En estos días que, por razones obvias, veo más televisión y escucho más radio de lo que habitualmente mis ocupaciones me permiten, he venido observando un rasgo que –lo confieso- al principio me pasó casi inadvertido pero que después ha llamado mi atención hasta el punto de que pretendo aquí dedicarle una pequeña reflexión. Me refiero al hecho de que en debates y entrevistas tanto analistas políticos como representantes de diversos colectivos, todos ellos muy críticos con la gestión del gobierno, suelen terminar sus consideraciones sobre la crisis actual con una especie de coletilla que adopta diversas formas pero que siempre remite a una idea matriz: la realidad es tozuda, los hechos están ahí, la situación habla por sí sola…

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Con todos los respetos, yo quiero argumentar en sentido contrario: ni las situaciones por sí mismas dicen nada, ni los hechos son elementos pétreos sino moldeables o interpretables ni, en fin, la realidad es como darse contra una pared sino más bien como un conjunto de ladrillos que nos permiten hacer cosas muy diversas y hasta opuestas entre sí. No soy un escéptico radical –en todo caso, un relativista cauto- pero, más allá de las etiquetas epistemológicas, lo que me interesa dejar claro es que no niego, naturalmente, una realidad exterior. Lo que niego es que esa realidad signifique lo mismo para todos. Y aquí es donde entra la cuestión del relato. Para ser más precisos, la cuestión de la hegemonía del relato. Me explico enseguida.

Para no andarme por las ramas, partiré de un ámbito que conozco relativamente bien. Habrán oído en múltiples ocasiones sentencias como “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla” o la que asegura que “la historia la escriben siempre los vencedores”. Quedan muy bonitas para una apostilla sentenciosa pero tienen de verdaderas lo que yo de arzobispo de Toledo: afirmaciones tan categóricas carecen de sentido. Sin irnos muy lejos, en los círculos intelectuales y universitarios españoles ha sido -y sigue siendo- abrumadoramente mayoritaria una interpretación del período republicano y la guerra civil tan benevolente y hasta entusiasta con los derrotados como implacable con los victoriosos. Estos últimos perdieron por goleada la batalla del relato.

La innegable destreza gubernamental para promocionar su versión contrasta poderosamente con la incapacidad de la oposición para colocar la suya o, mejor dicho, para pergeñar una alternativa con la misma fuerza y consistencia

Entiéndanme, ahora no estoy juzgando regímenes ni pretendo equiparar unos y otros. Solo sostengo que los acontecimientos y las etapas históricas son susceptibles de interpretaciones distintas, a veces contrapuestas y, por supuesto, dinámicas, es decir cambiantes en el tiempo. Toda historia, decía Benedetto Croce, es historia contemporánea, es decir, cada presente reinterpreta el pasado, aunque normalmente en una sociedad democrática coexisten o pugnan distintas versiones del mismo. Para volver al asunto que aquí nos concierne, esta crisis sanitaria que es ya también una estremecedora crisis económica y desembocará en una crisis política es un conjunto complejo de hechos que tienen que insertarse en una descripción coherente, lo que hoy llaman relato.

Eso lo tiene muy claro el gobierno de Pedro Sánchez y lo tiene todavía más claro su vicepresidente Pablo Iglesias. Su ineptitud para gestionar la crisis solo es comparable con el permanente esfuerzo por cuidar la propaganda. Por mencionar aspectos concretos, su incapacidad para proveer a los sanitarios de los medios más elementales se corresponde inversamente con su control de los medios de comunicación a base de manipulaciones y burda censura. Por decirlo sin ambages: no saben ni pueden resolver problemas reales –y hasta me atrevería a proponer que en su esquema de valores esto desempeña un puesto subalterno- pero en cambió sí se saben -¡y mucho!- acerca de construir una narración favorable a sus objetivos.

Suelo argumentar a menudo a amigos y colegas que todos vivimos en cierto modo en una burbuja de intereses, relaciones y fuentes de conocimiento. En lo que a mí respecta –como supongo le pasará a muchos de mis lectores- resido en un ámbito urbano, con acceso a muchos canales de información y me codeo básicamente con personas de mi mismo ámbito socio-cultural, todo lo cual me proporciona una determinada perspectiva compleja y crítica de mi entorno. Sin ánimo de minusvalorar a nadie, cuando me asomo al exterior de mi burbuja, compruebo que gran parte de la ciudadanía suele conformarse con una escala mucho más básica: por ejemplo, su nivel de lecturas es mínimo o nulo, no acceden a la prensa escrita y se informan exclusivamente por televisión.

