Existe hoy un curioso empeño por volver una y otra vez al franquismo, como si aquel régimen, finiquitado hace ya medio siglo, contuviera aún (para unos en sentido negativo y para otros en tono casi nostálgico) las claves que deberían guiarnos. Para el Gobierno, traer de vuelta el franquismo es meramente instrumental: una cortina de humo con la que tapar la corrupción, la mala gestión y los fracasos. Una parte de la derecha, en cambio, ha corrido a recoger el guante para hacer una reivindicación más o menos explícita de las supuestas virtudes y éxitos de la vieja dictadura.

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Ambas miradas comparten un mismo error: interpretar el franquismo como una realidad homogénea, nítidamente recordable, cuando para muchos de los que lo vivimos o, mejor dicho, lo rozamos en la infancia, fue más bien una atmósfera, un conjunto de hábitos, silencios y rutinas, antes que una verdadera experiencia política.

En mi caso, la existencia en la España de Franco fue breve. Cuando murió, apenas era un crío. Lo que queda en mi memoria de aquel país no son recuerdos articulados ni un relato coherente, sino pinceladas impresionistas: escenas sueltas, colores, gestos y atmósferas que entonces no sabía interpretar, pero que hoy cobran sentido.

La atmósfera

Recuerdo a la policía uniformada de gris. El Cuerpo de Policía Armada y de Tráfico, como se denominaba oficialmente durante el franquismo, patrullaba a pie, en parejas. Llevaban aquellos abrigos largos y pesados, casi ceremoniales, y la gorra de plato coronada por el galón rojo que rodeaba la cabeza. A mí me parecían severos, intimidantes, aunque es probable que aquella impresión estuviera magnificada por la edad. Desde la estatura de un niño, aquellos policías eran gigantes solemnes, bamboleándose con un andar parsimonioso, económico, como si dosificaran cuidadosamente la energía en sus patrullas interminables.

Para muchos de los que lo vivimos o, mejor dicho, lo rozamos en la infancia, el franquismo fue más bien un clima, un conjunto de hábitos, silencios y rutinas

Entre los críos circulaba una leyenda urbana: si se te caía una moneda y, sin querer, la pisabas, podías meterte en un lío, porque en la moneda estaba grabada la cabeza de Franco, de perfil. Hoy resulta casi entrañable, pero dice mucho de cómo la dictadura se nos aparecía más como mito difuso que como experiencia vivida. Más allá de esas historias, el régimen nos resultaba prácticamente invisible.

Su presencia estaba en el ambiente. En aquella España tranquila, laboriosa y gris, donde los desórdenes eran una rareza. Una discusión subida de tono entre dos conductores, a propósito de un incidente de tráfico, hacía girar las cabezas con sorpresa y discreción. No solía durar. Bastaba la aparición casi inmediata de un policía o un guardia urbano para poner punto y final al altercado. La reverencia a la autoridad era un reflejo inducido.

Recuerdo los autobuses de Madrid, entonces azules, con conductor y cobrador. Se accedía por la puerta trasera y se descendía por delante. El picador de billetes ocupaba su puesto como una figura más del orden cotidiano. Todo estaba pensado para fluir sin amontonamientos ni fricciones. Orden, ante todo, orden.

También recuerdo los inviernos, con heladas más severas que las actuales. Aunque, pensándolo mejor, quizá no fuera solo el clima. Madrid era una ciudad mucho más pequeña sin el actual microclima, y quienes vivíamos en su perímetro exterior, en las zonas más humildes y aún agrestes, teníamos el campo literalmente a tiro de piedra. Era habitual ver pasar rebaños de ovejas con su pastor por delante de casa. La primera carretera de circunvalación de la capital, la M-30, no existía siquiera como proyecto. Para un chaval de mi edad, aquello significaba que la aventura empezaba según salías del portal, sin tráfico, sin peligros, sin miedo.

En el barrio era habitual la figura del sereno, con aquel bastón enorme que era menos un arma que un símbolo de autoridad vecinal. No existían los supermercados, sino el Mercado. Cada barrio solía tener el suyo. En su defeco, estaba el economato del barrio, una sonora palabra que hoy provoca sonrisas en mis hijos, la panadería del barrio, la pastelería del barrio, la ferretería, la droguería, la peluquería. Un establecimiento por cada actividad, rara vez con competencia. Y, cómo no, estaba la iglesia del barrio, con su peculiar cura, al que conocían prácticamente todos los vecinos.

