Me acerco a una librería y encuentro la obra Squadristi. Protagonisti e tecniche della violenza fascista (1919-1922), de Mimmo Franzinelli. Le dedico un fin de semana, descubro el origen de este fenómeno y me llama especialmente la atención la connivencia de las autoridades con los «escuadristas».
La obra de Franzinelli me lleva a Squadrismo. Dal mio diario della vigilia, de Roberto Farinacci, el diario personal del líder escuadrista de Cremona, que explica con detalle las luchas contra socialistas a partir de 1919. Y este libro me lleva a otro, a Neri come la morte. Lo squadrismo italiano dalle origini al regime, de Nicolò Rettagliata, que se centra en el paso del movimiento fascista a fuerza institucional.
Ha pasado un siglo y ahora vemos que el modus operandi de los escuadristas está presente en amplísimos grupos de izquierda en casi todo Occidente
Ha pasado un siglo y ahora vemos que el modus operandi de los escuadristas está presente en amplísimos grupos de izquierda en casi todo Occidente. Sus técnicas son, en efecto, las del fascismo de los años 20 en Italia, donde las squadre d’azione desataron el rechazo y la violencia contra sindicatos, opositores y disidentes políticos.
Aquellos grupos incendiaban sedes, agredían dirigentes y apaleaban rivales. Evitaban el debate político y expulsaban violentamente a concejales de las instituciones, todo bajo el silencio y la inacción de las autoridades.
Este patrón es el mismo que se ejerce actualmente en lugares muy identificables por grupos o movimientos perfectamente identificables e individualizados. Hoy mismo estoy viendo cómo se procede contra un reconocido comunicador que pacíficamente hace preguntas en una manifestación y la policía, sí, la policía, le echa y le prohíbe seguir haciendo su trabajo.
El escuadrismo contemporáneo lo hemos visto con Antifa en Estados Unidos, pero también en Europa. Nuestros batasunos o los movimientos universitarios en clara emulación de los piqueteros kirchneristas en Argentina o los motorizados chavistas en Venezuela.
Se aplican en el espacio público con intimidación callejera, gritando «fuera fascistas de nuestros barrios» como complemente a aquello de els carrer seran sempre nostres, y lo hacen buscando el terror selectivo.
Como sucedía en la Italia del periodo 1919-1922, se trata de una estrategia deliberada y dirigida al control social para evitar también la alternancia política. Una derivada del proyecto totalitario que hoy encamina un determinado espectro político y que, como estamos viendo, se ve amparado por las autoridades, rectorados y la práctica totalidad del contubernio mediático.
El método es simple pero efectivo. Aprovechan la ventaja que ofrece el anonimato cuando se actúa colectivamente, la muchedumbre, centrándose en objetivos débiles y estimulando también la propaganda victimista o alegando provocación. Ya sabemos, aquello de que «han venido a provocar». Porque la calle, la universidad, el espacio público y hasta las manifestaciones culturales, son de ellos.
Así es como este fenómeno, que inició en lugares poco poblados de Italia para luego mutar y escalar hasta ciudades como Bolonia o Ferrara, deriva finalmente en consecuencias de mayor gravedad y atrocidades de todo tipo.
Mientras los escuadristas actúan, las autoridades afines hablan de diálogo y entendimiento, reducen o minimizan la gravedad de los hechos porque, no se engañe nadie, unos y otros desean la imposición, incluso violentamente, aunque se niegue u otra cosa se diga.
Se aprovecha la inacción, es parte del programa, y si se ejerciera la fuerza por los cuerpos y fuerzas de seguridad, entonces son víctimas, perpetuando así un ciclo que mezcla victimismo con terror callejero.
Visto con perspectiva histórica, esta es la verdadera herencia fascista, la violencia pretoriana que ejercen quienes ya están incluso dispuestos a fusionarse con las doctrinas de los clérigos islamistas, tal y como está estudiando la fiscalía italiana como consecuencia de los actos de terrorismo callejero que se han conocido este inicio de 2026 y a los que tan poco tiempo se ha dedicado en los informativos.
Foto: Dan Burton.
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