Cada año, el 8 de marzo se repite el mismo ritual: las calles se llenan de consignas, de pancartas, de discursos que hablan en nombre de “las mujeres”. Los partidos políticos compiten por demostrar quién es más feminista; las instituciones iluminan sus edificios con el color del movimiento; y los medios amplifican un relato que parece indiscutible. En las manifestaciones, consignas, declaraciones institucionales y discursos políticos se nos dice que ese día representa la lucha de las mujeres por su libertad y su dignidad. Según ese relato dominante, el feminismo sería la voz natural de todas las mujeres y quien no se identifique con él se situaría, implícitamente, en el lado equivocado de la historia.
Sin embargo, basta con mirar con atención para descubrir algo que rara vez se reconoce en voz alta: cada vez más mujeres sentimos que ese discurso no nos representa. No porque neguemos la dignidad femenina ni porque rechacemos la igualdad ante la ley —conquistas que pertenecen al patrimonio moral de nuestra sociedad democrática—, sino porque percibimos que el feminismo contemporáneo ha dejado de hablar de las mujeres. En nombre de su liberación, el movimiento ha terminado construyendo una imagen de la mujer que muchas no reconocen como propia: una mujer permanentemente amenazada, definida por su vulnerabilidad y necesitada de tutela política para desenvolverse en el mundo. Muchas mujeres no nos sentimos representadas por ese relato; algunas guardan silencio por prudencia, otras por cansancio y otras simplemente porque no desean convertir su identidad en una etiqueta ideológica. Pero el hecho permanece: existe una distancia creciente entre las mujeres y la mujer ideológica que el feminismo pretende representar. Esa distancia no surge de la nada, sino que es el resultado de un cambio profundo en la forma de pensar la condición femenina.
Esta visión no solo es reductora, también tiene consecuencias culturales profundas. En lugar de fortalecer a la mujer, el feminismo institucional ha terminado infantilizándola
Conviene recordar que el feminismo no siempre fue así. Hubo un tiempo en que se vinculó con una causa razonable que buscaba algo elemental: que la ley reconociera a las mujeres como sujetos plenos con los mismos derechos y deberes que los hombres. En ese sentido, la historia del feminismo forma parte de la historia más amplia de la expansión de la libertad en Occidente. La igualdad entre hombres y mujeres no surge de un decreto ideológico, ni mucho menos del feminismo, sino de una civilización que ha aprendido a limitar el poder de la fuerza y a reconocer la dignidad de cada persona. Allí donde esa cultura desaparece, la igualdad desaparece con ella. Basta observar lo que ocurre en países donde las mujeres no pueden estudiar, trabajar o decidir sobre su propia vida para comprender que la igualdad no es una consigna, sino una conquista cultural. Sin embargo, algo cambió en el camino. A partir de finales del siglo XX y especialmente en las llamadas tercera y cuarta olas, el feminismo dejó de centrarse en la igualdad ante la ley para adentrarse en un terreno mucho más ambicioso: reinterpretar la totalidad de la vida humana en clave de conflicto entre sexos. Lo personal se volvió político; las relaciones íntimas, sospechosas; la diferencia sexual, una forma encubierta de dominación. Lo que comenzó como una reivindicación de igualdad ante la ley se ha transformado progresivamente en una narrativa de victimización estructural, donde el hombre ha dejado de ser simplemente un individuo para convertirse en una categoría estructuralmente sospechosa, y la mujer ya no aparece como sujeto libre que participa en la construcción del mundo, sino como una identidad política definida por la vulnerabilidad. La mujer pasa a definirse, antes que nada, como víctima potencial de esa estructura. El resultado ha sido la instalación de una lógica antagonista que empobrece la comprensión de las relaciones humanas. Cuando la diferencia entre hombres y mujeres se interpreta exclusivamente como dominación, la posibilidad de reciprocidad desaparece. El otro ya no es alguien con quien encontrarse, sino alguien frente a quien defenderse.