El lechero pasaba regularmente por las casas. Dejábamos los cascos vacíos en la puerta y él los sustituía por botellas llenas de leche fresca. Muchos vecinos no le pagaban a diario: al final de la semana, el lechero, que anotaba con pulcritud cada servicio, echaba cuentas y se le liquidaba el importe. La delincuencia, al menos donde yo vivía, era marginal. Y ni siquiera se correspondía con lo que hoy entendemos por delincuencia. Eran los macarrillas. Policías y vecinos sabían perfectamente quiénes eran, cómo se llamaban, quiénes eran sus padres. Todo estaba localizado, identificado… controlado.

Colores nuevos, ruidos nuevos

Cuando Franco murió, lo primero que cambió a pie de calle no fue la política, sino los colores. Los autobuses urbanos comenzaron a pasar del azul al rojo. El uniforme gris de la Policía Armada fue sustituido por un marrón claro poco afortunado, acompañado de una boina. No fue un avance estético ni simbólico hacia una policía moderna; de hecho, aquel color acabaría siendo abandonado por su connotación militar. Lo lógico habría sido un azul marino desde el principio, pero la Transición tuvo, también en los detalles, soluciones provisionales desacertadas.

El propio cuerpo policial cambió de nombre. De la Policía Armada se pasó a la Policía Nacional, en un proceso gradual que buscaba marcar distancia con el pasado, aunque durante un tiempo los cambios fueran más nominales que reales.

Los taxis también mudaron de piel. De aquellos coches negros con una franja roja continua se pasó a vehículos blancos con bandas rojas diagonales en las puertas delanteras. Los taxistas lo agradecieron: el negro, en los tórridos veranos madrileños, convertía el coche en una estufa rodante. Entonces, el aire acondicionado era todavía una excentricidad, un extra que solo los automóviles muy lujosos contemplaban.

El Metro, sin embargo, parecía ajeno a cualquier prisa por modernizarse, probablemente porque, en su caso, el coste resultaba todavía inasumible. Durante bastantes años siguieron circulando vagones que se remontaban prácticamente a la inauguración de la primera línea en 1919, bajo el reinado de Alfonso XIII: coches de hierro dulce, ensamblados con remaches, sin soldaduras, ruidosos, toscos, con un olor inconfundible a bobina eléctrica y frenos recalentados. Aquellos trenes eran una metáfora perfecta de un país que había pasado demasiado tiempo aislado, detenido, atrapado en su propia inercia, y cuyo verdadero cambio tardaría todavía en arrancar.

Tras esos cambios iniciales, más cosméticos que estructurales, la Transición empezó a coger velocidad. No hablo aquí de política. Hablo de la vida en la calle. La figura del sereno fue lo primero que eché en falta: desapareció casi de un día para otro. Las calles se volvieron más bulliciosas. No tanto porque hubiera más actividad, sino porque subió el volumen. Como si todo el mundo hubiera decidido hablar más alto. Quizá influyó que las patrullas a pie empezaran a escasear y las personas dejaran de sentirse tuteladas.

Diría que en los primeros años de la Transición, más allá del sufragio universal y de la eclosión de debates políticos en televisión, radio y prensa, lo que realmente cambió fueron los signos externos y el nivel de decibelios. En mi recuerdo, todo aquello fue como el tenue albor del amanecer: suficiente para despertarte, pero no aún para saltar de la cama.

Visto a través de los ojos de un crío, aquel país parecía descongelarse lentamente, como si hubiera permanecido demasiado tiempo en la nevera de la historia. No era aún una ruptura nítida ni una explosión de movimiento, sino un deshielo progresivo: primero los colores, luego los ruidos, después la desaparición de aquellas figuras que habían estructurado la vida cotidiana durante décadas.

