Es fácil aceptar el célebre aforismo de Wittgenstein “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, pero es posible que no lo sean sus notables consecuencias. El lenguaje nos ha permitido sobrevivir como especie humana, evolucionar y también adaptarnos, en la medida en que gran parte de todo lo que aprendemos lo hacemos mediante el lenguaje.

En estas últimas semanas hemos recibido un constante “bombardeo” de frases y expresiones bélicas que han alimentado el tan manido relato político oficial para describir la ¿gestión? del COVID-19. No ha sido solo el gobierno español el que ha utilizado este recurso. En América Latina destaca el caso de Paraguay, como recoge la Revista Harvard Review of Latinamerica, que conforme las medidas impuestas para afrontar la crisis eran más estrictas, los términos de la beligerancia de las declaraciones oficiales se hacían más insistentes para anunciar que “saldremos victoriosos moralmente como lo hicimos en la disputa contra la Triple Alianza” (Brasil, Uruguay y Argentina). En esta línea, hace un mes los diarios impresos y digitales se afiliaron a un eslogan común “La garra guaraní vencerá el coronavirus”. Aun sabiendo que esta garra es un mito que apela a un pueblo épico en ofensivas, cuya “inteligencia extrema” se decidió en el cruce pacífico con el español, que no en la resistencia violenta.

Macron también ha sido uno de los líderes europeos que más ha acudido a este registro, en el que llegó a pronunciar la palabra guerra hasta siete veces en su discurso del pasado 16 de marzo, cuando expuso a los franceses los términos de su confinamiento.

La militarización de la sociedad

«El enemigo no está a las puertas», afirmó Pedro Sánchez .»Penetró hace ya tiempo en la ciudad. Ahora la muralla para contenerlo está en todo aquello que hemos puesto en pie como país, como comunidad». Sería muy fácil y cansino recoger un largo listado de términos, expresiones y metáforas que aluden con más o menos descaro al lenguaje bélico. Llegando en ocasiones al esperpento, como la carta que envió Abalos a la militancia en la que compara las “dificultades” derivadas de la crisis sanitaria provocada por la pandemia con las de “80 años atrás”, con el final de la Guerra Civil.

La adopción de una mentalidad de guerra significa aceptar que “todo vale”, que todo se justifica, y que todo se puede hacer, porque hemos delegado en un gobierno y en un estado. Un cheque en blanco

La imposición de una retórica belicista en la comunicación política no es una casualidad, en la comunicación política nunca las hubo, ni un mero adorno literario en el relato que ha construido el gobierno, que repiten como papagayos los titulares y sus portadas. El lenguaje binario directo y simple, evita el esfuerzo de pensar. Establece un lugar para los buenos y otro para los malos, una polarización que define lo que es justo, necesario e incuestionable, de todo lo demás. Pero es necesario que los ciudadanos se comporten como soldados en guerra: obediencia a las órdenes y acatamiento a los mandos. Solo así llegare-MOS a la victoria, pero si seguimos las instrucciones. El nosotros con lo colectivo y su patrimonio, en oposición al individuo y su libertad. El enemigo siempre está afuera, es mucho más fácil tenerlo identificado desde la simplificación como muy bien argumentó en su primer punto de intenciones el manifiesto de Goebbels.

Una construcción bélica que permite un despliegue comunicacional de una élite que no solo quiere sostener el discurso desde la apropiación de lo público (recursos sanitarios, económicos, jurídicos, técnicos, organizaciones, educativos), también su patrimonio moral. Un ejercicio retórico que también permite la construcción de identidades en torno a determinados colectivos.

Así lo han observado con tino algunas publicaciones científicas, que han rechazado las expresiones bélicas y sus rústicas metáforas en un aluvión de titulares sobre el cuerpo sanitario y el COVID-19 que “si combatimos en las trincheras sin suficientes municiones; que si luchamos contra el enemigo; que si estamos en guerra”. Bien es cierto, que a poco que se conozca la narrativa bélica, y en particular la que consagró la propaganda política en la Segunda Guerra Mundial con el cine, se observa que el heroísmo es muy poco creíble para representar los ideales estadounidenses, que han sido los artífices de este género narrativo. Como parece que tampoco es viable un heroísmo clásico en el género bélico para representar los conflictos contemporáneos, con virus o sin virus.

