En una película que vi recientemente una admiradora de un escritor de novelas negras le pregunta a este acerca de las motivaciones –al parecer no demasiado claras- que llevan al protagonista de sus relatos a cometer unos determinados asesinatos. “¿Por qué mata?”, le pregunta con una cierta ingenuidad. Y el novelista, sin dudarlo, le contesta mientras esboza una sonrisa: “Porque puede”.

La respuesta tiene obviamente una dimensión trivial, la misma que lleva a tantas series, películas y novelas a presentar un personaje tópico –el asesino en serie- cuyas razones nunca son explicitadas, lo que permite a los guionistas o escritores de turno a acumular todas los giros y sorpresas que se les ocurre, con una justificación inexistente o nimia. Pero junto a esa vertiente cabe distinguir un nivel menos elemental de intelección que los recientes estudios del cerebro humano y la conducta han demostrado empíricamente.

Lejos de arraigadas convicciones éticas, la mayoría de las personas no hacen daño a sus semejantes por miedo a las consecuencias, sean estas del tipo que fueren, desde penales a la simple reprobación de su entorno. Pero múltiples experimentos han mostrado que cuando se le da al individuo la posibilidad de hacer sufrir o incluso matar a un semejante solo pulsando un botón, desde el absoluto anonimato y sin miedo a penalización alguna, la mayoría de los examinados no lo dudan: aprietan el botón o le dan a la palanquita. Y lo que es más significativo: si se les muestra el dolor que causan, disfrutan con ello.

Como la Covid-19, el virus de la demagogia populista presenta una facilidad casi incontenible de infección. Los gobernantes actuales, con algunas excepciones, han llegado al poder después de poner en solfa las bases mismas de la democracia de sus respectivos países y por ello mismo se sienten legitimados a actuar desde el poder sin el respeto a unas reglas que desprecian manifiestamente

La mayor parte de las personas tenemos un margen de acción mucho más limitado de lo que nos gusta pensar. Nos limitan las leyes, el qué dirán o nuestra conciencia. Por lo general, no osamos transgredir convenciones y convicciones a menos que estemos en situaciones límite. Pero otra posibilidad es que nos encontremos liberados de tales ataduras simplemente porque disponemos del margen de maniobra suficiente. En dos palabras: porque podemos.

En el mundo que vivimos el poder, en cualquiera de sus expresiones, no nos sitúa –como diría Nietzsche- más allá del bien y del mal, pero nos permite el susodicho margen de actuación, mayor o menor, como es obvio, según la naturaleza del poder que se trate. En términos políticos, esto significa que el poder tiene inherente un cierto nivel de discrecionalidad. Se pone de manifiesto, por citar un ejemplo angelical, hasta cuando tengo que elegir entre dos opciones igual de buenas y, por ello mismo, me decanto por la que beneficia a mi amigo en vez de la alternativa desconocida.

En cualquier caso, la discrecionalidad requiere siempre una justificación. Cuando no es así, entramos de lleno en la arbitrariedad. Esta, en contraposición a aquella, aparece como expresión típica del poder en estado puro: lo hago porque quiero y porque puedo. No hay más, se acabó. Como todo el mundo sabe, la arbitrariedad es una característica del tirano o del poder absoluto. Los ejemplos en la historia son innumerables. Recordemos tan solo aquel caso tan pintoresco que tan bien retrataba Albert Camus: Calígula nombrando cónsul a Incitatus, su caballo favorito.

El liberalismo moderno y la democracia contemporánea se distinguen por establecer reglas y mecanismos de contención del poder ilimitado e irresponsable. De ahí la cautela del contrapeso de poderes, un delicado equilibrio siempre en trance de vencerse hacia uno u otro lado. El poder del gobierno democrático es legítimo no porque surja tan solo de la voluntad popular sino en la medida en que se somete a reglas. Eso es lo que no quieren entender hoy en día los nacionalismos montaraces –en nuestro caso, el catalán- ni los populismos rampantes.

