En el verano de 1989, unos pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín, el politólogo estadounidense de origen japonés Francis Fukuyama publicaba un artículo en The Nacional Interest, con el provocativo título de “The End of History?” Como era de esperar, los reporteros y analistas de todo el mundo entraron al trapo y la mayoría, sin leer o al menos entender la tesis del profesor norteamericano, dictaminaron con suficiencia que la historia no se podía acabar y mucho menos bajo la égida de un patán como Ronald Reagan y la inspiración de una dama herrumbrosa como Margaret Thatcher.

Naturalmente, el perspicaz analista no sostenía que la historia, sin más, estaba tocando a su fin. Tenía incluso la precaución de sostener su interpretación bajo un cauto interrogante, matiz que obviaron muchos polemistas. Lo que sostenía Fukuyama, en la órbita de la filosofía de la historia urdida por Hegel, era que la secular lucha ideológica sobre la conformación de la comunidad política podía estar tocando a su fin con la debacle del socialismo real y el consiguiente triunfo de las democracias avanzadas, inspiradas en la separación de poderes y el liberalismo doctrinario.

El pretendido triunfador tenía en su núcleo duro un virus letal al que solo le hacían falta unas determinadas condiciones ambientales para desarrollarse peligrosamente

Algo después publicó un libro que desarrollaba esos planteamientos. En español llevaba el título de El fin de la historia y el último hombre (1992). Hizo falta muy poco tiempo, apenas un par de años, para empezar a sospechar que Fukuyama se equivocaba gravemente, pero por razones completamente distintas a las que señalaban sus contradictores. La cuestión no era el agotamiento de los sucesos históricos, ni siquiera la supuesta inanidad de las controversias ideológicas. El problema estaba en que el pretendido triunfador tenía en su núcleo duro, como hoy diríamos, un virus letal al que solo le hacían falta unas determinadas condiciones ambientales para desarrollarse peligrosamente.

Fukuyama tuvo el mérito de lanzar una hipótesis atrevida en un momento muy temprano, cuando terminaba un ciclo (la larga estela de la Revolución de Octubre, de 1917 a 1989 ó 1991) y apenas se vislumbraba una nueva era. No se le podía exigir que previera el desarrollo primero y la conmoción después de los cuatro grandes fenómenos –nuevas revoluciones– que entonces estaban en ciernes y que marcarían con su incertidumbre los estertores del siglo XX y prolegómenos del XXI: la globalización, la revolución tecnológica, la conflictiva inestabilidad política tras el fin del mundo bipolar y el repunte de movimientos sociopolíticos de viejas raíces pero nuevos alcances (nacionalismo, populismo y terrorismo).

La conjunción de todos estos elementos se ha revelado sobre todo catastrófica -de modo paradójico- para el supuesto vencedor de la contienda, es decir, el sistema democrático tal y como lo habíamos establecido convencionalmente. Y ello ha ocurrido además en un cortísimo lapso de tiempo, que nos ha dejado sin capacidad de asimilación y reacción. En buena parte de las democracias, incluso las más asentadas, los partidos tradicionales se han hundido o, en el mejor de los casos, se han tenido que reinventar dejándose jirones de sus fundamentos ideológicos en el camino. En particular, no puede ser más sintomático lo que ha sucedido con los llamados partidos de la izquierda clásica, socialistas y comunistas.

La descomposición de las ideologías y partidos tradicionales ha dado paso a otras alternativas que minan el funcionamiento del sistema democrático

Con todo, ello no sería particularmente grave si la nueva reubicación ideológica respetara básicamente la estructura del sistema y los mecanismos de contrapeso de poderes que constituyen su esencia. No es el caso, como sabemos. La descomposición de las ideologías y partidos tradicionales ha dado paso a otras alternativas que minan el funcionamiento del sistema democrático. La crisis económica y el malestar de amplias capas de la población (jóvenes, desempleados, antigua clase media pauperizada) conducen a una agria impaciencia por un lado y una insalvable desconfianza por otro.

Un descrédito que se proyecta sobre una clase dirigente a la que se ve como corrupta, inepta o, en el mejor de los casos, de espaldas a las necesidades e intereses del conjunto de la población. En ese caldo de cultivo surge el populismo y el meteórico ascenso, de Trump a Salvini, de cualquier líder que tiene la habilidad de presentarse como antisistema. En estas coordenadas el juego parlamentario y las garantías judiciales aparecen como principales obstáculos para esta nueva ola que se sustenta en promesas de difícil cumplimiento y persigue eficacia al precio que sea, usando cualquier atajo. ¿Les suena a algo todo esto?

