En la última semana, dos noticias cubrieron las páginas de las publicaciones deportivas del mundo. Por un lado, la Selección Argentina de Fútbol canceló un encuentro amistoso frente a su par de Israel, que debía tener lugar en la ciudad de Jerusalén. La versión oficial indica que desde la esfera de la organización palestina Hamas se realizaron amenazas que provocaron el desistimiento por parte de los propios futbolistas rioplatenses.

Por otro, el nuevo ministro de Cultura y Deporte español, el periodista y escritor Màxim Huerta, debió echar luz sobre algunas declaraciones realizadas antaño vía Twitter, en las que presuntamente desdeñaba el deporte (cuestión que, curiosamente, cae dentro de sus responsabilidades ministeriales). Durante la conferencia de prensa en ocasión del traspaso de cartera, Huerta se preocupó por valorar la importancia del deporte como factor fundamental en el desarrollo humano y cultural, llegando a calificar a los deportistas como “héroes”.

En el caso del partido de fútbol suspendido, diversas voces se alzaron para reclamar que no se mezcle el deporte con la política, al ser hechos que no deben interactuar. Ambos sucesos, distintos entre sí, llaman la atención sobre la importancia política y social que el deporte puede tener en nuestro tiempo.

El origen del deporte

Al igual que toda forma de expresión humana y artística, el deporte nació como una actividad adicional en la vida del hombre, más allá de la supervivencia y la reproducción. Existen evidencias arqueológicas que prueban que ya en la China imperial y en el Egipto de los faraones se practicaba alguna clase de deporte. En palabras del historiador holandés Johan Huizinga (1872-1945), el juego es inherente al ser humano; lo considera una función tan esencial “como la reflexión o el trabajo” y fundamental en la construcción de la cultura.

Es imposible separar al deporte de las demás dinámicas existenciales de la humanidad: el odio, el amor, la política, las emociones

Y ahí está el detalle. Si consideramos que el deporte está estrechamente vinculado con la existencia humana, es imposible separarlo de las demás dinámicas existenciales de la humanidad: el odio, el amor, la política, las emociones, etcétera.

Sobran los ejemplos de sucesos deportivos que alcanzaron una relevancia política. En 1936, Adolf Hitler aprovechó los Juegos Olímpicos de Berlín como escaparate para afirmar la superioridad de la raza aria. Cuenta la historia que el führer se espantó cuando el atleta estadounidense (y negro) Jesse Owens se alzó con cuatro medallas doradas y se negó a felicitarlo. La realidad es que tanto Owens como Hitler se habían saludado previamente; el propio Owens aseveró que hubiera sido de mal gusto criticar al “hombre del momento” de Alemania. El progresismo deformó los hechos para convertir toda esta anécdota en una bandera contra el racismo y por la integración.

Durante los Juegos Olímpicos de Melbourne, en 1956, el Destino quiso que las selecciones de waterpolo de Hungría y la Unión Soviética se enfrentaran por la semifinal del torneo. La invasión soviética de Budapest (que había tenido lugar un mes antes) terminó con las ilusiones del pueblo húngaro, aplastado bajo la bota comunista. Hungría se impuso por 4 a 0, en una suerte de reivindicación nacional. Quedó para la Historia el codazo propinado por el atleta soviético Valentín Propokov al jugador magiar Ervin Zádor. La hemorragia sufrida por Zádor fue tan grande que el vibrante partido pasó a la posteridad como El baño sangriento de Melbourne.

Pese a que faltaban pocos días para el comienzo de los Juegos Olímpicos de 1968, el Ejército Mexicano asesinó a más de 200 personas en la Plaza de las Tres Culturas de la capital. La Operación Galeana tuvo como finalidad terminar con el efervescente movimiento estudiantil antes de la realización de los Juegos.

La brevísima guerra entre El Salvador y Honduras, que se prolongó durante cuatro días de 1969, recibió el nombre de Guerra del Fútbol (acuñado por el legendario periodista polaco Ryszard Kapuściński), al coincidir con un encuentro entre las selecciones nacionales de ambos países, en el marco de las eliminatorias para el Mundial de Fútbol de México 1970.

Como contribución fundamental para el deshielo de las relaciones entre Estados Unidos y China, el gobierno de Richard Nixon estimuló y facilitó el viaje de jugadores estadounidenses de ping-pong al país asiático; este hecho, a priori anecdótico, fue el catalizador ideal para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambas potencias.

Otro enorme hito deportivo de la Guerra Fría tuvo lugar en Lake Placid (Estados Unidos) durante los Juegos Olímpicos de Invierno de 1980. El milagro sobre hielo, que así se llamó, significó todo un éxito publicitario para Estados Unidos. La selección yanqui de hockey sobre hielo, formada por jugadores universitarios, derrotó por 4 a 3 a su similar soviética.

Boicot a los Juegos Olímpicos

En ese mismo año, Estados Unidos decidió boicotear los Juegos Olímpicos de Moscú, en protesta por la invasión soviética de Afganistán, sumando para tal propósito a una inmensa cantidad de países que se negaron a participar. La medida se discutió, incluso, en las reuniones periódicas del Club Bildelberg. El canciller alemán Helmut Schmidt, respaldando el boicot, llegó a afirmar que “a Berlín lo defienden los soldados estadounidenses y no el presidente de la federación de balonmano”. La Unión Soviética devolvería las gentilezas boicoteando, a su vez, los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984.

Conviene no reclamar al deporte la pureza ideológica que no pedimos al cine, la música, el teatro o cualquier otro espectáculo

Salta a la vista que ningún evento deportivo de alcance global escapa a las vicisitudes de la política y de las relaciones interestatales e internacionales. ¿Significa esto que no debemos disfrutar de los grandes acontecimientos deportivos, por considerarlos una manipulación tendenciosa de nuestros sentimientos? Ese es un razonamiento quizá apresurado. En la final de la copa del mundo de fútbol, en los juegos olímpicos o en el campeonato de Fórmula 1 confluye una infinidad de factores que van mucho más allá del mero circo.

Conviene, entonces, no reclamar al deporte la pureza ideológica que no pedimos (y que no deberíamos pedir) al cine, la música, el teatro o cualquiera de las formas de espectáculo conocidas.


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