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Durante los últimos días se ha hablado de que podría estar cerca una posible intervención china para terminar, a sangre y fuego, las protestas en Hong Kong. Esto a propósito de que su Ejército acantonado en la isla ha iniciado una campaña de “relaciones públicas”: limpia escombros dejados por las protestas, despeja las barricadas de las calles, hace reparaciones y en tanto, marcha en formación militar para que todos los hongkoneses lo vean. Según el Ejecutivo local, esto lo han hecho los militares de motu propio. Pero los medios oficiales chinos mencionaron estos mismos días que el Ejército Popular de Liberación de China, está listo para apoyar, si fuera necesario, a la policía local en contra de las protestas. “Quienes jueguen con fuego, se quemarán“, también advirtió el portavoz de la Oficina de Asuntos de Hong Kong y Macao de China. Sin duda hay detrás una amenaza del Partido Comunista chino.

Recordemos rápidamente en qué consiste el conflicto: los manifestantes en Hong Kong protestan desde hace cinco meses, por la creciente injerencia de Beijing en los asuntos del territorio semiautónomo y exigen reformas democráticas. Al respecto, Hong Kong tiene garantizados ciertos márgenes de libertad, por la Ley Básica (que hace las veces de constitución) que rige tras su traspaso de Gran Bretaña, bajo el principio de “un país, dos sistemas”. Así, hasta ahora, la ciudad ha mantenido su independencia judicial, su propia legislatura: el LegCo (proclive a China), su sistema económico y su moneda: el dólar de Hong Kong, aunque el gobierno administrativo local es electo por un comité, cuidando contar con la anuencia de Pekín.

Hong Kong tiene siete millones de habitantes y sus residentes gozan de la protección de ciertos derechos, incluyendo la libertad de expresión y de reunión, libertades civiles con las que no cuentan sus homólogos en China Continental. Al respecto, digamos que, aunque los hongkoneses no pueden elegir directamente a sus gobernantes, excepto en un nivel municipal muy básico, el salir a las calles es la forma directa de evitar la creciente influencia de Beijing en sus asuntos. Y aunque formalmente no se permiten, decenas de protestas -en su mayoría sobre asuntos locales y ambientales- tienen lugar cada año.

El chino es un régimen cada vez más y más autoritario: bajo Xi Jinping, China experimenta una mayor centralización del poder, un mayor control gubernamental de la sociedad y la vida de las personas, mayor represión interna y otras formas de control social

En tanto, Beijing mantiene el control de los asuntos exteriores y de defensa del territorio, y para viajar entre Hong Kong y China se requieren visas o permisos. La Ley Básica vencerá en 2047 y no está claro qué sucederá entonces con la autonomía del territorio. El peligro es que China quiera anular en la práctica sus libertades y convertir a Hong Kong desde ahora en un territorio indistinguible políticamente del continente. Por hoy, China ha advertido que no tolerará “desafíos” a su soberanía sobre Hong Kong.

Las protestas vienen sucediendo desde el pasado 9 de junio. Para combatirlas, las acciones de la Policía son cada vez más severas, pero enfrentan a manifestantes cada vez más decididos a permanecer firmes, que han anunciado el objetivo de paralizar completamente la actividad en la excolonia británica, con una nueva fase, llamada “Eclosión Generalizada” (‘Blossom Everywhere’), que consiste en multiplicar los bloqueos y los actos de vandalismo, y poner a prueba las capacidades de la policía. Cabe señalar que los manifestantes y sus demandas cuentan con un fuerte respaldo social, como dejaron ver las elecciones de concejales municipales de hace unos días, cuando los grupos prodemocracia en Hong Kong obtuvieron al menos 387 de las 452 concejalías del territorio.

