La teoría de las ventanas rotas, que surge de la criminología, fue estudiada por primera vez por Philip Zimbardo y posteriormente introducida por George Kelling y James Wilson. Según esta teoría, los indicadores visibles de desorden, como el vandalismo, el merodeo y las ventanas rotas, funcionan como reclamos de la actividad delictiva y deben, por tanto, ser atendidos en su origen.

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Esto significa que el establecimiento del orden y la seguridad que una sociedad necesita para poder desenvolverse libremente y sin temor empieza abajo, en los aspectos más elementales. Cualquier signo visible de desorden, como ventanas rotas (de ahí el nombre de la teoría), vandalismo, vagancia, consumo de alcohol en público, cruzar la calle de forma imprudente sin atender a los semáforos o sin utilizar los pasos de peatones, o saltarse los tornos del suburbano para viajar gratis, crea un entorno que promueve aún más delito y desorden (Wilson y Kelling, 1982).

LA transición del orden al desorden ahora amenaza con la imposición de un nuevo orden intolerante en el que la izquierda y el islamismo se han constituido en aliados, y frente al que cada vez más europeos empiezan a sentirse muy alarmados

Originalmente, esta teoría ha servido para definir algunas estrategias policiales, promoviendo una acción policial preventiva basada en una mayor observación e intervención en delitos menores y comportamientos sospechosos. También ha inspirado iniciativas de las autoridades municipales en lo que respecta al cuidado del entorno, con mayor exigencia en la limpieza y cuidado de edificios, instalaciones de alumbrado público y mobiliario urbano. Esta estrategia contra la inseguridad se implementó, especialmente en la década de 1990, en algunos estados de los Estados Unidos y Europa.

Aunque las investigaciones iniciales resultaron prometedoras, esta teoría también recibió críticas por parte de numerosos investigadores que señalaban que no existe una relación causal clara entre la falta de orden y la delincuencia, y que el hecho de que la delincuencia disminuya cuando aumenta el orden es simplemente una correlación casual. Sin embargo, el principal motivo de esta crítica se basaba en el argumento de que la mayor atención y vigilancia conducía a practicar detenciones y registros por motivos raciales.

Donde fueres, haz lo que vieres

Exista o no una relación causal entre un mayor desorden y el aumento de la delincuencia, lo que sí parece establecerse es una correlación, pues en los entornos más ordenados la delincuencia suele ser menor que en los desordenados y viceversa. Por otro lado, sabemos por estudios en otras disciplinas que las personas atendemos a los incentivos, desincentivos y expectativas. Aunque conozcamos las reglas formales, prestamos especial atención a las reglas informales, es decir, nos fijamos en cómo se comportan los demás y cuáles son los límites tácitamente asumidos para actuar en consecuencia.

Si circulamos por una carretera con una limitación de velocidad pero observamos que los demás conductores nos sobrepasan a una velocidad sensiblemente superior, tenderemos también a incrementar la nuestra para adecuarnos a la velocidad real de la vía, no a la formalmente establecida. O si en una empresa u organización hay un horario laboral pero observamos que la mayoría de empleados lo incumple sin que haya consecuencias porque la gerencia está ocupada en otros asuntos y no presta atención a la relajación de los horarios, tenderemos a imitar esta conducta para no ser los únicos que no aprovechan esa “ventaja”.

Sea cual sea el entorno, las expectativas, incentivos y desincentivos tienen una notable influencia sobre el comportamiento de los individuos. Las reglas formales funcionan si están acompañadas por consecuencias; de lo contrario, tenderán a convertirse en papel mojado. Esto no significa que la única manera de garantizar que las reglas funcionen deba ser mediante la coacción o la estrategia del palo y la zanahoria. Hacen falta más elementos, algunos bastante sutiles y otros muy evidentes, como la educación y la enseñanza, porque el orden social es un sistema extraordinariamente complejo, tan complejo como la diversidad de los numerosos individuos que lo integran. Si los sujetos no interiorizan los beneficios del orden y los perjuicios del desorden, es decir, si no racionalizan que la espiral del desorden, si bien inicialmente puede suponerles ventajas, al final puede convertirlos en víctimas, la mera acción policial será si acaso un remedio último que tenderá a ser cada vez más expeditivo conforme la espiral del desorden progrese, provocando injusticias y abusos policiales.

