Bajo el título How can we stem the spread of disinformation online? (¿Cómo podemos detener la propagación de la desinformación en línea?) la fundación World Economic Forum publicaba un artículo en su web sobre los extraordinarios avances del programa, desarrollado por el MIT, Reconnaissance of Influence Operations (RIO), cuya función es detectar automáticamente narrativas de desinformación en línea. Más allá de las supuestas excelencias del programa publicitado, esta fundación añadía prácticamente al comienzo del texto la siguiente afirmación: «The spread of disinformation via social media has the power to change elections» (La propagación de la desinformación a través de las redes sociales tiene el poder de cambiar las elecciones). En contraste con el tono pretendidamente solvente del artículo, la afirmación no estaba acompañada de ninguna evidencia o demostración: simplemente se daba por cierta. Y, a partir de ahí, se justificaba la necesidad de implantar sistemas, procesos y tecnologías encaminadas a controlar, señalar y, seguramente, neutralizar (esto es, suprimir) aquellas opiniones o contenidos que fueran considerados nocivos para la opinión pública.

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Lo primero que hay que advertir es que no existe evidencia que sustente tal afirmación, sino justo lo contrario. Tal y como demuestro en el “El Gran bulo”, los experimentos de campo realizados en esta materia han desmentido que sea posible el hackeo masivo de las mentes de los electores, sea a través de las redes sociales o cualquier medio; es más, ni siquiera es posible lograrlo en proporciones que, lejos de ser masivas, resulten significativas. Pero como ya advertía en ese mismo capítulo, este bulo es una pieza de convicción que está en la base del pánico moral con el que se promueve la censura en las redes sociales. Pero ¿a qué se debe tanto empeño en dar por cierto lo que no lo es?

El poderoso efecto que produce el ejercicio burocrático del poder, donde lo abyecto se convierte en rutinario, explica la escasa emergencia de héroes provenientes de las propias entrañas de la sociedad

Antes de entrar a analizar las razones que impulsan a World Economic Forum a cometer el mismo pecado que dice pretender combatir, esto es, desinformar, conviene señalar una característica que, desde hace ya tiempo, es el común denominador de estos grupos de presión: no son instituciones sometidas al escrutinio público ni al control democrático. Operan al margen de la voluntad popular.

Tras el rimbombante nombre World Economic Forum, con el que se pretende proyectar una imagen de institución internacional con una cierta legitimidad, lo que hay es una fundación, una entidad privada con derecho de admisión. Dicho de otra forma, World Economic Forum es en esencia un club privado en el que ni usted ni yo, querido lector, tenemos voz ni voto. Pero también sucede en buena medida en la Unión Europea, a pesar de que dispone de un parlamento para que los representantes democráticos de los estados miembros voten las directivas europeas, que luego habrán de trasponerse a las legislaciones nacionales. Ocurre que las iniciativas que se dirimen en la UE y marcan la agenda política suelen provenir en muchos casos de estas organizaciones externas o de consejos asesores cuyos integrantes no son elegidos democráticamente.

Este desplazamiento de la actividad política, e indirectamente la posterior acción legislativa, hacia organismos transnacionales poco o nada democráticos no es ya que genere un lógico disgusto en las personas de a pie, es que de hecho está sirviendo para imponer planes y directrices al margen del más elemental control ciudadano. Podemos reducir las razones de este peligroso fenómeno a una conspiración mundial perfectamente planificada, pero no me voy a detener demasiado en esta discusión. Simplemente me gustaría poner de relieve que la puesta en marcha de esta concertación de intereses no necesita realmente de un plan ideológico.

