Una de las señas de identidad de la llamada nueva izquierda ha sido la de sacar del armario de la historia su tradicional aversión hacia el capitalismo. Durante buena parte del siglo XX, la izquierda, en su versión socialdemócrata, aceptó con matices la mayor eficiencia del capitalismo como sistema de producción. El problema de dicho sistema productivo no era tanto de naturaleza técnica, como normativo. Según el pensamiento de izquierda democrático el capitalismo de libre mercado origina importantes desigualdades de clase que no pueden ser aceptadas bajo criterio ético alguno. La alternativa que se planteaba a este sistema económico capitalista era la llamada planificación de económica centralizada llevada a la práctica en los antiguos países del Bloque de Este, que resultó ineficiente, injusta y profundamente alejada de lo que autores como Rudolf Bahro consideraban el verdadero pensamiento económico socialista.

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El problema es que ni Marx, ni Engels establecieron doctrina alguna sobre qué entendían ellos como modo de producción socialista, más allá de unas bellas metáforas relativas a una idílica sociedad sin clases. Bahro, un intelectual disidente de la antigua RDA, escribió un polémico libro a principios de los años setenta, titulado La Alternativa en Europa Oriental. Una contribución a la crítica del socialismo actualmente existente. En este libro se realizaba una crítica brutal al sistema económico imperante en los llamados países del Este, al que se calificaba sin ambages de capitalismo de Estado, totalmente alejado, según su autor, del verdadero espíritu del socialismo. Lo que allí se proponía era una reedición del viejo sueño del llamado socialismo de mercado. Una tercera vía entre el sistema planificado soviético y el libre mercado, cuyos antecedentes se pueden rastrear en la obra de autores como Oskar Lange o Silvio Gesell.

La mayoría de la izquierda democrática occidental no siguió esa tercera vía y aceptó el libre mercado corregido por un cierto intervencionismo estatal de matriz keynesiana. Sin embargo, el renacer de ciertas tendencias hedonistas de izquierdas al albur de mayo del 68 en Francia y sobre todo el auge del paradigma neoliberal que acabó con la supremacia teórica y política del keynesianismo en los años ochenta, volvió a colocar el anticapitalismo como seña de identidad inequívoca del izquierdismo. También tuvo lugar un renacer de los estudios sobre la obra de Marx, tanto en el aspecto filosófico como el económico, que pretendían volver a presentar a este autor alemán no tanto como el inspirador de las economías planificadas del este de Europa cuanto de presentarlo como verdadero precursor y profeta sobre los desmanes del capitalismo en sus diferentes versiones evolutivas.

Se trataba de privar a Marx del economicismo determinista al que había sido confinado por ciertas lecturas de su obra, y de rehabilitar su vena humanista hegeliana. Por otro lado, el auge del llamado marxismo analítico pretendía situar el pensamiento marxista en la senda del llamado individualismo metodológico más en boga entre ciertas corrientes de la filosofía de las ciencias sociales.

Ese hartazgo con las exigencias del libre mercado hace que buena parte de las grandes corporaciones, principales bancos mundiales y organismos económicos internacionales vean con buenos ojos el auge de movimientos como el alarmismo climático que claman por el fin del capitalismo

El caso es que hoy en día vivimos un tiempo de marcado ambiente anticapitalista. La causa de ello es múltiple como veremos en este artículo. No tiene tanto que ver esto con un renacer del marxismo como de la conjunción de una hegemonía de las visiones hedonistas de izquierda con el triunfo de una estrategia de demolición del capitalismo que se conoce como aceleracionismo.

Por ejemplo, en los Estados Unidos donde buena parte del partido demócrata, comandado por candidatos a la nominación presidencial como son Bernie Sanders o Elizabeth Warren se declara abiertamente socialista y profundamente anticapitalista, algo impensable hace unos pocos lustros.

Una encuesta llevada a cabo a comienzos del 2019 en los Estados Unidos destaca que, entre la llamada generación millennial de menores de 24 años, hasta un 61% de los encuestados se declara mucho más identificado con el socialismo que con el capitalismo. Camille Paglia, una autora del llamado feminismo disidente, afirma sin ambages que la causa última de esta tendencia hay que buscarla en el desconocimiento de las generaciones más jóvenes de lo que es realmente el socialismo.

A este dato, sin duda muy relevante pues no parece que buena parte de esta generación esté muy familiarizada con la obra de neomarxistas analíticos como Jon Elster o Adam Przeworski, hay que unirle la influencia que señalábamos antes del renacer del pensamiento hedonista de izquierdas vinculado al sesenta y ocho francés que tanta influencia ha tenido en la evolución intelectual de buena parte de los llamados pensadores de izquierdas del último tercio del siglo XX y principios del siglo XXI, y que ha acabado inundando los campus universitarios de los Estados Unidos con su literatura anticapitalista.

