Un discurso para adultos. Así se ha calificado el que ha pronunciado el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en Davos, durante el Foro Económico Mundial. Este ha sido un foro de discursos significativos. No el de Pedro Sánchez, por cierto, quien lo único que ha hecho es pedir que quienes le insultan en las redes sociales amparados en el anonimato. Las preocupaciones de Carney son harina de otro costal. Tienen que ver con la caída del orden mundial que se creó tras la II Guerra Mundial, y el caos que parece emerger sobre sus escombros.
Antes de volver a lo inmediato, que son las palabras de Mark Carney, miremos hacia atrás. Ese orden mundial de postguerra se construyó, claro, sobre los pilares de los vencedores. Desde el comienzo, uno de esos pilares encarnaba unos valores opuestos a la cooperación económica, el comercio y la paz. La Rusia actual ha heredado su sitio en el Consejo Permanente de Naciones Unidas, así como su visión imperial de las relaciones sociales, y el sacrificio del nivel de vida de los ciudadanos en aras de construir una poderosa maquinaria militar puesta al servicio de los aires de grandeza de una élite rusa. Unos aires de grandeza que incluyen la visión de su propio patrimonio, claro.
Se ha roto el orden mundial. Las instituciones internacionales han perdido su fuerza, y con ella su función. Lo estamos viendo ante nuestros ojos
La URSS se desplomó porque se vinieron abajo los cimientos: la economía socialista. Mientras Rusia recomponía su posición y su determinación imperial, emergía, con un capitalismo puesto al servicio del comunismo, China. Nos inundó de bienes baratos, y con los beneficios del intercambio ha construido un nuevo actor político con un aparato tecnológico y militar fabuloso, puesto al servicio de una política agresiva y devoradora. Irán, Venezuela y otros actores medios le dan soporte. Los Estados Unidos renuncian a su papel hegemónico con Barack Obama. El resultado es un mundo multipolar. Y una de sus manifestaciones es la emergencia de otras monedas alternativas al dólar.
Y llega Donald Trump. Rechaza una integración económica que está cambiando, dice, la estructura económica de su país. Se fija en los sectores que se pierden, y quiere sujetarlos desde el Estado. Desconfía de unas instituciones internacionales que no sirven los intereses de su país. Y renuncia a seguir pagando la seguridad de Europa. Que la paguen ellos, que son ya mayorcitos. Los europeos, con el dinero que no han dedicado a su propia seguridad, han construido un Estado del bienestar que les ha servido para zaherir la falta de compasión de los EE.UU. Ahora que toca pagar por la propia consumición, no sabemos qué nos espera.
Lo ha dicho Mark Carney en su discurso. Los Estados Unidos han provisto al mundo tolerable de varios bienes públicos: mares abiertos, un sistema financiero internacional, seguridad colectiva y una plataforma para la resolución de conflictos.
También ha abusado de ese sistema financiero. También ha creado nuevos y fabulosos conflictos. En realidad, como dice Carney, todo ello formaba parte de los fallos del sistema. Unos fallos en los que no incidíamos, porque el propio sistema, el orden mundial ya viejo, nos seguía sirviendo. El sistema se basaba en la sumisión de los Estados, imperfecta y arbitraria a veces, a unas normas comunes, en aras de unos objetivos también comunes, como la seguridad y la paz, y la cooperación económica por medio del comercio.
Pero todo ello ha saltado por los aires, y ya estamos de lleno en los 17 minutos de discurso del canadiense. Se ha roto el orden mundial. Las instituciones internacionales han perdido su fuerza, y con ella su función. Lo estamos viendo ante nuestros ojos: un miembro de la OTAN se muestra dispuesto a ocupar por todos los medios necesarios un territorio de otro miembro. Ese decaimiento de las normas y de los órganos se produce como consecuencia de este mundo multipolar. Cada polo tira para sí, y los Estados Unidos no han querido quedarse atrás. La realidad, hoy, es que los poderes no tienen límites, dice.
Esa integración económica e institucional estaba basada en un conjunto de valores comunes, intereses compartidos, y visión a largo plazo. Arruinado ese espíritu de cooperación, “algunos países han utilizado esa integración” como arma. Los aranceles de Trump. Y “la integración no puede ser de mutuo beneficio cuando se usa para subyugar”.
Podemos bajar la cabeza y hacer como que la realidad no ha cambiado, o reconocer, mirándonos al rostro, a qué nos enfrentamos. Y aquí, cuando la lógica imponía que Carney dijese lo más importante de su discurso, el presidente de Canadá señala la diana, pero apuntando con el dedo. Amaga, pero no da.
Ya que no nos podemos fiar de los Estados Unidos, que es la silenciosa premisa de su discurso, los que todavía no hemos enloquecido unámonos en acuerdos políticos que sustituyan, o convivan, con otras instituciones zombis.
Nosotros estamos en ello, le dice a la audiencia. Han firmado una alianza estratégica con la Unión Europea que incluye SAFE, el instrumento financiero creado para proveer de fondos a la reconstrucción militar europea. Es muy relevante, porque apunta a la posibilidad de reconocer una quiebra, quizás definitiva, dentro de la OTAN. Buscan una colaboración económica y tecnológica con ASEAN. Buscan, en definitiva, una “geometría variable” basada en coaliciones diferentes para diferentes cuestiones.
Y todo con una suerte de principio, que quiere decirlo todo y acaba no diciendo nada: realismo basado en valores. ¿Qué valores? Los menciona el propio Carney: Integridad territorial, renuncia a la violencia salvo que la ONU lo apruebe, y respeto a los derechos humanos.
Pero los derechos humanos no pueden esperar nada de la ONU. Es un organismo que sólo ha demostrado una cosa en sus casi ocho décadas de existencia: es inoperante. ¿Es más realismo que valores? En tal caso, no hemos avanzado nada. Carney presume de relanzar el comercio con China y Qatar. Eso es geometría variable, pero también valores variables. Estamos en lo mismo.
Su discurso apunta en el buen sentido, pero cuando le prestamos atención acaba disolviéndose como un azucarillo.
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