Esta visión no solo es reductora, también tiene consecuencias culturales profundas. En lugar de fortalecer a la mujer, el feminismo institucional ha terminado infantilizándola. Paradójicamente, un movimiento que afirma luchar por su emancipación ha terminado presentándola como un ser frágil que necesita protección constante del Estado y de las instituciones. La figura de la mujer fuerte y responsable ha sido sustituida por la de la mujer vulnerable que requiere una tutela permanente. Se la presenta como un ser constantemente amenazado, incapaz de defenderse sin la tutela continua del Estado, de las leyes o de los movimientos sociales que hablan en su nombre. Esa tutela adopta múltiples formas: políticas públicas que presuponen su indefensión, discursos que la describen como víctima estructural y un clima cultural que desconfía de su capacidad de agencia. Bajo esta lógica, la libertad femenina queda subordinada a una narrativa de protección, pero la protección auténtica no consiste en tratar a alguien como menor de edad; consiste en devolverle su capacidad de actuar en el mundo. Cuando una mujer deja de ser reconocida en su singularidad y pasa a ser tratada como pieza de una masa victimizada, lo que pierde no es solo libertad exterior; pierde también interioridad, capacidad de agencia y responsabilidad moral. Pierde, en definitiva, su libertad de ser.
El resultado actual es una nueva forma de paternalismo, esta vez revestida de lenguaje emancipador. La mujer ya no depende del hombre, pero ahora depende de la protección institucional que el feminismo reclama para ella y, cuando una mujer afirma no sentirse oprimida, cuando una mujer reconoce su propia responsabilidad en su vida o que simplemente no desea definirse como feminista pasa a ser cuestionada, en el mejor de los casos, negada, en el peor, y acusada de alienación o de no comprender su propia situación. Esta dinámica revela algo inquietante: el feminismo contemporáneo parece necesitar producir constantemente nuevas formas de victimización para sostener su legitimidad. Si el relato central del movimiento es la opresión estructural de la mujer, cualquier signo de normalidad o de superación amenaza con debilitarlo. Por eso el discurso feminista tiende a expandir el campo de los agravios, reinterpretando fenómenos complejos bajo una única clave explicativa. Vive de producir víctimas y de señalar sin cesar nuevos campos de opresión, lo que termina deformando la realidad y, con ella, a las personas concretas. Por eso el problema del feminismo actual no es solo semántico, aunque la palabra esté exhausta de tanto adjetivo, de tanta pelea interna y de tanta apropiación partidista. Es también un problema moral y cultural, porque una sociedad sana no puede sostenerse sobre identidades políticas que necesitan estar permanentemente agraviadas para justificarse.
El problema de fondo es más profundo que una simple disputa política. Tiene que ver con la manera en que entendemos la violencia, la responsabilidad y la propia naturaleza humana. No se trata solo de política o de legislación, sino de antropología. El feminismo actual no solo discute el lugar de la mujer en la sociedad; discute qué significa ser persona. En muchas de sus corrientes, la libertad se entiende como desvinculación: emanciparse sería liberarse de cualquier dependencia, de cualquier límite, incluso de aquellas relaciones que constituyen la experiencia humana más básica. Pero el ser humano no es una voluntad flotante, sino que somos seres vulnerables, relacionales, nacidos de otros y necesitados de otros. Nuestra vida está tejida de vínculos: familia, comunidad, cuidado mutuo. Cuando esas dimensiones se presentan como formas de subordinación y de violencia, lo que se está cuestionando no es solo una tradición cultural, sino la propia naturaleza de la vida humana.
Uno de los ámbitos donde esta tensión se vuelve más visible es el del cuidado. Durante siglos, el cuidado ha sido una de las grandes contribuciones femeninas a la humanidad. No porque las mujeres estuvieran obligadas a cuidar, sino porque en nosotras se ha expresado de manera particularmente intensa una sensibilidad relacional que sostiene la vida cotidiana. El cuidado no es una forma de debilidad; es una de las manifestaciones más profundas de la humanidad compartida. Sin embargo, en ciertos discursos contemporáneos el cuidado aparece como símbolo de subordinación; la maternidad se interpreta como carga; la sensibilidad, como debilidad; la feminidad misma, como una construcción sospechosa que debe ser neutralizada. Despreciar todo ese legado no libera a la mujer, sino que empobrece a toda la sociedad. El resultado es una curiosa paradoja cultural: mientras se critica al hombre por su agresividad histórica, se invita a la mujer a adoptar los mismos patrones de comportamiento que tradicionalmente se consideraban masculinos (adoptar un rol profesional más agresivo, asumir mayores riesgos o ser más osadas en el trabajo).
