Una mujer sale a la calle en busca de algo. Enseguida vemos que selecciona hombres de la calle desde la atalaya de su vehículo. Se acerca a uno, inicia conversación, y despliega ante él un discreto y leve juego de insinuaciones que anima al varón a subir. Se trata de acompañarla a un lugar en el que flota la promesa del sexo. La tentación es grande, pues la mujer tiene el cuerpo de la actriz Scarlett Johansson, pero la expectativa se frustra una y otra vez.

Este es el núcleo dramático de la película ‘Under the skin’, la tercera, y última hasta la fecha, obra de Jonathan Glazer, un cineasta que conquistó un gran prestigio en el mundo del videoclip, con trabajos para Massive Attack, Blur, Radiohead o Jamiroquai. La película es de 2013 pero no llegó a estrenarse nunca en España. Ahora, siete años después, llega por primera vez hasta nosotros desde la plataforma del video doméstico.

‘Under the skin’, de Jonathan Glazer, es un SOS camuflado de historia alienígena que refleja hasta qué punto las relaciones hombre-mujer se han vuelto problemáticas y desmotivadoras

Hay un aspecto extra cinematográfico que contribuye a que la indiferencia hacia esta obra resulte especialmente sorprendente,  al menos en un primer momento. Y es que, por primera vez en toda su carrera, la actriz y sex symbol Scarlett Johansson accede a desnudarse íntegramente en pantalla. Y obviamente no lo hace por dinero –‘Under the skin’ es una modesta producción independiente- ni en busca de un pelotazo comercial, porque la naturaleza de la película está lejísimos de poder propiciarlo.

Más bien al contrario, la obra, según dicen, se ha convertido en una de esas películas de culto que muy pocos han visto, pero que crece en la consideración de los buscadores de rarezas. Hay algo en su escuálida historia, en los sugerentes destellos que la salpican, o en su atmósfera calma y desasosegante que aporta una mirada de extrañeza sobre nuestro mundo más cotidiano.

En cualquier caso, estamos ante una película anómala, fascinante a ratos, tediosa otros, que apenas interesó a la crítica y al público general pero que quizás, sin embargo, contenga en su interior, alguna perla oculta. No hay que descartarlo. No siempre las películas más representativas de su tiempo son las mejores. A veces, es en las películas de serie B, situadas en los márgenes, o incluso en obras parcialmente fallidas, donde se despliegan algunas angustias profundas del presente social. Este cronista cree que ‘Under the skin’ podría ser uno de esos casos, aunque sólo sea porque es difícil desprenderse de algunas de sus imágenes, que se nos quedan grabadas contra nuestra voluntad, de modo que vamos a intentar explorar su posible misterio.

Empecemos por el aspecto potencialmente morboso de la obra: esos desnudos inéditos de Scarlett Johansson que, en cuanto que suponen una ruptura con su forma de desenvolverse en pantalla hasta ahora, acreditarían el extraordinario interés de la actriz por este inusual proyecto. Nuestra sex symbol no ha enseñado su deseada carne por un afán crematístico -como hiciera Demi Moore en ‘Striptease’- ni en busca del éxito. De modo que alguna tripa profunda debió revolverle esta historia a la actriz para que le diera vueltas durante tres años con el director y, finalmente, se comprometiera con ella tan profundamente como ha hecho.

Llegados aquí es obligado explicar que ‘Under the skin’ es la historia de un ser alienígena que se mete en una piel humana, la de Scarlett Johansson, para salir en busca de hombres solitarios a los que seducir y, finalmente, de algún extraño modo, devorar. Pero este aspecto vampiresco del relato, que sería una especie de vampirismo inverso, no es lo que más pesa en el ánimo del espectador, aunque sea muy relevante el modo peculiar como se materializa. La promoción del filme aporta quizás una clave que puede ayudar a situarnos un poco cuando afirma que la película, que está basada en una novela de Michel Faber, “nos permite observar nuestro mundo a través de los ojos de un alienígena”.

