Estamos asistiendo a un proceso en el que la pérdida de virtualidad de las formas de religiosidad tradicional, un fenómeno que no solo es europeo, ha creado el hueco para que se apodere de las conciencias una forma nueva de moralidad muy conectada con los procesos de globalización económica y cultural.

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Este fenómeno podría considerarse con frialdad como uno más de los cambios civilizatorios que se abren paso a consecuencia de vivir en un mundo que, al tiempo que parece no tener límites, pues en su mayoría se han roto, se va haciendo cada vez más estrecho y, en cierta forma, aldeano, por decirlo a lo McLuhan. Sin embargo, se trata de algo más, de una serie de cambios que no son ni inevitables ni insustanciales, y que están configurando, de manera tan continuada como artera, formas de normalidad que se disponen a arrinconar cualquier atisbo de tolerancia en defensa no de los derechos individuales sino de las nuevas verdades de salvación que se preconizan.

“Estado se llama el más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y esta es la mentira que se desliza de su boca: Yo el Estado, soy el pueblo”. Y ahora ese frío monstruo está empezando a insinuar nuevas formas de implantación global, a crear las condiciones en que parezca posible edificar una especie de imperio universal, una nueva China sin rival y sin fronteras

Lo más peculiar y trascendente de este proceso es que se hace a costa de una pérdida, que puede llegar a ser irreversible, de la libertad de conciencia, del aspecto más hondo y humano de la idea de libertad. El proceso, que ahora parece estar en manos de poderes económicos y supranacionales de gran envergadura en el campo de la comunicación, tiene sus orígenes en el fracaso económico y político de la izquierda, algo que se suele simbolizar con el derribo del muro (no fue una mera “caída”), pero que se origina bastante antes.

La primera etapa en la expropiación de la moralidad se da en el momento en que la política deja de distinguir con nitidez entre los ámbitos privados y los públicos. Esa confusión nace cuando el Estado de bienestar empieza a no ser sostenible, pero, a la vez, ha creado ya unas sociedades en las que muchos individuos pueden dejar de ser protagonistas de sus vidas para convertirse en demandantes de derechos y servicios que les pacifiquen y resuelvan la existencia e impongan una forma progresiva de igualdad social. Al pedir un imposible, han creado el esquema en el que han podido crecer nuevas mitologías de salvación.

Cuando los Estados se han visto en esa tesitura, la izquierda, que necesita sentirse progresista, ha aprovechado la oportunidad para enfocar la acción política a partir de nuevas formas de entender la vida que no dejan lugar a ninguna especie de libertad, formas de sentir, más que de pensar, que se edifican a partir del componente ideológico que se impone apoyándose en el hueco que ha dejado la religiosidad tradicional. De este modo, las fuerzas progresistas buscan la movilización de sus seguidores dejando de ocuparse de viejas agendas sociales, aunque disimulando cuanto se puede, para subsumir esas demandas en un desiderátum ideológico más amplio, capaz de definir nuevos sistemas de progreso y de conformidad  y ponerlo todo bajo el manto de la nueva religiosidad naturista, ecologista y feminista.

Al actuar de este modo, la izquierda ha sido más fiel a su tradición de lo que suele decirse, porque siempre (salvo en el breve período de relativo éxito de la socialdemocracia moderada en Europa) ha concebido la política como una acción esencial que invade e invalida todo lo demás, puesto que cree en lo que me gusta llamar politización de la existencia como llave de la historia y del progreso.

La novedad del momento actual está en que se está consolidando una alianza objetiva, como diría un viejo comunista, entre los partidos de izquierda y algunas/muchas de las grandes fuerzas del capitalismo financiero y tecnológico. Este pacto de intereses  no es tampoco demasiado nuevo, porque hace ya mucho tiempo que los grandes grupos económicos han comprendido la importancia de llevarse bien con los políticos que manejan cifras astronómicas de gasto público (recuérdese que Eisenhower tronaba ya al despedirse de su presidencia en 1961 contra el military–industrial complex), y es a partir de esa cercanía en el trato cómo ha podido edificarse el nuevo paradigma político en el que confluyen poderosos intereses económicos y esa forma de entender la política que lleva a acabar con la libertad para obtener cualquier forma posible de orden perfecto, de realización de un modelo ideológico contra el que no es posible conspirar y en el que cualquier disidencia se concibe como fascismo.

Este proceso de confluencia favorece la politización de la existencia, la transformación de la vida personal y, desde luego, de la vida política en una tarea agónica, en la defensa de nuevos dogmas no ya económicos sino morales que, con frecuencia, se pretenden apoyados en la ciencia, unos dogmas que no pueden consentir que se les considere como meras creencias, pues pugnan por convertir a la ciencia en una especie de esclava de la política. Es corriente expresar esta idea con una fórmula de apariencia simple, “lo personal es político”, porque nada queda fuera de del alcance del poder. Así pueden pasar a ser delitos/pecados cuestiones tales como preferir un coche de motor térmico a un vehículo eléctrico, tener dudas sobre cuáles puedan ser las mejores maneras de respetar y mejorar el medio ambiente o considerar que hay determinaciones naturales de la conducta humana que no se pueden reducir a un constructo social.

Cuando la politización de la existencia engarza con formas de globalización de la conciencia moral se crea una mentalidad y una cultura que conduce de forma inexorable a la sumisión absoluta a los designios del poder, a confundir la democracia con el autoritarismo, a renegar de la libertad para que se consiga imponer el Bien de forma perentoria, es decir a legitimar la dictadura, a emplear el miedo para evitar el Mal, lo que supone rendirse a una definición orwelliana del infierno, el lugar en el que el poder se convierte para siempre en incuestionable. Nietzsche acertó a prevenirlo en su Zaratustra, “Estado se llama el más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y esta es la mentira que se desliza de su boca: Yo el Estado, soy el pueblo”. Y ahora ese frío monstruo está empezando a insinuar nuevas formas de implantación global, a crear las condiciones en que parezca posible edificar una especie de imperio universal, una nueva China sin rival y sin fronteras.

Foto: Ehimetalor Akhere Unuabona.


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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web