Les voy a poner en situación. Corría el año 2003, más concretamente el mes de abril. Unos días antes había comenzado la invasión de Iraq como resultado de aquel pacto de las Azores. La ministra de Asuntos Exteriores era Ana Palacio quien se enfrentaba al que seguramente fue el segundo momento más difícil en su vida, pues tenía a casi toda la opinión pública en contra. El primero debió de ser aquel cáncer que vino a recordarle en esos días el entonces diputado del PSOE y candidato a la alcaldía de Valencia Rafael Rubio. Ana Palacio, en esa ingrata tarea de defender una acción militar, justificó lo correcto de la iniciativa bélica en que las bolsas habían subido, a lo que Rubio respondió ante los medios de comunicación clásicos (no existía Twitter): “A esta mujer le han quedado secuelas mentales tras su enfermedad”.

Han pasado 17 años de aquello y todavía recuerdo cómo me impactó la respuesta de Ana en una tribuna en El País que tituló “Esa enfermedad”. En aquel texto, fácilmente localizable en Internet, la ministra se afanaba en recordar que esa enfermedad se llama cáncer y que no hay por qué rodearla para llegar a ella.

En el contexto de la enfermedad, y por extensión el de la muerte, es muy habitual tirar del eufemismo para no herir sensibilidades. Cuando el mensaje se adentra en territorio escabroso dotamos al lenguaje de una falsa pátina que lo lustra a la vez que lo pule y elimina sus procelosas aristas.

La metáfora y el eufemismo van muy de la mano cuando toca adentrarse en terrenos agrestes. No siempre esconden una intención de suavizar el concepto o significante, otras veces se busca alterar la realidad y con ello las conciencias. Esto último lo hemos podido ver en el modo explicativo que eligió el presidente del Gobierno para referirse a la pandemia actual

La escritora Susan Sontag denunció en 1978 con su obra “La enfermedad como metáfora” esa tendencia popular a esquivar el lenguaje que resulta incómodo de usar. Ella misma lo había constatado mientras era tratada de un cáncer, pero, en aquel momento, se hacía más elocuente si cabe con la aparición del SIDA. Sontag afirmaba que detrás del eufemismo con el que se apela a la enfermedad hay un ánimo subyacente por culpabilizar a la víctima de su destino.

Lo que ocurría en la segunda mitad del siglo XX con el cáncer no era más que el relevo de lo que venía pasando con la tuberculosis décadas atrás. Esta enfermedad a principios del siglo XX llegó a tener un halo de distinción y ser objeto de deseo en círculos bohemios. La tuberculosis, inicialmente, era vista como una enfermedad creativa, exponente de la producción artística. No obstante, poco a poco, esa visión idealizada fue cambiando hasta considerar a los enfermos como responsables de su dolencia por la laxitud de su espíritu. Entonces, la tuberculosis entró en la categoría de lo innombrable reemplazada por todo tipo de metáforas o eufemismos.

Franz Kafka, ingresado en un sanatorio para tuberculosos, escribió en 1924 a un amigo: “Verbalmente no me entero de nada”. Meses después moriría.

Rechazamos la senectud, la enfermedad, la muerte, la pobreza, el sexo, la fisiología más escatológica, e incluso procesos biológicos tan naturales como la menstruación, que hace tiempo se convirtió en “esos días”. En un anuncio de televisión una niña le pregunta a su madre si a ella también le pica ahí, “ya sabes”, apostilla la pequeña. Todo ello es objeto principal del eufemismo, representa lo que negamos o lo que rechazamos.

Resulta curioso cómo el concepto de la muerte ha dejado de estar presente en nuestro discurso. Recuerdo, por ejemplo, cuando era pequeño a mi abuela pagando un seguro de decesos en Santa Lucía. Ella lo llamaba “los muertos” y trataba con total naturalidad cómo quería que fuera su entierro. Hoy ignoramos que un día tendremos que pasar por ese trance y se establece un acuerdo tácito para no mentar la bicha, como dicen en el sur. Los anglófonos llegan al extremo de usar de manera generalizada la expresión “pass away”, es decir, irse a otro sitio, marcharse, pero nunca morir.

