Cumpliendo con lo prometido en su campaña electoral, algo que desgraciadamente no es demasiado común en la política actual, Donald Trump se puso manos a la obra, nada más ocupar su cargo como presidente de Estados Unidos, para acabar con la ideología woke promovida desde el poder por el Partido Demócrata. Con la firma de dos órdenes ejecutivas, Trump puso fin a los programas de diversidad, igualdad e inclusión (DEI) en el sector público y abrió la puerta que esa decisión llegara también al sector privado. Una medida que «muchas empresas estaban deseando tomar, hartas de los programas DEI», en palabras de Mike González, de la Heritage Foundation, durante una conferencia sobre los cien primeros días de Donald Trump en la presidencia. González afirmó que las acciones del presidente estadounidense eran como un «desfibrilador» frente a la amenaza wokeista, pero advertía que no debemos bajar la guardia porque «la batalla aún no está ganada».

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El wokismo ha hecho y sigue haciendo un daño enorme, debilitando y quebrando la sociedad desde dentro

Sin embargo, hay muchos que, en un exceso de optimismo, consideran que el «desfibrilador» de Trump ha salvado a la civilización occidental del virus woke. Desde luego, el fin de los programas woke en Estados Unidos es un duro golpe para esta ideología y también para el entramado económico que lo animaba. Instituciones como la US AID, creada durante la guerra fría para combatir la influencia soviética y que, según sus defensores, contrarrestaba hoy la influencia rusa y china, se convirtieron en una fuente inagotable de recursos y fondos para toda clase de agendas ideológicas. Meaghan Mobbs, directora del Centro para la Seguridad Estadounidense del Foro de Mujeres Independientes, me contó esta reveladora anécdota sobre la perdida de propósito de esta institución: «En 2023, estuve en Tiflis, Georgia, y me reuní con grupos de la sociedad civil, y me dijeron: “Meaghan, escucha, todo este dinero de ayuda de EE.UU. que llega a Georgia está destinado a programas LGBTQ+. No queremos eso en Georgia, lo que queremos es ayuda para combatir la desinformación rusa, para que podamos luchar contra lo que vemos venir, que es un empuje ruso en nuestra sociedad”. En lugar de luchar contra la influencia rusa, intentamos utilizar los dólares del gobierno para impulsar una agenda que muchos de estos países no quieren». En otras palabras, en lugar de combatir la influencia rusa, el wokismo la ha favorecido, alimentando de paso el discurso del «Occidente degenerado» promovido por el Kremlin.

La pérdida de financiación estatal y la retirada de los programas woke de cada vez más empresas privadas, son el primer paso para desmantelar esta dañina ideología, pero lograr su final requiere un esfuerzo constante y duradero. El woke es hijo del marxismo cultural de Gramsci, promovido desde la Unión Soviética y sus satélites para debilitar a Occidente ante una posible confrontación. En la década de los ochenta, el desertor de la KGB, Yuri Bezmenov, dio una serie de conferencias para alertar a los ciudadanos de los Estados Unidos del tipo de guerra al que habían sido sometidos. Habló de desmoralización y de la infiltración en las universidades de los ideales socialistas, y de cómo una sociedad desmoralizada era incapaz de reaccionar incluso ante la realidad más evidente. Por desgracia, no se le prestó mucha atención porque, al fin y al cabo, Occidente estaba ganando la Guerra Fría, y ahora sus palabras parecen una profecía de lo que estaba por venir. Después de la caída del telón de acero, en los años noventa, el movimiento «políticamente correcto», nacido a finales de los ochenta, se extendió por unas universidades estadounidenses que ya estaban corrompidas por el marxismo cultural. Años después, la élite surgida de esas universidades abrazará con entusiasmo una ideología completamente ajena a la realidad: el woke.

A diferencia de su raíz marxista, el woke no es una ideología que tenga un proyecto de futuro, ya que su modelo de civilización no podría sobrevivir más allá de una o dos generaciones. Por el contrario, el woke es una píldora para el suicidio de Occidente. Una sociedad enferma de wokismo está, utilizando las palabras de Bezmenov, completamente desmoralizada y es una presa fácil para cualquier civilización rival, ya sea el Islam o la alianza del Oso-Dragón. «Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que se ha destruido a sí misma desde dentro», escribió Will Durant, pero lo que nunca habría imaginado es que ese proceso que en el pasado podía llevar siglos, pudiese producirse de una manera tan rápida y letal.

Occidente vive una nueva guerra fría, cada vez más directa y agresiva, que pone fin al utópico «fin de la historia» en el que muchos creyeron cuando cayó el Muro de Berlín. El nuevo liderazgo en Estados Unidos y el giro conservador en Europa responden a la necesidad de hacer frente a una realidad que no había cambiado, pero que las gafas del progresismo no nos dejaban ver: el enemigo está a las puertas y también dentro de las murallas. A pesar de la negación de la izquierda y sus aliados, la dura realidad es que los proyectiles no se pueden fabricar en granjas ecológicas; los tanques no pueden ser eléctricos; la soberanía y las fronteras son necesarias; no se puede depender del gas ruso y es urgente reindustrializar el viejo continente y recuperar la competitividad.

No obstante, el wokismo ha hecho y sigue haciendo un daño enorme, debilitando y quebrando la sociedad desde dentro. El escándalo de la RAF británica, que se quedó sin suficientes pilotos de caza por sus políticas de diversidad, es un ejemplo de lo peligroso que puede resultar el wokismo en instituciones como el ejército, en donde en muchos casos se han llegado a sustituir horas de entrenamiento militar por cursos de DEI, sensibilidad o feminismo. Es evidente que en esta nueva guerra fría, como sucedió en la anterior, siempre va a haber agentes externos dispuestos a alimentar esa debilidad y división, y también internos, como los así llamados tontos útiles que se manifestaban contra las armas nucleares estadounidenses, pero no contra las soviéticas que estaban apuntando a sus cabezas. La gran diferencia es que el Occidente de antaño era consciente de que su civilización era mejor y que merecía la pena luchar por ella, mientras que ahora muchos occidentales no pueden distinguir un hombre de una mujer, menos reconocer a un enemigo, aunque se acerque con un arma en las manos.

Por todos estos motivos, la batalla contra el woke está aún lejos de terminar. Es cierto que su pérdida de musculo financiero le está restando muchos apoyos, particularmente en el mundo de la política y de la sociedad civil, y que el hartazgo hacia la propaganda woke es cada vez mayor y se refleja en las campañas contra las plataformas que la difunden, pero aún son muchos los que son, y han sido, educados en la falta más absoluta de valores y racionalidad. Incluso ya se habla de la existencia de una derecha «woke», tan fanática e irracional como la izquierda, y que está causando una profunda división entre los conservadores. El fin de la financiación es un primer paso necesario, pero la educación es la gran batalla en la que extirpar el wokismo de la sociedad. Una educación en valores y tradiciones occidentales, porque solo se ama lo que se conoce, cargada de toneladas de sentido común, y que genere adultos responsables y no eternos adolescentes, es el mejor camino para que el wokismo regrese al pozo de la marginalidad del que nunca debió salir.

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