“Condúzcame hasta su superior, dijo K, a uno de sus vigilantes. Cuando él lo diga, no antes —dijo el vigilante Willem—. Y ahora le aconsejo —añadió— que vaya a su habitación, se comporte con tranquilidad y espere hasta que se disponga algo sobre su situación. Le aconsejamos que no se pierda en pensamientos inútiles, sino que se concentre, pues tendrá que hacer frente a grandes exigencias. No nos ha tratado con la benevolencia que merecemos. Ha olvidado que nosotros, quienes quiera que seamos, al menos frente a usted somos hombres libres, y esa diferencia no es ninguna nimiedad. A pesar de todo, estamos dispuestos, si tiene dinero, a subirle un pequeño desayuno de la cafetería” El proceso. Franz Kafka.

La distopía no es el coronavirus, son nuestros políticos que viven una realidad paralela, que circulan por el holograma de la virtualidad en su confortable mundo imaginario, mientras los ciudadanos cargan sobre sus espaldas sus delirios sobre sus espaldas, como Sísifo cargó con su roca de por vida. Pero esto no se mantiene por casualidad, para que la información, el pensamiento y la libertad estén restringidos, es necesario un guion.

Ni tan siquiera crespones negros en las televisiones y en pocos medios digitales o escritos aparecen en portada. En un mundo como el nuestro que tenemos lazos de distintos colores para recordar el día de, la hora de, la ideología de…

Un aparato mediático que marque las horas, los contenidos y los ritmos. Un diapasón permanente pero invisible. Contador de infectados, fallecidos, recuperados… Sin muertos, sin muertes, sin dolor, sin soledad, sin silencio. La muerte convertida en una mera abstracción. Se evitan las terribles imágenes para que los grandes números sean meras estadísticas. Con acierto señalaba una de las foreras de Disidentia, “ni tan siquiera crespones negros en las televisiones y en pocos medios digitales o escritos aparecen en portada. En un mundo como el nuestro que tenemos lazos de distintos colores para recordar el día de, la hora de, la ideología de…”

Aplausos, cierres informativos con recurrente final feliz, imágenes de recuperados, de algunos ancianos que “salen”, sanitarios satisfechos de su trabajo, como si fueran héroes, y no quito un ápice a su entrega y trabajo, pero no son héroes, son mártires que sufren de modo particular, cotidiano e inmisericorde el castigo de una incompetente administración y su fantasma, una burocracia lenta e inútil. Pero “unidos lo superaremos” nos dicen, semana tras semana. Por si alguno estuviera distraído o con “pensamientos inútiles”, colocan la música de fondo “Resistiré” que nos mantiene firmes y crédulos.

Lo que queda fuera de este guion es la clandestinidad y el señalamiento. Quien discuta el confinamiento, quien evidencie la incompetencia del gobierno y la oposición, quien describa la muerte y sus muertos, quien no quiera ser igual a todos o a la mayoría y no aplauda, no repita los eslóganes, o se niegue a que el Estado se haga cargo de su seguridad y libertad, es señalado y marcado. Como si la elección entre nuestra seguridad y nuestra privacidad, o nuestra salud y nuestra privacidad fuera una elección, cuando resulta ser una fragrante violación de nuestros derechos. Es como si el gran capricho distópico hubiera traído el mejor de los medievos con sus múltiples hogueras donde arden las ideas de los herejes.

“Unidos lo superaremos”, “Quédate en casa” se han convertido en la arenga política consensuada por la mayoría, amplificada por el aparato mediático, la mejor garantía de que el relato une, unifica y uniformiza, el sueño igualitario que a todos nos sacará de esta crisis, reconfortados y recuperados.

Hasta aquí la ficción.

Por nuestras ventanas y móviles circulan cientos y cientos de imágenes donde se observan ciudades vacías, grandes avenidas desiertas de grandes ciudades, como si la soledad, el dolor y el parón económico de hoy, que serán pobreza para mañana estuvieran fuera. El gobierno acaba de decretar varias semanas más el confinamiento, a expensas de lo que pueda suceder. Y cabe pensar, desde los canales de la corrección, que no queda otra, que lo contrario supone más contagio, más muertes, más tiempo de sufrimiento.

Propongo un sencillo ejercicio de política-ficción.

