En España hemos hecho del derrotismo una coartada moral: cuando algo no funciona, preferimos convencernos de que es culpa de nuestra naturaleza, no de nuestras decisiones. Esa forma de bajar los brazos, tan vieja como esculpatoria, reaparece hoy reforzada por ciertos discursos académicos que presentan nuestras disfunciones políticas como reflejos inevitables de una biología ancestral.

Publicidad

Desde hace tiempo se ha vuelto habitual explicar casi cualquier fenómeno político o moral recurriendo a la biología. El auge de la antropología cognitiva y de las ciencias evolutivas ha popularizado la idea de que comportamientos como el tribalismo, la desconfianza hacia el otro o la propensión al conflicto y la polarización estarían tan profundamente inscritos en nuestro ADN que apenas dejarían margen a la cultura evolutiva, la política o el aprendizaje histórico.

La biología nos condiciona, pero no nos encierra. nuestra naturaleza también aprende y cambia. Y precisamente porque somos máquinas biológicas capaces de aprender de la experiencia, la democracia liberal no es una anomalía contraria a nuestra naturaleza

En esa línea se inscribe una reciente entrevista al antropólogo francés Pascal Boyer, uno de los divulgadores más influyentes de este enfoque. Boyer sostiene que las democracias liberales chocan de forma recurrente con mecanismos psicológicos heredados: pensamos en términos de grupos enfrentados, buscamos líderes fuertes, sospechamos del disidente y tendemos a moralizar la política. Nada de eso sería una desviación proipia de la modernidad, sino la expresión natural de un cerebro adaptado a la vida tribal.

El diagnóstico de Boye contiene una parte indiscutible de verdad. Sin embargo, cuando se presenta como una explicación cerrada del comportamiento social, corre el riesgo de deslizarse hacia un determinismo absolutista. Un sesgo frecuente en las disciplinas altamente especializadas: cuando se dispone de una herramienta potente, se tiende a usarla para explicar absolutamente todo, confundiendo condicionamiento con destino inescapabale.

Es indudable que la propensión a la violencia forma parte de la naturaleza humana, como ocurre en el resto de los animales. Pero no es menos cierto que hemos aprendido a contenerla. Y no sólo porque se nos haya aleccionado mediante normas o educación cívica, sino porque esa misma biología nos dotó de capacidades decisivas para la supervivencia: la anticipación al peligro, la acción y reacción, la memoria y el aprendizaje, consciente e inconsciente.

Aprendemos a identificar señales, comportamientos y cambios en el entorno que anticipan el riesgo. Del mismo modo, asociamos determinadas actitudes con consecuencias positivas. Por muy tribales que seamos,  a base de aprendizaje también hemos interiorizado que nuestra seguridad es mayor en entornos donde la cooperación prevalece frente a la depredación, la violencia y la impunidad.

Así puede explicarse que prácticas como la piratería o el pillaje estén hoy prácticamente erradicadas en las regiones del mundo más civilizadas. No porque sintamos un impulso místico hacia el orden o la ley, sino porque la experiencia histórica nos ha enseñado que allí donde estas se asientan aumentan nuestras probabilidades de sobrevivir y prosperar. Como recordaba Edmund Burke, “la sociedad no es sólo un contrato entre los vivos, sino entre los muertos, los vivos y los que están por nacer”: un aprendizaje acumulado, no una construcción artificial levantada de la nada.

Algo muy similar ocurre con eso que llamamos principios y valores. Su propagación no se debe tanto a escrituras sagradas como a un proceso de ensayo y error. Mediante este proceso y a lo largo de siglos, hemos interiorizado que en los lugares donde el delito se persigue y el robo se castiga hay más certidumbre, más confianza y más prosperidad. La moral no sólo desciende del cielo: también se decanta con el tiempo.

Otra realidad que conviene no perder de vista es que la democracia liberal, con la excepción parcial del Reino Unido, es una forma de gobierno extraordinariamente reciente. En Europa apenas alcanza el siglo de vida si atendemos al momento en que se normalizó el sufragio universal, incliyendo a las mujeres. En tiempo histórico, un fin de semana. En tiempo biológico, un parpadeo. Su recorrido es brevísimo si se compara con los modelos autoritarios del Antiguo Régimen, que dominaron el mundo durante siglos. Juzgarla como un fracaso definitivo equivale a exigirle a una obra apenas comenzada la solidez de una catedral milenaria.

De ahí la necesidad de recapacitar frente al fatalismo imperante en estos tiempos convulsos, muy presente entre quienes ven en la democracia liberal la raíz de todos los males, especialmente los morales. Se olvida con demasiada facilidad que, pese a las guerras, las crisis y el ruido mediático, el mundo actual es incomparablemente mejor que el de hace cien años. Este contraste se vuelve aún más apabullante cuanto más retrocedemos en el tiempo: menos violencia, menos pobreza extrema, más esperanza de vida.

En España, este fatalismo adopta una forma particularmente paralizante. Existe en los españoles una acusada tendencia a asumir que ciertos comportamientos atávicos son pétreos, inamovibles, y que cualquier intento de mejora está pior definición condenado al fracaso. Frente a esa fatal resignación conviene recordar que el aprendizaje social no es lineal ni automático, pero tampoco inexistente. Con determinación y paciencia, las sociedades pueden ir desprendiéndose de inercias negativas profundamente arraigadas. La historia española, con todas sus sombras, ofrece también ejemplos de progreso institucional y moral.

Si Francis Fukuyama pecó de optimismo antropológico cuando, tras la caída de la URSS, anunció el “fin de la Historia” en sentido político, incurriremos en un error simétrico e igualmente grave si hoy proclamamos la incompatibilidad estructural entre el orden liberal y la naturaleza humana. Ambas posturas comparten el mismo defecto: confundir tendencias con destinos inexorables. La biología nos condiciona, pero no nos encierra. Nuestra naturaleza también aprende y cambia. Y precisamente porque somos máquinas biológicas capaces de aprender de la experiencia, la democracia liberal no es una anomalía contraria a nuestra naturaleza, sino una veolución frágil, reciente y perfectible, pero profundamente humana.

No tendrás nada y (no) serás feliz

¿Por qué ser mecenas de Disidentia? 

En Disidentia, el mecenazgo tiene como finalidad hacer crecer este medio. El pequeño mecenas permite generar los contenidos en abierto de Disidentia.com (más de 3.000 hasta la fecha), que no encontrarás en ningún otro medio, y podcast exclusivos (más de 250) En Disidentia queremos recuperar esa sociedad civil que los grupos de interés y los partidos han silenciado.

Ahora el mecenazgo de Disidentia es un 10% más económico al hacerlo anual.

Forma parte de nuestra comunidad. Con muy poco hacemos mucho. Muchas gracias.

¡Hazte mecenas!