El Gobierno ha aprobado un Anteproyecto de Ley, envuelto en el sintagma “memoria democrática”. El concepto es semánticamente confuso. La memoria es un ejercicio individual, y por tanto no puede ser estrictamente democrática. Dos personas no pueden acordar la memoria de un tercero. Esa confusión es calculada: se basa en la probabilidad esperada del cómputo de ciudadanos que asuman como inmediatamente cierto, y justo, todo aquello que se apellide “democrático”. A tal fin, la colaboración de los medios de comunicación ni siquiera entra en el cálculo, porque se da por hecha: su probabilidad es de uno.

Amnistía Internacional ha estudiado el texto que se someterá al Congreso de los Diputados. No oculta su impaciencia. Ni siquiera esta ley va lo suficientemente lejos. Y precisa: “Todavía no aparece claramente identificada una política de Estado sobre el derecho a la verdad colectiva”. Este derecho que, al parecer, nos asiste, a que el Estado establezca una verdad que debamos asumir colectivamente, está reconocido en el texto del anteproyecto. Pero sólo como una “finalidad de fomentar el conocimiento científico imprescindible para el desarrollo de una memoria democrática”, pero no se relaciona “expresamente con la promoción de la verdad colectiva”.

Amnesia Iternacional nos dice que tenemos el derecho, pero en realidad el deber, de asumir como única verdad la que nos quiera imponer el Gobierno. Es nuestro derecho a ser adoctrinados por el Estado

En el texto del anteproyecto se habla de la verdad en dos sentidos. Uno, estrictamente individual: Las víctimas del franquismo, y del bando nacional de la Guerra Civil, y sólo las de ese bando, tienen el derecho a que el Estado ponga los medios adecuados para que se conozcan las circunstancias en las que éstas sufrieron la represión franquista.

Pero el texto también habla de otro concepto de verdad, que es estrictamente colectivo. Así, dice: “La ciudadanía tiene actualmente el derecho inalienable al conocimiento de la verdad histórica sobre el proceso de violencia y terror impuesto por el régimen franquista, así como sobre los valores y los actos de resistencia democrática que llevaron a cabo quienes cayeron víctimas de su represión”. En otro lugar habla de una “verdadera memoria escrita del Estado”, como eufemismo de verdad oficial.

¿Qué es este “derecho a una verdad colectiva” del que habla Amnesia Internacional? Para empezar, ¿puede existir una verdad colectiva? Si hablamos de los hallazgos de la ciencia, entonces quizás podamos llegar al consenso de aceptar algunos de ellos como establecidos, aunque para ello nos debamos olvidar de que la ciencia es una búsqueda sin término (Popper). Pero sobre las cuestiones políticas, en las que necesariamente hay un conflicto, ¿podemos hablar de una verdad colectiva? Y, por otro lado, ¿quién es el titular de ese derecho? Si lo somos los ciudadanos, ¿se trata de una norma de carácter dispositivo? Es decir, ¿puedo renunciar a participar de esa verdad colectiva u oficial? SI el titular de ese derecho es el Estado, ¿tengo derecho a ignorar al Estado en este punto, como sugería Herbert Spencer?

Creo que todo este asunto se entiende mucho mejor si reconocemos que detrás de esos conceptos está Emile Durkheim. Durkheim asumía una psicología sensacionalista. Y pensaba que la vida en común, la interrelación de personas, daba lugar a una “conciencia colectiva”[i], que es mucho más rica que la de cualquiera de sus elementos, los individuos. De este modo, esa mente colectiva, que tiene conciencia propia, es superior a la de cualquiera de los miembros de la sociedad. De hecho, moldea las conciencias particulares, marca las lindes del pensamiento de cada persona y se impone a esas conciencias, pequeñas y falibles.

Sólo la conciencia colectiva es capaz de llegar a una verdad absoluta. Aquí, esa conciencia es un trasunto de Dios, verdad en Sí mismo y fuente de todo lo verdadero. De hecho, aunque en un sentido distinto, Durkheim llega a establecer que Dios y la sociedad son lo mismo: para él Dios es la propia sociedad, transfigurada e imaginada en un elemento externo, o en un totem. Durkheim ve a Dios como una creación social y, en última instancia, como una criatura fruto de esa conciencia colectiva. Y así como Dios es la verdad, en realidad la verdad quien la establece es quien ha creado a Dios; es decir, la propia conciencia colectiva.

Lo que no está asegurado, según Durkheim, es que esa conciencia colectiva alcance la verdad. Es más, puede cometer errores, y ello genera conflictos sociales. Para resolver esa cuestión, Durkheim plantea una serie de dicotomías que le permiten llegar a conclusiones para él feraces: Hay una sabiduría colectiva que se encarna en la ciencia, en el imperio de la razón, y en última instancia, como manifestación política de todo ello, en el Estado. A esta sabiduría colectiva se le contrapone una falsedad colectiva, en la que están los sentimientos populares, o las creencias irreflexivas de las masas.