Los cambios más profundos aún no estaban a la vista. Aguardaban, con un rugido sordo, ocultos en la niebla de un futuro incierto. Pero para muchos de nosotros, especialmente quienes veníamos de orígenes humildes, ese futuro se intuía ilusionante, a pesar de la incertidumbre. No porque anheláramos grandes debates ideológicos ni discusiones abstractas sobre modelos políticos, sino porque empezábamos a percibir algo mucho más concreto y para nosotros necesario: un margen creciente para hacer, para emprender, para arriesgar, para prosperar.

El techo invisible del franquismo

Aquí quiero poner en claro un aspecto clave que hoy suele olvidarse cuando se idealiza retrospectivamente la estabilidad del franquismo. Aquella España, más allá de su rigidez política, estaba también llena de barreras prácticas. No bastaba con tener una buena idea, ni siquiera con disponer de capital. Cualquier iniciativa que aspirase a cierto tamaño, especialmente en sectores considerados estratégicos o industriales, requería algo más que licencias formales: necesitaba autorizaciones informales. No se trataba necesariamente de corrupción en el sentido moderno del término, sino de control. Al régimen le preocupaba menos el qué que el quién: ¿quién era realmente ese emprendedor tan resuelto?

Existía un temor profundo a que una apertura económica sin control acabara derivando en una apertura política descontrolada. Por eso, muchos de los apellidos que hoy asociamos a los éxitos industriales del franquismo pasaron previamente por esa criba silenciosa de relaciones, avales y cercanía al poder. Y por la misma razón, otros muchos proyectos, igual o más viables, nunca llegaron a nacer. El enchufe, el contacto, la relación personal con el entorno del poder eran entonces complementos necesarios para hacer. No porque el régimen buscara incentivar los sobornos o enriquecerse ilícitamente, sino porque sabía que el dinero era un complemento del poder que debía ser vigilado.

La conversación cotidiana, la de los barrios, no la de los platós, estaba hecha del mismo material que la cruda realidad: cierres, reconversiones, apuros, inventos para vivir trampeando

Visto desde esta perspectiva, es comprensible que quienes crecieron en familias a las que el sistema les fue razonablemente bien recuerden aquel tiempo con una confortable sensación de orden y certidumbre. Pero esa memoria está sesgada. Para muchos otros, el franquismo no fue solo estabilidad: fue también un techo bajo, un límite estructural difícil de atravesar si no estabas bien situado.

Por eso, lo que muchos percibimos como la gran promesa de la Transición no fue tanto el pluralismo político como la abolición de ese mecanismo de control informal. La idea, todavía ingenua, pero poderosa, de que el emprendimiento, el ascenso social y la iniciativa personal dejarían de depender de la cercanía al poder y pasarían a depender, al menos en parte, del esfuerzo, del talento y del riesgo que estuvieras dispuesto a asumir. Aquello fue, para una generación entera, la verdadera democratización: no la del voto, sino la del intento.

La libertad, por entonces, no se nos aparecía como una consigna ni como un derecho declamado, sino como una posibilidad práctica. La posibilidad, aún difusa, de que el esfuerzo individual dejara de chocar sistemáticamente contra un techo invisible. De que el país, por fin, empezara a abrirse, a conectarse con el mundo y a proyectarse más allá de los viejos límites.

Cuando la historia se volvió personal

Fue precisamente en ese momento, cuando ese deshielo empezaba a convertirse en corriente, cuando el destino, siempre poco dado a la certidumbre, decidió empujarme de golpe al mundo de los adultos.

El acontecimiento que provocó ese brusco cambio fue la muerte, en circunstancias extrañas, de mi madre, cuando yo apenas tenía quince años. Su muerte no supuso solo una pérdida afectiva, de por sí enorme, sino que tuvo un efecto devastador en el orden familiar. Mi madre era el cemento que nos mantenía unidos y, al mismo tiempo, la referencia que orientaba las decisiones, las responsabilidades y hasta el carácter cotidiano de cada uno de nosotros, incluido mi padre. Sin ella, la estructura familiar se desmoronó de inmediato. No tenía por qué haber sido así, pero así fue: lo que hasta entonces había sido un hogar pasó a ser, de pronto, un espacio caótico, sin dirección ni sentido. Para mí esa desintegración significó algo muy concreto y muy poco literario: había llegado la hora de buscarme la vida.

