Traduje lo último de Frank Furedi, Cómo funciona el miedo (La cultura del miedo en el siglo xxi), en un continuo sobresalto. No es precisamente un texto catastrofista —la sobriedad del profesor Furedi está fuera de toda duda—, sino más bien dolorosamente certero, y de ahí el sobresalto. Puesto que el tuétano de mi ética es la valentía, la obra me fascinó desde el inicio. ¿Cómo es posible que siendo el mundo, objetivamente, más seguro y apacible que nunca (con permiso del zarevich Putin), cada vez haya más miedo en los individuos? ¿Por qué percibimos los ochenta o los noventa, diezmados por sus propias guerras, la heroína y el SIDA, un tiempo en el que morían hasta cinco veces más personas por accidentes de tráfico, como un tiempo más seguro y estable que el nuestro? ¿Por qué es el miedo la narrativa más rabiosamente actual que existe?

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Explica Furedi que lo que alimenta esta narrativa del miedo y su poder de arrastre es una radical redefinición y exageración de qué es un daño, más que un incremento del riesgo real al que nos enfrentamos, y que hayamos elevado la seguridad a los altares. En este sentido, la ciencia y la tecnología nos han prometido claramente por encima de sus posibilidades. Al fondo, el continuo descenso de la confianza en la capacidad del individuo para afrontar sus adversidades, su victimización y medicalización sin medida. El resultado ha sido una forma de misantropía que a lo mejor explica la creciente afición a mascotas y gadgets, tan ansiolíticamente predecibles.

Decía Benjamin Franklin que quienes están dispuestos a renunciar a lo esencial de su libertad para comprar un poco de seguridad temporal no merecen ni la libertad ni la seguridad. Y en esas estamos, acogotados, ansiosos de que baje supermán a solventar nuestros problemas

El marco mental de este miedo omnipresente es la idea posmoderna del apocalipsis continuo. Whatsapp, lo sabemos, es un surtidor constante de crímenes y desastres, una aplicación que crea un falso barrio virtual en el que, al tiempo que ignoramos a nuestro verdadero vecino, todo lo malo del mundo sucede a nuestro lado. En cuanto al pasado, la idea es destacar sus aspectos más negativos, representarlo como una recua interminable de fechorías y sufrimientos, derribar todas las estatuas y cubrir con un manto de oscuridad todos sus hallazgos. La negación del pasado («para atrás, ni para coger impulso») y la exposición continua a un espantoso futuro (cambio climático, pandemias y capitalismo asesino) consigue concentrar al individuo en un presente histérico. El fin es que piense poco y consuma mucho, que sea fluido, maleable, cobarde.

Sabemos desde Erich Fromm y su El miedo a la libertad de las ventajas políticas del miedo para el poder totalitario y el efecto llamada a los salvapatrias. Como escribe Furedi, «el propio miedo ha sido politizado hasta un punto en que el debate ya no es si debemos o no estar asustados, sino de qué o de quiénes hemos de asustarnos». La rueda de hámster de los poderosos necesita víctimas, no arrojados. En cambio, y como dice el autor, «hubo un tiempo en que la incertidumbre se consideró una oportunidad; que ahora esa luz que la alumbra sea predominantemente negativa es síntoma de un estado de ánimo fatalista en cuanto a los desafíos que enfrenta la sociedad».

Sí, querido lector: la incertidumbre no siempre ha estado mal vista. La ambigüedad y el peligro fueron en su día oportunidades para la creatividad y la audacia. En nuestra era, «riesgo» equivale a «mal»: todo riesgo es de suyo lesivo. La vida, en consecuencia, es igualmente lesiva, porque no hay vida sin riesgo. La idea es tan disparatada como, en sentido literal, deprimente. Descubrimos de pronto (¡de pronto!) que todo es arriesgado, es decir, que todo es negativo: hacer deporte y no hacerlo (no hay deporte sin riesgo), comer carne y no comerla (¿no comporta, acaso, riesgos el veganismo?), practicar sexo y privarse de ello. El riesgo ya no es la exposición a la probabilidad de pérdida, daño o algún tipo de desgracia, sino la mera posibilidad de que tal adversidad ocurra. Pasamos entonces a despreciar el análisis probabilístico del riesgo y afirmamos que el mundo actual es tan peligroso y complejo que la sociedad ya no puede comportarse sobre la base de lo probable; ahora lo razonable es desvelarse por lo que es posible.

Para calibrar, como dice la canción de Presuntos Implicados, «cómo hemos cambiado», sirva una anécdota que se cuenta en el libro. Bill Wake y Bill Ness participaron en el desembarco de Normandía. Cuando, posteriormente, fueron entrevistados, declararon que en aquella ocasión «todo el mundo estaba más que asustado», y que ellos mismos estaban aterrados, desde luego, pero «teníamos que poner cara de valientes». Resulta que la valentía no es la ausencia de miedo, sino su superación; y que hacerse el valiente es precisa y paradójicamente una de las formas que hay de ser valiente. Pero ahora que todo el mal es enfermedad o producto de la opresiva sociedad, el arrojo se considera un peligroso resabio del patriarcado; lo cual es en sí muy machista, dada la cantidad de mujeres (tantas o más) que han demostrado, demuestran y demostrarán una singular valentía.

