para revertir de forma práctica este abuso?

    Porque, es verdad que la oposición real, aunque quisiera,no tiene el apoyo ni la fuerza suficiente para hacerle una moción de censura al gobierno (esa es la mayor tragedia), pero cuando la ciudadanía presionó para que los políticos, en general, arrimaran el hombro y dejaran de cobrar dietas o parte de su sueldo, ni hubo acuerdo ni la inmensa mayoría vieron con buenos ojos la medida.
    El congreso no lo aprobó y la presidenta Batet dijo textualmente que era «ilegal» y que «en vacaciones las dietas también las cobraban». ¿Por qué los políticos y los partidos decentes, si es que hay alguno, dejaron pasar esta oportunidad para acercarse y empatizar con los problemas de los ciudadanos, en lugar de ir a lo suyo y contribuir a la farsa y ruina de este país?

    Si en la jerarquía normativa de nuestro ordenamiento jurídico el tribunal constitucional es el rey ¿por qué los partidos de la oposición y el mismo poder judicial no se ponen manos a la obra para revertir ese abuso y para poner al ejecutivo en su sitio? ¿por qué el jefe del Estado en lugar de estar desaparecido no insta al gobierno de la nación a que cumpla la ley y la legalidad vigente? porque eso no sería tomar partido por nadie ni perder la neutralidad, eso sería simplemente señalar la vía correcta a seguir inscrita en la misma arquitectura constitucional, que es la norma suprema.

    O es que no hay suficientes abusos de poder, negligencias objetivas en la gestión de la crisis con perjuicio manifiesto para los ciudadanos y vulneraciones recurrentes e injustificadas de la legalidad vigente con la excusa del «estado de alarma»? ¿Tan frágil es nuestra arquitectura democrática constitucional para que cualquier villano y tirano se acomode y se blinde en el ejecutivo, sin que se pueda hacer nada?
    Pero no teman, porque si la arquitectura constitucional se desploma y no sirve al fin para el que fue encomendada, podemos recurrir a las normas comunitarias de la Unión Europea y a las normas del Derecho internacional que tienen una posición de primacía respecto al nuestro derecho interno, en caso de que ambas normas entren en conflicto.

  3. Dicen en alguna noticia que el CIS ya ha preguntado a los encuestados por el tema de algún organismo encargado de administrar la verdad. Eso implica que el PSOE lleva meditando el paso al comunismo desde hace tiempo y que el modelo chino de la gestión de la crisis sanitaria le gusta, pues no deja de ponderar su eficacia. El caso es que en China han desaparecido ya unos cuantos periodistas críticos sin dejar rastro. A Sánchez le debe gustar más el procedimiento chino que el venezolano, pero nos van sacudir con los dos.
    Ciertamente esto que nos está pasando a los españoles es lo que muchas distopías vienen anunciando hace tiempo.

  4. Don Quijote de la Mancha. Cap LVIII

    —La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertadI así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

    Esto es olvidado por los predicadores de un estado totalitario que lo controla todo. Y cuya eficacia ha sido puesta en evidencia con un simple virus. Cuando el estado controla todo, ni tu casa es tuya, ni tus cuentas corrientes son tuyas, ni los compromisos de gasto del estado de los que te pasaran factura puedes decidir,no eres ciudadano libre sino esclavo.

    Súbdito y esclavo de una clase que se ha hecho con el poder. Ellos son los únicos que son libres ya que pueden hacer lo que les de la gana.

    Este no es el camino de la libertad, igualdad y de la justicia, por contrario es el camino de la servidumbre, de la pobreza, de la injusticia.

  5. Un post realmente extraordinario. La pregunta interesante es ¿cuándo perdimos el aprecio por la libertad? Porque lo que ahora vemos es la prueba de que no nos queda nada, ni de aprecio ni de, por supuesto, libertad. Habrá que intentar recuperarse, pero solo lo conseguirá, con suerte, una cuadrilla de valientes dispuesta a morir en el empeño, mientras Sancho Panza se siente protegido y reconocido porque, según él, nadie le mira por encima del hombro.

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