Los manifestantes piden la desaparición total del proyecto de extradición de presos locales a China (que inició las protestas) y que implica un peligroso avance del gobierno chino sobre el sistema legal; la salida de la gobernante local, Carrie Lam; una investigación independiente sobre las violaciones cometidas por la fuerza policial; que se levanten los cargos de todos quienes ha sido detenidos durante las protestas, así como el derecho a nominar y elegir a sus propios líderes, incluso si se enfrentan a Beijing: los hongkoneses quieren votarlo ellos mismos, no que lo haga, como hasta ahora, una comisión de notables que simpatiza mayoritariamente con China.

De allí el interés por la discusión legal reciente sobre uso de máscaras durante las protestas callejeras: hace unos días la Alta Corte declaró inconstitucional su prohibición, dictada por el gobierno local, ya que argumenta, va en contra de la Ley Básica. Por su parte, el gobierno chino consideró esta decisión fuera de las atribuciones de la Corte: en su opinión, solamente el Congreso chino tiene poder para determinar si una decisión -como la controvertida decisión- está o no de acuerdo con la Ley Básica. Si la prohibición prospera, China podría arrojarse entonces poderes de emergencia, para autorizar detenciones, censurar a la prensa, cambiar leyes o tomar el control total del transporte. Así que en el fondo del conflicto se pelea el status presente y futuro de Hong Kong.

Las protestas han tenido un gran efecto en la economía de la excolonia británica. Pero también lo tiene la guerra comercial que sostienen China y EEUU desde julio, y que ha significado una ralentización de la actividad económica y de las inversiones. Al respecto, Hong Kong es el puerto de contenedores más concurrido del planeta. Desde allí salen y entran los productos hacia y desde China continental.

Hasta hace solo cinco meses, Hong Kong era una de las ciudades más seguras, cívicas y deslumbrantes del planeta. Con sus rascacielos brillando sobre la bahía y la cuarta Bolsa del planeta tras Nueva York, Londres y compitiendo con la de Tokio, cada año celebraba un sinfín de congresos, espectáculos y exposiciones, y en 2018 atrajo una cifra récord de 65 millones de turistas. De ellos, 51 millones procedían de China continental y acudían a sus famosas zonas comerciales, como Causeway Bay o Tsim Sha Tsui, para gastarse fortunas en sus tiendas de lujo.

Hoy, en contraste, Hong Kong pareciera en las pantallas de televisión más una zona de guerra que un centro financiero o turístico. La larga duración de las protestas, y la deriva anti china de ellas, está pasando factura al turismo. El número de viajeros de China continental y otros países ha caído hasta un 45% por miedo a los disturbios, y se han perdido unos 2.800 millones de dólares de Hong Kong (320 millones de euros) durante las vacaciones de la «Semana Dorada» (principios de octubre) que otros años se abarrotaba de turistas procedentes del continente. También se han paralizado los congresos y negocios en Hong Kong. Para colmo de males, los choques entre la Policía y los manifestantes ya han dejado los primeros muertos.

La gran perjudicada por las protestas y la guerra comercial es la economía. Desde junio, el valor del índice Hang Seng ha perdido 41.000 millones de dólares (36.700 millones de euros), ahuyentando a numerosas inversiones que han optado por plazas más seguras. Adicionalmente, Hong Kong cayó en recesión durante el pasado tercer trimestre, cuando su Producto Interior Bruto se contrajo un 3,2% con respecto al anterior. Como en el segundo trimestre también se redujo un 0,5%, la economía hongkonesa ha entrado oficialmente en recesión técnica al encadenar dos periodos negativos consecutivos. Con respecto al tercer trimestre del año pasado, la disminución fue del 2,9%, lo que suponen los peores datos desde la crisis de 2008. Así, en lugar de crecer entre el 0 y el 1%, como se auguraba en agosto, la economía de Hong Kong se contraerá un 1,3% durante 2019.

