Después del anuncio de los primeros sondeos a pie de urna en Francia, las redes, y muy pronto muchos medios, se inundaron con el mensaje de “Francia se salva del fascismo”. Yo añadiría” otra vez”, porque durante los últimos años, incluso cuando Jean Marie Le Pen era presidente del entonces Front National, Francia no hace otra cosa que salvarse de la extrema derecha. Por el contrario, en la derecha muchos han hablado de la caída de Francia, tampoco es la primera vez, y del triunfo del caos. Algunos han mencionado la novela Sumision (2015) de Michel Houllebecq, un relato de “ficción” en el que todos los partidos apoyan a un candidato islamista para impedir la victoria del candidato del FN. El islamista se convierte en presidente de la República y, poco a poco, y de la mano del protagonista de la novela, vemos como Francia camina firmemente y sin grandes sobresaltos hacia la islamización. Al fin y al cabo, el islam está cada vez más presente en Francia.

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Sin embargo, y a pesar de la victoria de un Nuevo Frente Popular en el que el llamado “islamo-izquierdismo” es una realidad cada vez más preocupante, aún no hemos llegado al escenario planteado en “Sumisión”, lo que no quiere decir que esa posibilidad deje el mundo de la ficción para hacerse realidad. Lo que ha sucedido el domingo en Francia me ha recordado a una película que está a punto de cumplir treinta años: La haine (El odio).

La gran pregunta, que también nos hacemos cuando pensamos en Occidente, es: ¿reaccionará Francia a tiempo o lo hará cuando sea demasiado tarde?

La película, de culto para muchos militantes de izquierda, cuenta la historia de tres jóvenes marginales que viven en un suburbio parisino en el que sufren el fascismo, representado por la violencia policial, y los prejuicios de la sociedad francesa. Incluso aparece Le Pen, vitoreado como presidente por unos violentos cabezas rapadas. El odio, tan habitual en los suburbios, no sólo no ha desaparecido, si no que cada vez está más extendido en la sociedad francesa, pero no precisamente por parte de la extrema derecha. Hay odio en las manifestaciones y disturbios provocados por la izquierda se gane o se pierda las elecciones, porque cualquier excusa es buena para destruir mobiliario urbano y saquear comercios; hay odio en los colectivos antifascistas que no tienen ningún reparo en agredir a mujeres como las del Colectivo Némesis; hay odio en los militantes islamo-izquierdistas que señalan y agreden a judíos por el mero hecho de serlos; hay odio en la violencia contra los franceses, en los atentados islamistas que han dejado centenares de muertos y en la quema de iglesias. Y todo ese odio no lo ha creado Le Pen.

También está el miedo. Como el odio, el miedo es otro atributo de la extrema derecha y, sin embargo, la estrategia del miedo ha sido la favorita de los partidos políticos franceses para detener el avance del partido de Le Pen. “La extrema derecha divide y lleva a una guerra civil, porque enfrenta a las personas dependiendo de su religión o de su origen”, afirmaba Macron  hace poco más de dos semanas. También se refirió en términos similares, “guerra civil”, a la extrema izquierda, pero no ha dudado en echarse en sus brazos para detener a la extrema derecha. Cuando la izquierda provoca una guerra civil, se le llama revolución.

El resultado del apoyo del “centro” de Macron a la extrema izquierda ha propiciado la victoria electoral del Nuevo Frente Popular, que crece 51 escaños hasta los 182, mientras que los centristas pierden 76 escaños y bajan a 168. El primer ministro, el macronista Gabriel Attal, anunció su dimisión, aunque se mostró dispuesto a dirigir un Gobierno provisional ante una “situación política sin precedentes”. No parece que la jugada de Macron haya tenido éxito.

En la derecha, los populares franceses, Los Republicanos, perdieron 11 escaños y se quedan en 60, en medio de fuertes divisiones internas sobre qué camino tomar ante el ascenso imparable del partido de Le Pen. RN es el partido que más crece en votos y escaños, ganando 54 y alcanzando los 143. Es un éxito enorme, sin duda, pero que sabe a poco después de las expectativas creadas en las elecciones europeas y en la primera ronda. RN ha logrado romper el cordón sanitario del resto de partidos y ha obligado a Macron a una alianza antinatura, pero debe convencer a más franceses de que no son ellos quienes enarbolan el odio y el miedo. En este sentido, es imperativo marcar distancias con el Kremlin y, de hecho, el apoyo del ministerio de Asuntos Exteriores ruso antes de las elecciones supuso un regalo envenenado para Le Pen, que lo calificó como una injerencia.

Pero volvamos a La Haine, al principio y al final de la película se narra la historia de un hombre que cae de un edificio de cincuenta pisos. Para tranquilizarse mientras cae al vacío, el hombre no para de repetirse a sí mismo: “Hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien… Pero lo importante no es la caída, es el aterrizaje”. Francia es el hombre que cae del edificio y que planta a planta se dice “hasta ahora todo va bien”. Pero por más que se autoengañe no es así, el suelo cada vez está más cerca y el aterrizaje sólo puede acabar de una manera. El próximo gobierno, especialmente si consideramos las políticas migratorias que propone la izquierda, puede acelerar aún más la caída y el inminente desastre. La gran pregunta, que también nos hacemos cuando pensamos en Occidente, es: ¿reaccionará Francia a tiempo o lo hará cuando sea demasiado tarde?

Foto: Concepcion AMAT ORTAS.

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