Hace unos días, el filósofo Eduardo Infante planteó en Twitter un clásico dilema moral en estos términos:

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Hay un incendio en tu edificio y tu perro se encuentra dentro. Entras para salvarlo y descubres al bebé de tus nuevos vecinos, a quien aún no conoces. Solo puedes salvar a uno. ¿A quién salvas?, y sobre todo, ¿por qué? ¿Con que principio moral justificas tu elección?

Lo cierto es que, veintitrés mil votos después, la cosa terminó muy reñida entre el bebé y el perro. Sabemos que un responder reflexivamente a un dilema no es igual que decidir en una situación viva, y que Twitter no es un espejo perfecto de la sociedad, pues además hay mucho guasón que vota sin otro fin que dar por saco. Pero hubo cientos de justificaciones de la elección del perro, y lo mismo se escucha igualmente en el mundo «fuera de las redes». De modo que esos votos y justificaciones no son para tomarlos a broma, e importa aclarar por qué es objetivamente inmoral decantarse por el perro. Especialmente en un país, el nuestro, donde ya hay unos trece millones de mascotas, el doble que niños menores de 14 años.

Lo primero que hay que explicar (porque hay que explicarlo todo) es qué es la moral o la ética: la reflexión y las propuestas en torno a la vida buena. La calidad, en términos morales, de una decisión, se mide contra ese fondo, la cuestión de qué es justo y bueno. Así pues, cuando se tratan cuestiones morales, se está ya en un terreno exclusivamente humano, porque solo nosotros nos preguntamos qué está bien y qué está mal, y si la vida merece la pena. Los animales no se hacen esa clase de preguntas: viven y se reproducen (saben del sexo, pero no de la sexualidad, para entendernos), y en su mundo no hay «razones» ni «principios» (eso se pedía en el dilema), sino solo «causas» y «consecuencias». Por supuesto, los perros tienen deseos, afectos y preferencias, pero el cerebro no les alcanza para casi ninguna de nuestras sofisticadas sutilezas, como la libertad o la responsabilidad, la democracia o el arte.

Casi todos los perros que pierden a sus crías, tras una tristeza transitoria, siguen sin más adelante; para muchas personas es una quiebra letal en sus vidas. Sentimos más, sentimos diferente

Lo segundo que hay que entender es que la base de la ética es triple: la dignidad, la conciencia y el altruismo. La piedra basal de toda reflexión moral es que el ser humano tiene una conciencia que le hace preguntarse qué es justo y bueno y que todos los seres humanos compartimos una dignidad inviolable. La dignidad es el lujo que se concede la especie humana de elevar un ideal humanitario a ley moral, un principio que se impone a la natural ley del más fuerte. Los perros ya no conviven con los suyos: los hemos domesticado hasta convertirlos en seres casi asociales respecto a los de sus misma especie. Pero si viésemos a unos perros de nuevo salvajes (es decir: no sometidos a nosotros, no bajo nuestra responsabilidad) veríamos cómo abandonan al individuo de su especie que no puede valerse por sí mismo. Solo nosotros salvamos a los seres «evolutivamente inviables». Los perros no tienen dignidad, y tampoco más derechos que los que nosotros les otorgamos, porque los derechos, la dignidad y la moral son inventos humanos. En cuanto al altruismo, quien elige a su perro en vez de a un bebé escoge en función de lo que le conviene, y no de la pérdida objetiva, que es mucho mayor en sus vecinos y padres de la criatura. Para un ser humano en sus cabales, perder un hijo jamás será como perder una mascota; basta preguntar a quien haya tenido que pasar por ambos trances.

Se entiende que a un perro la dignidad le queda grande cuando se analizan estas cuatro experiencias: pensar, sentir, sufrir y amar. Claro que los perros —y más los delfines— piensan, sienten, sufren y aman. Pero lo hacen a un nivel tan distinto de nosotros que necesitaríamos cuatro verbos distintos para reflejar lo que ocurre en el cerebro de un delfín cuando piensa, siente, sufre o ama sin caer en exageraciones. Como sabe cualquiera que conozca lo esencial sobre zoología, cognición y cerebro, «mi perro piensa» es una frase ridícula al lado de «Manolo piensa», incluso si resulta que Manolo es un memo. Y lo mismo cabe decir del sentimiento, que en nosotros tiene una complejidad y alcance muy distintos a los de un perro, que se queda más bien en el ámbito más básico de las emociones. Los perros sienten afecto por sus amos (y además mucho; son admirables), pero no los aman, porque el amor es un acto que implica libertad y no se puede amar a quien es tu dueño; es bien extraño que haya quienes defiendan la ausencia de cualquier dominación en la pareja y «el amor libre» y a la vez que las mascotas «aman».