Todos esto indica que el impacto combinado de las protestas y de la guerra comercial es mayor que el del SARS (síndrome respiratorio agudo grave), la epidemia que se propagó por todo el mundo en 2003 y que solo en esta ciudad se cobró 299 vidas. En medio del pánico global que generó entonces, en los cuatro meses que duró hundió la economía de Hong Kong, pero no tanto como ahora. Si entonces la Bolsa cayó un 5,2% y sus operaciones un 2,4%, hasta el 30 de octubre lo han hecho un 6,6 y un 18%, respectivamente.

En agosto, las ventas al por menor también sufrieron un desplome récord del 25%, muy por encima de la caída máxima del 11% registrada en mayo de 2003, arrastradas por la ausencia de turistas chinos. A pesar del pequeño tamaño de su mercado, se calcula que Hong Kong copa el 5% de las ventas globales de las marcas de lujo, ya que los visitantes de China continental aprovechan el viaje para protagonizar el 70% de las compras porque los precios son más baratos en este puerto franco. De momento, solo se salva del naufragio el sector inmobiliario porque Hong Kong tiene el suelo más caro del mundo. Su caída, del 5,5%, es menor a la del 9% que sufrió durante el SARS. En contraste, la autoridad monetaria (HKMA) ha afirmado que no se han visto fugas de capital importantes por las protestas.

También parece resistir su importante papel como puerta de entrada a China. Hasta agosto, el 70% de la inversión extranjera en este país se hizo a través de Hong Kong. En total, fueron 62.900 millones de dólares (57.100 millones de euros) según el Ministerio de Comercio chino. El año pasado, la cifra alcanzó los 90.000 millones de dólares (81.720 millones de euros), de los 138.000 millones de dólares (125.300 millones de euros): dos terceras partes de capital foráneo que llegó a China. Buena parte de ese dinero es de los empresarios chinos, que lo sacan vía a Hong Kong para beneficiarse de sus menores impuestos y, en muchas ocasiones, «lavarlo». De los 143.000 millones de dólares (129.800 millones de euros) que China invirtió en el extranjero, 87.000 millones de dólares (78.900 millones de euros) salieron por Hong Kong.

Cabe hacer una acotación importante: en la guerra comercial con China, Hong Kong ha venido recibiendo un tratamiento especial de EEUU. Esto se debe a la llamada “Ley de Política de Hong Kong”, promulgada por el Congreso estadounidense después de la entrega del territorio a China. Dicha ley otorga a Hong Kong un estatus especial de “entidad no soberana”, lo que permite a EEUU tratar al territorio de forma separada de China continental en lo que se refiere a asuntos comerciales y económicos. Lo que quiere decir que el territorio mantiene su propio sistema de control de exportaciones, siempre y cuando se adapte a los estándares internacionales.

Por eso el interés de Beijing de preservar la economía de Hong Kong. Para paliar la situación, el Gobierno local ha anunciado inyecciones de hasta 2.400 millones de dólares de Hong Kong (278 millones de euros), aunque lejos de lo necesario. En 2003, tras el SARS, el régimen chino se volcó en recuperar la economía de la ciudad abriendo el grifo del turismo y las inversiones. Pero esta vez será difícil que haga lo mismo por la deriva antichina de las protestas, que han abierto un peligroso abismo con Beijing. Pero actúa por otros medios, con apuestas muy altas, como la gigantesca entrada de Alibaba a la Bolsa de Hong Kong. El fundador de la empresa de comercio electrónico, Jack Ma, ha dejado en claro que su corazón todavía está en China. Es miembro del Partido Comunista del país y habló a principios de este año sobre cómo los empresarios “necesitan tener amor por su familia y por la nación”.

Así, Hong Kong se ha convertido en un actor muy útil para China en su creciente rivalidad con EEUU, ya que le permite evitar los aranceles impuestos por Washington en sus productos tecnológicos cuando estos pasan por Hong Kong. Adicionalmente, muchísimas empresas chinas (gran cantidad de ellas “fantasmas”) tienen su domicilio en la isla, con el único propósito de sacar provecho del estatus especial de Hong Kong. China necesita a Hong Kong económicamente y muchas de las inversiones en el continente las realiza Hong Kong. Nadie sabe qué impacto tendría en la economía china si la economía de Hong Kong cayera abrupta y permanentemente. Ese papel tan importante de Hong Kong para la economía china, ha evitado hasta ahora que Beijing actué militarmente contra su territorio. Hasta ahora.

