Ver un gatillazo intelectual en el diario El País no es noticia. Aún así, no he podido evitar sentir cierta decepción al leer la ya penúltima homilía sabatina de Ana Iris Simón en esas páginas. No es un fallo suyo, sino mío. Me he dejado contagiar por el entusiasmo de otros por la autora de Feria. Debí estar prevenido. El costumbrismo moralizante es tierra yerma del pensamiento.

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Ana Iris zahiere al liberalismo y al conservadurismo, o al menos eso imagina. Nos cuenta que se ha encontrado a un unicornio azul que le habría asegurado que el individuo es unidad de medida. No conozco a nadie que haya expresado una idea tan estúpida como esa. Una medida ¿de qué? Quizás es que la escritora tenga mala suerte. También puede ser que le haya fallado el oído. O acaso haya malinterpretado las palabras de su interlocutor, al que acusa de tomarse un café y un licor de crema.

Ana Iris habla del Estado burgués como si fuera algo malo. Yo no utilizo esos términos, pero pensemos en las alternativas. ¿Qué tal un Estado proletario? ¿Y qué tal un Estado nacional-proletario? Ahí casi casi nos quemamos, ¿verdad, Ana Iris?

Muy probablemente sea esto último. Podría equivocarme, pero por las mismas podría tocarme el gordo de Navidad. Jonathan Haidt realizó un conocido experimento en el que sentaba a quienes allí, en los USA, llaman “conservadores”, y aquí, en la homilía de Simón, se llama “serpiente liberal conservadora”. Les pregunta sobre cuál es el pensamiento de izquierdas, y sobre las motivaciones que tienen al mantenerlo. Las serpientes interpretan correctamente el pensamiento del otro, y le reconocen buenas intenciones. Del otro lado no se ofrece una imagen especular, fiel pero con los lados cambiados. No. Retuercen la forma de pensar liberal o conservadora, y le achacan unas intenciones perversas. Tan perversas como para utilizar las palabras “serpiente”, “boa”, “víbora”, “culebra”…

Es difícil mantener una conversación en estas condiciones. Si tú eres una persona, una persona que incluso escribe en El País, y del otro lado tienes una víbora, ¿qué intercambio de ideas puedes tener? Si la bestia ni siquiera te pide que no la pises. La deshumanización del rival intelectual, incluso al nivel intelectual de un bordillo, no es nueva. Tiene muchos antecedentes en el siglo XX.

En una homilía de Don Camilo no ha de faltar la mención al maligno, y esta no ha sido una excepción. Bien es cierto que Simón se refiere a Lucifer, que como su nombre indica… Pero dejémoslo. ¿Qué más da?

Bien, yo quizás sea conservador, pero en un sentido que Simón seguramente ni imagine; y viendo las palabras que ha puesto en la boca del cafetero, imaginación no le falta. Sí soy liberal, pero de nuevo no como nos imagina la autora Simón, “amoral, transgénico, transgénero, transespecie y transedad, drogadicto (¡!), y abortero, posmoderno y poshumano” (sic). ¡Y apátrida, que lo otro ya lo he dicho!

De modo que tenemos en el artículo el grueso del pensamiento de izquierdas de hoy, que consiste en colgar sambenitos al otro. Pero hay más. La elipsis permite a Ana Iris dar por cosa juzgada lo que no son más que prejuicios sobre lo que propone el liberalismo, y eso en el mejor de los casos. En este punto, uno se siente como Sísifo, teniendo que elevar la piedra aún otra vez; pero ahí vamos. En el fondo, me gusta.

Si hay que hablar de medidas y de liberalismo, dejémoslo en que el hombre es la medida de muchas cosas. Ir más allá de eso supone dar saltos al vacío. ¿El hombre es, las personas somos? Lo dejo a su criterio.

El libre mercado, por ejemplo, es el encuentro entre personas que llegan a los acuerdos que desean, y rechazan los que no les conviene, sobre lo que les pertenece. ¿Qué es mercantilismo para Ana Iris? Si es una concepción del manejo económico, aquí comparece su adorado Belcebú, o mejor su Leviatán, que aquí también sabemos jugar a eso. Pero si es el libre intercambio de artículos por dinero, ni ella ni yo tenemos nada que objetar. Quizá en su caso, o en este caso, el acuerdo mercantil se oponga fieramente a la filosofía. Pero no tiene por qué ser así. De nuevo, no voy a poner ejemplos porque ¿para qué?

El egoísmo es el pons asinorum de la ética. Como guía urgente diré que todos buscamos cumplir fines, y que hacerlo no es necesariamente egoísta. Que el egoísmo consiste en anteponer los fines propios a los de los demás de una forma inmediata. Que, en consecuencia, el egoísmo se mitiga cuando puedes acordar, con los demás, formas en las que todos nos acerquemos a lo que queremos hacer, porque tu bien está en el acuerdo con otros. Y que el egoísmo se acentúa cuando ese entramado de acuerdos, que llamamos el mercado, no se permite.

Ana Iris habla del Estado burgués como si fuera algo malo. Yo no utilizo esos términos, pero pensemos en las alternativas. ¿Qué tal un Estado proletario? ¿Y qué tal un Estado nacional-proletario? Ahí casi casi nos quemamos, ¿verdad, Ana Iris?

La familia, no hace falta ser Milton Friedman para reconocerlo, es el ámbito natural en que nos convertimos en personas. Y las personas son el centro del interés moral y de otro tipo del liberalismo. La obsesión por la producción entra en otros terrenos intelectuales, de los que las botas de la autora Simón están manchadas.

Atacar la familia nunca puede ser un objetivo liberal. Si tenemos libertad, somos familiares, con todas las ataduras que tiene ese vínculo. Tan es así que es su adorado Leviatán el que atenta contra la familia. Y lo hace por puro aborrecimiento de una sociedad liberal.

No existe el liberal que piense que el individuo sólo se realiza plenamente como ermitaño. O como estilita. La escritora no lo conocerá, pero hay un concepto fundamental en la concepción del hombre y de la sociedad por parte del liberalismo, que es la división del trabajo. No somos por y para nosotros mismos, sino con y para los demás, en un toma y daca de cooperación que llamamos… Bien, ya lo he dicho antes. Y, por último, el liberal entiende, valora y celebra las instituciones que pertenecen a la sociedad, sin más interferencias. ¿Cómo iba a ser de otro modo? Por eso, colectivo y colectivismo no son la misma cosa. El «ismo» es la voluntad de imponerse sobre los demás, mientras que la vida en común es el encuentro de cada uno de nosotros con los demás, gracias a instituciones como el lenguaje, la moral, el derecho, el dinero, el mercado, y demás.

En fin, que al liberalismo no se le acerca ni por asomo. Ni sospecha lo que pueda ser. Pero escribe en El País, eso sí.

Foto: Steve Harvey.


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