Según la Real Academia de la Lengua Española, la turba es una muchedumbre de gente confusa y desordenada. Rápidamente se nos vienen a la memoria episodios dramáticos y caóticos de nuestro pasado como especie: masacres a los diferentes, linchamientos populares, vandalismo salvaje, … En la búsqueda de lecturas para mejor comprender los fenómenos de masas suelo terminar fascinado por la crudeza y precisión con que Gustave Le Bon los describió allá por el 1895 en su “Psicología de las multitudes”. Le Bon era médico y antropólogo, y pudo estudiar el comportamiento de las masas en la guerra de 1870-71 durante el famoso sitio de París y los días del movimiento “la Comuna de París”.

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En su obra, Le Bon afirma que las multitudes se transforman en un nuevo ser, una criatura comunitaria que actúa de manera diferente y funciona de manera disitinta a como lo harían cualquiera de los individuos que la componen. Las masas son más simples, más entusiastas, más brutales, irracionales, crédulas, más erráticas que los individuos. En ningún fenómeno de masas, nos dice Le Bon, encontraremos el más mínimo rasgo de inteligencia.

Le Bon: «las masas son más simples, más entusiastas, más brutales, irracionales, crédulas, más erráticas que los individuos»

La muchedumbre es estúpida: esta conclusión de Le Bon suena bastante indiferenciada, casi como una afirmación más propia de la barra de un bar que de un antropólogo serio, pero en realidad describe con bastante precisión la base de la psicología de masas. Si Le Bon tiene razón, un grupo de políticos en su trabajo conjunto actúa de forma menos inteligente que como cualquier político lo haría si estuviera pensando/actuando solo.

Las malas decisiones políticas no suelen adoptarse debido a la suma de la idiocia de los miembros de un partido, sino que nacen de la necesidad de consensuar voluntades. Ya mucho antes de que se cometieran los grandes crímenes del nazismo y el estalinismo, Le Bon argumentó que «ciudadanos bondadosos, que normalmente habrían sido funcionarios honorables«, son capaces de los crímenes más crueles cuando actúan arropados por una muchedumbre. La muchedumbre, la turba, no es solo estúpida. También puede ser peligrosa.

En 1895 acababa de nacer el cinematógrafo. Nadie había pensado entonces aún en la televisión. Y, sin embargo, Le Bon describió con enorme -y sorprendente- precisión cómo se forma la opinión de la muchedumbre: «Las masas solo pueden pensar en imágenes«. Las imágenes transmiten emociones, y solo las emociones mueven a las multitudes. La lógica es muy compleja para ellas. El segundo principio para convencer a las masas – Le Bon prefiere hablar de «hipnosis» en lugar de «convicción» – se llama repetición.

Basta con repetir mensajes simples e imágenes fuertes con la suficiente frecuencia. Esta receta siempre funcionará

Basta con repetir mensajes simples e imágenes fuertes con la suficiente frecuencia. Esta receta siempre funcionará. La imagen de un atentado. La imagen de una planta de energía nuclear dañada. La imagen de un acusado con esposas camino del tribunal. ¿Somos así? ¿Nos convertimos en autómatas tan pronto como somos parte de una masa, en el momento en que alguien maneja nuestros instintos de la manera correcta?

Arropado en la masa

Cuando era estudiante participé en alguna que otra manifestación y recuerdo perfectamente cómo arrojé huevos a los miembros del rectorado con clara intención de alcanzarles en la cabeza. A muchos de ellos los conocí personalmente más tarde, uno de ellos incluso se convirtió en mi mentor. Comentando lo ocurrido entonces, reímos durante un buen rato. ¿Hubiese podido arrojar los huevos de haber estado solo? Creo que no. ¿Hubiese podido, arropado en la masa, arrojar piedras en lugar de huevos? Es posible.