Otro ámbito donde se evidencia la tensión es cuando afirman que toda violencia contra la mujer es producto de una estructura abstracta —el patriarcado, la cultura machista, la masculinidad—, pues se corre el riesgo de desdibujar la responsabilidad concreta de quien comete el acto violento. La violencia es uno de los fenómenos más complejos de la experiencia humana. No es una realidad que pueda explicarse mediante una única causa o una sola ideología. Es un fenómeno en el que intervienen factores psicológicos, biológicos, sociales y ambientales. En cierto sentido, es una forma de comunicación fallida: un modo lesivo, destructivo, de expresar dominación, frustración, poder o desesperación. Por ello, reducir la violencia contra la mujer al esquema “hombre agresor por ser hombre, mujer víctima por ser mujer” no solo es científicamente pobre; es también moralmente peligroso. Porque cuando todo se atribuye a una abstracción como “el patriarcado”, se diluye la responsabilidad concreta del sujeto que ha violentado. Y sin responsabilidad individual no hay ni justicia ni posibilidad de reparación. La paradoja es evidente: un movimiento como el feminismo que pretende combatir la violencia termina dificultando su comprensión.
A esta simplificación se añade otro elemento todavía más problemático: la santificación moral de la mujer. El feminismo contemporáneo ha construido una imagen de la mujer como víctima pura, casi incapaz de ejercer violencia por sí misma. Pero la experiencia humana desmiente esa idealización. Las mujeres también pueden dañar, manipular, mentir o agredir. Reconocerlo no degrada a la mujer; al contrario, la sitúa en su verdadera condición de sujeto moral completo. Negar esa complejidad no protege a nadie, solo produce un espejo deformado de la realidad. A partir de ahí emerge otro fenómeno: una auténtica economía política del victimismo. Cuando una identidad colectiva se define fundamentalmente por el daño sufrido, la producción de víctimas se convierte en un recurso político. Nuevas formas de opresión deben ser identificadas, ampliadas o reinterpretadas para mantener vivo el relato que legitima el movimiento. El resultado es una expansión constante de categorías de victimización: cada conflicto se interpreta como prueba de una opresión estructural, cada experiencia individual se convierte en evidencia de un sistema.
De modo que tal vez el gesto más contracultural, libre y verdadero, frente al ruido del 8M y frente al agotamiento del feminismo, sea este: dejar de hablar de la mujer como problema y empezar de nuevo a agradecerla como presencia
Las relaciones entre hombres y mujeres no son una guerra permanente. Son relaciones complejas, llenas de cooperación, conflicto, afecto, rivalidad, cuidado y deseo. La desconfianza estructural hacia el hombre tiene consecuencias profundas, porque cuando el otro sexo se convierte en sospechoso por definición, desaparecen las condiciones básicas del vínculo. Comunicación, confianza, complicidad, esas tres dimensiones que sostienen cualquier relación humana comienzan a erosionarse. Allí donde se instala la sospecha permanente, el vínculo se debilita y, con el debilitamiento del vínculo, también se debilita el erotismo. El deseo necesita confianza y el amor necesita libertad. Cuando cada gesto se interpreta bajo la lógica del poder o del abuso potencial, el espacio del encuentro se vuelve cada vez más estrecho. Quizá por eso vivimos una época en la que el amor romántico se mira con desconfianza.
