El necesario debate de ideas ha quedado reducido a una discusión utilitarista, donde todo parece estar al albur de la constatación de si ésta o aquella política nos proporcionará más o menos bienestar. El lenguaje de «bien» y «mal», “correcto” e “incorrecto”, ha sido reemplazado por la expresión «la investigación muestra…”. Es la política basada en la evidencia donde todo se supedita a los datos, al empirismo; en definitiva, a la demostración científica de que, en efecto, una idea es mejor que su contraria según los datos agregados. Esta es la nueva forma de planificar el mundo del progresismo. El ingenioso cuello de botella por donde debe pasar a empujones una sociedad desacreditada, por cuanto es catalogada de emocional, egoísta y poco racional.

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Sin embargo, aún suponiendo que ese empirismo fuera auténtico, que no lo es, convertir la ciencia en árbitro de la política y de la libertad del individuo sólo sirve para confundir las cosas. Un gobierno de expertos, en el mejor de los casos, tenderá a imponer criterios saludables que inevitablemente entrarán en conflicto, no ya con las preferencias individuales sino con las necesidades, aspiraciones e incluso con las convicciones más íntimas de millones de sujetos. Por eso la política no debe someterse a la ciencia, porque su sentido es llegar a acuerdos entre todas las personas, no entre científicos sociales o de los otros.

En realidad, los datos en sí no nos dicen qué camino debemos tomar. Y aunque los esfuerzos estadísticos pueden suministrar información, tampoco nos dicen lo que debemos hacer. Para eso es necesario un marco interpretativo. Y ahí es donde empiezan los problemas, porque se pueden defender interpretaciones distintas. A cada estudio, a cada estadística agregada le corresponderá al menos dos interpretaciones diferentes, dos verdades contrapuestas, dependiendo del prejuicio del analista, del sesgo del investigador o del político que utilice el estudio.

Así, desde la propia ONU se realiza todos los años un estudio de La felicidad que no es más que la suma de estadísticas donde la clave es el marco interpretativo. La perspectiva del análisis está previamente sesgada para que esa felicidad sea una felicidad determinada, circunscrita al gasto en políticas públicas de los gobiernos y se reduce un concepto tan amplio y complejo como es la felicidad a un bienestar estandarizado. Así, si comes lo necesario, tienes un sistema sanitario decente, una economía sostenible y educación pública garantizada, deberás ser feliz aunque tu autonomía individual se vea seriamente mermada.

Antes de imponer “empíricamente” la forma de prosperar, de proporcionar más y mejores oportunidades, más bienestar, deberían prevalecer determinados principios, aunque, en ocasiones, puedan parecer un freno a la justicia social y a ese cacareado progreso que se ha vaciado de contenido y del solo queda la consigna de «ser absolutamente moderno», aunque no sepamos realmente cuál es el sentido.

Los momentos más terribles del siglo XX tuvieron un denominador común: la imposición de determinadas ideas, teorías e investigaciones por encima de los principios

La historia moderna está llena de sucesos tremendos que se desencadenaron precisamente por un pretendido empirismo cuyo marco interpretativo resultó catastrófico. Los momentos más terribles del siglo XX tuvieron un denominador común: la imposición de determinadas ideas, teorías e investigaciones por encima de los principios. ¿No es cierto acaso, por ejemplo, que eliminar a las personas deficientes o aplicar por decreto la eutanasia a los enfermos muy graves ahorraría costes al conjunto de la sociedad?, ¿o que inyectar una piadosa sustancia letal a los ancianos que ya no pueden valerse por sí mismos supondría un alivio para las arcas del Estado y esos recursos podrían proporcionar al resto más bienestar? Sospecho que habrá estudios que lo argumenten. Son ejemplos extremos, pero no irreales. Una vez se prima la idea de felicidad estandarizada y colectiva por encima de derechos individuales, los límites morales se difuminan.

Quienes hoy justifican el uso de cualquier medio si el fin, a su juicio, resulta beneficioso de forma colectiva, si proporciona mayor bienestar a la comunidad, dicen haber aprendido las lecciones del pasado, piensan que podrán imponer su visión benefactora sin desencadenar nuevos desastres. Por eso actúan de forma sutilmente distinta, modulando su discurso, presentándose como gente sensata, reflexiva; expertos provistos de toneladas de datos que interpretan en busca del bien común. Sin embargo, cometen el mismo error que cometieron otros en el pasado: su diea del bien es igualmente totalitaria.

Al ciudadano corriente le puede parecer que aún hay ideologías contrapuestas gracias a los debates sobre políticas finalistas, por ejemplo, respecto de los sistemas de pensiones, los servicios públicos, la mayor o menor regulación de los mercados, el mayor o menor gasto del Estado… pero es un espejismo. Lo que se impone es un mainstream, un progresismo ubicuo que se ha arrogado la facultad de decidir lo que está bien y lo que está mal, lo que es correcto y lo que es incorrecto, lo que es moral o inmoral… en función de datos y marcos de interpretación sesgados y cambiantes. Un mero subterfugio.

Principios que eran muy valiosos, como la responsabilidad individual, un hombre un voto o la igualdad ante la ley, desaparecen en favor de una justicia social que políticos y expertos construyen cada día con supuestos datos agregados. Así, defender algo tan básico como la autonomía personal, frente a la codiciada igualdad, se ha convertido en algo propio de gente desalmada a la que hay que vigilar, desautorizar y finalmente someter.

A George Orwell le atribuyen haber dicho que en una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario. Sea o no suyo el aserto, habrá que ponerlo al día, porque en estos tiempos, no ya decir la verdad, sino simplemente ir contracorriente para poder pensarla supone un verdadero desafío.


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