Observar nuestro mundo. Quien haya visto la película quizás se sorprenda ante la aparente magnitud y desmesura de semejante proclama. Pero es que tampoco hay que tomarse literalmente las frases promocionales. En cualquier caso, tampoco se trata de una mirada realista o documental. Si acaso, más bien alegórica. Y centrada no en el todo, sino en una parte. Porque hay un único asunto que verdaderamente le interesa a la película, y que ocupa el lugar central, y es el de las relaciones (sexuales) entre hombres y mujeres. Y bien, ¿qué es lo que la película nos permite observar desde los ojos alienígenas, por hacer caso literal a la sentencia promocional? Pues nos muestra a una mujer (olvidemos por un momento el trampantojo extraterrestre) que sale en busca de hombres con los que parece buscar o pretender un encuentro sexual que finalmente no llega a producirse. Y este fracaso se repite una y otra vez. De hecho, el acto sexual, nunca se consuma.

En su lugar ocurren dos tipos de acontecimientos. Uno, que se repite varias veces, es que la mujer conduce a los varones que previamente ha elegido a una vivienda que les introduce en un mundo onírico y surreal. En él, ella y él van caminando al tiempo que se quitan la ropa, hasta que, en un determinado momento, el varón empieza a hundirse en una especie de líquido amniótico que lo envuelve y, a la postre, lo devora. Esta dimensión de la película ofrece una peculiar inversión del mito de Drácula. Allí donde el masculino seductor somete a sus víctimas por la vía del mordisco, la alienígena devoradora de ‘Under the skin’ los doblega mediante una especie de retorno a su dimensión fetal que, como es obvio, conlleva disolver por completo cualquier atisbo de virilidad, así como de personalidad, o de identidad. Hay otra diferencia. El vampiro clásico a veces mata y a veces otorga la vida eterna. Aquí no, aquí el destino es siempre la extinción, con una única excepción, la de un hombre deforme que salva la vida, novedad atribuible a un puro gesto de compasión.

Esta escena onírica se repite en varias ocasiones, hasta que el personaje que interpreta Scarlett Johansson da un paso más allá. El penúltimo encuentro se produce en el mundo real y, al fin, parece que la relación sexual va a llegar. Por primera vez, hay contacto carnal propiamente dicho y el varón está a punto de consumar el acto cuando la mujer/alien se levanta y lo corta, desconcertada ante la insólita experiencia de la penetración. Se mira con un espejo esa extraña hendidura que hasta ese momento le había desconcertado, pero cuyo cometido o funcionalidad no había sabido interpretar, y se marcha. Hay una coda final, con un fallido intento de agresión sexual, que conduce al relato hacia un desenlace dramático, desolador y trágico.

Hasta aquí el relato asépticamente descrito, que ya nos aporta varias claves: estamos ante una historia que gira en torno al sexo, pero en la que no sólo no hay sexo sino ni siquiera el más mínimo atisbo de erotismo; de ahí el nulo impacto ‘comercial’ de los desnudos de su protagonista. Asistimos, por otra parte, al vagabundeo de una mujer ‘empoderada’, que toma la iniciativa, que busca y que contacta con unos varones perfectamente bien educados en los sacrosantos valores del consentimiento sexual y la igualdad. Ninguno de ellos (salvo el protagonista de la escena final) se sobrepasa o toma alguna iniciativa de más. Todo es respetuosamente aséptico y educado, pero también indoloro, inodoro e insaboro. Gris, triste, mecánico, frustrante y fallido.

Volvamos ahora por un momento a la actriz principal, una mujer que ha confesado públicamente su desconfianza de la institución del matrimonio, su tendencia a la infidelidad, y su convicción de que la monogamia es algo antinatural. ¿Qué puede haber en este raro personaje alienígena que pudiera motivar a una actriz con una visión del sexo tan manifiestamente desinhibida? No lo sabemos, y no dedicaremos ni un minuto a especular sobre el mundo interior de Johansson. La pregunta sólo busca resaltar que algo en esta historia trasciende la anécdota, el caso singular que narra, o incluso su apariencia formalmente excéntrica y a ratos sugestiva. Tiene que haber algo ahí, en ese ambiente gélido, de emociones escasas y frustradas, capaz de decirnos algo. Esa perla oculta de la que hablábamos al principio.