¿Que hubiera ocurrido si se hubiera hecho el necesario ejercicio de autocrítica a tiempo? Primero por parte del gobierno y su actuación, tanto en opacidad informativa, como en su descoordinación y pésima gestión, y después por la falta de alternativas viables y eficaces, asentada en la poltrona partidista por parte de la oposición.

¿Si se hubiera centrado el asunto en la urgencia del saber dónde está el virus y actuar contra él? En consecuencia, bien aislando a los mayores de sesenta años, y otros colectivos vulnerables, poniendo a trabajar a los no contagiados o aquellos que lo han superado, y manteniendo aislados a los contagiados, porque sabemos que si el virus se descontrola es como si todos estuviéramos contagiados.

¿Si se hubiera aprovechado el potencial investigador que disponemos? En vez de infrautilizarlo, tal y como reconocen diferentes organismos médicos, como el centro de Oncología Traslacional de Cáncer y Genética Molecular Humana del Hospital Universitario La Paz de la Universidad Autónoma de Madrid. Con científicos sobrados de conocimientos sobre biología tumoral, desarrollo de los nuevos tratamientos, análisis sobre la eficacia de las pruebas diagnósticas orientados a la prevención y el diagnóstico precoz, que no han sido aprovechados. Su manejo de muestras virales han estado sin los recursos y condiciones necesarios para desarrollar su urgente trabajo. Y con un inventario de máquinas PCR que se descubren olvidadas y arrinconadas, cuando son estas máquinas las que permiten detectar el potencial transmisor, y por tanto las cantidades ínfimas de posibles patógenos.

¿O si se hubiera realizado todo el esfuerzo posible, bien coordinado, bien planificado? En el que la intervención de los diferentes sectores implicados funcionaran, sin ruedas de molino entre el Ministerio de Sanidad y las diferentes comunidades autónomas en sus competencias sanitarias para adquirir los malditos y fiables test.

¿Qué hubiera ocurrido si la voz de alarma que dio la OMS no hubiera sido ignorada por casi todo el mundo? ¿Cómo es posible que después de ver el ejército chino desplegarse en Wuhan, los gobiernos occidentales no se hayan dado cuenta de lo que venía? Son algunas preguntas que lanza Pablo Fuentes en una reciente entrevista.

Sin esta distopía política es muy probable que no fueran necesarias las medidas de un largo y genérico confinamiento como al que estamos sometidos. Pero si esto es lo que se exige y se dice públicamente, lo que se aplica de inmediato es la cuarentena del pensamiento crítico, donde el hereje es debidamente señalado y marcado.

El precio del confinamiento en la economía es y será enorme como muy bien han señalado diferentes analistas, tiene y tendrá gravísimas consecuencias en la macroeconomía, el paro, con un turismo lastrado hasta no se sabe dónde, e interminables agujeros en nuestros bolsillos para la compra diaria. Un precio muy elevado que se suma a los enfermos y muertos a corto y medio plazo, y la futura herida en la salud mental de la población.

Anunció con acierto J.F. Revel que “la mentira mueve el mundo”, ojalá el miedo no lo paralice.


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21 COMENTARIOS

  1. «Lo que la crisis ha puesto de manifiesto de un modo brutal, es la destrucción del Estado que han conseguido los partidos políticos. Hoy una colección de estructuras inoperantes, incapaces de prever una epidemia, incapaces de hacer un plan de contingencia, incapaces de organizar un sistema de aprovisionamientos de urgencia, incapaces de fomentar la producción de bienes necesarios, etc. Nada de eso que denominamos Estado funciona bien».

    Permítame que discrepe de su observación, Tamuda. La responsabilidad, la capacidad y las funciones necesarias para prever una pandemia de estas características o la necesidad de idear, programar y aplicar con un mínimo de raciocinio un plan de contingencia, al igual que la labor tangible, material y efectiva de organizar un sistema de aprovisionamiento de urgencia o la capacitación para promover la producción de bienes necesarios, no se atribuye de manera abstracta a una «colección de estructuras inoperantes».