Ahora bien, esas prácticas populistas y nacionalistas, lejos de quedar confinadas a los movimientos que se conforman como tales, se han desbordado e infectan ya a gobiernos que presumen de situarse en una órbita diferente. Quisiera detenerme en el contexto español y más en concreto en el presidente del gobierno, que representa por su actuación concreta en esta crisis del coronavirus un caso digno de estudio del uso de la arbitrariedad, no como mal indeseado pero inevitable dadas las circunstancias, sino como auténtico instrumento de poder y de ostentación del mismo.

He oído decir en múltiples ocasiones a los críticos de Pedro Sánchez que se contradice o incluso que miente como un bellaco porque un día puede hacer una cosa y al siguiente, la contraria. Recuerdan en especial aquellos tiempos en que confesaba su imposibilidad de conciliar el sueño compartiendo el gobierno con Podemos, justo unas semanas antes de dar cabida a los más conspicuos miembros de este partido en el Consejo de ministros e incluso nombrar vicepresidente a su líder máximo.

No han terminado de entender esos críticos los derroteros por los que transitan incluso las antaño consideradas democracias modélicas (Reino Unido, USA) después del vendaval político de los últimos lustros. Como la Covid-19, el virus de la demagogia populista presenta una facilidad casi incontenible de infección. Los gobernantes actuales, con algunas excepciones, han llegado al poder después de poner en solfa –con razón o sin ella, esa es otra cuestión- las bases mismas de la democracia de sus respectivos países y por ello mismo se sienten legitimados a actuar desde el poder sin el respeto a unas reglas que desprecian manifiestamente.

Las supuestas contradicciones y mentiras de nuestro presidente del gobierno no son tales desde su óptica. Un gobernante que se somete voluntariamente a las reglas y al control de las instituciones se convierte en cierta manera en prisionero de unas y otras. Un presidente honesto está atado por sus promesas, es deudor de su palabra. Quien ocupa el poder por el poder no reconoce tales limitaciones. Sus ofrecimientos valdrán en cada momento lo que él resuelva. Tan pronto puede decidir que ejecuta tal cosa porque era su compromiso como olvidar este por completo y realizar lo contrario. ¿Por qué lo hace? Porque puede.

Es interesante subrayar que el gobernante de tal laya termina por hacer ostentación de esa arbitrariedad porque entiende que es una prerrogativa del poder. Así, ordena el confinamiento para todos, pero él se lo salta. Establece la cuarentena para quienes hayan estado en contacto con infectados pero él no la cumple. Decreta la mascarilla obligatoria para todo el mundo, pero él va sin ella. ¿Por qué? Porque es el jefe y, tal como él lo entiende, el liderazgo no se ejerce dando ejemplo y cumpliendo la ley sino todo lo contrario, transgrediendo esta para mostrar quien manda aquí

Y aún podríamos seguir haciendo extensiva la lista anterior a cuestiones de más enjundia, como el uso intensivo del decreto-ley, la adjudicación opaca (¿ilegal?) de contratos sanitarios o el ridículo amparo en ese comité secreto de supuestos expertos, por citar casi a voleo algunas de las actuaciones recientes. La excepcionalidad de la situación se convierte en coartada universal para una permanente arbitrariedad y con ella un cesarismo providencialista que sería patético –las homilías de los sábados- si no hubiera tantos muertos por medio y no nos esperara una crisis económica inédita.

Muchos analistas y partidos rivales no alcanzan a comprender esta dimensión y por ello se afanan en usos políticos periclitados, sin entender que es absurdo especular sobre si Sánchez seguirá con Podemos y los independentistas o girará hacia Ciudadanos y su derecha. Sánchez hará lo que tenga que hacer para mantenerse en el poder. No hay más. Y ejercerá este como él entiende que debe hacerlo quien manda: todavía hay quien se sorprende de la falta de escrúpulos y hasta de disimulo con la que Sánchez premia a los afines, castiga a los díscolos y mina a sus adversarios. Para él, como para otros líderes del momento presente, la arbitrariedad es la vitola distintiva del poder. ¡Qué futuro nos espera!

