Es posible que muchos españoles crean que nuestra sociedad está muy politizada, pero se engañan. Lo que ocurre es más bien que la sociedad española es víctima de una dolencia muy de fondo que nos lleva a confundir la política con la gresca, y sí, hay gresca abundante, y a creer que, en el fondo, la política tiene algo de inútil cuando no de perjudicial. Esta creencia se basa en la absurda idea de que los Estados son, incluso a pesar suyo, unas fortalezas eternas, dotadas de prodigiosas cualidades y capaces de hacer felices a todos los ciudadanos si no fuera por la impericia y la maldad de los políticos que, por supuesto, son malos cuando nosotros somos buenos, son corruptos cuando nosotros somos más decentes que Kant y se dedican solo a lo suyo y no como nosotros que nos pasamos la vida en continuo y abnegado sacrificio por los demás.

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Supongo que muchos se darán cuenta de que en el párrafo anterior hay algo que no cuadra. Hay muchas razones para explicar nuestro extraño caso, pero lo más raro de todo es que, aunque el diagnóstico sea fácil de entender, no hay manera de que las cosas empiecen a hacerse de otro modo, desde abajo y con orden.

Debemos exigir a los partidos de nuestra preferencia que dejen de tontear y de decir vaguedades y se apliquen a estudiar y a imaginar soluciones convincentes, realistas y hasta capaces de ilusionar, y eso es bastante más que llamarnos a combatir el comunismo, no les quepa duda

Desde que perdimos el miedo a la guerra civil, que fue el combustible principal de la transición y de los años en que parecía que España podía llegar a algún sitio, casi no hemos hecho otra cosa que vivir de relatos bastante estúpidos. El Gobierno actual es el campeón del mundo en la especialidad, pero el problema está en que es el Gobierno que, de una manera harto peculiar pero indiscutible, obtuvo la mayoría parlamentaria necesaria, es decir que tenía el apoyo del país. Es obvio que ya no lo tiene, pero las reglas de juego le permiten usar los próximos tres años para ver si engatusa de nuevo a sus electores y hasta consigue apiñar más votos. Lo va a intentar.

Los españoles tenemos que escuchar con pasmo pero sin excesivos aspavientos que el Gobierno presuma de lo bien que lo hace, se ponga medallas por la política contra la pandemia y se proclame campeón del mundo vacunal. Cualquier día volverán a hablarnos de las cuatro o cinco vacunas españolas que están a punto de salir y nos volverán a asegurar que son las mejores. Estamos de nuevo en la Champions de la política europea, como decía Zapatero, pero no conviene fijarse en los detalles no sea que el cuadro se venga abajo. Y ese es el problema, que perdonamos los detalles, que no miramos a los números, que no nos damos cuenta de que lo que no son cuentas son cuentos, y acabamos aplaudiendo el disparate. El déficit público se está disparando y la deuda ha subido y seguirá subiendo de modo imparable mientras no pensemos que es asunto nuestro poner coto a un gasto público opaco, excesivo, incontrolable, demencial.

El problema es que no lo vemos como cosa nuestra y menos aún como una obligación insoportable para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Se da la paradoja de que los padres españoles se desviven por sus hijos pero no se paran a pensar la deuda que les haremos pagar por gastos que ellos no han hecho y de los que, en un gran número de casos, no les va a beneficiar como no nos beneficia a nosotros que sigamos pagando la deuda de la guerra de Cuba, que es ya poco, pero es que fue un gasto de 1898.

La oposición se equivoca si no hace pedagogía sobre estos asuntos y si no se dedica a pensar en serio que reformas muy de fondo necesita España para no irse a pique. Es verdad que la opinión pública no recibe las informaciones necesarias para ocuparse y preocuparse de nuestros asuntos. Días atrás, un medio nacional dedicaba el mismo espacio de su portada a la noticia, otro éxito de Sánchez, de que se van a crear unas decenas de miles de funcionarios públicos, a saber para qué, que a informar de que doña Ana Obregón, que tiene todo mi respeto y admiración, iba a viajar al extranjero por primera vez tras la muerte de su hijo. Es delirante que alguien piense que nos pueda interesar más este viaje que el festival de gasto que supone contratar de una vez y para siempre a decenas de miles de funcionarios públicos.

Hacer política no es pelearse, no es decir aquello de “y tú más”, es tratar de que los ciudadanos se enteren de lo que está en juego, y eso es lo que nunca se hace. Con los problemas enormes que tiene España, un paro insoportable, unas empresas raquíticas y poco competitivas, una Universidad mediocre hasta decir basta, una peligrosa incapacidad de financiar los gastos necesarios, una imagen internacional en caída libre, y un largo etc. es de memos reducir el argumentario de la política al plano meramente ideológico, seguir viviendo de los grandes relatos y sin prestar atención a lo que de verdad nos pasa.