    Vaya que, en este sentido, demasiado bien funciona el Estado con el piloto automático puesto y casi por la misma inercia. Una evidencia que hemos podido comprobar en más de una ocasión ante la imposibilidad de formar de gobierno durante meses o ante la falta de acuerdos o presupuestos que sacar adelante.
    Y ya ni le cuento lo bien que debe funcionar en la comunidad autónoma de Cataluña, con un gobierno paralizado que cerró su parlamento y cuyo govern, apenas legisló, gestionó o agilizó ningún trámite que no estuviera relacionado con el monotema del procés.
    Así que no cuela eso de eso de adjudicar inutilidad manifiesta y inoperancia absoluta a unas estructuras de Estado que por sí mismas aun no tienen la capacidad de duplicarse y corromperse, mucho menos de preveer una pandemia ni de organizar un plan de aprovisonamiento.
    El día que se modernicen y se digitalicen adecuadamente no le digo yo que no, pero por ahora no es posible cargarles a ellas los muertos que hubieran podido evitarse ni la responsablidad de prevenir la pandemia ni la de actuar eficazmente dirigiendo un plan de contingencia.
    Unas funciones de liderazgo que por cierto, dada la urgencia y excepcionalidad, quizás hubieran sido mejor delegar en expertos técnicos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del
    Estado, los cuales tienen el conocimiento, la preparación y la experiencia necesarias para enfrentar y abordar estas crisis con un mínimo de estrategia y eficacia. Y por otra parte son los que tienen verdadera vocación de servicio público para darnos protección y seguridad, minimizando los riesgos, tal como están demostrando en esta pandemia.

    Seguro que los profesionales sanitarios hubieran estado en la primera línea del frente con mucho menos riesgo de lo que siguen estando, cuando han tenido la mala suerte de que la dirección, previsión y el aprovisionamiento haya estado en manos de unos completos inútiles, ineptos e inoperantes que encima tienen la poca decencia de obstaculizar, complicar las operaciones y no apartarse

  2. Leido por ahí

    «Philmore A. Mellows

    En unos años crearán una comisión que asegurará que había mascarillas en las farmacias, equipación médica en los hospitales, test masivos y que no hubo imprevisión en la compra de material sanitario ni en la adopción de medidas. Y a todo esto se le llamará Memoria Histórica «

    • Creo que están más a vender España a cachitos con comisión, ese tipo de cosas son más para consumo interno y rellenar las páginas de periódicos y televisiones afines y tolerantes.

    • Muy bueno el tuit de Philmore. Y seguramente la agencia de marketing del gobierno pueda venderlo así dentro de unos años, porque los votantes socialistas y podemitas, a los que la memoria a corto plazo que les falla más que una escopeta de feria, conservan en buen estado y a pleno rendimiento la memoria episódica.
      De manera que, ahora olvidan pronto esos «pormenores» de la logística y después de un largo periodo podrán recuperar de nuevo esos sucesos extraviados, pero reordenados e invertidos para que encajen en el relato oficial.

      Le dejo otro tuit que también tiene su aquel.

      «Nicolás Bolivariano»

      «Para desenterrar a Franco el Gobierno puso dos helicópteros, quince cámaras de televisión y cuatrocientos periodistas.

      Para enterrar a 17.000 fallecidos ni un tuit de condolencia»

  3. Es el pensamiento Alicia el que nos ha llevado hasta aquí , es un pensamiento de tintes infantiles de adolescentes consentidos que no quieren ver las dificultades que tenemos en la vida, ni mucho menos la necesidad de prever medidas que puedan hacer el camino más llevadero. ¿para qué pensar en la enfermedad si lo importante es llenar la calle de ideologías de colorines? ¿para qué pensar en la muerte si lo importante es disfrutar de los lunes al sol?
    ¿para qué pensar en ese virus que parece que está haciendo de las suyas en China y en otros lugares si nosotros tenemos la mejor Sanidad del mundo y será como una mera gripe? ¿para qué complicarnos la existencia con comunicados de la OMS si nosotros tenemos que ser feministas, perseguidores de hombres, adoradores de Greta y tener muchos Ministerios?.
    Nosotros queremos un mundo feliz, donde la sonrisa invada todo, a nosotros no nos interesa la realidad de la vida, queremos ser seres hermosos, adoradores de la eterna juventud.

    Triste sino nos ha tocado con todos estos cantamañanas de pensamiento lleno de simplezas que simplemente asustan.

    Siempre he dicho de ellos que sus risas eran sardónicas, se comenta que los sardos entre risas, cantos y aplausos llevaban a sus padres viejos a los montes para sacrificarlos entre esos jolgorios, sea verdad o sea mentira, poco me he equivocado.

