En el pasado, casi desde la formación de los primeros Estados Nacionales, la búsqueda del éxito era el motor indiscutible y casi obvio de las decisiones políticas. Un éxito que se medía por la unificación interna primero y por la expansión inmediatamente después, como ocurrió, por ejemplo, en el caso español.

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La rivalidad con otras grandes potencias era el resultado inevitable de esa pugna tenaz por la hegemonía. Desde el punto de vista económico, la mentalidad capitalista, como señalaron incontables teóricos desde Max Weber, adoptó una ética de trabajo y esfuerzo que no perdía de vista la consecución del éxito en este mundo como preludio de la recompensa suprema en el otro.

Cuando se intensifica la conquista colonialista del globo, el poder y el prestigio de las potencias, tanto a nivel interior como en el plano internacional, se asientan sobre su capacidad de vencer obstáculos y derrotar competidores. Las conquistas y explotaciones de otros territorios y las contiendas bélicas por la primacía eran el resultado inevitable de ese proceso pero recordemos que las guerras eran un mal inevitable y, más a menudo, una aceptada y aceptable manifestación de energía. Aunque ahora resulte increíble, la mayoría de los jóvenes europeos se enrolaban en filas con entusiasmo, como sucedió incluso en la I Guerra Mundial (léase a Ernst Jünger).

La llamada Gran Guerra (1914) marca un punto de inflexión, que luego será refrendado por la superior catástrofe de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Hay una obra excepcional de George L. Mosse cuya traducción al castellano casi lo dice todo: Soldados caídos. La transformación de la memoria de las guerras mundiales. La hecatombe de esos años con decenas de millones de muertos provoca un cambio sustancial en la sensibilidad europea.

La Shoah (holocausto judío) alcanza en ese contexto categoría de símbolo supremo. Las víctimas, antaño preteridas, concitan ahora toda la atención, pero también nos interpelan a fondo y cuestionan nuestra inocencia: ¿no nos alcanza a todos algún grado de responsabilidad en los sucesos?

La mentalidad revolucionaria por su parte enfatizará la situación del oprimido como palanca de transformación política y social: miseria, represión y alienación son la triada clásica de la ortodoxia marxista, pero no solo de esta, sino de cualquier protesta colectiva: ¡hasta los niños de papá del Quartier Latin de París se consideraban en el 68 víctimas de la autoritaria sociedad capitalista!

Ni la expansión de las libertades, ni la mejora económica han propiciado el reflujo de la mentalidad victimista; todo lo contrario, no hay progresismo sin victimismo

Desde entonces, el campo de las libertades individuales y colectivas se ha ensanchado y profundizado hasta niveles inconcebibles. Pero ni esto ni la auténtica revolución (¡esta sí!) en las condiciones materiales de vida, han propiciado un reflujo de la mentalidad victimista sino, por paradójico que resulte, todo lo contrario. No hay progresismo sin victimismo.

Cuanto más tiene… más se queja

La paradoja consiste en que nuestro comportamiento ciudadano se asemeja al niño mimado y consentido que más se queja cuanto más obtiene: todo le parece poco y hace de la exigencia permanente su pauta de comportamiento. Determinados grupos de presión saben que la queja, en nombre de determinados colectivos, puede ser un eficaz instrumento de movilización para alcanzar sus propios objetivos de poder.

Determinados grupos de presión saben que la queja puede ser un eficaz instrumento de movilización para alcanzar sus propios objetivos de poder

Como los bolcheviques con el proletariado ruso: ya que este no tenía entidad suficiente para hablar, Lenin lo haría en su nombre, con las consecuencias que todos sabemos. Hoy, en nombre de la opresión de minorías étnicas, sexuales o culturales no se quejan tanto estas como las organizaciones que dicen representarlas, enarbolando etiquetas de indigenistas, afroamericanos, feministas, transexuales o aborígenes.

Nuestra cultura está impregnada de esas premisas, que aceptamos como naturales, pero la educación para ello empieza en la escuela primaria y luego continúa hasta la Universidad. Me eduqué en una escuela con exámenes semanales, boletín de notas cada quince días, cuadros de honor y disposición de los alumnos en clase según rendimiento. Se premiaba la excelencia y el esfuerzo. También la competitividad, ¿por qué no decirlo? Hoy, salvo en el deporte, ámbito en el que nadie discute ese modelo, la mera justificación de esas pautas –aun adaptándolas a la realidad actual- lleva seguro a la expulsión del sistema educativo.

En la cultura política dominante el triunfador es sospechoso pues se presupone ha trepado sobre los ‘caídos’ que ha ido dejando a su paso

No es de extrañar por tanto que en la cultura política dominante, cada vez más asfixiada por el dogal de la corrección, el sobresaliente y el triunfador sean como mínimo sospechosos. Se presupone que todo el que destaca lo hace porque se ha aupado sobre los caídos que ha ido dejando a su paso.

Si ya en la escuela el pedagogo de turno entiende que solo se debe ocupar del inadaptado, en la vida comunitaria las más diversas iniciativas políticas coinciden en que papá Estado debe satisfacer las más dispares necesidades de los ciudadanos. La clave esencial de la insostenibilidad del Estado de bienestar reside precisamente en la imposibilidad de satisfacer –con recursos por definición siempre limitados- esta demanda infinita.