Una tendencia dominante en todos los partidos les lleva a poner su interés particular por delante del interés general, ganar ellos las elecciones por encima de todo, y está bien que votemos a los políticos de nuestra preferencia, pero estaría mejor que los prefiriésemos por lo que nos cuentan de verdad sobre lo que nos pasa y las soluciones que tienen previstas, que por mostrarse más bravucones y peleones que el adversario, sobre todo cuando el adversario ya ha sido juzgado de manera más que suficiente por la opinión pública, como lo muestra que  empieza a perder las elecciones hasta en sus antiguos feudos.

El secuestro de la política por un Estado mitologizado del que hay que esperarlo todo tiene consecuencias que son muy desmovilizadoras respecto a las posibilidades ciudadanas de cumplir el ideal cívico que se expresaba en la afirmación de Eisenhower según la cual la política debería ser la profesión a tiempo parcial de todo ciudadano, lo que contrasta con la ironía de Paul Valéry según la cual la política es el arte de impedir que la gente se entrometa en lo que le atañe.

El Estado y los partidos prometen y no cumplen, se nos asegura que la luz no subirá si se vota a los defensores de lo público, pero cuando ha subido nos dicen que la culpa es de Europa. No mejora la educación, pero el Gobierno es piadoso y deja que pasen curso alumnos con ocho asignaturas suspendidas. Se nos promete mantener las pensiones, pero cuando no se pueda hacer, no falta mucho, ya se encontrará el chivo expiatorio (¿imaginan quién?). Todo esto pasa porque hemos olvidado que la política nos concierne y hemos consentido que nos cuenten cuentos chinos cuando debiéramos exigir cuentas de verdad. Claro es que nadie puede hacer todo eso por si mismo, pero para eso están los partidos y debemos exigir a los de nuestra preferencia que dejen de tontear y de decir vaguedades y se apliquen a estudiar y a imaginar soluciones convincentes, realistas y hasta capaces de ilusionar, y eso es bastante más que llamarnos a combatir el comunismo, no les quepa duda.

Foto: Ante Hamersmit.


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A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web

8 COMENTARIOS

  1. No entiendo de qué se queja Quirós, basta mirarnos en el espejo del Perú para vernos tan guapos, lindos, totalitarios y míseros que cualquier país rico y democrático sentirá envidia. Champions, Champions.

    Y además, al dinero solo se le opone la sangre. ¿Qué problema hay?

  2. En mi opinión España tiene dos serios problemas que la están llevando a su ruina y que hoy la convierten, sin duda, en un estado fallido, sin instituciones estables y al albur del capricho de una banda de salteadores de caminos, empleando la terminología ciceroniana. Banda formada no solo por Sánchez y sus compinches sino por todos y cada uno de los presidentes autonómicos, auténticos caciques y tiranuelos (quizá con la excepción de Ayuso, aunque lo veremos en breve cuando en otoño se quiera imponer en España el mal llamado «pasaporte covid»). Los dos problemas son:
    1. Una élite política, económica, mediática y cultural que odia a España y al pueblo español. Al menos desde finales del siglo XVIII la élite dejó de creer en España, aceptó toda la propaganda negrolegendaria y la asumió como propia. Por supuesto en estos ya más de dos siglos de «fracasología», como acertadamente la denomina María Elvira Roca Barea, ha habido excepciones, muchas, a derecha e izquierda, pero la constante es el desprecio a España y a lo español, y en la actualidad ya se puede hablar claramente de odio.
    2. Una población con escasísima formación política y ciudadana. Políticamente podemos ser considerados «plebe» en el peor sentido político de la palabra. La reacción al abuso sistemático del poder con la excusa de la salud pública es un ejemplo. ¡Qué diferencia con aquellos españoles que fundaban municipios en una playa americana desolada hace 500 años!

  3. Me parece más razonable y realista limitar la acción política y poder del Estado, que pretender que la gente se informe o participe en la política, a la vista está que cuando más activismo político hay, más intervencionismo, clientelismo y sobre todo más Estado hay.

    Eso que se suele llamar la sociedad civil en realidad son lobbys con agendas particulares que quieren imponerlas mediante el Estado y si es posible que el contribuyente los mantenga y pague la cuenta de sus ocurrencias, simplemente hay que vender la idea como algo bueno para la sociedad y hacer presión al político de turno para que legisle al respecto, luego se conforman los ministerios, empresas públicas o agencias respectivas, se les dota de presupuesto y a vivir del cuento, el progresismo actual es un bien ejemplo de ello. Por su parte al político de turno le interesa tener a toda esta gente en nómina ya que les proporcionará apoyo político y en algunos casos hasta financiero para las campañas electorales, así que esta idea de una sociedad democrática y participartiva es en realidad el sueño del político con aspiraciones dictatoriales y es justamente lo que se ha hecho en todo los regímenes totalitarios donde supuestamente manda el pueblo, las personas participan mucho en política pero al final no puede ni decidir lo que hacen con su propia vida.

    Si se quiere una sociedad próspera y libre lo que se debe procurar son más personas produciendo metidas en sus asuntos y muchas menos viviendo del cuento de la política, de lo contrario lo que se acabará redistribuyendo es miseria a medida que cada uno venga con el típico «que hay de lo mío».

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