Como viene siendo habitual en los últimos tiempos, el llamado consenso socialdemócrata está siendo cuestionado más que nunca. Inicialmente por los llamados populismos de izquierdas y más recientemente por los llamados populismos de corte nacionalista conservador. El estado del bienestar, en el que descansaba tradicionalmente la política socialdemócrata, está seriamente cuestionado por la presión migratoria, las llamadas políticas identitarias y lo será en fechas próximas por el surgimiento de la llamada economía verde que supondrá una disminución de la calidad de vida de los ciudadanos, que pagarán más impuestos y sufrirán importantes restricciones en el acceso a bienes y servicios por la llamada emergencia climática. Frente a esta situación, hay una parte de la ciudadanía que no se resigna y que, pese a las advertencias del establishment, se obstina en votar opciones políticas críticas con la agenda globalista, el alarmismo climático o la neofeudalización de la sociedad en grupúsculos identitarios.

El sistema en que se basa el consenso socialdemócrata responde estigmatizando a los partidos nacional conservadores como opciones neofascistas, invocando así los temores atávicos de una buena parte de la sociedad europea relativos al sangriento siglo XX, o creando neologismos, como el de la llamada posverdad, que justifiquen un recorte en la libertad de opinión.

Pese a lo que digan ahora la mayoría de los medios de comunicación de masas el acceso a una información veraz siempre ha sido un problema epistémico de primer orden. La manipulación informativa ha existido siempre y no ha sido patrimonio exclusivo de la llamada derecha. El Gavlit soviético, organismo de censura en los medios de comunicación, tenía la misión de velar para que los medios de comunicación del país no se desviasen de las directrices ideológicas del partido. Esta nueva misión de velar por la ortodoxia del mensaje tiene que justificar siempre su labor censora. Ya sea en la antigua Unión soviética o en la moderna Unión Europea. Ya no se trata, como ocurría en la Unión Soviética, de la amenaza de las fuerzas contrarrevolucionarias, ahora se trata de garantizar que los ciudadanos ejerzan debidamente sus deberes epistémicos.

Si aplicáramos esa dieta informativa que algunos postulan como el antídoto contra la posverdad y las fake news, personajes como Galileo, Newton, el mismo Darwin o la mecánica cuántica no tendrían hoy la más mínima relevancia en la medida en que postulaban en su momento alternativas que se consideraban irrelevantes

Tradicionalmente se ha entendido que el ejercicio de determinadas profesiones (juez, médico, ingeniero…) implica el deber de poseer un acervo de conocimientos vinculados a esa profesión en cuestión a fin de poder garantizar que el ejercicio de la misma discurriera según los cauces propios de la buena práctica profesional. Hoy en día, en que vivimos inmersos en una auténtica sociedad de la información, se pretende que todos, por el mero hecho de ser ciudadanos, tengamos obligaciones epistémicas de saber ciertas cosas y de ignorar otras. Esta pretensión de exigir un deber de vigilancia epistémica fuera del ámbito de determinadas profesiones surgió a partir de un artículo escrito por el filósofo y matemático William Kingdom Clifford, The Ethics of Belief, a finales del siglo XIX. En la actualidad hay toda una corriente en el seno de la llamada filosofía analítica que trata de la vertiente ética de la llamada epistemología de las creencias.

Según nos dicen hoy en día el problema no reside tanto en que no se valore críticamente la información de la que disponemos, más amplia y más diversa que en ninguna otra época de la historia, cuanto que quizás tengamos un exceso de información a nuestro alcance. Mucha más información de la que somos capaces de analizar y procesar correctamente. Al igual que la malnutrición no sólo se deriva de una insuficiente ingesta de alimentos, sino que también puede derivar de un exceso de alimentación a partir de productos con poco valor nutricional. Los partidarios de la neocensura como antídoto contra la posverdad abogan por establecer controles y restricciones en nuestra “dieta informativa” para así facilitar nuestra diligencia epistémica.

Frente al auge del llamado escepticismo posmoderno, que niega cualquier pretensión de verdad, el auge de las llamadas teorías conspirativas o el desprestigio del argumento de autoridad, se aboga por tratarnos como menores de edad y postular reformas legislativas que restrinjan nuestro acceso a multitud de fuentes de información que no lleven el imprimatur del consenso socialdemócrata.

Jesús Navarro Reyes, uno de los más brillantes epistemólogos españoles, apunta que el mal de la llamada posmodernidad no radica tanto en la ausencia de espíritu crítico en la opinión pública o en el descrédito de unos medios cada vez más obscenamente vinculados a poderes políticos y económicos concretos, cuanto al consumo de demasiada información de escaso valor informativo en nuestra sociedad.

Navarro, una gran conocedor del llamado escepticismo moderno (Montaigne, De la Bottie, Francisco Sánchez….), contrapone el sano escepticismo de los antiguos que servía como acicate a la búsqueda de la verdad al escepticismo posmoderno que niega la posibilidad del acceso a la verdad. El primero hace en el ámbito de la epistemología las mismas funciones metabólicas que realiza la mitocondria en la célula eucariota, el segundo tiene la misma función biológica que el colesterol malo en la sangre; dificultar el flujo de la buena información.

Las fake news dicen que amplifican las alternativas irrelevantes, en el sentido en que dan voz a  opiniones minoritarias. Si el 99 % de la comunidad científica está de acuerdo en el llamado cambio climático de origen fundamentalmente humano, ¿por qué dar espacio informativo a los críticos del alarmismo climático?

Popper y su falsacionismo pusieron sobre la mesa el carácter no dogmático que tiene el verdadero pensamiento científico. Sólo es ciencia aquella que permite el acceso a su propio cuestionamiento. Si aplicáramos esa dieta informativa que algunos postulan como el antídoto contra la posverdad y las fake news, personajes como Galileo, Newton, el mismo Darwin o la mecánica cuántica no tendrían hoy la más mínima relevancia en la medida en que postulaban en su momento alternativas que se consideraban irrelevantes.

No todo escepticismo desemboca necesariamente en nihilismo reactivo a lo Nietzsche, también puede servir de estímulo y acicate para perfeccionar nuestro conocimiento. Al escepticismo de un Montaigne le siguió un cartesianismo que constituyó el paradigma epistemológico de buena parte del siglo XVII.

Los que acusan de irracionalismo a aquellos que mantienen opiniones críticas con el consenso socialdemócrata deberían valorar críticamente sus propios presupuestos epistemológicos. Si el principal argumento que los alarmistas climáticos pueden presentar a la opinión pública escéptica es el fideísmo de una nueva apuesta pascaliana según la cual es más prudente creer en el inminente apocalipsis que no hacerlo o el irracionalismo sentimentaloide de una nueva cruzada de los niños dirigida por Greta y sus gretinos, ciertamente se puede concluir que la racionalidad no parece radicar precisamente del lado de  aquellos que enarbolan la bandera de la neocensura ante la incapacidad de presentar argumentos concluyentes en favor de sus tesis.


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