    Esa forera debe estar muy cabreada Sr Gabelas, espero que como ella sean millones en toda España, es la única manera de hacer frente a tanto pensamiento vacío de contenido y que nos tiene encerrados , no sabemos hasta cuando, por no haber pensado a tiempo como poder hacer frente a un problema que teníamos llamando a la puerta. Era mejor mirarse al espejo para ver lo hermosos que eran y no pensar que la muerte estaba haciendo la ronda.

  4. Si la distopía fueran los políticos, la situación será más o menos fácil. Cambio de políticos y asunto arreglado. Sin duda, el Gobierno que esté al frente de la situación es el máximo responsable. Pero esto no es así al día de hoy. El Estado es un ingenio histórico cuya finalidad es paliar los efectos de los errores políticos. Mediante sus estructuras, sus normas, sus procedimientos, etc., el Estado compensa y corrige, e incluso impide mediante Derecho, la discrecionalidad a la que aspira todo político. Discrecionalidad que suele desembocar en arbitrariedad.

    Pero desde hace más de 30 años, el Estado ha sido asaltado por los partidos políticos, colonizado por sus clientelas hasta extremos inauditos, destruyendo su carácter jurídico, técnico, sus normas objetivas, su naturaleza racional, sus cuerpos de funcionarios por oposición, convirtiendo al Estado en un aparato del partido en el Gobierno, que se reparte sus prebendas con el conjunto de partidos. Y en eso consiste la política en España, en el reparto prebendal.

    Esta crisis, lo que de verdad pone de manifiesto, no es el melonismo de Sánchez y de sus socios, cuestión evidente antes de la crisis. Lo que la crisis ha puesto de manifiesto de un modo brutal, es la destrucción del Estado que han conseguido los partidos políticos. Hoy una colección de estructuras inoperantes, incapaces de prever una epidemia, incapaces de hacer un plan de contingencia, incapaces de organizar un sistema de aprovisionamientos de urgencia, incapaces de fomentar la producción de bienes necesarios, etc. Nada de eso que denominamos Estado funciona bien. Todo a trancas y barrancas, y lo que funciona es gracias a la iniciativa de grupos de personas, como los sanitarios y otros, que pese a las dificultades consiguen hacer algo.

    Y por supuesto, en España funciona todo lo que no tiene nada que ver con el Estado. No somos una nación tercermundista, y España está plagada de personas competentes como las mejores naciones del mundo. Pero el Estado, sus burocracias, se han convertido en una basura clientelar sin inteligencia. Basura más que costosa, que ya solo es una rémora tanto para gestionar una epidemia, como para salir de la crisis económica ya incoada, que como siempre, antepondrá el sostenimiento de esa basura clientelar emboscada en las covachuelas de lo público antes que el bien común. O, ¿es que Rajoy hizo otra cosa en la crisis anterior?

    O nos hacemos una idea clara de que el Estado de partidos vigente no es más que el chulo inservible que nos toma el pelo y nos mete la mano en el bolsillo, y que cualquier política realista de futuro tiene que pasar por redefinir el Estado y su relación con los partidos políticos, o esto esto no será más que una lenta agonía hasta la quiebra definitiva. El Estado de la Rusia soviética parecía indestructible, hasta que dejó de poder pagar a este y al otro, de poder mantener esto y lo otro, y se desmoronó.

    • Y no es un bulo, el bulo es negar que esto sea así, tan es así que los periodistas que niegan esta realidad están quedando como mentirosos y cómplices de este devastador latrocinio.

    • Un problema muy serio del estado es que, en la actualidad, un funcionario puede ser un delincuente pero no es apartado de la función pública aunque haya sido condenado y haya pasado por la cárcel por delitos graves contra lo público. Además, si un funcionario genera problemas y hay que indemnizar a alguien, las indemnizaciones no las paga el funcionario malhechor sino el estado, es decir las víctimas de este estado kafkiano. Encima, están los políticos que, llegado cierto momento, se crean una plaza de funcionario de alto nivel para cobrar mucho y no hacer gran cosa. Otra chapuza más: los políticos prefieren tener mucho empleado público temporal porque se trata de un personal fácilmente chantajeable y al que se le puede sobrecargar de trabajo con salarios justitos.
      Pues con este delirante estado, a veces, ocurre el milagro de que algunas cosas se hacen bien porque hay gente que, a pesar de todo, cumple con su deber. Y como esto es así ni el PSOE ni el PP han tenido nunca ningún interés en hacer una reforma a fondo del estado. Ahora, para regocijo de etarras y separatistas varios, el estado es débil, caro y desnortado.

