Ser de centro o moderado hoy parece consistir en estar del lado de la historia. Y como en política la historia la escriben o reescriben los más determinados a tomar el poder, ser de centro consistiría en no oponerse sino en integrarse en el proceso.

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Así, la visión que domina la acción política, sin que los gobiernos sean necesariamente de izquierda, es la que se da en llamar progresista. Una visión que, en realidad, pese al alarde de buenos sentimientos no salvaguarda al individuo o, si se prefiere, a la persona, sino que la disuelve en figuras colectivistas —la ciudadanía, la humanidad, la sociedad, la gente—. Absolutos que sólo se descomponen en unidades menores para respaldar políticas públicas mediante el uso y el abuso de las ciencias sociales. Pero estas unidades, que representarían a los sujetos, no tienen ni un sólo rasgo humano. Son sólo datos a desagregar y volver a agregar para componer estadísticas y gráficos.

La transformación de las sociedades capitalistas competitivas en sociedades tecnocráticas dirigidas ha permitido que el ideal progresista se enseñoree de la política. Un ideal que sostiene que es posible planificar el futuro para que suceda de una forma determinada. Es más, concluye que estamos compelidos a hacerlo porque sin planificación el futuro tiende a ser por definición un desastre apocalíptico. Y nuestro deber moral es evitarlo.

Limitar cada vez más las opciones y la libertad de las personas para que los planificadores no puedan ser desafiados, supone dejarlas atadas de pies y manos ante un futuro que es, se quiera o no, un horizonte de sucesos inabarcable

Sin embargo, la creencia de que futuro puede ser planificado choca con las diferentes necesidades e incentivos de los sujetos que conforman la sociedad, y cuyas decisiones se traducen en millones de acciones relacionadas que generan a su vez millones de pequeñas reacciones: fricciones, contingencias y azares que, sumados, constituyen una niebla de incertidumbre impenetrable incluso para los más sagaces planificadores.

Pero los ingenieros sociales son inasequibles al desaliento. Para sortear el problema de la incertidumbre acompañan la planificación con restricciones que limiten el margen de maniobra de los sujetos, pues piensan que, si las opciones se reducen, por lógica el umbral de incertidumbre disminuirá en proporción a las restricciones impuestas.

Lamentablemente las restricciones no operan en un entorno hermético o un ecosistema encerrado en una lata. La sociedad es diversa, reactiva y porosa, no un gas inerte recluido en una cámara hiperbárica, por lo que las restricciones acaban generando efectos contrarios a los perseguidos. Los sujetos, en vez de renunciar a sus aspiraciones y necesidades, intentarán satisfacerlas operando fuera del marco normativo. Esto es lo que da lugar, por ejemplo, a la llamada economía sumergida, que no aparece de forma caprichosa, por simple indolencia o falta de civismo, como apuntan las crueles almas bellas, sino que es en buena medida reflejo de un sistema de restricciones incompatible con la realidad particular de muchas personas.

Un caso extremo bastante ilustrativo de inoperancia de las restricciones lo tenemos en El Cairo, donde son necesarios 77 procedimientos burocráticos, que involucran a 31 agencias y tardan hasta 14 años, para adquirir y registrar un terreno en propiedad y construir una casa. ¿Esto ha disuadido a las personas de tener vivienda en propiedad? No, en absoluto. Lo que ha sucedido es que casi cinco millones de egipcios han decidido construir viviendas ilegales. Y es muy habitual que el propietario de una casa añada hasta tres pisos ilegales para alquilarlos a sus familiares. ¿Querías limitar la expansión urbanística para cobrar mordidas a los infelices cairotas que se empeñan en tener vivienda propia? Pues toma tres tazas.

Pero no es necesario recurrir a casos extremos. Hasta las iniciativas más simples de ingeniería social suelen desencadenar reacciones inesperadas y también desternillantes. En la India colonial, por ejemplo, las autoridades intentaron resolver el peligro de la gran abundancia de cobras en una ciudad ofreciendo una gratificación económica a cada ciudadano que entregase a la administración local una serpiente muerta. La medida funcionó hasta que algunos descubrieron la rentabilidad de establecer criaderos de cobras, favoreciendo su reproducción. Al descubrir la picaresca, las autoridades retiraron el pago… y los criadores liberaron todas sus serpientes. La medida, en principio, de una lógica indiscutible, había dado lugar a más serpientes venenosas fuera de control que al principio. De ahí que este fenómeno, en el que la planificación desencadena efectos adversos, se conozca como ‘efecto cobra’.

El siglo XX y lo que llevamos del XXI ofrecen innumerables ejemplos de cómo la creencia dominante en mayor o menor medida en todos los gobiernos de que el futuro puede y debe ser planificado, sucumbe una y otra vez a la ley de las consecuencias inesperadas. El problema es que para los planificadores lo prioritario no son los sujetos y sus necesidades —las personas de carne y hueso son un coñazo— sino la sociedad ideal proyectada. Los individuos son sólo datos agregados, a lo sumo insignificantes piezas cuyo destino es encajar en sus pronósticos, aunque sea a martillazos.