Nuestra tesis es que ‘Under the skin’ debe ser vista como un grito de auxilio, un SOS lanzado en una botella cinematográfica con excusa alienígena, que expresa la angustia de un mundo en el que las relaciones hombre / mujer cada vez son más difíciles y menos gratificantes. Un mundo triste, sin alegría de vivir, en el que la genitalidad, si acaso, proporciona apenas una excitación momentánea, un incremento de dopamina, desligado de todo.

Finalmente, puede que lo que ‘Under the skin’ nos muestre, de forma alegórica -en ningún caso literal- es cómo es el sexo en la era del género, en estos tiempos de negación de la diferencia sexual y de criminalización de la virilidad. Y el retrato resultante no es precisamente bonito, ni seductor. El propio realizador no atisba una salida. Apenas llega a dar una voz de alarma, con sordina, y expresar un desasosiego pastoso, que impregna el film, y que se queda pegado a la piel del espectador. Y una cierta verdad oscura y amarga encuentra el modo de abrirse paso.

Foto: imagen de la película Under the Skin (2013), de Jonathan Glazer


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Vidal Arranz
Comencé en El Norte de Castilla y allí he retornado, ahora como colaborador, tras haber hecho literalmente de todo en El Mundo de Castilla y León y El Mundo de Valladolid. Con más de 30 años de ejercicio profesional del periodismo a mis espaldas contemplo con perplejidad, no exenta de curiosidad, el mundo que me rodea, que se ha convertido en un desafío intelectual apasionante e inquietante a la vez.

4 COMENTARIOS

  1. La mujer esa de la peli debe llamarse Globalista y hoy se ha dado una vuelta por el Congreso. Solo ha quedado vivo Abascal que ha pasado de largo.

  2. Mi tesis al respecto es un tanto “animalista”.

    Todos los animales en libertad tienen un ritual de cortejo; algunos extremadamente peculiares.
    Incluso el “gallo violador” extiende el ala y gira, siendo como es un animal doméstico (sin libertad, “aberrante” como decía Darwin).

    En un animal de gran cerebro como es el humano el cortejo torna en un ritual elaborado, a lo cual se le puede englobar dentro del erotismo.

    El erotismo, la erótica más o menos directa muestra una igualdad entre individuos, como he manifestado antes en el cortejo de animales silvestres; ambos libres, de ahí la razón del cortejo.

    El erotismo está proscrito en regímenes los cuales atacan la libertad de acción del individuo; bien sean teocráticos o sistemas de dominación de otro tipo. Como la actual dominación burocrática, la cual pretende igualar varón y mujer en objeto de dominación.
    Por ello, la articulación casi contractual (solo sí es sí) del acto sexual. Ese sexo-negocio productivo que se produce entre desiguales en teocracias patriarcales repite patrón en las supuestas sociedades libres (totalitarismo liberal), donde ambos individuos de sexo distinto son igualados en dominación ante un tercero, el Estado*. Reducidos en ello, con loa hedonista al sexo contractual estéril; sexo-negocio pero a diferencia de las teocracias expansivas estéril.

    Evidentemente una cosa es lo que hacen esos fanáticos del templo metidos a legisladores, otra lo que quieren imponer y otra lo que consiguen imponer.

    De todas formas el varón puede ser objeto de exterminio/dominación; tanto por otros varones, como por selección de la hembra (el deforme que libra en la película, es el extinto).
    Este extermino es especialmente marcado desde el Neolítico; por lo cual por pura estrategia de supervivencia se han creado todo tipo de culturas para amortiguar (o no) el efecto.

    Sin hijos naturales no hay “cult-ura” (de culto a los muertos familiares), a pesar de la fantasía del Estado* universal, el espíritu liberal de cristianismo laico.

    *: el Estado como decía Bastiat es una ficción mediante la cual unos pretenden vivir a costa de otros.
    Pero en esa ficción el Estado es solamente el conjunto de personas que se alinean con ese espíritu (liberal); no hay Estado fuera de las personas que lo conforman.
    Este conserva su esencia como organización para la dominación por invasores. Aunque los nuevos invasores sean el propio vecino. Por lo cual es primordial diferenciar entre gobierno y Estado.
    En el gobierno, el vecino, no pierde el poder formal de acción en la esfera pública nunca; mientras que en la participación en el Estado marca justamente una asimetría. Aquellos que conforman el Estado contra aquellos que no.

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