Frente a este panorama, conviene recuperar otras tradiciones de pensamiento que también han reflexionado sobre la dignidad de la mujer, pero desde perspectivas menos conflictivas. Una de ellas es la carta que san Juan Pablo II dirigió a las mujeres en 1995. En ese texto, Juan Pablo II adopta un tono sorprendente en el contexto contemporáneo: un tono de gratitud. Agradece a la mujer en sus múltiples formas de presencia en el mundo: mujer-madre, mujer-esposa, mujer-hija, mujer-hermana, mujer-trabajadora, mujer-consagrada. La carta no intenta encerrar a la mujer en un rol único; al contrario, reconoce la pluralidad de sus vocaciones y la riqueza de su contribución a la humanidad. Lo que resuena con especial fuerza en ese texto es la afirmación de que, con la intuición propia de su feminidad, la mujer enriquece la comprensión del mundo y contribuye a la verdad de las relaciones humanas. No se trata de una idealización, sino de una afirmación antropológica: la diferencia sexual no es una amenaza para la dignidad humana, sino una de sus fuentes de riqueza.
Este reconocimiento contrasta con el clima de confrontación que domina hoy el discurso público. Basta observar la proliferación de etiquetas identitarias que fragmentan la experiencia femenina en categorías cada vez más estrechas: mujeres blancas, mujeres racializadas, mujeres trans, mujeres cis, mujeres abolicionistas, mujeres liberales, mujeres tradicionales. En lugar de un lenguaje de gratitud o de reconocimiento, predomina un lenguaje de disputa y sospecha. Tal vez por eso resultan tan sugerentes algunos intentos recientes de recuperar modelos femeninos más amplios. El lema propuesto por la Asociación Católica de Propagandistas para el 8 de marzo —“Reza como María, lucha como Juana, reina como Isabel, sirve como Teresa, confía como Mónica. Este 8M, busca la santidad”— evoca una diversidad de figuras históricas que muestran distintos modos de ejercer la fuerza femenina. María representa el modelo por excelencia de confianza, humildad y fortaleza ante la adversidad; Juana de Arco, el coraje y la fidelidad a la propia conciencia; Isabel la Católica, la responsabilidad política; Teresa de Calcuta, el servicio radical y silencioso al cuidado de los más pobres; Mónica de Hipona, la perseverancia y la esperanza. Ninguna de ellas necesitó definirse como feminista para transformar el mundo. Ninguna necesitó masculinizarse para dejar huella en la historia. Su autoridad nacía de algo más profundo: la coherencia entre su vida y su vocación. Quizá ahí se encuentre una de las claves para salir del impasse actual: la dignidad de la mujer no necesita ser proclamada constantemente mediante consignas ideológicas; necesita ser reconocida en la realidad concreta de su vida. En su capacidad de cuidar y de crear, de sostener vínculos, de participar en la vida social y de enriquecer la cultura con su mirada propia. Esto no significa negar los problemas reales que afectan a las mujeres en distintas partes del mundo. Significa abordarlos desde un horizonte más amplio que el de la confrontación permanente. Un horizonte en el que la igualdad no se traduzca en uniformidad y la diferencia no se interprete como dominación.
La verdadera emancipación femenina no pasa por negar la feminidad ni por convertirla en bandera política. Pasa por reconocer a la mujer como sujeto pleno de dignidad, libertad y responsabilidad. Una persona capaz de dar forma al mundo desde su propia manera de ser. Por eso, la cuestión más honesta hoy no es si el feminismo sigue siendo necesario, sino si su formulación contemporánea fortalece de verdad a la mujer o si, por el contrario, ha terminado debilitando su imagen pública al reducirla casi por entero a la condición de víctima. Tal vez el desafío de nuestro tiempo no sea profundizar en el feminismo, sino ir más allá de él: recuperar una visión humana en la que hombres y mujeres puedan encontrarse de nuevo como aliados en la tarea común de sostener la vida, y recordar, con sencillez, algo que hoy parece casi revolucionario: que la mujer no necesita ser administrada por ninguna ideología para ser libre.
De modo que tal vez el gesto más contracultural, libre y verdadero, frente al ruido del 8M y frente al agotamiento del feminismo, sea este: dejar de hablar de la mujer como problema y empezar de nuevo a agradecerla como presencia. No como símbolo, no como masa, no como coartada ideológica. Como mujer. Sin más apellidos. Basta con decir: gracias por el hecho mismo de ser mujer.
Foto: Dima Dallacqua.
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