La dinámica en la que los individuos nos desenvolvemos cotidianamente a cualquier nivel, demuestra que no es indispensable que compartamos puntos de vista o visiones colectivas para que tratemos de integrarnos en determinados entornos relacionales: nos basta percibir que es mucho más rentable sumarnos a esos entornos que quedarnos al margen o confrontarlos. De ahí que muchas veces, cuando se trata de elegir entre nuestros intereses y convicciones, acabemos haciendo justamente lo contrario de lo que predicamos. Esto, por elevación, significa que para que un político se sume a determinados falsos consensos no es necesario que participe de una ideología concreta. Puede declararse de otra ideología y, sin embargo, decidir que le sale más a cuenta de cara a sus aspiraciones particulares participar de determinadas iniciativas que, en coherencia con su ideología, oponerse a ellas. La confluencia de intereses funciona por sí misma y lo hace como un círculo vicioso que se retroalimenta. Cuanto más prometedora se percibe una confluencia de intereses, más agentes intentarán sumarse. Y cuantos más agentes se sumen, más poderosa se volverá esa confluencia de intereses. Así, como la bola de nieve que se origina por una pequeña piedra que alguien echó a rodar por la ladera de una montaña, la confluencia de intereses se expandirá y se hará cada vez más influyente.

Lo que anima a estos grupos transnacionales que se propagan sin control no son tanto supuestas visiones del mundo o ideologías (esa piedra que los ideólogos echan a rodar por la ladera) como la búsqueda de ventajas y beneficios inmediatos y la capacidad de hacerlos extensivos a quienes cooperen con ellos. La ideología puede ser la causa original, pero las expectativas de una mejora sustancial de la posición personal, en lo material (dinero) y en lo emocional (reconocimiento), es la razón más poderosa.

Volviendo a la pregunta de por qué hay tanto empeño en dar por cierto lo que no lo es, se contesta por sí sola. Una vez que quienes se constituyen en élite logran rodear el orden democrático, sólo les resta controlar la opinión pública. El pretexto empleado para consumar este último paso será el de preservar la seguridad y, paradójicamente, el propio orden democrático. Así viene sucediendo desde hace demasiado tiempo.

Hay notables ejemplos de cómo, con el pretexto de conjurar temibles amenazas, el resultado es una grave merma de la libertad del ciudadano. Uno de estos ejemplos es la eliminación del secreto bancario, que originariamente se defendió como una medida imprescindible para perseguir el blanqueo de dinero procedente del narcotráfico, el terrorismo, el crimen organizado y en general de los grandes defraudadores. Sin embargo, en lo que ha degenerado la eliminación de ese derecho es que una administración cualquiera, sin necesidad de la mediación de ningún juez, pueda entrar en la cuenta bancaria de cualquiera como si de un autoservicio se tratara. Lo mismo cabe decir de la limitación del pago con dinero en efectivo hasta límites ridículos. No parece que los grandes imperios del mal dependan de transacciones de mil euros.

Siguiendo esta línea, en mayo de 2021 la Unión Europea aprobó la emisión de los llamados Eurobonos, que servirán para emitir deuda mutualizada, es decir, a cargo de todos los estados miembros, independientemente de cómo maneje cada cual sus cuentas nacionales. Esta medida, sumada a la eliminación del dinero en efectivo, la creación de monedas electrónicas de los bancos centrales, los llamados “govcoins”, la promoción de una fiscalidad estandarizada y universal y el control cada vez mayor de la opinión pública, nos está aprisionando gradualmente dentro de un circuito cerrado, un nuevo y temible despotismo al que hay que confrontar con toda nuestra determinación y capacidad.

Como explicaba en La ideología invisible (2020), la pasividad de informadores y, peor, el colaboracionismo de intelectuales, políticos y buena parte del público en estas intromisiones y atropellos contribuye a la banalización del mal. El poderoso efecto que produce el ejercicio burocrático del poder, donde lo abyecto se convierte en rutinario, explica la escasa emergencia de héroes provenientes de las propias entrañas de la sociedad. Sin embargo, es preferible vivir en un mundo menos controlado y más impredecible, que pese a todo siempre nos ofrecerá muchas más alternativas, que consentir que la seguridad se convierta en el mayor de todos los peligros.

Foto: Tarik Haiga.