Es evidente que a cada uno de nosotros nos asiste el derecho de conocer los crímenes del franquismo, como los de cualquier grupo político que haya recurrido al Estado o a cualquier otro medio violento. El Anteproyecto de Ley no se refiere a la posibilidad de que investiguemos el pasado o de que nos beneficiemos de que otros, como por ejemplo los historiadores, lo hagan y den a conocer sus hallazgos. A lo que se refiere el texto es a que tenemos el derecho, pero en realidad el deber, de asumir como única verdad la que nos quiera imponer el Gobierno. Es nuestro derecho a ser adoctrinados por el Estado.
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[i] La teoría de una conciencia colectiva fue elaborada anteriormente por Alfred Espìnas en su obra Des Societés Animales (1877). Ver History of Political Thought. Raymond Gettell. Routledge, 1924 (2020). Cap. XXVIII. 3.

Foto: iam_os.


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6 COMENTARIOS

  1. El problema de los idiotas decadentes que gobiernan, es, que siendo incapaces de ocuparse de los asuntos propios de la política relativos al “aquí y ahora”, no paran en la ideación de ocurrencias absurdas y disparates. La deriva es inquietante por totalitaria. Pero también lo es porque asegura un fracaso histórico; el del estado-iglesia que pretenden construir. Una ilusión añeja y maloliente, ya experimentada, repetidamente fracasada, y que estos casposos que se llaman progresistas no cejan de intentar.

    • La sabiduría colectiva debe ser esa que le dice a los idiotas socialistas «del dicho al hecho va un trecho», y que trecho, la ruina de la nación, la miseria y la dictadura de los idiotas.

  2. “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí”
    Juan 14:6

    En las religiones de Estado (ideologías) es lo esperable.
    Dado no se entiende verdad como virtud socrática, sino como camino “al padre” (Estado/interés). Es decir, no se entiende verdad como elemento aristocrático (aristoi) e humanizante. Homérica en el sentido de lucha interior y exterior, el héroe de la ética (personalidad) y el pensamiento (discernir del cosmos frente al caos). Sino como medio para un objetivo. Lo cual es realmente una fe, no verdad.

    Lo cual, asociado al Estado es simplemente fascismo (fe en el Estado).

    • «Juan 8:31-38
      La verdad os hará libres
      31 Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos;

      32 y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.»

      Por supuesto que no se refiere ni a la «verdad» ni a la verdadera «libertad». Es exactamente a lo que aspiran los actuales dirigentes de este nuevo orden mundial, estos nue os ayotolás aspira al «Islam», la sumisión plenamente aceptada.
      La creación de una nueva religión.

  3. Todos sabemos que la ley de memoria histórica es una ley propia de una dictadura, a negar está verdad sólo se atreverá el Tribunal Prostitucional, aunque siempre nos podremos consolar con aquella frase que atribuyen a Einstein,
    «Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro.»

    Yo no sé si aquella conjunción planetaria a la que se refería una idiota era ésta, la conjunción de los idiotas del planeta inventando el mundo.
    Todo parece indicar que si, que no cabe un tonto más en el gobierno mundial y que los organismos internacionales expelen idiotas como una churrera.

    Me niego a discutir las barbaridades que se pretenden imponer.
    Que daño hizo el siglo XX.

    Da igual a la parte que miremos del planeta, la idiotez está presente. Si antes la idiotez estaba reservada para unos pocos marginados, ahora está reservada para los privilegiados que ostentan algún tipo de poder, ahí están todos los idiotas recibiendo los aplausos del ser más idiota que ha fabricado la sociedad actual, el periodista ignorante, cobarde y bruto hasta el último gen.

    Señala el autor a propósito de los idiotas,

    «Hay una sabiduría colectiva que se encarna en la ciencia, en el imperio de la razón, y en última instancia, como manifestación política de todo ello, en el Estado.»

    Pues parece que el estado ha perdido la sabiduría colectiva en cuestión de pandemias, por poner un ejemplo, que no es cuestión de pasar de idiotas a gilipollas.
    Los estados se han comportado al contrario de como la sabiduría colectiva, en caso de existir, cosa que dudo, nos hubiera recomendado, a ver si estamos confundiendo experiencia, tradición o conocimiento con sabiduría.

    Hace tres generaciones se hubieran merendado esta pandemia con prudencia, protección, distancia y limpieza, y unas cuantas ideas eficaces, a nadie se le hubiera ocurrido paralizar la economía.

    Si algo nos demuestra esta época es que la sabiduría no es transmisible y que las sociedades vuelven a caer en los peores errores de la historia convencidas que avanzan como el gobierno de España «España puede» quebrar, irse al mierda, tener un conflicto civil, tener una dictadura en la que ya estamos, claro que puede, por poder puede irse al carajo de los idiotas.

    A pesar de todo yo me lo estoy pasando pipa, es una época extraordinaria para descubrir por qué las sociedades vuelven a cometer los errores que las destruyen.

    Que daño hizo el siglo XX.

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