En los largos milenios que están a nuestra vista, la libertad política constituye una rara excepción. Incluso en la época posterior a lo que se llaman las revoluciones atlánticas, en los últimos dos siglos de nuestra civilización, que constituyen el período más brillante para las ideas democráticas, las libertades de opinión, de asociación y de movimiento, han estado muchas veces en peligro, cuando no perseguidas con saña. Ahora mismo, los países en los que impera un régimen que respete las libertades básicas de los ciudadanos constituyen una minoría y su pervivencia está expuesta al desafío de gigantes autoritarios como China que se presentan a los ojos del mundo como la síntesis perfecta del desarrollo, la tecnología y el orden social. Su pregonado éxito en el crecimiento económico y en la salud pública se proponen como ejemplo a contrastar con la ineficacia y la desunión de la vieja Europa, o la supuesta decadencia política del gigante americano.

Con todo, las amenazas principales a la libertad no provienen de fuera, sino que nacen en el seno mismo de nuestras sociedades. Al comienzo mismo de su excelente En defensa de la política advierte Bernard Crick de que el tedio por las verdades establecidas es el gran enemigo de los hombres libres. Nuestro criticismo con las innegables imperfecciones de las democracias y la tendencia a imaginar un futuro catastrófico, para lo que hay unas cuantas versiones disponibles, hace que muchos añoren la protección de un régimen que imponga el Bien de manera definitiva, que acabe con lo que cada cual considera los insoportables defectos del sistema.

La tendencia a imponer por las bravas supuestas verdades, por ejemplo, mediante legislaciones absurdas y liberticidas, se extiende por todas partes sin que parezcan ser sólidas las defensas oportunas. Una idea instrumental del poder legislativo, sin ningún respeto a la libertad de conciencia de cada cual, nos depara de continuo la implantación de nuevos delitos, y cada vez se está más cerca de considerar que es delictivo todo lo que no está conforme con una visión estrecha y autoritaria de lo que son los bienes morales. La libertad de opinión se proscribe con mucha facilidad, basta con no dejar hablar al que se espera que pueda decir algo que sea inconveniente y los medios de comunicación se lanzan con entusiasmo digno de mejor causa a facilitar estas formas descaradas de nueva censura, como si la creencia un poco infantil en que el miedo ha cambiado de bando autorizase a perseguir a los ciudadanos a escobazos, como si estuviésemos en el tren de la bruja.

Claro que está en riesgo nuestra libertad, y acabará por perecer si no acertamos a ser valientes y exigentes con la razón, con la lógica, con la experiencia, con el conocimiento cierto y a nuestro alcance sin consentir conformarnos con fábulas necias

Basta la superioridad numérica en el Parlamento para que se considere que se puede imponer como dogma cualquier gilipollez del gusto de los nuevos Torquemadas. En esto, nuestro Congreso está llegando a cimas de ridículo, a expresiones que uno creería más propias de El Mundo Today que de políticos en activo, como con el caso de una diputada de ERC que preguntó con toda seriedad al Gobierno que iba a hacer para impedir la ola de violencia policial en los Estados Unidos, es posible que esperase un gesto torero de Ábalos o una encendida condena de cualquiera a la espera de medidas más contundentes en un inmediato futuro. Parece claro que unos personajes que se creen que podrían leerle la cartilla a los EEUU estarán convencidos de poseer poderes sobrenaturales, como el que Cristo concedió a los apóstoles de perdonar los pecados, pero no para perdonar a nadie, sino para castigarlo con la debida severidad.

No es fácil explicar de otro modo que el Congreso se haya prestado a considerar la creación de un nuevo delito para aquellos que profesen la vergonzosa creencia negacionista de considerar como poco inteligente encasillar la violencia en géneros, o en transgéneros que no me he enterado muy bien. Esta inmensa bobería de creer que cambiando los nombres se cambian las cosas pertenece a un género, con perdón, de delirios lógicos difícil de combatir, porque es una variante lela de esa inmensa contradicción de creer que sea compatible sostener que todo es una construcción social al tiempo que se pueden combatir las fake news por mil procedimientos que este tipo de descerebrados considera obvios.

En 1950, el filósofo Karl Jaspers, que tenía muy presente el enorme desastre que había ocurrido en su patria alemana, escribió que los enemigos de la razón son siempre enemigos de la libertad, en especial por el afán de liberarse de la libertad, de simplificar el mundo hasta hacerlo inhumano, porque según el filósofo, la razón no existe por naturaleza, no aparece espontáneamente sino que surge de la libertad, de la acción en defensa de lo verdadero que está más allá de cualquier mentira, de no ceder a los intentos de ocultar las cosas abiertas a la capacidad del hombre de actuar con libertad, como diría su discípula Hanna Arendt. Siempre existe el riesgo de que muchos prefieran vivir agazapados en mentiras dóciles, a la sombra de diversos hechizos capaces de seducir a gentes deseosas de entregarse a cualquier causa.

