Estaba prevista su presentación un día antes, pero el asalto de la frontera de Ceuta por parte de unos 10.000 inmigrantes obligó a retrasar la fecha. Una vez el gobierno de España se plegó al chantaje de Marruecos, abonando además una propina de 30 millones de euros, y se aceleraron las devoluciones en caliente, el panorama mediático quedó expedito para presentar a bombo y platillo el plan estratégico “España 2050”.

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Este plan, según se difundió desde Moncloa, significaba un salto cualitativo en tanto que abandonaba la visión de corto plazo y encendía las luces largas. ¿No queríais visión de largo plazo?, pues aquí tenéis dos tazas, repetían los afines al gobierno en todos los medios, incluidas, claro está, las redes sociales.

¿Quién podía criticar tan audaz iniciativa? Al fin y al cabo, pensar en el corto plazo era una actitud secularizada con la que sólo se alcanzaba a ver hasta las siguientes elecciones. Por eso los problemas crónicos no se resolvían, sino que se agravaban, y España giraba sin rumbo alrededor de las encuestas de intención de voto.

Quizá la manera de tener un país mejor, no ya dentro de treinta años, sino de hoy en adelante, sea reducir drásticamente el número de sabios dedicados a decir cómo debemos hacer las cosas para que así pueda aumentar el número de personas que simplemente las hacen

El plan España 2050 rompía, por fin, esta ley de hierro. La oposición, sin embargo, despreció el documento desde el primer instante identificándolo como una pieza más de la inagotable propaganda redondiana. Además, pensar en la España de 2050 cuando en 2021 el desastre era completo parecía una tomadura de pelo. Así que, de una forma u otra, se hacía mofa de un presidente que, arrollado por los problemas del presente, escapaba hacia el futuro eyectándose en una cápsula del tiempo.

En medio de esta refriega se situaban algunas voces moderadas para las que depreciar el plan sin haberlo hojeado resultaba irritante. ¿Cómo se podía emitir un juicio sobre un documento cuyo contenido se desconocía? “Me sorprende y mucho el nivel de los medios que casi se han pitorreado del informe 2050. Para una vez que en este país nos paramos a pensar qué queremos ser en treinta años (NO LO QUE VAMOS A SER), lo que hacemos es mofarnos. Pues esto último es lo que define a España”, expresaba con disgusto un profesor de economía. Y, a decir verdad, algo de razón tenía.

Un monólogo de ‘sabios’

No le doy toda la razón al desolado profesor porque algunos sí hicimos los deberes. Hojeado el documento, no voy a hablar de sus propuestas, ni del aroma inclusivista, feminista, sostenibilista y, en general, progresista que lo impregna casi de principio a fin. Voy a ir directamente al apartado Expertos, expertas e instituciones colaboradoras (Pág. 667) para desvelar una cuestión clave: en el plan sólo participan académicos o, en su defecto, tecnócratas españoles presentes en la OCEDE, la Unión Europea y la ONU, seleccionados para la ocasión de forma poco o nada transparente. Es cierto que hay algún experto independiente… supuestamente, porque si se investiga, aparecen en él los particularismos ideológicos acostumbrados, y que también Rafael Doménech, responsable de análisis económico del banco BBVA, forma parte del elenco. Pero estos perfiles si acaso potencian todavía más el insufrible sesgo tecnocrático.

Si como apuntaba el desolado profesor de economía, el documento España 2050 no consiste en planificar el futuro, sino en pensar qué queremos ser los españoles, cabría preguntarse cómo se compatibiliza ese “querer” en plural con el pensamiento exclusivo y excluyente de cien académicos y tecnócratas elegidos a dedo. ¿Qué pinta la sociedad en todo esto? ¿Nada tienen que plantear sobre el futuro quienes no son ni académicos ni tecnócratas; mucho menos parte de la francachela politológica? ¿No hay espacio siquiera para un solo personaje relevante que no forme parte de la Academia o la tecnocracia o el contubernio progresista? En definitiva, ¿España 2050 es realmente una iniciativa para definir lo que queremos ser los españoles o más bien una rígida guía sobre lo que debemos ser?

Este es el hecho clave que expresa España 2050 y que la oposición, a lo que parece, pasó por alto: la transformación de la sociedad capitalista competitiva, donde priman las relaciones espontáneas, en una sociedad tecnocrática dirigida, donde se impone la dependencia de las políticas sociales… y los grupos de intereses. Una sociedad donde incluso las grandes corporaciones, condicionadas por una demanda orientada desde la ideología, actúan como cámara de eco de una ingeniería social incremental auspiciada por académicos y tecnócratas que buscan mejorar su posición.