En estas coordenadas, el empresario y el mero emprendedor, si tiene éxito, son roles que suscitan franco rechazo. Como dicen algunas firmas comerciales del cliente, el trabajador siempre lleva la razón. Se trata de un enfoque dicotómico que ofende la inteligencia pero al que no se le puede regatear su eficacia.

La atribución del papel de víctima es un salvoconducto que permite carta blanca

La proyección de estos prejuicios a la esfera global lleva a considerar a EEUU como el epítome del mal y a disculpar a las pobres naciones oprimidas por el imperialismo, como Cuba y Venezuela, haciendo abstracción de las abismales diferencias de libertad y prosperidad de los ciudadanos en estos dos países respecto al primero. El mismo esquema se aplica a israelíes y palestinos. En todos estos casos la atribución del papel de víctima es un salvoconducto que permite carta blanca.

La víctima es siempre individual, no colectiva

Ahora bien, he dicho atribuir el papel de víctima porque, contra lo que puede parecer, eso es muy distinto a ser víctima real. Como pasa con la memoria, la víctima siempre es individual: el ser de carne y hueso, tan caro a Miguel de Unamuno, que sufre la iniquidad de otros. Evidentemente, en un genocidio las víctimas se multiplican pero solo como resultado de una licencia expresiva podemos hablar de un pueblo entero como víctima. Ni siquiera en el Holocausto la víctima fue el pueblo judío sino los cinco millones que fueron asesinados. Otros muchos judíos permanecieron al margen y hasta algunos colaboraron decisivamente en el exterminio de sus hermanos.

El victimismo es una ideología política que trata de sacar réditos de unas situaciones de injusticia reales o simuladas; pero las víctimas auténticas no hacen victimismo

El victimismo no solo hace caso omiso de esta distinción sino que pretende exactamente lo contrario, busca deliberadamente la confusión. Pero las víctimas auténticas no hacen victimismo. El victimismo es una ideología política que trata de sacar réditos de unas situaciones de injusticia reales o simuladas. El victimismo sabe que en la sociedad actual, por las razones sucintamente apuntadas, el sentimiento de fracaso, aun impostado, cohesiona más que el éxito. Hoy en día no avergüenzan como antaño la derrota o la vejación. Antes al contrario, el victimismo exacerba la vivencia de estas o incluso crea una postergación ficticia como instrumento de movilización.

En la sociedad actual, el sentimiento de fracaso, aun impostado, cohesiona más que el éxito

Miren los dos sectores que, en España, enarbolan más aparatosamente la bandera victimista: el feminismo y el nacionalismo independentista (catalán y vasco). Nunca hasta ahora la presencia femenina había alcanzado mayor cota de presencia y participación en todos los ámbitos. Es verdad que es el resultado de una lucha larga y dolorosa, pero ¿es serio admitir que las mujeres siguen siendo hoy víctimas del heteropatriarcado capitalista? Por otra parte, considerar que los nacionalistas periféricos, gobernando a su antojo los territorios más ricos de España, son víctimas de algo, más que un mal chiste, es una ofensa para cualquier víctima auténtica de no importa qué conflicto.

La elite que enarbola el victimismo lo sabe, obviamente. Pero sabe también que su potencial de movilización depende de ahondar la conciencia de sufrimiento y humillación del colectivo que lideran. Ello le otorga su pretendida superioridad moral. Durante varias décadas contemplamos con asombro y repugnancia cómo los gudaris vascos del tiro en la nuca y la bomba-lapa se presentaban, y así eran aceptados en su entorno social, como víctimas del conflicto. Aun hoy es el relato que pugna por prevalecer en este espacio nacionalista.

El victimismo no debe ser subestimado: políticamente es un arma cargada de futuro

Los independentistas catalanes, por su parte, no hacen más que conmemorar derrotas, desde el Corpus de Sangre al Once de Septiembre. Aunque éticamente mezquino y racionalmente deleznable, el victimismo no debe ser subestimado: políticamente es, como diría Gabriel Celaya, un arma cargada de futuro.

Foto por Abigail Keenan


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Rafael Núñez Florencio
Soy Doctor en Filosofía y Letras (especialidad de Historia Contemporánea) y Profesor de Filosofía. Como editor he puesto en marcha diversos proyectos, en el campo de la Filosofía, la Historia y los materiales didácticos. Como crítico colaboro habitualmente en "El Cultural" de "El Mundo" y en "Revista de Libros", revista de la que soy también coordinador. Soy autor de numerosos artículos de divulgación en revistas y publicaciones periódicas de ámbito nacional. Como investigador, he ido derivando desde el análisis de movimientos sociales y políticos (terrorismo anarquista, militarismo y antimilitarismo, crisis del 98) hasta el examen global de ideologías y mentalidades, prioritariamente en el marco español, pero también en el ámbito europeo y universal. Fruto de ellos son decenas de trabajos publicados en revistas especializadas, la intervención en distintos congresos nacionales e internacionales, la colaboración en varios volúmenes colectivos y la publicación de una veintena de libros. Entre los últimos destacan Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Primer Premio de Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto (Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Marcial Pons, 2014).