En la historia muy reciente de España abundan los que han querido contraponer la ley a la democracia, es decir su voluntad, sea mayoritaria o no, al respeto a las reglas y los principios sin los que cualquier democracia pierde sentido. Aunque no me guste el término, trufado de equívocos, esa es una de las presunciones que podríamos encontrar en todo lo que suele llamarse populismo, un desprecio de la política ordinaria y de las leyes en que se ampara tratando de erigir, en su contra, una determinada voluntad de ser, logrando la imposición de un nuevo sistema de principios sobre los que se presume que ni habrá ni cabrá discrepancia alguna.

Respetar la ley y la justicia, aunque suponga un obstáculo serio para imponer los propios deseos y perseguir las utopías, es una condición necesaria de cualquier sistema democrático con capacidad de aminorar y atenuar los conflictos sociales. Como es lógico, este principio encontrará siempre la enemiga de los radicales, de los antisistema, de quienes presumen ser víctimas sin otra salida posible que la destrucción del marco de convivencia, sin otra alternativa que tratar de conseguir que se extremen las contradicciones que, en su opinión, hacen que el sistema constitucional constituya una trampa. Es la política del “cuanto peor mejor” que suele encontrar apoyos en diferentes formas de frustración más o menos comprensibles.

En el marco que de sentido a la contraposición entre política y justicia, o entre democracia y ley, no parece posible lograr ningún progreso sustantivo por las vías de la práctica política ordinaria, pero, por fortuna, el buen sentido tiende a impedir que las cosas se desmadren y, aunque sea con cara de muy escasa conformidad, las fuerzas extremistas que enarbolan esas contradicciones suelen acabar aceptando el marco constitucional y sometiéndose a la ley común, aunque no siempre, como estamos viendo que ocurre en Cataluña.

Por debajo de este marco lógico en el que hay que respetar a la ley y la justicia para poder hacer política y construir cualquier democracia, existe siempre algo mucho más delicado y difícil de enjuiciar que es la actitud personal de los protagonistas de los conflictos colectivos, la forma de abordar la contienda política que adoptan los políticos profesionales.

De repente vemos que muchos políticos se comportan a la manera de las “manadas” en las que no se sabe si quien las lidera es en algo mejor que quienes lo siguen o si está delante por ser el más decidido a romperlo todo

Para hacer un breve análisis de esta cuestión he de referirme a una idea de Justicia que sobrepasa su mera condición legal y se ha de entender como un valor moral o, como a veces se dice todavía, como una virtud ciudadana. Si Justicia es dar a cada uno lo suyo, el ideal de un comportamiento justo impone, en primer lugar, un principio de reconocimiento de la individualidad y la dignidad de los demás que impide su sumisión bajo una categoría global que despersonalice y confunda. En este aspecto, la cultura política tiene que decidir entre dejarse guiar por un principio maniqueo, el de amigos y enemigos, o por una actitud más ingenua y ambiciosa que consiste en ver al otro como prójimo, como alguien con quien tengo que compartir el espacio físico, y el universo moral, con alguien a quien tengo la obligación de tratar de entender y con el que he de procurar acordar algo que redunde en beneficio común, aunque suponga costes.

En España vivimos tiempos que se está empezando a alejar de manera dramática de una voluntad de concordia que se había plasmado en las instituciones de la democracia del 78. El método para hacerlo ha sido el clásico, calificar aquellos acuerdos fundacionales de engaño, mostrarlos como la causa universal de todos los males, olvidando, de paso, errores y agravios que se generaron mucho después y de forma independiente de aquellos. El caso es que la voluntad de concordia no está en sus mejores momentos y da la sensación de que nadie se ocupa con seriedad en restaurar el clima que la hizo posible. La consecuencia inmediata es que se hable de crisis o de fin del sistema, es decir que se conceda a sus adversarios, siempre los hubo, a derecha y a izquierda, el beneficio del fracaso.

Mientras, el clima político se sigue deteriorando porque se convierte a las instituciones en rehenes de una voluntad de exclusión. Eso sucede muy en especial en los parlamentos, que ahora son objeto de un sistemático ninguneo por parte de los partidos que se empeñan en políticas del todo o nada, que rehúyen el pacto como si fuera una traición, pero ningún pacto es otra cosa que un intento, más o menos afortunado, de caminar, mientras que la negativa a los pactos supone siempre abandonar los principios de la política para emplear los de la guerra. Y es verdad que la política es siempre una contienda, pero con reglas, civilizada, no sangrienta ni destructiva, con voluntad de convivencia y no de aniquilación.

