La confluencia del llamado posmodernismo, la french theory y la necesidad de reinventarse, tras la caída del muro de Berlín, trajo como consecuencia el nacimiento de una nueva izquierda que ha recibido diversos epítetos reaccionaria, anti-ilustrada, indefinida, posmoderna, fengzui… Con todas estas diversas denominaciones se apunta a una serie de cambios experimentados en el seno de la izquierda. El abandono de su tradición racionalista ilustrada y su visión materialista del mundo por una suerte de idealismo utópico y una querencia por el sentimentalismo y el pensamiento mágico. La sustitución de la clase trabajadora como sujeto político central de la izquierda por otras nuevas identidades culturales de base racial o sexual. La alianza contra natura del izquierdismo con los intereses globalistas de las grandes corporaciones en la instauración de un régimen socio-liberal de escala planetaria capaz de actuar en contra de los intereses de la clase trabajadora, tradicional destinatario de los mensajes izquierdistas. Esta alianza contra-natura ha sido denunciada con gran vehemencia por parte de pensadores de izquierdas heterodoxos como el marxista italiano Diego Fusaro que ha puesto de manifiesto la traición que para las clases trabajadoras ha supuesto esta alianza entre el capitalismo fucsia y los partidos de izquierdas. Según la visión de Fusaro ideas como la de la libre determinación de género y sexo suponen la plasmación en el ámbito de la vida de la noción neoliberal de flexibilidad total como sustrato ontológico que hace posible el desarrollo pleno del mercado.

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Por otro lado, la izquierda se habría tornado en indefinida, tal y como la caracteriza Gustavo Bueno en El Mito de la izquierda. Frente a la izquierda definida que considera el estado como el instrumento político por antonomasia con el que desarrollar sus políticas redistributivas, la llamada izquierda indefinida mantiene una posición ambigua, cuando no claramente contraria a los intereses del estado nación. Su apoyo a las migraciones masivas, su connivencia en muchos países como España con nacionalismos secesionistas o su defensa de mecanismos de intervención social al margen del estado (justicia feminista, movimientos sociales, violencia política…) ha servido, según los críticos de la izquierda heterodoxa, para debilitar más al estado, ya muy maltrecho por las políticas neo-liberales, y para contribuir al sueño anarco-capitalista de sociedades “libres” del estado. Un autor como Diego Fusaro usa una analogía tomada del pluriverso medieval cuando habla de la globalización neoliberal. Una suerte de neoesclavitud frente a los intereses de las grandes corporaciones que se convierten en una suerte de señores feudales de la posmodernidad.

Plantear la idea de que existe una izquierda prístina, originaria, incontaminada de error o dogmatismo alguno como plantean Fusaro o Guillermo del Valle es una idea cuando menos ingenua que tiene un marcado carácter gnóstico

Frente a esa deriva irracionalista de la nueva izquierda esta izquierda heterodoxa reclama una vuelta a la senda de la izquierda tradicional; un retorno a un Marx incontaminado de lecturas ajenas al propio Marx o a lo sumo glosado por marxistas heterodoxos como Gramsci o Lukács (Fusaro) o a una recuperación del proyecto ilustrado de izquierdas materializado en el llamado jacobinismo político (Guillermo del Valle y su Jacobino español).

Que la nueva izquierda y ciertos sectores capitalistas de pretensión oligopolista mantienen una buena sintonía es innegable. Otra cosa distinta es la pretensión de Fusaro o de Guillermo del Valle de presentar una izquierda pura y virginal que se ha visto violentada por ciertos grupos de izquierda para servir a los intereses del gran capital. Es muy cuestionable la idea de que la izquierda es la que se haya visto contaminada por planteamientos que estos autores llaman neoliberales. Más certero parece apuntar hacia la tesis contraria; ciertos grupos de poder globalistas ha visto en planteamientos izquierdistas, no sólo aquellos nacidos de mayo del 68, elementos interesantes para desarrollar su pretensión de establecer un gobierno mundial. Autores como Negri-Hardt en su opbra Imperio ya apuntaron las ventajas que la globalización neoliberal ofrecía para introducirse en los mismos intersticios del sistema capitalista y de esta forma lograr sino implosionar el sistema, si al menos transformarlo radicalmente. Buena parte de los grandes directivos de las Big Tech ha recibido formación universitaria en ciencias sociales en algunas de las más prestigiosas universidades de los Estados Unidos. En dichas instituciones, al menos desde la década de los 60, las ideas de la llamada french theory, la escuela de Frankfurt y la sociología marxista forman la espina dorsal de los currículos académicos. Pese a que ciertos estudios apuntan a que los estudios universitarios tienen poco influjo en la variación de las ideas políticas previas de los alumnos, no es descabellado pensar que aun no convirtiéndose en fervorosos bolcheviques, muchos de estos futuros magnates de las Big Tech vieron en estas ideas contraculturales poderosas herramientas para moldear una sociedad infantilizada, vulnerable emocionalmente y carente de valores trascendentes en un sentido muy favorable a sus intereses empresariales. ¿No es acaso una forma de biopolítica in nuce de corte foucaultiano lo que presuntamente hizo Zuckerberg en Harvard hackeando perfiles de alumnas que le habían rechazado amorosamente o de compañeros que le resultaban antipáticos?