Casi todos los perros que pierden a sus crías, tras una tristeza transitoria, siguen sin más adelante; para muchas personas es una quiebra letal en sus vidas. Sentimos más, sentimos diferente. Y es que sufrir y amar son experiencias que cambian diametralmente cuando eres responsable y mortal, esto es, cuando decides (los animales no deciden, aplican programas instintivos) y tienes conciencia de la muerte, y por lo tanto del futuro que pierdes cuando desapareces. Precisamente por ello el ser humano es también el único que se suicida. Los animales solo llegan a sacrificarse, que es muy distinto; no se preguntan si vivir trae a cuenta, y así pues no «existen», sino que sencillamente viven. Y por eso no son responsables ni culpables de nada, no se les pueden imputar delitos y, en fin, son amorales.

Naturalmente, hay personas que merecen vivir menos que los animales. Pero ese debate es otro, diferente al que afecta al inocente bebé y nuestro perro. Tampoco es esa la cuestión que se le plantea a quien tiene un deber de socorro a un desconocido; ¿o acaso no habría que lanzarse a un río a salvar a quien se ahoga hasta tener su CV y saber si se lo ha ganado? También importa saber, porque por ahí se perdieron muchos, que la decisión moral no es «racional» en vez de afectiva, sino justamente sentimental: en esencia, las personas con buen juicio moral han desarrollado determinados sentimientos morales (como la compasión o la vergüenza). No es que quien elija salvar a su perro «se guíe por el corazón frente a la cabeza», sino que es alguien con el corazón ineducado en términos morales. Salvar al perro o al bebé se decide en segundos; precisamente por eso en situaciones críticas la moral es un resorte, y depende de haber desarrollado los automatismos adecuados.

Hay una ley que penaliza la omisión de socorro; pero la cuestión moral difiere de la ética. Con todo, si hemos legislado aproximadamente el supuesto, tal vez se deba a que nos pareció buena idea poner a los seres humanos por delante de los perros porque contribuye a la convivencia. Lo cual hace un poco más confuso que haya quien los considere, sin el «como» inicial metafórico, «miembros de la familia» (¿familiares que se compran y se venden y se castran y se amarran con una correa?). De hecho muchos justificaron elegir al perro en esos términos —«elijo al miembro de mi familia por delante de un extraño»—, sin saber, aparentemente, que al invalidar ese salto de dignidad y conciencia que existe entre el humano y el resto se estarían comportando inmoralmente, vulnerando un principio que los obliga por encima de sus afectos.

Esa forma de inmoralidad llamada emotivismo moral está más fuerte que nunca. Junto al relativismo, constituyen las dos principales larvas que están royendo moralmente por dentro nuestras sociedades, comprometiendo la convivencia. El otro día, Jelena Djokovic afirmaba que «la única ley que se tiene que respetar en todas las fronteras es el amor»; que no es sino la versión Disney de otra con la que Max Stirner, ideólogo del egoísmo, cierra la introducción a El único y su propiedad: «No admito nada por encima de mí». Es muy difícil convivir con gente que no reconoce otra guía que la de sus propiedades y afectos. Tanto en Grecia como en Roma —y después en Virginia y París—, la democracia nació sobre bases enteramente distintas y específicamente morales: el reconocimiento de que hay principios universales que nos obligan por encima de nuestras inclinaciones e intereses personales. Si el criterio único de actuación fuese el afecto, ¿por qué iba nadie a hacer nada por un desconocido, asumiendo inconvenientes o riesgos, puesto que no hay afecto más fuerte que el que se siente por uno mismo?

Toda sociedad tiene el deber de educar a sus miembros, además de para realizar un oficio de provecho, para que puedan tomar buenas decisiones. Uno de los aspectos cruciales de nuestro ámbito de decisión es el ético, actuar con justicia. Algo tenemos que estar haciendo mal para que hoy haya tantos relativistas y emotivistas (in)morales. En este campo, dar por sabidas las cosas tiene el mismo efecto que en otros: retrocedemos. El conocimiento ético, como el de cualquier otra clase, avanza; y no es mero «sentido común». Hasta hace un cuarto de hora, como quien dice, nos pareció «de sentido común» que la gente con la tez oscura pudiese ser esclavizada, que la religión debía imponerse y que era inmoral que cada cual decidiese con quién podía acostarse. Y he oído que aún hoy hay muchos sitios donde la lapidación por adulterio o la ablación se consideran actos de justicia. A la vista está que para desarrollar un robusto juicio moral hay que estudiar, pensar y debatir en un marco juicioso previo al guirigay de las redes. O devolvemos la ética a las aulas o la proliferación de emotivistas y relativistas arruinará nuestra convivencia.

Foto: Picsea.


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Soy economista y doctor en filosofía. He trabajado en dirección de empresas más de veinte años y me dedico en la actualidad a la consultoría, las conferencias y la docencia en escuelas de negocio como miembro del equipo Strategyco. También escribo y traduzco. Como autor he publicado siete libros, el último Ética para valientes (2022). Como traductor, he firmado más de veinte títulos, incluyendo obras de Shakespeare, Rilke, Furedi, Deneen, Tocqueville, Novalis, Stevenson, Ahmari, Lewis y MacIntyre. Más información en www.dcerda.com