De repente vemos que muchos políticos se comportan a la manera de las “manadas” en las que no se sabe si quien las lidera es en algo mejor que quienes lo siguen o si está delante por ser el más decidido a romperlo todo. Estas manadas van sembrando el panorama de exclusiones, de “cordones sanitarios”, eufemismos que sirven para ocultar la voluntad de eliminar al adversario, la nula intención de dialogar y entenderse con él en aras de un bien superior, de la solución más razonable para el conjunto de los españoles. Así, como de paso, una situación objetivamente difícil, pues nada es fácil en el mundo que se nos viene encima, se empeora por la aplicación de las terapias más primitivas y elementales, sin que importe que produzcan efectos contraproducentes porque lo único que se busca es lucir el galardón de la victoria y el disfrute del botín.

El paisaje se llena de enemigos irreconciliables, de fascistas, de feminazis, de homófobos, de comunistas y de terroristas, de gente con la que no hay nada que hablar, un secuestro de la dignidad ajena para acrecentar la propia que pretende convertir la intolerancia en virtud. Los insultos dejan de serlo, de puro frecuentes, se toman como meras descripciones del irreprimible carácter del enemigo. El conflicto no se trata de aminorar sino de exacerbar, porque demonizar el pretendido mal se convierte en el único objetivo.

Todas estas actitudes, que, por fortuna, se perciben todavía como ridículas por buena parte de los ciudadanos, expulsan de la esfera pública el menor atisbo de objetividad, de respeto y, en consecuencia, de justicia. En lugar de reconocer a cada cual lo que merezca, se niega el pan y la sal a todos los que convenga, así sean fachas o rogelios. Y, claro, se espera, en el fondo, que los ciudadanos acaben aplaudiendo tamaña gallardía, es más, se carga en su cuenta el peso de la responsabilidad por un supuesto respeto debido a los electores.

No es que los populistas, por emplear de nuevo un término tan gastado, estén imponiendo la antipolítica, es que las malas políticas y las peores actitudes para la convivencia ciudadana se instalan en las direcciones de los partidos y el partidismo arrasa con todo, lo que demuestra no el respeto al elector sino lo contrario, porque los ciudadanos dan por hecho que los elegidos están ahí para resolver problemas, pero todas las encuestas muestran que tienen la sensación de que los políticos se han convertido en un problema, el segundo nada menos. Puede que se equivoquen, pero que vayamos camino de las cuartas elecciones legislativas en menos de cuatro años no es un dato que ayude a valorar la imagen de los políticos. Un mayor sentido de la justicia en el trato al rival y algo más de respeto a su derecho a discrepar debieran ayudar a poner las cosas en su sitio.

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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web

5 COMENTARIOS

  1. Que ensalada de conceptos mal comprendidos. La ley es la ley y no tiene que ver nada con la democracia. La ley hay que respetarla, ya sea por lo civil, por lo criminal o por lo constitucional estés en un régimen democrático, monárquico o dictatorial. Quien no respete la ley está fuera de ella y es un criminal ya sea un político un ciudadano o un juez. Y de estos hay muchos en España, sin juzgar, por no ser una nación culta ni seria. Le recomiendo Teoría Pura de la República de D. Antonio García-Trevijano, para aclarar conceptos.

  2. Decir que percibo lo mismo que Quirós y que por tanto estoy de acuerdo con todo lo que dice sería una conclusión superficial y una presunción por mi parte.
    Tras leer el artículo la coincidencia me plantea una pregunta, ¿Si ambos estamos acertados, qué está realmente sucediendo o ya ha sucedido?
    Y es entonces cuando las posibles respuestas verdaderas se suceden una tras otra formando una ristra de chorizos interminable.
    Todos son comestibles aunque cada chorizo esté especiado de manera diferente. Incluso el último añadido a la lista, el de la UME, un emparedado de chorizo que no se molestaron ni en camuflar con el entorno.
    Hemos de aceptar aunque nos pese que veinte años son mucho, y que los que presumen de haber nacido en democracia piensan que esta es una ristra de chorizos especiados al gusto.