    • Su comentario carece de cualquier fundamento.

      Se deduce que el Estado era un contrapeso a Franco; lo cual por si mismo es contradictorio.

      No ya en el desarrollo histórico del Estado, ni en su consolidación, ni en el salvajismo que este ha desatado en el siglo XX,…, nunca el Estado ha sido contrapeso del Gobierno.
      En especial es estos regímenes donde el Gobierno es una extensión del Estado; de las dinámicas oligárquicas del poder. Algo que habría que aclarar, dado el Gobierno se debe entender en sentido estricto como una oligarquía. Por lo cual, en el sistema actual, la cara visible muestra los fantoches presos de todo tipo de ataduras.

      Los contrapesos internos de los cuales Montesquieu* habla son institucionales. Pero por diseño son propensos al fallo. Dado no toda persona tiene tendencia a la servidumbre institucional, el mercenariado funcionarial. Por ello, los contrapesos al Gobierno y por extensión al Estado siempre están fuera de este. Cuya forma toma «cuerpo» en eso tan despreciado por la aristocracia como es el Pueblo(**) y sus acciones. Una de ellas la religiosa (ateos incluidos), la cual dado a su carácter colectivo confiere fuerza de grupo. Justamente frente a un grupo que se comporta salvo corrupción como maquinaria, el Estado. Por lo tanto, ajeno a cualquier tipo de disciplina moral (intrínseca de moradores, la población, el asentamiento, las raíces) y sujeto simplemente a la disciplina militar, la ley.

      El Estado se puede establecer como corruptor de los pueblos al aniquilar los medios de descubrimiento del Derecho (las fuentes del derecho son una engañifa totalitaria). Otra cosa es que para vencer un titán se requiera otro titán, por ello en cierto sentido es necesario.

      *:“Después de todo lo dicho, parecería natural que la naturaleza humana se resolviera con indignación y se sublevara sin cesar contra él gobierno despótico. Pues nada de eso: a pesar del amor de los hombres a la libertad y de su odio a la violencia, la mayor parte de los pueblos se han resignado al despotismo. Esta sumisión es fácil de comprender: para fundar un gobierno moderado es preciso combinar las fuerzas, ordenarlas, templarlas, ponerlas en acción; darles, por así decirlo, un contrapeso, un lastre que las equilibre para ponerlas en estado de resistir unas a otras. En esta obra maestra de legislación que al azar produce rara vez y que rara vez dirige la prudencia. El gobierno despótico, al contrario, salta a la vista, es simple, es uniforme en todas partes; como para establecerlo hasta la pasión, cualquiera sirve para eso.”

      **: Conjunto de familias constituidas (Constitución no formal) como entidad o varias entidades poblacionales.

      • «Se deduce que el Estado era un contrapeso a Franco; lo cual por si mismo es contradictorio».
        Le confieso que sus comentarios sobre el Estado siempre me resultan confusos, contradictorios y sin haber acabado dos párrafos, enseguida pierdo el hilo de lo que pretende transmitir, si es que quiere transmitir alguna idea concreta, que nunca se sabe. Aunque me llama la atención que para rebatir los argumentos de Tamuda, en lugar de rebatirlos, se enrede en sus alegatos habituales y curiosamente saque a pasear al caudillo. Por qué ¿qué pinta Franco en todo esto? ¿quiere decir que no sabemos distinguir entre una dictadura y un Estado democrático de Derecho? ¿quiere decir que vienen a significar lo mismo? ¿quiere decir que la restricción y la privación de nuestros derechos y libertades ha sido una constante y un continuo desde la dictadura del caudillo? ¿quiere decir que los ciudadanos no hemos advertido un antes y después y una diferencia sustancial en la privación y restricción de nuestros derechos y libertades? ¿quiere decir que este abuso intolerable del ejecutivo en sus funciones, en realidad ya se ejercía en nuestras vidas antes del confinamiento? ¿qué me esta contando?
        Porque el cambio, el contraste y el retroceso, que no el continuo y el avance, son tan llamativos y brutales que, tal como se relata en el artículo:

        «Es como si el gran capricho distópico hubiera traído el mejor de los medievos con sus múltiples hogueras donde arden las ideas de los herejes».

