Según las últimas noticias, la popularidad de Javier Milei alcanza el 60 por ciento. Esto quiere decir, ni más ni menos, que tres de cada cinco argentinos aprueba su gestión. En el lado opuesto hay un 37 por ciento que lo desaprueba, y el restante 3 por ciento que ni fu ni fa. Hagámonos la cuenta de en qué momento se produce esta noticia.

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En diciembre de 2023 gana la presidencia, y en octubre de 2025 las elecciones legislativas le respaldan. Las legislativas renuevan el Parlamento por fracciones: la mitad del Congreso y un tercio del Senado. De modo que esa victoria tiene un efecto parcial en los dos próximos años. Pero también quiere decir que los efectos de esta elección se extienden durante cuatro años, para el Congreso, y durante seis, en el Senado. Si el nuevo Congreso le atase de pies y manos, Milei podría ver su victoria con impaciencia, pero no es el caso. Su capacidad de maniobra no es total, pero no es poca.

La izquierda no tiene un discurso que ayude a articular una política de lucha contra el crimen. Todos los candidatos de derecha que han arrebatado gobiernos a la izquierda han hecho de la seguridad una parte de su propuesta política

Milei, que está en plena forma, ya ha avanzado que promoverá nuevas reformas. Ha logrado aprobar su primer Presupuesto, lo que da cuenta de su capacidad para ganarse el apoyo del Congreso. Las cuestan no arrojan déficit; otra novedad. Más allá de ello, quiere reformar la estructura de los impuestos, y rebajar una veintena de ellos. Quiere liberalizar el mercado laboral, uno de los más regulados del mundo y, en general, continuar con la política de desregulaciones.

El proyecto más ambicioso, de los que ha desvelado, es la Ley de libertad educativa. Introduce el bono o cheque escolar, reconoce oficialmente la educación en casa (homeschooling), y refuerza la autonomía institucional y la participación de los padres. Es una de esas reformas que, una vez en marcha, es difícil de revertir.

Y ello en un entorno de contención de la inflación, caída de la pobreza y crecimiento económico; en torno al 7 por ciento en los dos próximos años. ¿Qué quiere decir todo ello? Que la posición política de Javier Milei está más fuerte que nunca.

Hay más razones para ello. La izquierda, en Argentina, sigue noqueada. El kirchnerismo se aferra a los viejos mensajes. Una parte, aún minoritaria, pide renovarlos aunque sea a costa de acercarse discursivamente a Milei. No tienen nada que ofrecer que sea alternativo a la propuesta del actual presidente.

Esta es la situación de la izquierda en Argentina. Pero si repasamos la situación país por país, no es mucho mejor. Los resultados de las elecciones presidenciales en Chile no tienen precedente. Nunca un candidato tan conservador ha obtenido un apoyo tan importante. Es casi más significativo que hubiera tres candidatos de la derecha, con perfiles distintos, y un apoyo conjunto muy alto: derecha tradicional (Evelyn Matthei), derecha libertaria (Johannes Kaiser) y derecha conservadora, cuyo candidato (José Antonio Kast) se ha convertido en el presidente.

A la elección de Milei en Argentina y la reciente victoria de Kast se sumaron la de Rodrigo Paz en Bolivia, Rodrigo Chaves en Costa Rica, Daniel Novoa, que ha sido reelegido en Ecuador, o Nasry Asfura que ha sustituido a un gobierno comunista en Honduras.

Quedan pocos presidentes de izquierdas en países democráticos, pero la importancia de esos países lo compensa sobremanera: Claudia Sheinbaun en Méjico y Lula da Silva en Brasil. Les acompañan los presidentes de Colombia (Petro) y Uruguay (Orsi). En Méjico lo que está en crisis es la derecha. La posición de Lula no es tan fuerte: su popularidad decae (ronda el 40%), y con Lula ha vuelto la corrupción rampante. Pero la situación de la izquierda en Colombia se parece, con todas las diferencias, a la de Chile, Argentina, Bolivia… Agotamiento ideológico y falta de respuesta ante los problemas sociales.

Un elemento común que ayuda a explicar la decadencia de la izquierda en Hispanoamérica es la seguridad. La izquierda no tiene un discurso que ayude a articular una política de lucha contra el crimen. Todos los candidatos de derecha que han arrebatado gobiernos a la izquierda han hecho de la seguridad una parte de su propuesta política. El ejemplo de Bukele, extremo, eficaz aunque no eficiente, exitoso políticamente, refuerza la idea de que frente al crimen hay que asentar el poder del Estado. La política de Bukele es justa a base de ser injusta. Por eso es inimitable; inasumible para cualquier país democrático.

Al sur de Río Grande, la izquierda se ha quedado sin un discurso eficaz. Hay dos países donde ello no supone un problema, porque son dictaduras perfectas: Nicaragua y Cuba. Pero la nueva situación de Venezuela supone una amenaza, especialmente para Cuba. Si cae la sempiterna dictadura caribeña, el vuelco político en el continente será histórico.

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