Aquella forma de entrar en la vida laboral, empezar siendo nada y llegar a ser alguien por pura utilidad práctica, no solo ha desaparecido en España. Es una tendencia general en las sociedades desarrolladas: la sustitución progresiva de la confianza en la capacidad individual por sistemas de validación formal. La certificación se convierte en un atajo cognitivo: si está homologado, será correcto; si no lo está, mejor no tocarlo. Hasta cierto punto, esa lógica es comprensible en sociedades masificadas, complejas, interconectadas y tecnológicamente exigentes, donde el conocimiento personal es casi inexistente y la estandarización reduce riesgos y facilita intercambios. El problema aparece cuando esa lógica, razonable en ciertos ámbitos técnicos, se extiende a todos los espacios de la vida productiva y social, cuando la excepción creativa, la solución improvisada y la iniciativa fuera del guion pasan de ser toleradas a ser vistas como anomalías.

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Durante décadas se fue asentando la idea de que la universidad no era simplemente un lugar donde formarse, sino el torno obligatorio para acceder a una vida adulta respetable. Para muchos jóvenes, y también para muchas familias, el valor intrínseco del conocimiento fue quedando desplazado por la función estratégica del título

En ese momento, el sistema deja de ser un marco que protege y se convierte en una muralla que decide quién puede existir profesionalmente y quién queda fuera. Aunque ese fenómeno es global, en España adquiere una intensidad particular por una combinación de tradición en la dependencia administrativa, cultura social y expectativas familiares que ha convertido el título en algo más que una herramienta: en una credencial de pertenencia, en el peaje de la élite aspiracional. Aquí no basta con saber hacer algo; hay que demostrar que se ha sido autorizado a saber hacerlo. El diploma no funciona sólo como prueba de formación, sino como salvoconducto social y barrera de entrada. De ahí esa dolencia tan nuestra, tan aparentemente inofensiva y tan reveladora: titulitis.

Durante décadas se fue asentando la idea de que la universidad no era simplemente un lugar donde formarse, sino el torno obligatorio para acceder a una vida adulta respetable. Para muchos jóvenes, y también para muchas familias, el valor intrínseco del conocimiento fue quedando desplazado por la función estratégica del título. No se iba tanto a aprender como a obtener el papel que permitiera “estar dentro”. La educación dejó de ser un fin en sí misma para convertirse en un trámite imprescindible. Esa mentalidad fue reforzada por la creación masiva de plazas universitarias, que produjo un crecimiento enorme del número de egresados sin que el tejido productivo español fuera capaz de absorberlos en empleos cualificados. A medida que el título se generalizaba, su capacidad de distinguir se reducía. Y si deja de distinguir, deja de bastar.

Así se inició una carrera de obstáculos que no tenía como objetivo profundizar en el saber, sino seguir acumulando acreditaciones. Primero el grado, luego el máster, después otro máster, más tarde el doctorado, y siempre la sensación de que nunca es suficiente, de que siempre hay un escalón más que hay que subir para no quedar excluido. El resultado no es una sociedad más formada, sino una sociedad más tecnocratizada, atrapada en itinerarios reglados donde la prolongación de los estudios responde menos a una vocación intelectual que a una estrategia de supervivencia en un mercado saturado de títulos.

Mientras tanto, se fue produciendo una paradoja que rara vez se reconoce. Al mismo tiempo que se multiplicaban los titulados universitarios, muchos de ellos acababan desempeñando trabajos que no requerían ese nivel académico, mientras empezaban a escasear profesionales técnicos cualificados para tareas imprescindibles pero menos glamorosas. Electricistas industriales, soldadores certificados, mecánicos especializados, instaladores, mantenedores de sistemas, profesionales que sostienen la infraestructura material del país y sin los cuales la economía simplemente se detendría. Oficios que antes se aprendían en gran medida sobre el terreno y que hoy requieren itinerarios regulados cada vez más largos, al tiempo que siguen cargando con un estigma cultural que los presenta como opciones de segunda categoría frente al prestigio universitario, aunque su valor económico y social sea incuestionable. Y a menudo fuera desde ese escalafón inferior de donde surgían los mejores emprendedores, los más creativos, los más arriesgados, los más disruptivos.