        • Yo iba a contestar, pero lo he dejado, el punto de vista de Tamuda es correcto y certero.

          España ha desmantelado su estado, ya que este ha sido asaltado durante cuarenta años por los partidos políticos, menos mal, si el estado tuviera la capacidad de respuesta que se le supone dar el golpe de mano no les hubiera costado ningún trabajo. Pero lo han desguazado de tal manera que ahora les resulta imposible dar un golpe de estado sin que les salga un fleco.

          Y van a tener a los parados sin cobrar dos meses, si cobran, que yo lo dudo, cuando millones de ellos han cobrado como último emolumento poco más de quinientos euros.

          No soy capaz ni de hacer un comentario.
          No he visto en mi vida un gobierno más inútil, ni un estado tan contradictorio.

          Solo me cabe en la cabeza pensar que lo están haciendo a propósito para crear el caos e imponer una dictadura.

          • Se equivoca. Lo último que ellos hubieran deseado es propiciar ese caos absoluto que pone de relieve su improvisación, su negligencia y su inutilidad absoluta. Por ello se han entregado en cuerpo y alma a aparentar que controlan la situación, dándole 15 millones al telegrafista del barco que se hunde para que comunique a la población que «todo va a salir bien».
            Por lo demás, son demasiado estúpidos como para imponer ninguna dictadura. Vaya que, por querer si querrían, pero no les van a dejar. No le digo yo que no apunten maneras y asomen ciertos tics totalitarios, pero van a recibir su merecido. Aunque ahora estén en lo de «ande yo caliente ríase la gente» o en eso de «dime tonto y yo te diré fascista».

        • » hace más de 30 años, el Estado ha sido asaltado por los partidos políticos»
          (2020 – 30+ < 1990)
          (1990 – 1978) = 12 años.

          El régimen del 78 es una continuación del franquismo sin Franco.
          Quizá nombres como Fraga Iribarne (1948–1996), Adolfo Suárez (1932-2014), Calvo-Sotelo (1926-2008); …, Juan Carlos I (ese que jura los principios del movimiento) etc; les suenen de algo.
          Los partidos republicanos estaban prohibidos, no ha habido Cortes Constituyentes, la "Carta otorgada" del 78 fue redactada — en secreto- en un restaurante (descubierto por Cuadernos para el diálogo),…,etc.
          No ha habido ruptura con el franquismo, como bien apuntaba Antonio García Trevijano-Forte (1927-2018).

          Básicamente el Estado 5 o 10 años después del franquismo, era casi el mismo que durante el franquismo. Los funcionarios continuaban en sus puestos ("de la ley a ley", "todo atado y bien atado"),…, es decir, el Estado era básicamente el Estado franquista. Que no fue contrapeso o cortapisa del poder de la dictadura.

          • Por qué será que su explicación me resulta conocida y familiar. Resulta un buen comodín de respuesta que lo mismo sirve para explicar un roto que un descosido. Quiere decirme que su hipótesis justifica por sí misma el el atropello totalitario que el gobierno está perpetrando en este estado de alarma? O piensa como nuestro amigo Tamuda que «muchas veces las dictaduras han sido más limitadas que las democracias en el ejercicio del poder»? Están pensando ambos en el paraíso de Venezuela o acaso tienen nostalgia del caudillo? ¿De verdad creen que nuestra libertad y nuestros derechos estarían mejor tuteladas en esos regímenes de lo que lo han estado en nuestro periodo democrático?

      • COLAPSO2015 Si he entendido el fondo de su argumento, tiene Ud. razón: Es contradictorio que un Estado fundado y dirigido por un autócrata o dictador, actuara como contrapeso a la voluntad política del Gobierno y del propio Jefe del Estado. Pero esas son las paradojas de la Historia, que muchas veces las dictaduras han sido más limitadas que las democracias en el ejercicio del poder, como consecuencia de la prudencia del dictador, o de sus propias convicciones profundas. Convicciones como las derivadas de la tradición política del Derecho Natural, en tanto que un hecho prepolítico. Convicciones que eran muy comunes en el pensamiento jurídico español y que Franco compartió, impregnando todo el Derecho Público sobre el que se construyó el Estado tras la guerra civil.