    Quizás sea hora de ver las cosas en su totalidad, hora de exigir a los políticos una mínima capacidad intelectual que les permita diferenciar entre gobernar y manipular las tripas de la gente dándole a la manivela del disparate.

    • Y añado,
      También mis tripas se encogen cuando la portavoz de un gobierno se regodea dándole a la manivela del disparate. Eso duele, y yo no sé si lo hace a propósito, pero mis tripas están a punto de explotar.

  3. “Un mayor sentido de la justicia en el trato al rival y algo más de respeto a su derecho a discrepar debieran ayudar a poner las cosas en su sitio”

    Pues no sé qué decirle, Quirós, porque en la teoría no hay problema y todos entendemos que es el camnio más seguro para llegar a acuerdos, pero ponerlo en práctica ya es otra cosa distinta. Porque esa actitud en apariencia abierta y tolerante, junto a la voluntad de diálogo permanente de la que se hacen eco partidos como el PSOE tiene más de apariencia que de realidad y se ha revelado como un eufemismo o postureo bastante inútil para dar solución a los problemas políticos candentes y sobre todo para entenderese con el adversario político.

    Esa “apertura a la negociación” y ese “diálogo constructivo” con el que se les llena la boca a los nacionalistas para dar solución a sus reivindicaciones parte de una premisa envenenada a la que desde un prinicipio se niegan a renunciar y a ceder en lo más mínimo, desde que que empezó el rollo del “procés” y que a través de los años fue tomando cuerpo, hasta el fatal desenlace que todos conocemos.
    Y ¿esa actitud profundamente abierta, tolerante y democrática para el diálogo, tan bien recibida por el PSOE y correspondida de forma recíproca sirvió y está sirviendo actualemnte para algo más que para fomerntar el victimismo de los indepes y para blanquear sus fechorías ante la opinión pública española?

    Igual me he radicalizado en mis posiciones políticas pero estoy harta de tanta infamia y tanta impostura política, de tanto cinismo e hipocresía con el famoso: “diálogo, diálogo, diálogo” que no consigo advertir cuando se pone de verdad en práctica. Y lo digo porque veo a nuestro presidente en funciones más interesado en criar fama y echarse a dormir la siesta mientras le cae la investidura del cielo que otra cosa. Él no pone cordones sanitarios a nadie, le basta con poner a su alrededor un muro de hormigon armado impermeable a las críticas y a los adversarios.
    De uno u otro modo, se cree y ha hecho creer a la opinión pública que está destinado a gobernar en solitario el destino de la nación y que los partidos que se opongan a su obligada investidura incurrirán en fragante delito de alta traición a España. Un auténtico Nerón dispuesto a lo que haga falta para ver satisfechos sus deseos sin ceder y sin ofrecer NADA a NADIE. Ni siquiera a Podemos se ha tragadado esa oferta de “cooperación” que ningún analista político sabe en qué rayos consiste. La única oferta posible en boca de la momia Celáa es:
    “investidura de Sánchez y gobierno del PSOE en solitario o elecciones”. A lo que se suma el CIS de Tezanos, dándole una holgada ventaja de diez puntos que en la lógica de los números resulta sorprente. No solo lo que pierde Podemos lo gana el PSOE, es que, por lo visto, los votantes que pierden PP y VOX, en un rapto de enajenación se van corriendo a votar al PSOE.

    Y sí, cuando ves la naturalidad con la que el truco y artificio penetran en las capas más profundas de opinión pública, sin que asome un ápice de cordura, entiendes lo peligroso que es tener a partidos de esta catadura moral en el gobierno, actuando a la manera de las manadas, en los que no se sabe si quien los lidera es en algo mejor que quienes lo siguen o si está delante por ser los más decididos a romper, acabar y quemarlo todo.

  4. Lo único que quiere la mayoría es que los políticos no nos lleven al desastre. Mi impresión es que la clase política está para que determinados individuos de natural bronco, se peleen entre ellos y no creen problemas a la sociedad civil, a cambio de darles eso si, un montón de buenos sueldos. Ahora mismo podemos ver que todos se lo están aumentando escandalosamente después de las elecciones y nadie invoca las elecciones, ni los electores. No veo ninguna intención de ocuparse seriamente de la maltrecha economía del país, afortunadamente controlada por el BCE y por otra parte si hay una crisis los que manden se dedicarán a empeorarla y echar la culpa a los demás.

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