Foto: Pool Moncloa / Borja Puig de la Bellacasa

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Rafael Núñez Florencio
Soy Doctor en Filosofía y Letras (especialidad de Historia Contemporánea) y Profesor de Filosofía. Como editor he puesto en marcha diversos proyectos, en el campo de la Filosofía, la Historia y los materiales didácticos. Como crítico colaboro habitualmente en "El Cultural" de "El Mundo" y en "Revista de Libros", revista de la que soy también coordinador. Soy autor de numerosos artículos de divulgación en revistas y publicaciones periódicas de ámbito nacional. Como investigador, he ido derivando desde el análisis de movimientos sociales y políticos (terrorismo anarquista, militarismo y antimilitarismo, crisis del 98) hasta el examen global de ideologías y mentalidades, prioritariamente en el marco español, pero también en el ámbito europeo y universal. Fruto de ellos son decenas de trabajos publicados en revistas especializadas, la intervención en distintos congresos nacionales e internacionales, la colaboración en varios volúmenes colectivos y la publicación de una veintena de libros. Entre los últimos destacan Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Primer Premio de Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto (Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Marcial Pons, 2014).

5 COMENTARIOS

  1. «Como todo el mundo sabe, la arbitrariedad es una característica del tirano o del poder absoluto. Los ejemplos en la historia son innumerables. Recordemos tan solo aquel caso tan pintoresco que tan bien retrataba Albert Camus: Calígula nombrando cónsul a Incitatus, su caballo favorito».

    Pues tiene razón, Rafael. Menudo futuro nos espera, si tenemos que estar sometidos al arbitrio del tirano de Moncloa. Y el origen del problema viene desde el triunfo de la moción de censura en la que se cruzaron todas las líneas rojas. Desde ese preciso momento, la escalada del que hoy preside y dirige nuestro destino, ha sido ascendente e imparable.

    Tanto, que en la mayor crisis sanitaria, social y económica que ahora enfrentamos, sirve muy bien esta metáfora de Calígula (Sánchez) nombrando cónsul (vicepresidente) a su caballo (Iglesias).
    Puede parecer una exageración pero por muy favorito o socio preferente que sea, es un disparate, una locura y un desvarío que siga siendo su «cónsul» en esta situación ruinosa, tan dramática. Es una temeridad que pueda aplicar sus medidas económicas desbocadas y presentarlo en Europa como un «cónsul» adecuado y fiable.
    Por no hablar de los camaradas del «cónsul» en las áreas de trabajo y consumo, instalados en el XIX, por lo menos. Y felices, cabalgando al trote. El camino, intransitable y lleno de polvareda para camuflar todos los despropósitos que no cesan.

    Pero volviendo al tema del arbitrio, Sánchez ha tenido en los feudos privilegiados nacionalistas un buen espejo donde mirarse. Si allí les ha funcionado tanto tiempo la idea de un solo pueblo uniforme, monolítico y homogéneo, en el que los disidentes son marginados y silenciados, ¿por qué no habría de exportar el modelo al resto España?

  2. Comparto lo que dice el autor, tanto es así que tras la moción de censura le comenté a un amigo, éste tio es un peligro, no tiene límites; el amigo me respondió ¿Pero, qué puede hacer, está limitado por las leyes? Yo hice un gesto escéptico y respondí, cualquier cosa.

    En ese mismo instante decidí venderlo todo y poner la liquidez a salvo. Mi amigo no tiene un pelo de tonto, al contrario, el problema es que hasta a las personas inteligentes les gusta disfrutar de su rutina y falsa seguridad, y suelen reaccionar casi siempre demasiado tarde por puro egoísmo acomodaticio. Más o menos lo que le pasa a la oposición, que tiene la misma mala costumbre que mi amigo, informarse de la vida por los periódicos o el tonto del pasillo sin saber leer entre líneas y menos preguntarse ¿Por qué esa noticia y no otra?