En países como Alemania o Suiza, la formación técnica y profesional goza de prestigio, reconocimiento social y una integración directa con el mercado laboral a través de sistemas mixtos que combinan escuela y práctica real. En España, en cambio, durante mucho tiempo se instaló la convicción de que “lo importante es ir a la universidad”, como si el país pudiera funcionar sin manos expertas, sin técnicos cualificados y sin personas que supieran hacer funcionar máquinas, sistemas y redes materiales complejas. El resultado ha sido una estructura desequilibrada y precaria, con exceso de titulados que compiten entre sí por puestos limitados y escasez de perfiles técnicos que, paradójicamente, el mercado sí demanda con urgencia.

Pero el problema no es sólo económico ni laboral. Es también cultural y, en cierto modo, moral. Cuando el ciudadano interioriza que para el reconocimiento social lo único que cuenta es un papel sellado, pierde incentivos para formarse por su cuenta, para leer, para estudiar, para aprender de manera autodidacta. ¿Para qué invertir tiempo y esfuerzo en adquirir conocimientos si eso no se traduce en ningún salvoconducto oficial? ¿Para qué cultivar la curiosidad intelectual si no hay nadie que certifique que lo has hecho? El aprendizaje deja de ser un hábito vital y se convierte en una obligación administrativa. Lo que no puntúa, no cuenta. Lo que no se certifica, carece de valor.

Ese desplazamiento genera un embrutecimiento inducido, no porque las personas sean menos capaces, sino porque el entorno desincentiva la formación que no esté directamente orientada a superar pruebas regladas. La cultura y el conocimiento pierden valor si no se traducen en un documento oficial, y ese documento, para colmo, muchas veces ya no garantiza una formación académica profunda, consistente ni verdaderamente efectiva y empleable. Se produce así una disociación entre el saber y la acreditación, entre comprender y certificar, entre dominar una materia y haber pasado por los trámites necesarios para que se dé por supuesto.

Al final, mucha gente accede a la universidad no tanto por una inquietud intelectual como por una decisión estratégica. El título funciona como la entrada a un local exclusivo, como un pase que se compra en la puerta del local de moda, pero que no te convierte automáticamente en miembro de la jet set que hay en su interior. Se paga el precio de la entrada, se cumple el ritual, se obtiene el distintivo, pero eso no garantiza ni competencia real ni integración efectiva en el mercado laboral; mucho menos una posición a la altura de la acreditación. Sin embargo, como cada vez más personas adoptan esta lógica estratégica, el propio sistema responde elevando las barreras. Si hay demasiados titulados, hay que filtrar más. Si el grado ya no es suficiente, hará falta el máster. Si el máster tampoco basta, habrá que exigir doctorado, cursos adicionales, certificaciones complementarias. Así, el umbral de acceso se desplaza continuamente hacia arriba, no porque el trabajo lo exija realmente, sino porque el sistema necesita nuevos filtros para seleccionar dentro de una masa creciente de acreditados.

Cuando pienso en el tipo de aprendizaje que me permitió salir adelante, basado en la adaptación, la improvisación, la creatividad y la asunción temprana de responsabilidades, me resulta evidente que hoy tendría muchas más dificultades para encontrar un punto de entrada. Es más, tengo la convicción de que no lo encontraría. No porque el mundo sea más complejo, sino porque es más celoso de sus puertas. La iniciativa dejó de ser una prueba que se superaba por la vía de los hechos y pasó a ser una potencialidad que debe ser validada antes de poder ser demostrada. Se admira al innovador cuando ya ha tenido éxito, pero muy probablemente no habría podido lograrlo si hubiera tenido que cumplir todos los requisitos previos que hoy se exigen.

Es en este punto que se produce una mutación peligrosa. La sociedad no sólo exige acreditaciones previas, sino que enseña, de manera tácita pero insistente, que sin acreditación no hay mérito posible. El individuo deja de verse como alguien que puede construir su camino y pasa a verse como alguien que debe ser admitido. Se forma así la obediente cultura de la espera: espera a terminar los estudios, espera a obtener la certificación, espera a la convocatoria, espera al programa de ayudas, espera a que alguien valide que estás preparado. Mientras tanto, el valioso tiempo de aprendizaje real, el que se adquiere enfrentándose a problemas concretos, se va reduciendo a niveles críticos.

El garaje, como símbolo de la iniciativa, no se cierra de golpe. No hay un cartel que diga “prohibido innovar”. Se van adhiriendo en su puerta formularios, requisitos, normativas, buenas intenciones. Hasta que un día descubres que la puerta sigue ahí, pero ya no se puede abrir. Que para poder empezar algo necesitas antes la autorización que sólo se concede a quienes ya han recorrido el largo camino previsto.

Foto: Joshua Hoehne.

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