No, no hablo de fascismo porque la historia no se repite mecánicamente. Pero esta insatisfacción se canalizará de modo no ciertamente tranquilizador. El fenómeno, por lo demás, es generalizado y sucede a velocidad de vértigo, pero los más avisados ya están dando voces de alarma. Fíjense, no ya en las columnas de opinión, sino en los ensayos políticos que están apareciendo: El camino hacia la no libertad de Timothy Snyder; El pueblo contra la democracia: Por qué nuestra libertad está en peligro y cómo salvarla, de Yascha Mounk; Contra la democracia, de Jason Brennan; Cómo mueren las democracias, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt.

Siendo diversos los análisis, coinciden en dos puntos esenciales: hay un peligro que no debemos minusvalorar y, hoy por hoy, no parece que marchemos en la dirección adecuada. En ese contexto el caso español presenta perfiles propios –el desafío secesionista- pero en lo esencial no deja de ser una variante de la deriva que afecta a todo el mundo. El populismo adquiere aquí caracteres básicamente izquierdistas –Podemos– por razones históricas y sociológicas, mientras que los partidos tradicionales se mantienen a duras penas y surge en el ámbito conservador una reacción –Vox– ante la que se agita el espantajo de extrema derecha, como si la extrema izquierda y la xenofobia nacionalista no estuvieran campando a sus anchas por ayuntamientos, diputaciones y comunidades desde hace varios años.

El llamado despectivamente por muchos “régimen del 78” presenta unas muestras alarmantes de agotamiento en todos los niveles

En cualquier caso, lo esencial también aquí estriba en cómo va fraguándose un profundo descrédito del entramado político en su conjunto, auspiciado por una clase dirigente tan venal como irresponsable. Convertido en un sistema partitocrático más que propiamente democrático, con el principio de separación de poderes técnicamente muerto, el llamado despectivamente por muchos “régimen del 78” presenta unas muestras alarmantes de agotamiento en todos los niveles sin que –y esto es lo peor de todo- se vislumbre alternativa alguna a corto o medio plazo. No sean ilusos y no se dejen engañar por los cantos de sirena interesados: las elecciones no van a resolver por sí solas un problema que es mucho más profundo.

¿Qué nos queda entonces? No soy optimista sobre el futuro inmediato –y no hablo ahora solo del ámbito español- pero eso no quiere decir que propugne la inacción con el peregrino argumento de que nada serviría para nada. Aunque sea dando palos de ciego es preferible ensayar algo que permanecer pasivos. Aunque solo fuera porque la pasividad y el escepticismo benefician sobre todo a los enemigos de la libertad, que tienen en este río revuelto y estos tiempos confusos su momento propicio de medrar.

Pero, en contra de lo que pronosticaba Fukuyama, los analistas actuales se inclinan por el triunfo futuro de una democracia formalmente parecida pero en el fondo bien distinta al sistema de libertades que puristas e ideólogos defendían hace poco más de medio siglo. En ella el populismo –con diversas variantes- no solo no desaparecerá sino que tomará carta de naturaleza como factor primordial. Los modernos medios de comunicación ampliarán su influencia. El mundo por razones económicas y políticas será un lugar bastante inseguro e inestable. En esas condiciones, no creen que la democracia clásica pueda o sepa responder a las nuevas exigencias sociales. Seguiremos votando, claro, pero eso no supondrá tener más y mejor democracia.

Foto: Anthony Garand

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Rafael Núñez Florencio
Soy Doctor en Filosofía y Letras (especialidad de Historia Contemporánea) y Profesor de Filosofía. Como editor he puesto en marcha diversos proyectos, en el campo de la Filosofía, la Historia y los materiales didácticos. Como crítico colaboro habitualmente en "El Cultural" de "El Mundo" y en "Revista de Libros", revista de la que soy también coordinador. Soy autor de numerosos artículos de divulgación en revistas y publicaciones periódicas de ámbito nacional. Como investigador, he ido derivando desde el análisis de movimientos sociales y políticos (terrorismo anarquista, militarismo y antimilitarismo, crisis del 98) hasta el examen global de ideologías y mentalidades, prioritariamente en el marco español, pero también en el ámbito europeo y universal. Fruto de ellos son decenas de trabajos publicados en revistas especializadas, la intervención en distintos congresos nacionales e internacionales, la colaboración en varios volúmenes colectivos y la publicación de una veintena de libros. Entre los últimos destacan Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Primer Premio de Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto (Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Marcial Pons, 2014).