Pero “las masas”, eso que hemos dado en llamar “el pueblo”, es el principio básico de la democracia y, al mismo tiempo, el principio básico de nuestro sistema económico. La mayoría determina quién gobierna. La mayoría determina -mediante sus compras- qué se produce. Por supuesto, hay algunos intermediarios: tenemos una democracia representativa. Y el mercado está sujeto a las leyes que promulgan los intermediarios.

En los últimos tiempos, sin embargo, cada vez son más las voces populistas que reclaman un papel más directo y más vinculante para “la gente”. La gente debería votar con más frecuencia cuestiones importantes, tal vez incluso por Internet, que es técnicamente bastante simple y puede ser maravillosamente rápido. Suena comprensivo. Después de todo, “la gente” somos todos nosotros. Podríamos, por fin, dar rienda suelta a nuestros estados de ánimo, expresar no sólo lo que queremos, sino lo que sentimos: indignación, injusticia, discriminación … dolor. Incluso podríamos emitir “veredictos sociales”. Lo percibo como un panorama horroso.

La «inteligencia de enjambre»

Fue en 1986 cuando el investigador Craig Reynolds publicó sus trabajos sobre la llamada “inteligencia de enjambre”, aplicado entonces a pájaros, y que más tarde ha ido desarrollando para colectivos humanos. Reynolds optimiza sus modelos basándose en tres reglas principales:

  • Como miembro del enjambre, siempre dirígete al centro. De esta forma se evita que el enjambre se disuelva.
  • Aléjate tan pronto como alguien se acerque demasiado a ti, evita los enfrentamientos dentro del enjambre.
  • Muévete en la misma dirección que tus vecinos.

Permítanme que les haga una nueva pregunta: ¿quién decide qué punto de vista es «correcto» y cuál es «incorrecto»? ¿Quién decide en qué dirección se mueve el “enjambre”?  El filósofo alemán, especialista en Medios de Comunicación, Norbert Bolz postula que la mayoría de la gente adopta las creencias que creen que tienen la mayoría de las otras personas. Nos dice que para ello, para saber qué opinión es la habitual, recurrimos a los medios de comunicación. Ocurre que los creadores de opinión son personas como todos los demás. Tienden a asumir las opiniones y temas de otros creadores de opinión: se comportan exactamente como los sujetos en el famoso experimento de Solomon Asch: no confían en sus propios ojos.

… muévete hacia el centro. Muévete en la misma dirección que todos los demás. Evita colisiones.

La reactancia es la tendencia a rechazar esas normas provenientes de los demás que percibimos como una limitación de la libertad personal

Lo que nuestro tiempo necesita es un poco más de reactancia. La reactancia es un fenómeno psicológico relacionado con la motivación y los heurísticos, es decir, los atajos mentales por los cuales tomamos decisiones sin pasar por una fase de reflexión basada en la lógica. Concretamente, la reactancia es una tendencia a rechazar normas o indicaciones provenientes de los demás y que son percibidas como una limitación de la libertad personal.

Sin reactancia, todos nos convertiríamos gradualmente en vegetales. Sin reactancia, la «democracia» amenaza con convertirse en una dictadura del pensamiento políticamente correcto. La reactancia es el poder que hace que el péndulo de opinión pueda cambiar su rumbo después de un cierto período de tiempo.

Dando rienda suelta a su reactancia, usted cumple una función socio-higiénica y estará haciendo un servicio a la humanidad. Debería existir en todos los grandes canales televisivos un programa comprometido con la reactancia. Una vez a la semana, durante 30 minutos, alguien tendría que poder objetar cualquiera de esas “verdades” en las que creemos los del enjambre, poder expresar una opinión completamente fuera del mainstream, incluso poder al enemigo público del momento. Sin ironía. Sin un moderador que se distanciase. Eso también sería un experimento interesante.

Termino con una pregunta: piense en alguien a quien realmente detesta, porque es realmente detestable. Está a solas con esa persona en un cuarto, o en un parque. ¿Le arrojaría usted un huevo -incluso una piedra- a la cabeza?  ¿Y si no estuviese solo?

Foto: Iñaki del Olmo


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