La cosa es que “NO ESTAMOS EN GUERRA, y no nos hemos alistado en ningún ejército. “Somos médicos -reclaman los facultativos- trabajar con escasos recursos y a destajo, nuestra profesión y dedicación tiene más relación con salvar vidas y curar enfermos, que con matar gente. “

La adopción de una mentalidad de guerra significa aceptar que “todo vale”, que todo se justifica, y que todo se puede hacer, porque hemos delegado en un gobierno y en un estado. Un cheque en blanco. La conversión de la realidad, formada por millones de individuos diferentes, singulares, con sus derechos y obligaciones, por la obligación de decidir entre el caos y el orden que nos propone el gobierno, acompañada de una oposición sin alternativas, o con la única alternativa que consiste en esperar el momento para hacer leña del árbol caído. ¿Para qué queremos una democracia, si no podemos ejercer la libertad? La paz que habría (que hay) detrás de esta guerra es la suspensión del Estado de Derecho a cambio de una rápida y segura solución.

Las desescaladas, mesas de reconstrucción, vueltas a la nueva normalidad, o la recurrente presencia de los estamentos militares en las permanentes ruedas de prensa, son parte de esta retórica bélica que construye una realidad paralela a la que vivimos los ciudadanos, que responde a unas exigencias e intereses que no son la salud pública ni la activación de una urgente y necesaria economía. Pero sí responde a la militarización de la vida pública que trae como consecuencia la reducción de nuestros derechos. Se nos advierte que necesitamos esta protección, porque no somos capaces nosotros mismos, ni capaces de cuidar nuestra salud, ni capaces de atender nuestra propiedad, ni capaces de merecer nuestra libertad.

George Lakoff y Mark Johnson afirman en “Metaphors we live by”, «El corazón de la metáfora es la deducción… [y] puesto que razonamos con metáforas, las metáforas que usamos determinan en gran medida cómo vivimos la vida».


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4 COMENTARIOS

  1. «Una construcción bélica que permite un despliegue comunicacional de una élite que no solo quiere sostener el discurso desde la apropiación de lo público (recursos sanitarios, económicos, jurídicos, técnicos, organizaciones, educativos), también su patrimonio moral. Un ejercicio retórico que también permite la construcción de identidades en torno a determinados colectivos»
    Un gran relato el que nos deja hoy, José Antonio. Es evidente que el uso del lenguaje construye nuevas realidades ficticias que sirven a la «verdad oficial» para ser inoculadas en el imaginario colectivo de la masa acrítica, impactar en su experiencia emocional y anestesiar la función intelectiva hasta aniquilarla por completo.

    En comunicación política, la adopción del lenguaje belicista que ha hecho el gobierno en esta crisis sanitaria, le ha servido para transformar el escenario de crisis sanitaria en un «escenario de guerra» y poder adoptar de forma eficaz el papel de autoridad militar y moral que dirige a las tropas, exalta el valor de los héroes sanitarios, protege a la sociedad civil temerosa, acobardada e indefensa y le exige en contrapartida disciplina y obediencia. Porque en tiempos de guerra, todo vale y hasta se imponen las dictaduras por decreto. De ahí la apropiación de lo público, la intervención de lo privado y esa asunción maximalista y autoritaria que no puede ser cuestionada ni debe rendir cuentas a nadie.

    Por su puesto que con este escenario belicista y distópico, recreado con la retórica inflamada del lenguaje, ha querido usurpar las funciones del jefe del Estado, suplantando al rey D. Felipe, que es la máxima autoridad, representante de nuestro Estado de Derecho y símbolo de la unidad nacional. Apropiarse de esas funciones y de ese simbolismo ya fue una declaración de intenciones, desde el principio.

    Además, lo ha hecho de una forma impostada, indigna y falaz que no casa con el gobierno «progresista» de «izquierda» que preside ni con su desprecio y el de sus socios de gobierno por los principios constitucionales que fundamentan nuestra democracia.

    En Francia, por ejemplo, Macron, ante la crisis, también decidió utilizar esa retórica militarista en sus discursos. Pero no es comparable con el uso que Sánchez ha hecho aquí en España. A Macron le queda más natural y menos impostado, primero porque a diferencia de Sánchez en España, él es el máximo representante de la república en el país galo.
    Y segundo porque ensalzar los valores de la nación, de la patria y honrar el hinmo francés o los símbolos de unidad nacional es asumido y aceptado de buen grado por los ciudadanos franceses.