En el mundo actual son todavía mucho mayores las posibilidades técnicas de atentar contra nuestra libertad, de ocultar las verdades que no convienen, y eso exige una especial vigilancia, una atención constante. A veces puede parecernos hasta infantil el empeño del Gobierno, por ejemplo, en engañarnos y engañarse acerca del número de víctimas de la pandemia, de disfrazar sus errores, que además no son solo suyos, con retórica bélica y con soflamas muy huecas. Hay que pensar que esas mentiras no son desinteresadas, que buscan privarnos de libertad, además de que nos debilitan en forma muy irresponsable frente a una posible repetición de amenazas de ese tipo o de otros géneros, porque invitan a un optimismo sin fundamento alguno, a una desmemoria, a ser indulgentes con los errores cometidos sin que importe que eso ayude a que puedan repetirse con mucha facilidad.

Claro que está en riesgo nuestra libertad, y acabará por perecer si no acertamos a ser valientes y exigentes con la razón, con la lógica, con la experiencia, con el conocimiento cierto y a nuestro alcance sin consentir conformarnos con fábulas necias. A cualquiera que se le pida esa actitud vigilante frente a los sofismas y los cuentos infantiles destinados a adultos complacientes, se le puede exigir también respeto por la libertad ajena, pero nunca que ese respeto encubra el miedo a buscar la verdad y a decidir por nuestra cuenta. Frente a quienes quieren engañar para maniatarnos hay que oponer un alto nivel de capacidad crítica, hay que esforzarse por no caer en el error que propician las mentiras, porque si se cae en él se acaba maniatado, y de inmediato se comienza a aplaudir al nuevo dueño.

Foto: Sven Przepiorka


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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web

6 COMENTARIOS

  1. Entre los muchos peligros que entraña no hacer un recuento exacto de los muertos está el de contarlos bien en el momento que interese, algo que serviría para que vuelva la epidemia y poder ampliar el estado totalitario.
    Yo calculo que para cuando empiecen las algaradas que preparan desde el estado con la complicidad de casi todos los partidos. Septiembre, octubre.

    Lo grave de que Ciudadanos y el PP hayan apoyado la nueva ley totalitaria sin exigir el recuento exacto de los muertos, el pago inmediato de los ERTES o el pago de la renta mínima a todos aquellos españoles que tenga derecho es que los hace cómplices del estado totalitario.

    La ley de «violencia de género» es quizás el único arma que dispone la sociedad actual para desmontar esta estupidez. Es tan ineficaz, absurda e incoherente, tan contradictoria, inútil y contraproducente que se llevará por delante la triste sociedad que pretenden imponer.

    ¿Quien es el imbécil que pretende impedir a lo masculino y femenino conocerse? ¿Se puede ser más estúpido? De momento el resultado lo tenemos delante, jóvenes que no saben conocerse porque les han dado unas pautas de comportamiento erróneas que los distancian. Menuda mejora.

    La estupidez es tan mayúscula, que si yo no fuera un vago profesional y no estuviera incapacitado para hacerlo, escribiría un libro sobre el amor romántico que ya lo hubiera querido vivir Carmen Calvo y avergonzarse Goethe. Libro que sería el detonante del nuevo movimiento revolucionario que derrocaría en dos tardes el Totalitarismo de la Imbecilidad.

    Vivan los amores clandestinos, joven, ama, hazte revolucionario.

    «El eterno femenino nos conduce hacia lo alto» este tío no había visto un 8M en su vida.

  2. Llama poderosamente la atención, de nuevo, la palabra “Estado” no aparece ni una sola vez.
    Más llamativo aún si cabe, dado es quien proporciona los cientos de miles de efectivos que con violento convencimiento imponen un orden dado.

    Sanchez I el Enterrador o Iglesias el Macho de Galapagar y Montero, no tienen capacidad para imponer absolutamente nada, NADA. Ahora bien, si se prefiere vivir en la inopia, …, se puede pensar, como en el régimen nazi, que la labor funcionarial es neutra, banal* (Arendt).

    “respeto por la libertad ajena”
    En esta escueta frase se percibe la concepción de “libertad” negativa; cuando Libertad (cosa política) como tal y aplicada a un grupo poblacional en necesariamente un hecho grupal, no particular. Y, curiosamente, está ligada al Gobierno (no el liberal pseudo-representativo tipo Sieyes), dado en el ámbito poblacional (a-sentamiento) solo hay una libertad: la política. Todas las demás emergen de esta; dado en caso contrario llegamos a aquello de Francisco de Cuéllar sobre Irlanda:
    En este país no hay ni Justicia ni Derecho, y todo el mundo hace lo que quiere.

    *: curiosamente el “señorío banal”, también fue un ataque eficaz contra la libertad de los pobladores.

    “respeto por la libertad ajena”
    En esta escueta frase se percibe la concepción de “libertad” negativa; cuando “libertad” como tal y aplicado a un grupo poblacional en un hecho grupal no particular. Y curiosamente está ligada al Gobierno (no el liberal pseudo-representativo tipo Sieyes), dado en el ámbito poblacional (a-sentamiento) solo hay una libertad: la política. Todas las demás emergen de esta; dado en caso contrario llegamos a aquello de Francisco de Cuéllar sobre Irlanda:
    En este país no hay ni Justicia ni Derecho, y todo el mundo hace lo que quiere.

  3. La Constitución de 1978 garantiza un amplio elenco de libertades públicas a cambio de una democracia jibarizada y dominada por el poder ejecutivo monclovita. Si ahora nos reducen la libertad el asunto es muy, muy serio.

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