El eufemismo parece tener su propio efecto sanador, si bien no queda claro si es al que lo profiere o al que se dirige a quien alivia. El actor británico Quentin Crisp decía que el eufemismo lleva verdades desagradables con colonia diplomática.

La metáfora y el eufemismo van muy de la mano cuando toca adentrarse en terrenos agrestes. No siempre esconden una intención de suavizar el concepto o significante, otras veces se busca alterar la realidad y con ello las conciencias. Esto último lo hemos podido ver en el modo explicativo que eligió el presidente del Gobierno para referirse a la pandemia actual. Nuestro prócer optó por utilizar un lenguaje belicista que trataba de animarnos a participar en la contienda: lucha, guerra, enemigo, batalla, invasión o victoria fueron términos habituales en las peroratas de Pedro Sánchez. Nada innovador puesto que ya Aristóteles en su Poética 1457B hablaba de la metáfora como el proceso de dar a una cosa el nombre de otra.

No nos gusta mirar de frente a lo que nos inquieta y en lugar de enfrentarnos con la madurez del adulto, lo negamos, lo reprimimos, o lo sublimamos con otras formas edulcoradas de nombrarlo. Hay detrás de este acto una creencia insondable de que cambiando la denominación cambia el concepto.

Hace unos días la periodista Luz Sánchez-Mellado publicó su habitual columna en El País con el título “Viejos dilemas”. En ella hablaba de la crisis de las residencias durante la pandemia y se refería a la gente mayor como “viejos”. Sí, osó llamar viejos a los que hace tiempo son nuestros mayores. Las hordas tuiteras no se hicieron esperar y comenzaron a interpelarla por llamar viejos a los viejos. Es despectivo, le decían unos; es peyorativo, le decían otros.

¿Por qué necesitamos una realidad almibarada? Es normal que a los niños se les aleje del lado más dramático de la vida, pero ¿a los adultos?

Todo esto no es más que un reflejo de una sociedad que persigue un hedonismo insustancial que infantiliza a la vez que incapacita a sus miembros. Un modelo de vida que transforma las palabras en atractivas alfombras bajo las que esconder la indecencia, la sordidez, la impudicia connatural al individuo.

Hay casos con los que se llega al súmmum de la sofisticación y se crean eufemismos de eufemismos. El lisiado pasó a ser minusválido hace tiempo, luego discapacitado y ahora es un individuo con capacidades diversas. El pobre es hoy vulnerable, que no vulnerado, y la criada o chacha es nuestro personal doméstico. Yo mismo, en un acto de valentía, pasé hace tiempo a llamar negro al que nombraba como negrito, pensando que lo primero podía ofender.

En política también abundan este tipo de desplazamientos, como aquel “crecimiento negativo” con el que Luis de Guindos se refirió a un déficit en las cuentas públicas; o aquel otro “interrogatorio mejorado” con el que Dick Chenney trataba de maquillar lo que vendría a ser tortura.

Buscamos en el eufemismo protección ante lo que nos inquieta para no tener que mirarlo a los ojos. La batalla de Eros contra Thanatos la va ganando el primero, por la irrelevancia en la que hemos sumido a su contrincante, aunque no por no mirarlo deja de estar ahí.

El eufemismo es el lenguaje de la evasión, de la hipocresía, de la cautela y del engaño, del engaño a los otros y a nosotros mismos.

En psicología se conoce bien; son cinco las etapas por las que debe transitar el protagonista de un drama: negación, rabia, negociación, depresión y aceptación. Todo indica que estamos encallados en la primera y de ahí no nos movemos.

Foto: Brian Wangenheim


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Antonio Pamos
Entré en el mundo de la Psicología por vocación y después de 25 años puedo confirmar que ha sido, junto a mis cuatro hijos, una de mis principales fuentes de satisfacción. He deambulado por todos sus recovecos, desde la psicoterapia hasta los recursos humanos, desde la investigación científica hasta la docencia, desde la operativa hasta la gestión. Soy doctor cum laude, pertenezco a la junta directiva de la Sociedad Española de Psicología (SEP), al consejo asesor de la Asociación Internacional de Capital Humano (DCH) y soy profesor en la Universidad Camilo José Cela. Nunca desfallezco.