Que vivimos tiempos proclives al extremismo, al sentimentalismo y a la gresca parece bastante claro; que nuestros tiempos han hecho que la ignorancia y la falta de interés y respeto por la verdad hayan adquirido un relieve y una agresividad crecientes también puede darse por admitido, aunque tal vez este fenómeno no sea tan grave en todas partes. Que todo esto se haya producido al tiempo que la globalización se ha intensificado lleva a que sea razonable suponer que existan abundantes y profundas relaciones causales entre fenómenos que, en principio, parecieran no tener mucho que ver.  Esa misma intuición es la que nos lleva a suponer, tal vez de manera en exceso pomposa, que la pandemia nos traerá un mundo muy distinto al de hace solo un año.

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Las personas con formación humanística tienden a pensar que la causa común a estas curiosas deformidades se encuentra en el tipo de relaciones humanas que han florecido a consecuencia del desarrollo tecnológico. Es obvio que nuestra relación con el mundo natural en que hemos venido a la luz nada tiene en común con lo que pasaba hace cien años, y que las últimas décadas han acentuado este fenómeno de manera muy intensa. Cuando se pierde relación con las raíces se producen una serie de alteraciones en la psicología humana que han servido de escabel a cambios culturales y morales de cierta importancia. La paradoja está en que el desarrollo tecnológico, que exige altas inversiones de capital y una extrema concentración de ciencia, investigación e inteligencia haya servido para permitir que proliferen tipos humanos muy simples y miopes, lo que se ha llamado el hombre masa.

De la misma manera que solo hay cuatro puntos cardinales, en la comprensión del mundo político tienden a producirse dualidades irreductibles, derecha e izquierda, progresistas y conservadores, autoritarios y liberales, etc. cuya interacción en forma comprensiva permiten la existencia de formas de pluralismo y de actitudes respetuosas, es decir hacen posible la libertad física

Este fenómeno no es de ayer, y fue descrito con tintes bastante expresivos por Ortega y Gasset hace ya casi 100 años, pero es ahora cuando tal vez esté adquiriendo su forma más preocupante de virulencia. El otro efecto decisivo de la tecnología está siendo la modificación de la economía con consecuencias muy graves en el trabajo, lo que Sennett llamó la corrosión del carácter. Ambos juntos son responsables de buena parte de la inestabilidad moral que caracteriza el mundo contemporáneo. Un tercer factor de carácter geopolítico, que no es independiente de los primeros, acaba de complicar el panorama, en especial desde el punto de vista europeo: la disminución de la importancia relativa de nuestras viejas naciones, y la aparición en escena de los grandes países, en especial de China.

En lugar de tener un hogar público en calma, nos vemos asaltados por toda clase de incitaciones y muchos tienden a pensar que el viejo mundo se está acabando para siempre y que nos adentramos en otro para el que no existen instrucciones conocidas, pero esa ha sido siempre la regla de oro de la historia humana. Esas especies de temores provocan, desde el punto de vista político, que se haya hecho muy común volver a presentar como soluciones fórmulas que se creía definitivamente desprestigiadas, pero ya se sabe que los seres humanos tenemos la rara capacidad de tropezar con frecuencia en la misma piedra. La conciencia de ocaso y el temor al futuro actúan como catalizadores de los extremismos y se convierten en argumentos contra cualquier forma razonable de mantener y mejorar el rendimiento de las democracias liberales.

Los dogmatismos que debieran producir extrañeza y rechazo se presentan como fórmulas salvíficas y, muy de acuerdo con su carácter, tratan de imponerse por las bravas. Es posible que no sea casual el que las redes sociales hayan impuesto un tipo de comunicación que se supone muy atento a la audiencia pero que, sobre todo, se caracteriza por una brevedad muy agresiva. Eso permite entender, pero no justifica, que la política tienda a convertirse en un intercambio de eslóganes, hasta el punto de que ha existido un presidente en los Estados Unidos que ha convertido esa técnica en un procedimiento para alcanzar la hegemonía política.

Cualquiera que tenga un par de años de estudio sabe que no se puede explicar el evangelio en unos pocos caracteres y que tampoco el Quijote, la física clásica o la economía admiten semejante ascesis expresiva. Cualquier reducción de la complejidad intelectual, cultural y moral a un intercambio de brevedades es un equívoco, en el que ha terminado cayendo el mismísimo Vaticano. Entiéndase bien, no es que esté mal trastear con esa clase de tarjetas de visita, pero cualquiera con dos dedos de frente debiera preocuparse si ese modelo de comunicación se acaba imponiendo en política, porque eso significaría de manera ineludible una gran ventaja para los extremismos y una pérdida de sentido para la democracia.

De la misma manera que solo hay cuatro puntos cardinales, en la comprensión del mundo político tienden a producirse dualidades irreductibles, derecha e izquierda, progresistas y conservadores, autoritarios y liberales, etc. cuya interacción en forma comprensiva permiten la existencia de formas de pluralismo y de actitudes respetuosas, es decir hacen posible la libertad física, que, como decía Hayek, haya quien pueda pensar, decir y hacer cosas que no nos gusten. Si, por el contrario, la simplificación se impone se asfixia el clima en el que es hacedera una convivencia en paz, y los que se llaman a sí mismos antifascistas empezarán a llamar criminales a quienes no les sigan, y serán multitud, pero puede suceder también, lo que será más incomprensible, que quienes se sienten defensores de la libertad se apresuren a reducir el mundo entorno a la manera de los antifascistas de oficio.  El resultado no podrá ser bueno para nadie.

Vivimos en un mundo en el que nos falta inteligencia para valorar cuanto de nuevo sucede, y no paran de pasar cosas, de forma que es explicable la tentación de simplificar, de correr a refugiarse en evidencias inmediatas, en seguridades que se sienten en entredicho. Hay que resistir esa tentación con paciencia, inteligencia y cierta audacia esperanzada, pues lo contrario nos llevaría a la guerra, a esa forma primitiva de resolver los problemas a garrotazos, solo que esta vez pretendiendo, por paradójico que sea, estar cargados de razón, lo mismo que ahora podríamos destruirnos con mucha más eficacia y rapidez que nunca en el pasado.

La globalización viene con amenazas y problemas, pero es hija del progreso y de la inteligencia y sería muy necio tratar de pararla mirando atrás. Hay que mirar hacia adelante, sine ira et studio, sin rencor ni parcialidad, como Tácito se proponía narrar la historia de Roma, aunque sea evidente que conformar el futuro resulta algo más complicado que entender lo que ya pasó, pero quienes quieran llevarnos por el camino de la exageración, el extremismo y la ira están ciegos y/o son unos miserables.

Foto: Cristian Castillo.


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A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web