Los ministros del Gobierno Sánchez, excepción hecha del recién llegado Miquel Iceta, han declarado sus patrimonios personales. La Nota de La Moncloa que contiene el PDF con el resumen de los bienes de los altos cargos nombrados por el Gobierno dice, triunfante, que este ejercicio de transparencia se debe a la decisión del PSOE, que hace aquí de trasunto de su persona.

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Todas las miradas se han dirigido hacia el exitoso matrimonio Iglesias-Montero. La de Pedro Sánchez debía estar puesta en su querido colega de Gobierno ya en septiembre de 2018, cuando aprobó el real decreto que obligaba a los ministros a desnudar sus patrimonios. Sánchez debía saber por entonces que Pablo Iglesias, más que un comunista, era un auténtico progre; es decir, una persona con unos deseos inmoderados de enriquecerse.

El patriarca Iglesias ha sido zaherido por la incongruencia entre su mensaje y sus verdaderas intenciones. El hombre que gustaba de saludar a sus vecinos de siempre en Vallecas, tiene ahora una mansión a decenas de kilómetros. El azote de la casta vive instalado en un círculo de poder

Lo debía de saber, porque en septiembre de 2017 escribí un artículo en VozPopuli en el que decía que entre sus aspiraciones personales estaba la de hacerse inmensamente rico. Podía haberlo pensado; debí haberlo hecho. Su carácter acaparador del poder y de las mujeres que pasan a su vera no iba a ser distinto sobre el dinero. Pero no lo supe por perspicacia. Está obsesionado con ganar dinero, y quien le ha conocido íntimamente lo sabe. Y lo cuenta. Pablo Iglesias apunta alto: a la riqueza de los Castro, a la de Hugo Chávez, a la de Maduro, quizá incluso a la de los Kirchner.

Ramón Espinar ha confundido activos y pasivos, ha sumado sus cantidades, y con ello ha llegado a afirmar que cada mitad del matrimonio ha acumulado una riqueza de unos 800.000 euros. Es normal que Espinar a lo máximo a lo que puede aspirar sea a senador. Pero varios medios de comunicación, alguno especializado en información económica, ha contado muy mal la situación patrimonial de los marqueses de Galapagar.

El Confidencial, ese medio al que le va la carne y el pescado, que cuenta 8 y 80 como equivalentes, que pone una vela a Dios y otra al diablo y que encarna multitud de hendíadis como estas, debía saber la diferencia entre el neto y el bruto. Y que, por tanto, no es cierto que Pablo haya “declarado un patrimonio neto de 539.880 euros”. Esa es su riqueza bruta, de la que hay que deducir unas deudas por valor de 231.156,5 euros. Es decir, posee, o ha declarado, un patrimonio 308.723 euros limpios de polvo y paja. Su socia Irene tiene un activo neto de 398.813,32 euros.

Las cuentas declaradas por la pareja de políticos más prometedora desde los Kirchner tiene algo de enigmático. Pablo Iglesias tiene un patrimonio inmobiliario por valor de 233.282,15 euros, mientras que el de su compañera de afanes es de 335.049,49. Ambos son titulares de un chalet de 268 metros cuadrados, más otros 2.000 de jardín, que adquirieron por 615.000 euros. ¿Cómo es posible que los bienes inmuebles de Pablo valgan menos de la mitad de lo que costó la casa? Es más fácil explicar que el valor de los inmuebles de Irene sea de poco más de la mitad del valor de la casa, cuando ella heredó dos viviendas al 50 por ciento, más dos fincas, una rústica y otra urbana. Quizás haya vendido toda su herencia inmobiliaria, o se haya quedado con una parte de no mucho valor.

Irene heredó, también, 76.109,82 euros, luego la venta de sus inmuebles debió de volcarse sobre el resto del patrimonio financiero que posee: 107.420,33 euros en cuentas corrientes más 187.500 en un plan de pensiones. De modo que, como mucho, y suponiendo que Montero no ha ahorrado un céntimo desde entonces (2019), la mitad de las dos viviendas más las dos fincas le habrían supuesto no más de 218.810 euros.

Pero todo ello en el supuesto de que el capital del fondo de pensiones haya sido aportado desde que recibió la herencia, en junio de 2019. En tal caso, Pablo habrá hecho esa aportación en el mismo período, ya que es de la misma cuantía. Y eso no parece probable.

Esto nos lleva a otros aspectos interesantes de su patrimonio, que no son los puntos oscuros, sino lo que dice su composición de ellos. Tanto Montero como Iglesias tienen una gran cantidad en cuentas corrientes. Con los tipos de interés a cero, esa apuesta por la liquidez no tiene un gran coste, más que el de oportunidad de no colocar los fondos en un activo que genere interés. El líquido sólo se puede mantener en un entorno sin inflación, que está en contra de lo que quieren los Montero-Iglesias para la economía española.

Por otro lado, las pensiones públicas no les basta; han alimentado un fondo de pensiones privado que tiene ya un capital considerable, sobre todo para la edad que tienen. Pero lo más interesante es que no tienen acciones ni participaciones en fondos. La familia galapagueña prefiere tener un patrimonio propio de los señores terratenientes antes que participar por el riesgo, la incertidumbre y el beneficio que caracterizan a una burguesía capitalista.

El patriarca Iglesias ha sido zaherido por la incongruencia entre su mensaje y sus verdaderas intenciones. El hombre que gustaba de saludar a sus vecinos de siempre en Vallecas, tiene ahora una mansión a decenas de kilómetros. El azote de la casta vive instalado en un círculo de poder. El demócrata, el patriota, ha medrado en la política española gracias al dinero derramado por alguno de los peores regímenes del mundo. Y el hombre que fruncía el ceño ante los ricos, se ha convertido en uno de ellos en un plazo asombroso.

Es verdad que no ha multiplicado su riqueza haciendo sucias cosas capitalistas, como trabajar en el mercado y ahorrar, o creando una empresa que aporte mucho más valor a los ciudadanos que el de los medios que utiliza para producir sus servicios. No. Los orígenes del patrimonio Iglesias-Montero pertenecen al mundo de los pasillos largos y las puertas cerradas, de las mesas de despacho y las visitas a las villas de los poderosos. A Madrid, pero al Chapare. A Quito, pero a Caracas. A Teherán, pero a Rabat. Su alimento ha sido la amistad con el poder, más el honrado ahorro de sus sueldos, ganados como dirigentes de un partido y ministros contra el Reino de España.

Foto: Anthony DELANOIX.


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