El caso que, quizá, mejor ilustre el fracaso de este enfoque es el de las políticas sociales desarrolladas durante décadas en los Estados Unidos mediante el Temporary Assistance for Needy Families (TANF), un programa especialmente orientado a mejorar la situación de la población negra. El TANF ha supuesto un desembolso de muchos miles de millones de dólares a lo largo del tiempo, sin embargo, de ese dinero sólo en 4 por ciento ha sido proporcionado de forma directa (bien sea mediante una ayuda económica o bien mediante oportunidades laborales), mientras que el 96 por ciento restante se ha destinado a programas de orientación y reeducación. ¿Qué podría salir mal?

No tiene mucho sentido, por ejemplo, financiar programas de educación marital para promover la estabilidad de las familias negras cuando la principal causa de inestabilidad y ruptura de la unidad familiar es la falta de ingresos. Lo que sí parece tener bastante más sentido, por supuesto, es que atender al sujeto y sus necesidades con ayudas directas requiere una mínima estructura burocrática, mientras que la promoción de vastos programas de educación y asistencia social permite integrar en el presupuesto a infinidad de funcionarios, técnicos, pedagogos y psicólogos sociales; y lo que es más importante, incrementar el poder de los gobiernos. Así, lejos de haber mejorado, la situación de la población negra ha empeorado… pero el número de esforzados agentes dedicados en cuerpo y alma a planificar su bienestar ha crecido exponencialmente.

Un caso más reciente de planificación fallida y de gran importancia es la actual crisis energética global, que es fruto en buena medida de la planificación de la transición energética, las restricciones que la acompañan… y la ley de las consecuencias inesperadas. ¿Cómo anticipar que la concatenación de una serie de sucesos extraordinarios convertiría la eliminación sistemática de alternativas y los derechos de emisión de CO2 en una grave amenaza para la prosperidad y la estabilidad geopolítica? Ningún planificador que se precie, desde luego.

Hace poco más de dos años no se sabía que un virus iba a poner el mundo patas arriba, por más que fuera algo plausible. Mucho menos se había contemplado que el bloqueo de países enteros, más allá de afectar gravemente a la economía, tendría efectos inesperados, como la resistencia de millones de personas, que por casualidad han descubierto las ventajas del teletrabajo, a retomar sus anteriores empleos y que otros tantos hayan decidido jubilarse anticipadamente, como ha sucedido en Canadá (y seguramente en otros países). Estos fenómenos están provocando que muchos empleos que son poco atractivos y sin embargo esenciales tengan déficits de ocupación de hasta el 40 por ciento, y que infinidad de empresas, entre las que se encuentran las dedicadas a una actividad tan crítica como la logística, estén en el límite de la operatividad.

Planificar el futuro para que el mañana sea de una determinada manera es de todas las pretensiones humanas la más arrogante, costosa, inútil y peligrosa, y en buena medida también la más interesada.

Llegados a este punto, no está de más recordar que el propio John Maynard Keynes, padre de la planificación y el intervencionismo modernos, al dirigirse a los norteamericanos en 1940, reconoció que la guerra era fundamental para la recuperación económica: «Los preparativos que ustedes hacen para la guerra, muy lejos de exigir un sacrificio, serán un estímulo, que no podría obtenerse con la victoria o la derrota del New Deal, que influirá sobre el consumo individual y promoverá un más elevado nivel de vida». Como apuntó acertadamente Paul Johnson, si el intervencionismo era eficaz, se necesitaron nueve años de derroche y una guerra mundial para comprobarlo.

Sea como fuere, quienes pretenden anticiparse al futuro, en el mejor de los casos contemplarán lo que se conoce en el presente, y ya es mucho suponer, pero no pueden incluir en sus sofisticadas ecuaciones aquello que se desconoce porque todavía no ha sucedido, bien sea un fenómeno natural o bien un nuevo y revolucionario ingenio humano. Siendo esto así, limitar cada vez más las opciones y la libertad de las personas para que los planificadores no puedan ser desafiados, supone dejarlas atadas de pies y manos ante un futuro que constituye, se quiera o no, un horizonte de sucesos inabarcable y que, pese a los sueños de la razón o los delirios ideológicos, siempre es y será imprevisible.

Foto: Number 10.

1 COMENTARIO

  1. La debacle no es tanto de los planificadores a los que no les falta nada ya que viven de lo ajeno, sino de las sociedades que pretenden planificar que son las que sufren la debacle cuando la planificación no sale según lo esperado y el caos burocrático, el abuso de poder, la inseguridad jurídica y la corrupción acaban asfixiando la economía de libre mercado, el mejor ejemplo de ello son los regímenes socialistas.

    Actualmente tenemos el caos inflacionario y el estancamiento de la planificación monetaria, luego está la crisis energética e industrial por todo esto de hipotético cambio climático y finalmente está el caos moral que ha supuesto la imposición de la ideología de género, feminismo y demás ideología posmodernas.