“Soltera y sin hijes. ¿Te identificas con el estereotipo que las marcas muestran?”. Adriana Castro se duele en un artículo con este ingenioso título de que la sociedad considera que las mujeres que no se han convertido en madres porque han antepuesto sus objetivos profesionales “solemos tener el personaje de egocéntricas o amargadas que preferimos la vida profesional por encima de la crianza. También simbolizamos roles infantiles en los que ‘aún no hemos madurado’ y, motivo por el cual, no ejercemos la maternidad”.

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Debe de ser dura la vida de Adriana Castro, sometida al sempiterno encuentro con un estereotipo que resulta muy injusto con ella. O eso debemos pensar, porque la autora no nos da más información sobre por qué no encaja en él. Considera que “una mujer sin hijes debe ser brillante en lo profesional para justificar su no maternidad”. No puedo dejar de preguntarme ante quién tiene que justificarse, y cuál es la importancia de ese juicio.

Esta crítica a los estereotipos propone como ideal una actuación asocial; desvinculada del proceso social. En ambos casos, la conclusión es inevitable si lo que se plantea es acabar con lo que hay

La cuestión llega a ser grave: “Pareciera que tuviéramos que cargar con el peso de nuestras decisiones a modo de castigo”. Y, claro, ¿no sería mejor no asumir las consecuencias de nuestras decisiones? ¿O que se nos felicitara por cualquier decisión que llevásemos a la práctica? No es que Castro lo proponga, pero no hay que dar más que un pequeño paso, y pasamos del averno de la responsabilidad al paraíso de la actuación despreocupada.

Un caso distinto es el de Patricia Miranda. Tiene 29 años y dos hijos por elección propia y no por la presión social, nos dice Sugeyry Romina Gándara. “Creo que es importante para nosotras el poder decidir en qué momento nos sentimos preparadas o deseamos concebir y traer al mundo a nuestras crías” dice Miranda. No como “otros tiempos donde prácticamente era obligada la maternidad, es decir, que al llegar a cierta edad tenías que casarte, tener hijos y llegar hasta ahí”.

Si decidir por uno mismo aislado de las convenciones sociales es ya una tarea ardua, no hay que perder de vista lo siguiente: “El mayor reto que enfrentamos es el hecho de que nos sentimos juzgadas todo el tiempo (…) Casi siempre es a la mujer a la que juzgan cuando no hacemos lo que se debe hacer, según las normas sociales de lo que es maternal”.

Bien, hay un fondo de reproche en estos dos ejemplos, que nunca queda del todo explicitado. Casi se explica la crítica a los estereotipos: en la sociedad se comparte de forma mayoritaria, no tiene por qué ser plenamente, una serie de expectativas sobre lo que hacemos o dejamos de hacer en función de quienes seamos y el papel que juguemos en la sociedad.

Los estereotipos son los otros, pero nunca son los propios. Hay que escuchar a quienes luchan contra los estereotipos lo que dicen de cómo funciona la sociedad… no dicen más que estereotipos, aunque más estúpidos que los que critican. Por otro lado, esos otros que reproducen los estereotipos, parece que no tengan el derecho a actuar también como les dé la gana. Por ejemplo, teniendo esas ideas u otras sobre cómo se puede actuar de un modo más adecuado.

En definitiva, esas expectativas recaen sobre nosotros en función de la persona que seamos. La palabra persona viene de “per sonare”, que era una bocina que se utilizaba en el teatro romano para amplificar la voz de los actores. Esa bocina formaba parte de una máscara que indicaba cuál era el papel que ejerce el actor en la obra. Por metonimia, per sonare se identificó con el personaje en la obra, y la metáfora de la persona en el teatro del mundo se hace sola. Luego sí, la persona nunca ha sido un individuo perfectamente aislado que toma sus decisiones en una probeta, sino que es parte de una sociedad en la que juega un papel.

Esas ideas sobre la función social que tenemos cada uno (si no nos tomamos muy en serio lo de “función”), no son arbitrarias. Están basadas en la actividad diaria, en muchos casos con comportamientos que se repiten desde hace más generaciones que las que puede recordar uno. Y nos ayudan a socializar e interactuar con los demás. Y, en consecuencia, nos ayudan a cumplir nuestros objetivos.

El presupuesto de las críticas a los estereotipos es que sólo podemos/debemos actuar desde nuestro interés más inmediato, sin tener en consideración lo que piensen los demás, y movidos por un egoísmo estrecho. Un egoísmo científico por lo que tiene de rechazo de cualquier idea previa. Y justificado sobre sí mismo.

No deja de ser curioso el paralelismo entre el fin último del marxismo ¡de Marx!, y el fin último del llamado marxismo cultural. Karl Marx planteó una crítica demoledora, aunque fallida, a la división del trabajo. Y planteó como paso último de la humanidad una sociedad en la que cada uno produciría sus propios bienes, sin contar con la colaboración que aportan otros mientras persiguen sus propios intereses. Es decir, sin división del trabajo. Esta crítica a los estereotipos propone como ideal una actuación asocial; desvinculada del proceso social. En ambos casos, la conclusión es inevitable si lo que se plantea es acabar con lo que hay.

Foto: mari lezhava.


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