El hecho de que en la teoría de las ventanas rotas algunos investigadores afirmen que no hay datos con los que establecer su causalidad, lo cual de por sí es discutible, no es argumento suficiente para refutar la ingente cantidad de literatura, experimentos de campo y estudios que demuestran que las expectativas, incentivos y desincentivos condicionan el comportamiento de los individuos. ¿Por qué razón milagrosa esta abrumadora evidencia sobre el comportamiento humano debería considerarse irrelevante en el ‘caso de las ventanas rotas’? Además, aun en el supuesto de que tal causalidad pudiera cuestionarse en lo que respecta a una estrategia compleja, factores separados, como una mejor iluminación de las calles, sí está demostrado que tienen una relación causal con la reducción de robos y asaltos.

El peligroso sesgo político de las pseudociencias

Ocurre que la sociología, la antropología y la psicología social son disciplinas muy politizadas y con una abrumadora mayoría de académicos e investigadores que, según numerosas encuestas, se identifican a sí mismos como afines a la izquierda o incluso a la extrema izquierda. La izquierda considera que el orden social occidental, basado en la democracia liberal, el capitalismo y el libre mercado, es un sistema de opresión estructural, cuyo pilar fundamental es el principio de Autoridad. Por lo tanto, este principio debe ser cuestionado para poder transitar a una sociedad “igualitaria, diversa, inclusiva y plenamente democrática”. Es cierto que, si el principio de Autoridad se interpreta mal o de forma abusiva, deriva en discriminación, prejuicio y autoritarismo. Pero el hecho de que para funcionar correctamente necesite, como todo principio, un delicado equilibrio, no justifica su eliminación.

La progresiva abolición del principio de Autoridad promovida desde instancias académicas dominadas por la izquierda ha derivado a su vez, a través de la politización creciente, en la gradual abolición del orden occidental y su sustitución por políticas sociales basadas en la victimización y en un enfoque de tolerancia intolerante que traslada la responsabilidad individual a la sociedad. De esta forma se concluye que no es que un individuo actúe mal por propia elección, sino que la sociedad le empuja a hacerlo. El delincuente se convierte así en víctima y la sociedad en culpable. Responsabilizar a la sociedad y no al individuo sirve para justificar, por ejemplo, el movimiento okupa, pues sería la sociedad, que es injusta, la responsable de que muchas personas no puedan acceder a una vivienda y se vean compelidas a allanar las de otros. Por tanto, la okupación no sería un delito sino un mecanismo contra la injusticia.

La suplantación del orden

El mismo enfoque se aplica a los problemas derivados de la guetificación. Sociólogos y antropólogos coinciden en señalar que existen segmentaciones y desigualdades urbanas que conducen a procesos de guetificación porque la sociedad no atiende a las consideraciones estructurales que provocarían estos fenómenos.

En base a este argumento, que un determinado tipo de inmigración, como la musulmana, tienda a concentrarse en barrios, suburbios y pueblos sería consecuencia de la marginación que la sociedad de acogida impone a sus integrantes por simple xenofobia o islamofobia. Se oculta así que los inmigrantes musulmanes tienden a concentrarse por propia iniciativa porque hacerlo les permite acceder a las oportunidades y beneficios que proporciona la sociedad de acogida ahorrándose las contrapartidas en las que no están interesados, como la aceptación y respeto de las convenciones culturales, costumbres y reglas imperantes en esa sociedad.

Mediante la concentración, los inmigrantes de origen musulmán pueden no ya zafarse de una integración cultural que no desean, sino asimilar un suburbio, barrio o pueblo a sus propias reglas y cultura; es decir, llevar a cabo una integración inversa. En estos lugares, la abolición del orden occidental y de su principio de Autoridad no sólo acaba suponiendo un grave problema para la sociedad de acogida, también acarrea perjuicios a los propios inmigrantes, pues deriva en la imposición de una ley de hierro de la que todo miembro de esa comunidad sólo puede zafarse abandonándola, lo que conlleva la estigmatización por parte de los suyos, incluso, en no pocos casos, el repudio de sus propios familiares.