    Con el que no estoy de acuerdo es con Nietzsche, eso de situarse más allá del bien o del mal es imposible, quizás más allá del bien o el mal moral, vale, es discutible intelectualmente para cuestionar una moralidad imperante. Digo que no estoy de acuerdo con el tío Federico porque el bien comprende al mal. El mal no es otra cosa que alejarse del bien, algo así como peinarse del revés. Demasiado punk salió el tío Fede.

    Tal descaro de «el Innombrable II» solo era comprensible si venía con unl plan debajo del brazo avalado por los globalistas.
    Los que nos dimos cuenta desde el «golpe de estado a cámara lenta» que dijo el Guerra, y pasamos la cinta a máxima velocidad supimos desde el inicio de 2017 que acabaríamos aquí con la ayuda inestimable de Ciudadanos. Más peligroso, siempre lo advertí, que el propio Innombrable II, Nadie me hizo caso. En fin. Cosas tan evidentes que como no se comen cuesta trabajo degustar.

    Que el golpe de estado de 2017 era el preámbulo de esta situación era evidente, a todas luces se observaba que la nación se daba por quebrada y querían un reparto entre las élites, algo a lo que ahora se ha sumado Ciudadanos y siempre ha consentido el PP, quizás también VOX consienta. Si no hay democracia hay consenso y transacción.

    Lo que hay que mirar con atención es como el PSOE está empeñado en quebrar cualquier sector económico de la nación que justifique cualquier tropelía que les permita hacerse con los restos.

    Ese es el plan, no hay otro, Sánchez sabe dónde va, quizás detrás de toda esta estrategia estén ex politicos, magnates y banqueros que respaldan el plan, yo siempre desconfié de alguien al que le gustan las Barbies vegetales, la meticulosidad de la joyas y el billar a tres bandas.

    Destruir, no para construir, destruir, para repartir, si no destruyen no pueden repartirse toda la riqueza a precio de derribo, saldría muy cara y sería inaccesible.

    ¿A ver cuántos se suman al consenso del reparto a costa de la miseria y libertad de los españoles? ¿Todos?
    De momento parece que si.

  3. “Lejos de arraigadas convicciones éticas, la mayoría de las personas no hacen daño a sus semejantes por miedo a las consecuencias, sean estas del tipo que fueren, desde penales a la simple reprobación de su entorno. Pero múltiples experimentos han mostrado que cuando se le da al individuo la posibilidad de hacer sufrir o incluso matar a un semejante solo pulsando un botón, desde el absoluto anonimato y sin miedo a penalización alguna, la mayoría de los examinados no lo dudan: aprietan el botón o le dan a la palanquita. Y lo que es más significativo: si se les muestra el dolor que causan, disfrutan con ello.”

    Y después del mito del progreso llega el mito del estado de naturaleza, el “Homo homini lupus” de Hobbes, que por lo tanto requiere un Estado.
    Supongo los experimentos que referencia serán los de Milgram y similar, los cuales dado su propio diseño contradicen lo que usted dice. Y concretamente el problema es la autoridad no el individuo.
    Mentes tan lúcidas no han caído en el caso, de gentes tan salvajes no pueden surgir instituciones “civilizadoras”.

    Europa se construye sobre valores campesinos (no civiles) de autonomía y convivencia; las reglas son su propia constitución social. Esa afirmación del “Hombre es lobo para el hombre” pone como una mayoría lo que es la excepción. Una visión ilustrada de arrogancia y soberbia la cual tira piedras contra su propio tejado (dado son excepción); pura demagogia institucional.
    Y la referencia cierta del experimento de Milgram como la psicopatía inducida de la autoridad.

    Si bien todo está acorde con la escatología estatolátrica liberal.

    • Aunque comparto con el autor la falta de límites de «el Innombrable II,» también comparto con usted su punto de vista, el hombre no es ni malo ni bueno por naturaleza. Yo no tengo duda alguna que el Bien comprende al mal, y si el mal puede producir una satisfacción momentánea y una insatisfacción permanente, el bien puede producir una insatisfacción momentánea y una satisfacción permanente, solo los imbéciles y los débiles eligen el mal. No tengo ninguna duda que la vida consiste fundamentalmente en llegar al Bien, una vez comprendido esto se comprende casi todo.