Cuando hablo con estas personas compruebo con estremecimiento hasta qué punto ha calado en el ciudadano medio el discurso del gobierno, ese mismo discurso que a mí y a los miembros de mi círculo nos produce indignación o desprecio. Una narración que se inserta bien en un ancestral fatalismo cultural -¡la que nos ha caído encima!-, que enfatiza el componente imprevisto -¿quién lo iba a decir?-, que desprecia la capacidad de predicción y previsión –a toro pasado, todos somos Manolete-, que socializa el mal –en mayor o menor medida todos somos víctimas de esta pandemia- y, lo más importante, que diluye responsabilidades específicas apuntando a unos males generalizados: todos los países están en la misma o parecida situación.

Como resultado de esa siembra concienzuda se producen unos frutos admirables, en gran medida porque se nutren de la buena voluntad y la solidaridad de mucha gente que cree a pie juntillas consignas como que lo imperativo es “aunar esfuerzos” o que “todos estamos en el mismo barco”. Habrán oído ustedes hasta la saciedad, lo mismo que yo, que debemos aparcar críticas y arrimar el hombro, dando cada uno lo mejor de nosotros mismos. Un argumentario que se enmarca a su vez en una cosmovisión cuyo infantilismo produciría vergüenza ajena si no tuviéramos por fuerza que reconocer su eficacia: estamos en guerra contra un mal casi alienígena y todos somos héroes que debemos seguir el ejemplo de nuestros superhéroes sanitarios y los inmarcesibles jefes de la Moncloa.

No se trata tan solo de la eficacia propagandística que ya previeron los nazis –una mentira mil repetida se convierte en verdad- sino de algo en el fondo todavía más elemental, acorde con los tiempos gaseosos que nos han tocado vivir: la naturalidad y contundencia del mensaje –uno se descubre a veces asombrado: ¿cómo pueden tener tanta cara dura?- desplaza alternativas más sofisticadas. Dicho de otro modo, la innegable destreza gubernamental para promocionar su versión contrasta poderosamente con la incapacidad de la oposición para colocar la suya o, mejor dicho, para pergeñar una alternativa con la misma fuerza y consistencia. Si me apuran, diría que hasta con la misma simplicidad para llegar a todos, incluso a los desinformados.

Construir una visión diferente no significa, como hacen algunos, lanzar exabruptos ni cargar las tintas hasta la caricatura. Esto tan solo es muestra de impotencia y desesperación. Tampoco significa hacer enmiendas o acotaciones críticas al discurso gubernamental, porque esto concede la iniciativa al poder y conlleva en términos competitivos jugar en campo ajeno. Hay que partir de otros presupuestos, trabajar duro desde cero, ampliar la base social, articular una explicación coherente, desarrollarla de modo persuasivo y luego promocionarla y repetirla hasta que cale por todos los cauces posibles. ¡Casi na!, que diría un castizo y más para una oposición que ha dejado siempre la batalla de las ideas en manos de la progresía y la corrección política. 

Esta crisis pilla a la oposición con la misma indigencia argumental e idéntica miopía política que arrastra desde hace décadas. Una oposición cuyo horizonte apenas ha ido más allá de la gestión tecnocrática de la ortodoxia socialdemócrata, sin entrar en más líos, como decía Rajoy. Para ser justos, deberíamos reconocer que si tan inepto es Pedro Sánchez, más lo es una oposición que no ha conseguido descabalgarle del poder y aún hoy, con todo lo que está cayendo, no despega. Con todo, sea como sea, hay que dar la batalla del relato. Desde ya. Es urgente. Porque si no, merecemos que se haga realidad el desiderátum del padre Ángel: que le den el premio Princesa de Asturias al gobierno de la nación por su providencial gestión de la crisis del coronavirus.

Foto: Pool Moncloa / JM Cuadrado

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Rafael Núñez Florencio
Soy Doctor en Filosofía y Letras (especialidad de Historia Contemporánea) y Profesor de Filosofía. Como editor he puesto en marcha diversos proyectos, en el campo de la Filosofía, la Historia y los materiales didácticos. Como crítico colaboro habitualmente en "El Cultural" de "El Mundo" y en "Revista de Libros", revista de la que soy también coordinador. Soy autor de numerosos artículos de divulgación en revistas y publicaciones periódicas de ámbito nacional. Como investigador, he ido derivando desde el análisis de movimientos sociales y políticos (terrorismo anarquista, militarismo y antimilitarismo, crisis del 98) hasta el examen global de ideologías y mentalidades, prioritariamente en el marco español, pero también en el ámbito europeo y universal. Fruto de ellos son decenas de trabajos publicados en revistas especializadas, la intervención en distintos congresos nacionales e internacionales, la colaboración en varios volúmenes colectivos y la publicación de una veintena de libros. Entre los últimos destacan Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Primer Premio de Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto (Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Marcial Pons, 2014).