Lo que quiero traer a colación es la idea de que ese maridaje contra natura entre ciertos grupos capitalistas y la izquierda más mainstream lejos de constituir una traición y una alianza contra natura de los herederos de Marx es un ejemplo de lo que en biología se conoce como simbiosis, una asociación íntima entre especies diversas para obtener de la misma un beneficio mutuo.

Por otra parte, plantear la idea de que existe una izquierda prístina, originaria, incontaminada de error o dogmatismo alguno como plantean Fusaro o Guillermo del Valle es una idea cuando menos ingenua que tiene un marcado carácter gnóstico. El carácter gnóstico del marxismo es un asunto que creo haber tratado someramente en alguno de mis artículos en Disidentia. Para aquellos lectores interesados en profundizar en dicha vertiente resulta especialmente interesante leer a Bloch o a Eric Voegelin al respecto. Lo que quiero plantear es que los que defienden la pureza de las intenciones del marxismo acudiendo a un Marx incontaminado por interpretaciones ulteriores o de la causa jacobina aludiendo al proyecto emancipatorio de Rousseau son los mismos que no aplican esa pureza virginal cuando analizan lo que llaman la historia criminal del cristianismo. Son los mismos que no desvinculan el pensamiento de San Bernardo de Claraval de las cruzadas o el tomismo de la persecución de la herejía cátara.

Por otro lado, cualquiera que lea los escritos de un Saint-Just o un Robespierre no puede dejar de advertir que el proyecto jacobino de una democracia radical se sustenta en último término en el ejercicio de la violencia sobre el propio demos, que el jacobinismo constituye una forma de dogmatismo político incapaz de asumir sus propias limitaciones y que acude a ensoñaciones conspiratorias para justificar sus desmanes. Guillermo del Valle acusa a los liberales de dogmatismo por su cuestionamiento de la eficiencia de lo público, y seguramente no le falte algo de razón, pero por la misma razón debe reconocer ese mismo dogmatismo en la pretensión del socialismo de aplicar una planificación económica extrema que siempre resulta en los mismos problemas de desabastecimiento, inflación y generación de más pobreza de que la que inicialmente se pretende combatir. El izquierdismo que él defiende que se postula como una vuelta hacia la racionalidad abandonada que él identifica con el socialismo científico y con el pensamiento jacobino también descansa en un mitema de fondo: la identificación simplista entre desigualdad y pobreza

Diego Fusaro realiza un interesante análisis de la evolución en la consideración de la clase trabajadora y establece una sugerente analogía de la situación de la clase obrera blanca actual con la situación que tenían los llamados siervos de la gleba en el medievo. Fusaro es presa del análisis de la historia hegeliano-marxista de la edad media como una época oscura, supersticiosa, carente de racionalidad y de derechos. Esta visión, todavía prevalente en ciertos sectores de la sociedad, es una simplificación burda del periodo medieval que desconoce la riqueza del pensamiento que en dicha época se encuentra. Muchos de los hallazgos metafísicos, dialécticos y políticos de la llamada modernidad se encuentran ya en la obra de autores medievales como Marsilio de Padua, Santo Tomás, Pedro Abelardo.

En cualquier caso, iniciativas como las de Fusaro o Guillermo del Valle resultan encomiables en el sentido de que intentan dotar de rigor a un pensamiento, el de izquierdas, sumido hoy en día en las tinieblas de la sinrazón y el autoritarismo más extremo. Sin embargo, no es menos cierto que buena parte de esos defectos ya se encuentran en muchas de las fuentes originarias de dicha tradición de pensamiento.

Foto: Mika Baumeister.


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