    Pero a los podemitas, nacionalistas, independentistas y aberchales, que aborrecen España y que les sale un sarpullido cada vez que el ejército o la UME entran en sus feudos medievales en misión humanitaria; con tal de que Sánchez les corte el paso a los “franquistas” y “fascistas” de la derecha en todas sus modalidades; con tal de que les quite literalmente de en medio a la figura del rey, ya les da igual que el inquilino de la Moncloa se comporte como un psicópata hitleriano.
    Les da igual que vista sus discursos de retórica militarista, se disfrace de jefe de estado, de monarca absoluto o de tirano venezolano. La versión más lograda hasta el momento. En sus discursos quería emular el porte y la sobriedad de nuestro jefe de Estado, pero al final le ha quedado a lo Maduro. Tanto, que a Sánchez ya no lo ven desnudo, lo ven con chándal. Y de los cutres.

  2. Lo importante de los procesos creativos humanos es precisamente el reconocimiento de esos momentos y circunstancias en las que nos damos cuenta de que para ciertas cosas no encontramos la palabra justa. Es decir, cada cultura en su enfrentamiento -su guerra constante- contra las adversas circunstancias va creando las palabras que le resultan útiles. Pero el punto de partida es siempre la conciencia de la palabra que nos falta y que debe ser creada para poder compartir con los demás algo de esa perplejidad constitutiva.

    De la experiencia, no de la palabra, procede el saber: «Si vis pacem para bellum».

    Y en esta guerra constante por la libertad es esencial usar adecuadamente las palabras para poder hablar de la realidad, de los hechos, de la verdad. Esa batalla contra lo políticamente correcto es preciso ganarla.

    • La batalla se ganará, yo no tengo ninguna duda, aunque puede tardar, estamos pagando todos los pecados cometidos desde Descartes. Cuando una sociedad llega a decir que el sexo se puede inventar y que existen más de dos, converten en tuerto al pobre hermafrodita que debió haber sido el rey de los heteros, según ellos, claro.

      Vamos a suponer que alguien escucha el «Lema»,
      – Norma que regula o parece regular la conducta de alguien.-

      «quédate en casa»

      Lo normal sería preguntarsre por qué.
      Sin embargo observamos que muchos aceptan la imposicion sin cuestionarla.

      En una sociedad libre lo correcto sería decir, estas son las ventajas de quedarse en casa, estos los inconveniente. Tú decides, estos son nuestros consejos para ambas decisiones.

      Sin embargo observamos que personas ideologizadas, miedosas, sumisas o interesadas admiten la imposición de algo que podrían hacer voluntariamente como es el hecho de quedarse en casa.

      Nadie nos está obligando a relacionarnos con nadie, nadie nos está obligando a hacer lo que no queremos, solo nos obligan a no hacer, no hagas, no hagas, no hagas, no hagas. Yo no quiero dar ideas, siempre se me ocurre lo peor antes que al malo, por eso me salvo de todas, es lo bueno de haber sido malo antes que fraile, pero me temo que lo siguiente va a ser, «tienes que hacer esto, esto, esto y esto.» Ya están en ello..

  3. Yo no estoy muy de acuerdo con el aforismo de Wittgenstein “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Quizás lo estuve en algún momento, pero a día de hoy no creo que el lenguaje construya el mundo, si acaso lo explica o pretende explicarlo. El mundo no se construye, el mundo está y lo único que hay que hacer es descubrirlo, el lenguaje no explora. La palabra siempre es posterior al descubrimiento. El arte en cualquiera de sus manifestaciones pretende mostrar lo percibido, cuando el descubrimiento no puede ser experimentado a través del lenguaje es porque el límite de tu mundo te impide comprender lo dicho. Este hombre nunca encontró el agujero de la botella y mira que era fácil, bastaba colarse por el espacio en blanco que hay entre dos palabras.

    Y hablando de Goebbels,

    https://youtu.be/TjDHkIySCf8

    Esperemos que en España seamos al menos diez por mil. Eso al menos decían los alemanes de nosotros. Esperemos.