10 COMENTARIOS

  1. “los intereses de ese nuevo orden mundial que conspira contra el incuestionable progreso y avance de Occidente, en todos los órdenes, van destinados a frenar nuestra reproducción, nuestra esperanza de vida y a conseguir un claro retroceso evolutivo”.
    “Con las actuales condiciones de vida en Occidente, Entorpecemos los planes de aquellos “arquitectos” que trabajndo detrás de la escena, diseñan el nuevo orden mundial”.
    Personalmente nunca me han convencido las teorías conspiracionistas que no son capaces ni de señalar quienes son los supuestos conspiradores, ni cuales son los objetivos que persiguen ni los medios que utilizan.
    Sin las pruebas que acrediten lo anterior, todo eso del “nuevo orden mundial” no es, y ni siquiera suena, distinto a “Los protocolos de los sabios de Sión” y libelos por el estilo.

  2. Articulo apocalíptico con el que estoy de acuerdo.

    La historia siempre se ha basado en la relación del poder con la generación de riqueza. Marx tenia razón.
    Los medios de producción han marcado los regímenes politicos adaptándose al la realidad. Su realidad del momento.

    El liberalismo nos trajo el trading, o quizás fue al revés. El capitalismo como fuente de riqueza de las naciones hasta se ligo con la ética protestante, como si no hubieran chorizos en el norte.(Weber)

    Las economías “busca tesoros” han funcionado mejor con sistemas autoritarios otorgando concesiones y privilegios. Asi nos fue en España y mucho peor en Africa.

    Con el enorme cambio que ha supuesto internet en las relaciones humanas y en general en todo el mundo de la automatización , estamos de facto explorando los primeros años de un mundo nuevo.

    Las relaciones laborales, la forma de relacionarse, de comprar, de encontrar trabajo, y pronto de hacer política se han alterado de forma irreversible.

    Olvidemonos del pasado porque ya no nos sirve ni siquiera para evolucionar.

    Estamos ante un cambio disyuntivo en la historia de la humanidad de dimension gigantesca.

    El modelo de política, de “la cosa pubica” o res publica esta cambiando a algo que no conocemos.

    Puede ser 1984 o puede ser a algo mas libre y participativo.
    En cualquier caso los manipuladores se frotan las manos:

    La telepantalla que te escucha y habla ya esta en nuestras casas: se llama Amazon alexa o google home.

    Puede que estén construyendo ya el nuevo Ministerio de la Verdad, apoyados en las cadenas amigas, tweeter las fakes news, y las redes sociales ya taladradas.

    Algo de miedo si da, para qué engañarnos.
    Crucemos los dedos.

    • Muy cierto lo que dices, Talleyrand, vivimos en la actualidad un nuevo cambio de época, como con la transición del Antiguo Régimen a la Sociedad Industrial o de esta al Estado Social. Ahora entramos en la Era de la Globalización. Tres rupturas históricas en dos siglos.

      El nuevo ciclo tiene una economía muy dependiente del capital y del conocimiento y está mucho menos subordinado al factor trabajo. Es la economía gig, u «on-demand economy», que congrega los tres elementos más destacables del desarrollo económico actual: el envite de la globalización del poder económico y de los Estados; el desarrollo acelerado de las nuevas tecnologías; y los nuevos hábitos de consumo «on-demand» a través de la proliferación de plataformas digitales, en donde el consumidor busca la inmediatez de acceso masivo a servicios y productos a precios accesibles, y la sustitución de la propiedad del bien por el de su uso.

      El proyecto conlleva la transformación en pública de nuestra vida privada, proceso de ingeniería social que tiene sus herramientas propias: nuevas formas de convivencia grupal que llevan a la pérdida de los vínculos familiares, el relacionamiento a través de las redes, la implantación de gigantescos bancos de datos personales «big data», un nuevo lenguaje de comunicación emocional basado en creer, sentir, opinar y parecer usando signos, siglas, códigos, imágenes, emociones y sensaciones, en fin, la primicia de la perspectiva subjetiva sobre la objetividad, la exactitud y la neutralidad.

