Michael Shellenberger ha obtenido un resonante éxito con su último libro, que traducido al español se llama No hay apocalipsis. Es la culminación de una carrera de periodismo científico, dedicado a la ecología, y su conflicto permanente con el ecologismo.

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Pero no es el único aspecto de la cambiante realidad de nuestro tiempo que ha querido atrapar en un libro. En San Fransicko. How liberal values are destroying America’s cities, de próxima aparición, el periodista utiliza de nuevo la palabra apocalipsis, pero para decir que sí está presente en la ciudad californiana.

California tiene la tasa más alta de pobreza de los Estados Unidos. La población sin vivienda se ha incrementado un 30 por ciento en California, pero ha caído un 18 por ciento en el resto de los Estados Unidos, entre 2000 y 2020

Tendremos que esperar a octubre de este año para desentrañar el contenido de sus 448 páginas. Pero algo está adelantando de sus reflexiones en las redes sociales. En un reciente tuit dijo lo siguiente: “California tiene la tasa más alta de pobreza de los Estados Unidos. La población sin vivienda se ha incrementado un 30 por ciento en California, pero ha caído un 18 por ciento en el resto de los Estados Unidos, entre 2000 y 2020. Todas las ciudades importantes de California son testigos de quedadas al descubierto en que se consumen drogas (Campamentos de personas sin hogar)”.

Hablar de pobreza en California aún suena contradictorio. Desde los años 60, el Estado dorado parecía la frontera inacabada de los Estados Unidos, un lugar donde se podía acudir para prosperar. Un Estado liberal, en el sentido español, que había tenido como gobernador a Ronald Reagan. Pero a California le ha pasado como a muchos, que según se ha hecho rica se ha hecho también de izquierdas. Y lleva décadas siendo el Estado más progresista de los Estados Unidos, o uno de los que están a la cabeza.

Sobre el motivo hay bastante acuerdo: la cuestión es la inmigración. Una forma de verlo es que, al ser tan próspera, California fue un foco al que se dirigían muchos extranjeros, sobre todo hispanos, a progresar. Y los hispanos votan mayoritariamente demócrata. Como los demócratas son el gran partido de la izquierda del país, California se ha vuelto de izquierdas. Otra forma de verlo, algo más compleja pero fruto de un análisis más fino, es que la política anti inmigración del Partido Republicano es la que llevó a inmigrantes y nativos a ponerse en manos de los demócratas.

Yo creo que otro elemento que ha reforzado ese cambio político es el de los referéndum. El Estado de California celebra numerosas consultas ciudadanas vinculantes, y en un ambiente político de izquierdas, la mayoría tienden a reforzar los objetivos políticos progresistas. Por una u otra causa, California se ha convertido en el epítome de las políticas de izquierdas en el país.

Esta tendencia se une a un cambio fundamental dentro de la izquierda. Sus grandes objetivos no son ya la redistribución de los ricos a los pobres, bien sea directamente, bien por medio de la provisión de servicios públicos gratuitos. Los nuevos objetivos de la izquierda son otros: la creación de identidades, buenas y malas, la imposición de carísimas regulaciones medioambientales, el freno a las tendencias del mercado… Políticas todas ellas que resultan extremadamente caras para la sociedad.

Shellenberger cita este artículo de Dan Walters, pero sus datos quedan ya anticuados. No obstante, los últimos datos de la oficina del censo muestran que, un año más (2019), California vuelve a ser el Estado con más índice de pobreza, si escogemos la media móvil de los tres últimos años.

Lo interesante de esta medida de la pobreza no es sólo que sea una media de los últimos años, sino que tiene en cuenta el coste de la vida. Y ese coste es extraordinariamente alto en California. Las políticas progresistas han hecho de California un Estado sólo para ricos. Así, según un reciente informe, el precio de la electricidad en California es un 64,1 por ciento más alto que la media de los Estados Unidos, pero un 128 por ciento más caro si nos centramos en la electricidad que consume la industria. Por cada galón de gasolina que repostan, tienen que pagar 1,22 dólares más que la media de los Estados Unidos, y 1,05 dólares más en el caso del gasóleo. California paga la gasolina más cara y el segundo gasóleo más caro del país.

Otro de los grandes problemas que tiene California es el que afecta a la vivienda. En el Nueva York de los años 70 y 80 las calles albergaban a miles de homeless. El motivo era que en el Estado, y por tanto en la ciudad, el alquiler estaba controlado, lo que limitaba la oferta y expulsaba literalmente a los neoyorkinos a la calle. En el caso de California, lo que hay es una guerra contra las nuevas construcciones, aunque por otros medios.

Es el caso de San Francisco, ciudad que está en el título del próximo libro de Shellenberger. El panorama político y cultural de izquierda, progresista se dice con más frecuencia, incluía un movimiento literalmente contracultural, iconoclasta, disolvente, que ha acabado por ser expulsado de sus ciudades por los asombrosos costes de la vivienda en el Estado. Como dice Gabriel Metcalf, San Francisco “decidió muy pronto estar en contra de las nuevas construcciones”.

Las consecuencias son claras: “Estamos viendo al viejo San Francisco desaparecer delante de nuestros ojos. Cada vez que una vivienda queda vacía, va al mercado a un precio tan alto que ningún organizador, escritor, profesor, activista o artista puede soñar con vivir allí”. Metcalf pone en el mismo plano a los organizadores comunitarios y los activistas y a los artistas y escritores, y yo no se lo voy a echar en cara.

José Rodríguez de la Borbolla, entonces presidente de la Junta de Andalucía, decía que el PSOE iba a convertir a la región en “la California de Europa”. Viendo el resultado de sus políticas, se puede decir que casi lo han conseguido.

Pero seguramente la región con más títulos para convertirse en la California de España no sea Andalucía, sino Cataluña. Ahí no es la inmigración, sino el nacionalismo el fenómeno que ha hecho de amalgama de la izquierda, y con diferencia es la región más progresista de todo el país. Incluso tiene su propio San Francisco, que por supuesto es Barcelona.

Foto: Peg Hunter.


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