Sin embargo, el futuro no es un asunto de académicos, es un asunto de todos o, al menos, debería serlo. Esto no significa, por usar un ejemplo sencillo, que sin ser ingeniero se pueda diseñar un avión de pasajeros. Pero sin contar con el público no se puede diseñar un buen avión de pasajeros. Tampoco es aceptable plantear la necesidad del avión y, luego, si acaso, preguntar a los potenciales usuarios qué opinan del mullido de los asientos; esto es, imponer un marco de discusión y, después, tolerar que el público haga consideraciones menores para generar la ilusión de que participa en el debate. Y esto, en esencia, es lo que hace el plan “España 2050”.

—Bueno, vale, vamos a pensar a largo plazo.

—No, tú no, que no sabes lo que te conviene.

Personas, no datos agregados

Si se pretende definir cómo nos gustaría que fuera el futuro, la sociedad debe estar presente en ese debate desde su planteamiento. No después, una vez que un puñado de ingenieros sociales o aprendices de brujo haya pintado a su gusto las líneas que delimitan el terreno de juego. Existen formas de involucrar a la sociedad desde el principio sin que expertos y público colisionen. Los grupos de discusión es una de las más conocidas… pero a los ingenieros sociales no les agrada sentarse en la misma mesa que el común de los mortales.

Antaño los grupos de discusión (focus group en inglés) era una práctica bastante extendida en sociología y estudios de mercado. Su aparición se remonta a los años treinta del siglo pasado en los Estados Unidos. Y su formalización como técnica de investigación cualitativa se debe al trabajo pionero del sociólogo norteamericano Robert King Merton, autor, entre otros grandes títulos, de The Unanticipated Consequences of Purposive Social Action.

Explicado de forma muy somera, los grupos de discusión consisten en juntar a sujetos de tipologías distintas para que conversen abiertamente, reflexionen y expresen sus opiniones e ideas sobre cuestiones concretas ayudados por un moderador que, además, debe tomar buena nota de lo que ahí se dice, lo diga Agamenón o su porquero.

Las ventajas de esta práctica son fundamentalmente dos: primera, limitar la hegemonía de las técnicas puramente cuantitativas y, segunda, evitar las desventajas de las entrevistas tradicionales (cerradas), en las que el entrevistador puede ejercer una fuerte influencia sobre el entrevistado.

Durante un tiempo esta práctica tuvo bastante predicamento, pero desde hace ya años, numerosos sociólogos y politólogos la consideran poco recomendable. En su opinión, los grupos de discusión, por muy diversos, amplios y plurales que sean, están demasiado limitados y sus aportaciones, en comparación con la consistencia y amplitud de los análisis cuantitativos, tienden a ser poco representativas de la sociedad en su conjunto. Además, si bien el coste de esta práctica es reducido, se ha de sumar al de los estudios cuantitativos, por lo que suprimir los grupos de discusión supone un ahorro de dinero, pero, sobre todo, de tiempo.

Así, el contacto que mantienen los ingenieros sociales con la sociedad se ha reducido básicamente a análisis de datos. Expresado de forma muy cruda pero verídica: para los expertos, la sociedad no son personas, son datos agregados. Es la Evidence-based policy o, en español, política basada en la evidencia, que muy a menudo tiende a refrendar las hipótesis progresistas, de pura casualidad, por supuesto, y a calificar de ignorante a todo el que no se rinda a la cofradía de los santos politólogos.

La sabiduría del común

En mis años como publicista tuve la ocasión de conocer de primera mano los grupos de discusión. Al principio los asumí con cierto estoicismo, como una técnica impuesta que has de sobrellevar como una tarea más. Como era de prever, en los grupos de discusión no se descubría la pólvora, pero sí resultaron reveladores a la hora de mostrar que, cuando se trata de interaccionar con la realidad tal cual es, un bedel con apenas estudios podía descolocar a un catedrático, o un ama de casa, como se decía antiguamente, dejar en evidencia a un economista.

En todos estos casos, la diferencia radicaba en un hecho elemental: la gente “vulgar” estaba en contacto con la realidad, no con abstracciones de la realidad. Habitaba en el entorno de las decisiones cotidianas y la inmediatez de sus consecuencias, en ese vasto universo de lo “pequeño” donde millones de acciones y reacciones generan una fricción que sólo se percibe estando ahí.

El común solía identificar en un producto, un nombre, una imagen, errores elementales que los expertos no podían ver, porque los segundos tendían a hacer análisis muy elaborados, a buscarle tres pies al gato, mientras que la gente llana veía lo que se le mostraba tal cual. A lo mejor esto significa algo.

Tal vez no hacen falta cien expertos y un plan de cerca de setecientas páginas para mirar al futuro o, tal vez, quienes ocupan las instituciones no están ahí para decirnos cómo hemos de vivir, ni comer, ni vestir, ni follar. Quizá la manera de tener un país mejor, no ya dentro de treinta años, sino de hoy en adelante, sea reducir drásticamente el número de sabios dedicados a decir cómo debemos hacer las cosas para que así pueda aumentar el número de personas que simplemente las hacen.

Foto: Pool Moncloa/Fernando Calvo.


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