Cuando se afirma, por ejemplo, que las mujeres musulmanas llevan el hiyab en las ciudades europeas porque así lo deciden libremente, se oculta el hecho de que no llevarlo resulta bastante disuasorio cuando el entorno en el que residen estas mujeres es mayoritariamente musulmán y vigila con celo la observancia de los preceptos islamistas. ¿Qué mujer se atreverá a lucir su cabellera en un entorno vigilante donde todas las mujeres van cubiertas?

Del desorden a la exigencia de un nuevo ultra-orden

Afirmar a este respecto que tan legítima es la cultura musulmana como la occidental, porque, con sus diferencias, son equivalentes, obvia una diferencia crucial: la cultura occidental ha evolucionado hacia el pluralismo de tal forma que una de sus reglas es —o al menos era— que más allá de la calumnia o los delitos contra el honor de las personas, los sujetos deben aceptar la crítica, aun cuando consideren que resulta ofensiva. También en la cultura occidental convertirse a una religión o abandonarla no acarrea consecuencias desagradables porque existe la libertad religiosa. Por el contrario, la cultura musulmana es mucho más intolerante, el umbral de la ofensa es mucho más bajo, por lo que una simple crítica o, peor, la burla de cualquiera de sus preceptos se considera un delito y la renuncia al islam, una traición que debe ser castigada.

El orden necesita cierto margen de desorden para resultar eficaz y no ser percibido como una imposición autoritaria, asfixiante y contraproducente. Hacer la vista gorda en una espléndida autovía que admite perfectamente circular a velocidades superiores a las permitidas no es promover el caos ni el suicidio en masa. Circular a un ritmo ligeramente superior, cuando las condiciones de la vía lo permiten, agiliza el tráfico, cosa que la gran mayoría de los conductores agradece. Ahora bien, si esa permisividad es aprovechada de forma irresponsable por un número creciente de bólidos, las magnitudes se acabarán invirtiendo porque, a su vez, el resto de conductores percibirá que circular por esa autovía se ha vuelto demasiado peligroso. Los conductores exigirán entonces que se apliquen los límites a rajatabla, aunque su aplicación estricta pueda suponerles un perjuicio a ellos mismos al más mínimo descuido.

Lo mismo cabe aplicar a cualquier escala del orden. Una sociedad occidental abierta pero ordenada, que interactúa en base a sus principios, reglas y costumbres, es tolerante, comprensiva y compasiva. Acepta con naturalidad un cierto nivel de desorden, de diversidad y disparidad dentro de su orden formal. Pero si esa permisividad es utilizada, primero, para cuestionar sistemáticamente sus principios y pervertirlos y, después, para promocionar y justificar principios y órdenes antagónicos, generando con ello graves problemas de seguridad o convivencia, tarde o temprano esa sociedad acabará reaccionando y exigiendo la restauración del orden y el principio de Autoridad que fueron abolidos, pero no en la medida anterior sino de forma mucho más estricta.

La política rompe-ventanas

En Occidente, durante décadas la política, so pretexto de promover la tolerancia, el igualitarismo, la diversidad, la inclusión y la democratización, se ha dedicado sistemáticamente a romper las ventanas, hasta que la propia civilización occidental ha acabado siendo fuertemente cuestionada en sus logros, su historia, sus fundamentos y sus raíces judeocristianas. El victimismo, el identitarismo y la tolerancia intolerante promovidos dede la política han impuesto incentivos y expectativas corrosivas que han acabado por dejar a los europeos a los pies de los caballos.

Esta transición del orden al desorden ahora amenaza con la imposición de un nuevo orden intolerante en el que la izquierda y el islamismo se han constituido en siniestros aliados, y frente al que cada vez más europeos empiezan a sentirse muy alarmados. Así, la exigencia de restitución del orden occidental condiciona cada vez más los procesos electorales. Y conforme aumente el número de ciudadanos que se sienten amenazados, más consistente será esta exigencia. Quienes la ignoren ahora habrán perdido un tiempo precioso y una oportunidad de oro para reconducir Europa sin tener que sacrificar su espíritu.

Foto: Mehdi Sepehri.

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