      Pero no hay que tenerle miedo al cambio, la capacidad de adaptación del ser humano parece infinita. Solo hay que ver por lo que hemos pasado estos milenios de historia conocida y aquí seguimos, vivitos y coleando.

      Un abrazo.

    • El amigo Marx no dio ni una. Se quivocó en todo, desde la formación del precio de las cosas,cuestión esta fundamental del marxismo, hasta lo de que las superestructuras. política, religión etc, dependen de la estructura económica. Y las ideas de Weber sobre la relación entre la ética protestante y el capitalismo están absolutamente desfasadas.

  3. Pero ¿qué es el populismo? A primera vista podría entenderse que populismo sería aquel movimiento que se dirige a algo llamado “pueblo” o “gente”, en contraposición a una casta que le oprime. En resumen una explicación sencilla, con cierto olorcillo marxistoide, a las cuestiones políticas fundamentales. Una apelación a la bondad innata de ese pueblo o gente frente a la maldad congenita de los “poderosos”. En España se califica de populista a Podemos y recientemente a VOX, ¿pero de verdad encajan en esta aproximación al concepto? No conozco un partido más defensor del Orden Mundial que Podemos. Defienden con ardor todas las ideas fuerza sobre las que se está construyendo ese nuevo orden mundial: control de la población mediante la ideología de género y el aborto, eliminación de cualquier tipo de identidad religiosa o nacional, defensores a ultranza del multiculturalismo y de la inmigración masiva. ¿Esto es ser populista en contraposición a la casta?. En cuanto a Vox, parece más una reacción conservadora precisamente frente al mundialismo. Vox está mucho más cerca de Orban que del FN. No se si esto es populismo.

    • Por favor como puedes decir que “No conozco un partido más defensor del Orden Mundial que Podemos”. Un partido este que nace a la sombra del 15 M organizado este por la Open Society dirigido por Soros, en donde además nos a traído todo el montaje de las LGTB y Feminismo intolerante, un partido que apoya y no condena el terrorismo de ETA que se retrata sin pudor con etarras y secesionistas, un partido que es incapaz de condenar todo cuanto está ocurriendo en Venezuela, como dijo Errejón si vergüenza alguna “en Venezuela comen tres veces” Un partido cómplice en favorecer la inmigración descontrolada que promueve Soros.
      https://situacionesdficiles.blog/2018/02/07/la-trama-bilderberg-para-destruir-espana-final/
      El populismo vende con el descontento social, se podría decir que Tramp vendió populismo y ya vemos sus políticas, PODEMOS vendió populismo también y ya vemos hoy son pura #CASTA y hoy VOX vende populismo porque en España cada vez estamos más artos del descontrol y abusos de los inmigrantes sobre todo musulmanes.
      http://thesaker.is/george-soros-open-society-foundation-unmasked-in-a-major-leak/

    • “No conozco un partido más defensor del Orden Mundial que Podemos. Defienden con ardor todas las ideas fuerza sobre las que se está construyendo ese nuevo orden mundial: control de la población mediante la ideología de género y el aborto, eliminación de cualquier tipo de identidad religiosa o nacional, defensores a ultranza del multiculturalismo y de la inmigración masiva”

      Brillante observación, Brigante, porque los intereses de ese nuevo orden mundial que conspira contra el incuestionable progreso y avance de Occidente, en todos los órdenes, van destinados a frenar nuestra reproducción, nuestra esperanza de vida y a conseguir un claro retroceso evolutivo. Y el resultado será el mismo que si se librase una guerra y una batalla abierta, en el sentido físico y real del término. Con las actuales condiciones de vida en Occidente, Entorpecemos los planes de aquellos “arquitectos” que trabajndo detrás de la escena, diseñan el nuevo orden mundial.

      Mejor si somos menos para mantener y sostener el equilibrio poblacional en el planeta. Aparte que, es es más fácil dirigir, manipular, controlar, esclavizar y subyugar a una población desarmada y demasiado desmoralizada y envejecida, como para rebelarse. Y es así como los indigentes intelectuales que se prestan a favorecer este escenario, se revelan como los tontos útiles del sistema y de ese nuevo orden mundial.