El Congreso norteamericano y el gobierno de Trump están tomando posiciones para un eventual escenario militar: algunos congresistas han hablado de derogar ya la Ley de Política de Hong Kong y hay un proyecto de ley bipartidista en el Senado, que sancionaría a los funcionarios chinos que hayan violado las “libertades y autonomía” de Hong Kong y requeriría una revisión anual del estatus especial de Hong Kong bajo la ley estadounidense. También, el pasado 14 de octubre, la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó un proyecto de ley para apoyar a los activistas de Hong Kong, con el que se podrían imponer penas pecuniarias importantes a este importante centro financiero chino si el gobierno reprime a los ciudadanos.

Por su parte, el secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo, y el vicepresidente Mike Pence, han hablado de que sería difícil para su país firmar un acuerdo comercial con China si las manifestaciones en Hong Kong se resuelven con violencia. La Casa Blanca también ha señalado que las autoridades chinas deberían “proteger la libertad, el sistema legal y el estilo de vida democrático de Hong Kong”.

Así que hoy por hoy, China está en la disyuntiva de preservar el valor económico de Hong Kong o bien, demostrar quién manda efectivamente. En ese escenario, tal vez la dictadura china está preparándose para sacrificar parte del éxito de Hong Kong si eso significa que puede seguir manteniendo un control incontestado no sólo sobre la isla, sino también sobre China continental: ceder un poco en Hong Kong tendría efectos imprevisibles en Taiwan, Tíbet y muchísimas regiones chinas con cierta efervescencia política, además de lastimar el prestigio global que China busca establecer. Así que, a pesar de los riesgos económicos y políticos, es poco probable que veamos medidas conciliatorias o una retirada de Beijing en Hong Kong. Aunque aún hay opciones a la mano de la dictadura china (hacer uso clandestino de las policías de otras ciudades en apoyo a la de Hong Kong, la intimidación a los rectores de las universidades para que apoyen una retira de los estudiantes, por ejemplo), tampoco es que tales opciones sean muchas y en poco tiempo puede llegar la premura por actuar militarmente.

Advirtamos que el chino es un régimen cada vez más y más autoritario: bajo Xi Jinping, China experimenta una mayor centralización del poder, un mayor control gubernamental de la sociedad y la vida de las personas, mayor represión interna y otras formas de control social, dispuesto a violentar a cualquiera que se desvíe de la línea oficial y estableciendo un número creciente de barreras regulatorias, legales y tecnológicas para contactar con el mundo exterior, retrocediendo en gran medida los esfuerzos previos de apertura debidos a Deng Xiaoping.

Si hay un desescalamiento del conflicto, sólo podrá venir de parte de los manifestantes, lo que será una mala noticia: ellos luchan por la libertad, en claro contraste a muchos manifestantes en Chile o Colombia, que luchan por estar más y más esclavos del Estado. A diferencia sustancial de los hongkoneses, muchos latinoamericanos luchan hoy por más servidumbre, no más libertad. Así que anticipémonos a un escenario funesto en la isla y apoyemos y divulguemos la lucha de los hongkoneses, frente a una dictadura dispuesta a imponerles a la larga su contrato interno: estabilidad, crecimiento y obediencia en silencio.

Foto: Studio Incendo


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Víctor H. Becerra
Soy secretario general de México Libertario. Colaboro en diversos medios digitales. Especialista en comunicación política. En los últimos 15 años, he creado una gran cantidad de organizaciones libertarias en México y en América Latina, además de contribuir a su fortalecimiento y desarrollo. Actualmente llevo a cabo en México un amplio programa de difusión de las ideas de la libertad, especialmente entre jóvenes.