        El Estado del régimen de Franco, fue un Estado jurídicamente limitado, mediante una separación funcional de poderes dentro del propio Estado. La garantía de independencia se fiaba en el sistema de oposiciones a los cuerpos del Estado. El principio ideal de esta independencia se podría formular del siguiente modo: Los funcionarios no debían nada a nadie y su lealtad era más hacia los ideales y principios del cuerpo que a otras lealtades. Por descontado, la realidad podía ser más o menos distante del ideal, pero grosso modo el sistema funcionó bastante bien. Sin duda, un sistema así, presenta otros problemas, como el corporativismo etc.

        Los pensadores políticos doctrinarios de la democracia, tienen razón en su crítica a la separación de poderes dentro del Estado. Sobre todo por el riesgo que entraña de que el Estado, tendiendo siempre por su propia lógica expansiva a la totalización, renuncie o se pasen de moda los principios jurídicos y convicciones que limitan el poder, e inicie una deriva totalitaria. En ese estadio, no hay poder independiente que se pueda oponer al totalitarismo. Es lo que ha pasado en la España democrática, en la cual, en lugar de una separación de poderes en origen, se continuó con la del Estado anterior de separación funcional dentro del Estado, pero sin las convicciones jurídicas y el ethos que inspiró al régimen de Franco. Un error de visión política de graves consecuencias.

        El Estado que heredó la época democrática, era una máquina bastante profesionalizada que molestaba a los partidos políticos, porque les impedía hacer los que les viniera en gana. Enseguida la calificaron de “franquista” y desde el primer día su objetivo no era otro que “democratizarlo” en nombre de la acción política y su voluntad democrática, lo que significó de hecho ponerlo en manos de los partidos políticos, que “representaba la voluntad democrática”. Se decía entonces que “había que agilizar la acción de gobierno”, y para ello erosionaron sus fundamentos jurídicos y sus normas, o simplemente se los saltaban con alegría democrática. De ese modo, el Estado se convirtió en un instrumento de los partidos políticos y peor aún, en el abrevadero de sus clientelas, destrozando la carrera administrativa. De un Estado de Derecho se pasó a un derecho del Estado, prolijo y confuso, elaborado al dictado consensuado de los partidos políticos. El cuerpo de Interventores del Estado fue de lo primero que cayó. Y así siguió el de Secretarios de Ayuntamiento, Tribunal de Cuentas y todos los órganos fiscalizadores del Estado. A estas “modernizaciones” y “democratizaciones” siguieron los órganos que garantizan un Estado de Derecho, como el Consejo de Estado, y otras instituciones como el Consejo General del Poder Judicial, etc. El Derecho Administrativo que regulaba internamente el Estado y su relación con los administrados, se corrompió totalmente en beneficio de la discrecionalidad y la arbitrariedad administrativa, etc. La Ley de Función Pública, la de Contratos del Estado, la de Presupuestos, la de Procedimiento, se fueron adaptando chapuceramente o se violaron sistemáticamente sin más.
        El resultado es la ruina de Estado que hoy tenemos, cuyo tamaño y coste se quintuplicado y más. Pero encima se ha hecho tonto y torpe. Y esta crisis lo ha puesto de manifiesto con crudeza. Ni los escépticos más radicales podían pensar que se hubiera ya llegado a la descomposición actual.
        Para los interesados en este proceso, recomiendo los libros que desde mediados de los 90 escribió el administrativista Alejandro Nieto, titulados “El desgobierno de…….(lo público, la justicia, etc)”. Nieto ha ejercido durante su larga carrera, tanto en el régimen anterior como en el actual, posiciones ejecutivas en el Estado. Es decir, que habla con rigor y de primera mano. Y desde luego, no es un nostálgico de nada relacionado con el régimen anterior.

    • «Lo que la crisis ha puesto de manifiesto de un modo brutal, es la destrucción del Estado que han conseguido los partidos políticos. Hoy una colección de estructuras inoperantes, incapaces de prever una epidemia, incapaces de hacer un plan de contingencia, incapaces de organizar un sistema de aprovisionamientos de urgencia, incapaces de fomentar la producción de bienes necesarios, etc. Nada de eso que denominamos Estado funciona bien».