La llamada izquierda hedonista tiene su origen remoto en las lecturas que del pensamiento marxista hizo Paul Lafargue, cuya simbiosis de elementos marxistas y proudhonianos del socialismo ha sido muy influyente. Para Lafargue el trabajo no es una condición natural de la existencia humana, a diferencia de lo que sostenía el propio Marx en su obra La ideología alemana, sino una pesada carga creada por el capitalismo que recae fundamentalmente sobre la clase obrera. El capitalismo, según Lafargue, con su acendrado proceso de acumulación del capital, desencadena crisis económicas de superproducción que originan paro e infelicidad en el género humano. Para él la verdadera revolución socialista consistiría en una liberación del trabajo, algo que se conseguiría gracias a la tecnificación y sobre todo gracias a la reducción y al reparto del trabajo.

Muy interesante en esta visión hedonista del anticapitalismo es la aportación de Georges Bataille. Bataille, un marxista heterodoxo, realiza una aproximación que diríamos antropológica al fenómeno de los sistemas de producción. Para él, el capitalismo se indentifica con la apropiación y la acumulación de la riqueza (en la línea webberiana protestante), mientras que el comunismo es esencialmente consumo, desprendimiento y exaltación de la gratuidad. Bataille cree ver en la experiencia del Potlatch de los pueblos indígenas de Norteamérica, estudiada por el sociólogo francés Marcel Mauss, una forma primigenia y auténtica de comunismo, una verdadera “revolución” en la que la comunidad se apropiaba de la “plusvalía” generada en los periodos de producción y de acumulación de la riqueza que Bataille identifica, un tanto torpemente, con el “capitalismo”.

También hay que destacar, dentro de esta línea hedonista, la influencia del llamado movimiento situacionista, nacido para convulsionar el mundo del arte que se propuso llevar a cabo una revolución estética y ética en el seno de la izquierda. Raoul Vaneigem, uno de sus fundadores, en su célebre Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones había afirmado que «la toma de partido por la vida es una toma de partido política». Un movimiento, el situacionista, que canalizó los anhelos hedonistas de una generación de jóvenes franceses enrabietados con las exigencias de la vida adulta.

Por otro lado, la crisis de legitimidad del sistema capitalista tiene mucho que ver con la difusión de planteamientos aceleracionistas. Según la visión aceleracionista, la mejor estrategia para lograr el colapso del capitalismo es dejarlo funcionar a pleno rendimiento. Se trata de una actualización posmoderna de la visión determinista que cierto marxismo clásico tenía sobre el fin del capitalismo, según la cual las propias contradicciones internas de este llevaban aparejadas su próximo final.

En la visión aceleracionista clásica, defendida por autores como Deleuze y Guattari o más recientemente por Alex Williams y Nick Srnicek, firmantes de un célebre manifiesto según el cual el capitalismo demanda un crecimiento económico constante, una verdadera destrucción creativa en palabras de Schumpeter, según el cual la innovación constante, la creación de nuevas necesidades y la desestabilización de identidades son condiciones necesarias para su despliegue.

Esta continua exigencia de innovación, de presión creciente en favor de mayores tasas de beneficio es especialmente evidente en el llamado capitalismo financiero. De ahí que buena parte de este núcleo duro del sistema capitalista no vea con malos ojos una transición hacia un nuevo modelo productivo menos exigente para sus consejos directivos.

Ese hartazgo con las exigencias del libre mercado hace que buena parte de las grandes corporaciones, principales bancos mundiales y organismos económicos internacionales vean con buenos ojos el auge de movimientos como el alarmismo climático que claman por el fin del capitalismo. Hace unos días salía a la luz pública la noticia que se hacía eco del papel que ciertos lobbies energéticos, que se verían muy beneficados con un cada vez más cercano “New Deal Verde” auspiciado por nuestros estados, en la promoción de la activista Greta Thunberg. Otra tendencia que se observa es la de muchas grandes corporaciones que dan más importancia a la difusión del feminismo corporativo o a la lucha contra el cambio climático que a la defensa de los intereses de sus accionistas o su cuenta de resultados.

Hace unos años el pensador americano Fredric Jameson afirmaba que era más sencillo imaginarse el final del mundo que el colapso del capitalismo. Ahora parece que simular el final del planeta es la coartada del propio capitalismo para hacerse el Harakiri.

Foto: Jp Valery


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