Furedi no solo hurga en la herida, también ofrece soluciones. «En el mundo moderno, el principal antídoto contra el miedo es el conocimiento y su capacidad para aportar sentido y gestionar la incertidumbre. La confianza en la autoridad del conocimiento y la ciencia ha servido, a lo largo de la historia, para disminuir las actitudes fatalistas respecto al futuro. El conocimiento también ayuda a las personas a relacionarse con el futuro, al convertir la incertidumbre en una serie de resultados posibles, resultados que cabe calibrar en tanto riesgos calculables». Pero también funciona a la inversa, esto es, «que el conocimiento pierda autoridad excita la sensibilidad ante la incertidumbre y sobredimensiona el miedo de la sociedad ante el futuro». Puesto que en nuestro tiempo el conocimiento cotiza a la baja, y ahora que quedó claro que internet lo transmite incluso a menor velocidad que la ignorancia, ese asidero frente a la incertidumbre se pierde y hace que la incertidumbre se dramatice. «A su vez» —sigue Furedi— «la dramatización de la incertidumbre la convierte en una fuerza aterradora e incomprensible». Es la interesada erosión de ese conocimiento (¿entendemos ahora lo de las ocho leyes de educación en cuarenta años?) la que promueven los poderes despóticos, o lo que es lo mismo, las que Acemoglu y Robinson llamaron «élites extractivas». «La tendencia actual a percibir el mundo como una bomba de relojería», concluye Furedi, «tiene mucho más que ver con la erosión de la autoridad del conocimiento que con la proliferación de amenazas a la existencia humana».

Ponerse en el peor de los casos ha dejado de ser una práctica de previsión juiciosa, mucho menos un estoico ejercicio para valorar lo que se disfruta: el actual «principio de precaución» establece que cuando uno se enfrenta a la incertidumbre y a posibles resultados destructivos, siempre es mejor pasarse de precavido. Véase lo ocurrido y por ocurrir con las mascarillas, cómo hemos pasado del comprensible miedo inicial a este miedo de ahora, que es a enfermar, antes que a morirse. Aquí está haciendo falta retomar el curso de lo sensato: riesgo quiere decir incertidumbre y futuro, y por lo tanto no solo pérdidas, también oportunidades; el riesgo es un precio que pagamos por vivir e intentar que nuestra vida sea buena, lo que a menudo entraña que sea valiente, interesante y generosa. Estamos llegando al extremo de asimilar sin más lo arrojado con lo irresponsable y estúpido, y este modo de acobardarnos empeora sin duda nuestro mundo.

Por si fuera poco, el miedo, en la esfera pública, se ha moralizado. Su expresión más gigantesca tiene que ver con el cambio climático. La práctica tiene solera; hace más de treinta años Hans Jonas ya justificaba la mentira política para hacer avanzar la agenda ecologista: «También estamos diciendo que en circunstancias especiales la opinión más útil puede ser la falsa; lo que significa que, si la verdad es demasiado difícil de soportar, entonces una buena mentira debe servirnos», escribía en su obra de irónico título —a este respecto— El principio de responsabilidad. Hoy se acepta con toda naturalidad que emplear el miedo como instrumento político está bien o mal según quien lo haga; si es VOX o Donald Trump, merece condena, pero si la causa es «buena», se está exento de cualquier cargo.

Decía Benjamin Franklin que quienes están dispuestos a renunciar a lo esencial de su libertad para comprar un poco de seguridad temporal no merecen ni la libertad ni la seguridad. Y en esas estamos, acogotados, ansiosos de que baje supermán a solventar nuestros problemas, resilientes. Llevamos un tiempo que ya se alarga demasiado pegando brincos al filo del precipicio. Necesitamos sacudirnos este pegajoso miedo y volver a ocupar nuestro lugar, en la polis y en el hogar, del que poco a poco se nos ha ido desplazando. La clave, ayer como ahora, está en cultivar el coraje. Aún admiramos la valentía, como la guerra de Ucrania ha demostrado; pero en la práctica diaria cada vez la tenemos más olvidada. Hay que pasar a la acción y no confiarse, pues, como escribe Furedi, «en el siglo xxi la llama de la esperanza aún flamea, pero está cada vez más ensombrecida por el oscuro ánimo de la ansiedad impalpable».

Foto: Vadim Bogulov.


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Soy economista y doctor en filosofía. He trabajado en dirección de empresas más de veinte años y me dedico en la actualidad a la consultoría, las conferencias y la docencia en escuelas de negocio como miembro del equipo Strategyco. También escribo y traduzco. Como autor he publicado siete libros, el último Ética para valientes (2022). Como traductor, he firmado más de veinte títulos, incluyendo obras de Shakespeare, Rilke, Furedi, Deneen, Tocqueville, Novalis, Stevenson, Ahmari, Lewis y MacIntyre. Más información en www.dcerda.com