      Permítame que discrepe de su observación. La responsabilidad, la capacidad y las funciones necesarias para prever una pandemia de estas características o la necesidad de idear, programar y aplicar con un mínimo de raciocinio un plan de contingencia, al igual que la labor tangible, material y efectiva de organizar un sistema de aprovisionamiento de urgencia o la capacitación para promover la producción de bienes necesarios, no se atribuye de manera abstracta a una «colección de estructuras inoperantes».

      Vaya que, en este sentido, demasiado bien funciona el Estado con el piloto automático puesto y casi por la misma inercia. Una evidencia que hemos podido comprobar en más de una ocasión ante la imposibilidad de formar de gobierno durante meses o ante la falta de acuerdos o presupuestos que sacar adelante.
      Y ya ni le cuento lo bien que debe funcionar en la comunidad autónoma de Cataluña, con un gobierno paralizado que cerró su parlamento y cuyo govern, apenas legisló, gestionó o agilizó ningún trámite que no estuviera relacionado con el monotema del procés.
      Así que no cuela eso de eso de adjudicar inutilidad manifiesta y inoperancia absoluta a unas estructuras de Estado que por sí mismas aun no tienen la capacidad de duplicarse y corromperse, mucho menos de preveer una pandemia ni de organizar un plan de aprovisonamiento.
      El día que se modernicen y se digitalicen adecuadamente no le digo yo que no, pero por ahora no es posible cargarles a ellas los muertos que hubieran podido evitarse ni la responsablidad de prevenir la pandemia ni la de actuar eficazmente dirigiendo un plan de contingencia.
      Unas funciones de liderazgo que por cierto, dada la urgencia y excepcionalidad, quizás hubieran sido mejor delegar en expertos técnicos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del
      Estado, los cuales tienen el conocimiento, la preparación y la experiencia necesarias para enfrentar y abordar estas crisis con un mínimo de estrategia y eficacia. Y por otra parte son los que tienen verdadera vocación de servicio público para darnos protección y seguridad, minimizando los riesgos, tal como están demostrando en esta pandemia.

      Seguro que los profesionales sanitarios hubieran estado en la primera línea del frente con mucho menos riesgo de lo que siguen estando, cuando han tenido la mala suerte de que la dirección, previsión y el aprovisionamiento haya estado en manos de unos completos inútiles, ineptos e inoperantes que encima tienen la poca decencia de obstaculizar, complicar las operaciones y no apartarse.

      • Hay mucho de cierto en lo que Ud. señala. En cierta medida, el Estado sigue funcionando de oficio. Sus rutinas siguen en marcha aún en las condiciones más adversas. Más a mi modo de ver, la «chispa de la inteligencia» se ha evaporado, diluida en estructuras mortecinas. De ahí que las situaciones excepcionales lo sobrepasen. El declive, el envejecimiento, la entropía, acecha a todas las organizaciones permanentemente, sean públicas o privadas. Los costes improductivos, las disfuncionalidades, el desorden, etc., tienden a crecer. La lógica del beneficio tensa las organizaciones mercantiles en su lucha permanente contra la entropía. En las organizaciones públicas, cuyos objetivos son de otro orden, la entropía es más difícil de combatir e históricamente terminan en colapso. Situación nada deseable.
        Mi punto de vista sobre el Estado, sin duda es unilateral y parcial. Acentúo los rasgos que me son favorables. El Estado no es un objeto sencillo de aprehender. Me centro en el declive histórico de esas estructuras y en la conveniencia de replantear sin prejuicios, radicalmente, el papel de esas estructuras en el mundo de hoy, de modo que no lleguemos a colapsar.

        • «Mi punto de vista sobre el Estado, sin duda es unilateral y parcial. Acentúo los rasgos que me son favorables. El Estado no es un objeto sencillo de aprehender»

          Discrepo en este punto, Tamuda. Su punto de vista no es más «unilateral y parcial» de lo que pueda ser el de cualquiera de nosotros. Todos pecamos al señalar y acentuar aquellos rasgos o aspectos que creemos más relevantes en el debate o en la comprensión del tema que se ponga en cuestión. Como ha sido el caso de esta crisis excepcional. En un contexto de normalización, sin crisis sanitaria mediante, estaría de acuerdo mayormente con su visión del Estado, pero en el contexto actual no me parecían tan relevantes en la explicación de la crisis.

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