Lo relevante no es el enigma que envolvió la muerte de mi madre, sino el efecto que tuvo en mi vida. Aquella tragedia inesperada quebró por la base mi familia y me arrancó del entorno despreocupado de la infancia. Me privó de la experiencia adolescente compartida con mis iguales y me proyectó violentamente, sin aclimatación alguna, al mundo de los adultos. Sin tiempo para construir prejuicios ni para aprender a asumir la realidad, me encontré en primera línea, compartiendo con los mayores el esfuerzo de adaptarse a cambios vertiginosos y a amenazas nuevas.

Vivir en medio de la tormenta del cambio

España vivía entonces un contraste permanente. Por un lado, la apertura democrática alimentaba expectativas legítimas. Por otro, la realidad económica era extraordinariamente dura. El país aún estaba lejos de recuperarse de la colosal crisis de 1973, y la conversación cotidiana, la de los barrios, estaba hecha del mismo material que la cruda realidad: cierres, reconversiones, apuros, inventos para vivir trampeando. En 1979 el paro ya superaba el 9% de la población activa y pronto alcanzaría los dos dígitos. La incertidumbre económica era enorme en aquella España que intentaba aprender a caminar en democracia sin tropezar con su propia sombra.

El desempleo disparado, que entonces se vivía como una tragedia social, tiene algo paradójico visto desde el presente: España ha logrado bajar respecto a sus peores años, sí, pero sigue cargando con una tasa de paro “estructural” que en otros países sería un escándalo político. En el tercer trimestre de 2025, la EPA situaba la tasa de paro en el 10,45%. En realidad, es bastante mayor, si se descuenta el truco de los fijos discontinuos. Es decir: más de cuatro décadas después, en una economía integrada, modernizada, europeizada y terciarizada, seguimos moviéndonos en cifras de dos dígitos como quien ha normalizado tener una pierna escayolada de por vida.

La industria entraba en un profundo declive, el desempleo se disparaba y la sensación de provisionalidad se constituía en un clima generalizado. La precariedad no era una excepción: era el estado natural de las cosas. Las profesiones y los oficios tradicionales no daban abasto. El trabajo no se encontraba: se inventaba. Había que ser flexible, estar dispuesto a casi todo y, desde luego, no hacer ascos a nada. Muchas familias pasaban estrecheces y no eran pocos los que recordaban con nostalgia la estabilidad y la certidumbre de los años del desarrollismo, a pesar de todo lo que aquel periodo había tenido de autoritario y limitado. En tiempos duros, la memoria tiene la costumbre de olvidar lo negativo y destacar lo reconfortante.

La libertad no se nos aparecía como una consigna ni como un derecho declamado, sino como una posibilidad práctica

Sin embargo, aquella España tenía a su favor algo que hoy cuesta imaginar: regulaciones escasas, una presión fiscal muy contenida y una tolerancia hacia la informalidad laboral que ahora nos parecería inaudita. Existía una extensa zona gris, ni ilegal ni reglada, que permitía respirar. En 1977, la propia OCDE cuantificaba los ingresos fiscales en torno al 23% del PIB. Hoy nos movemos en otra galaxia: el 36,7%, con picos que superan el 37%. No es un juicio moral; es un hecho: el Estado entonces aún era soportable, hoy sufre de obesidad mórbida… y, claro está, se ha vuelto mucho más glotón, más extractivo.

Gracias a ese espacio, y no a los torpes planes anticrisis de los políticos, no solo se sobrevivió: se creó riqueza prácticamente de la nada. No soy sociólogo ni economista, pero aquello fue, en sentido estricto, un milagro. Y no el que más tarde se bautizaría como “milagro español”, ya dentro de la Unión Europea, la OTAN y toda una constelación de organismos internacionales. Aquel otro milagro, previo y silencioso, fue mucho más real. No hubo fondos europeos, ni grandes relatos de modernización, ni una épica institucional con la que colgarse medallas. Hubo gente buscándose la vida.

Ahí comprendí por primera vez, por experiencia directa, cuán decisiva es la libertad para quienes se ven arrojados a la vida adulta con una mano delante y otra detrás. No como consigna moral, sino como condición práctica. Cuando el Estado deja de orientar, vigilar y fiscalizar cada esfuerzo, aflora el verdadero músculo. No es virtud, es supervivencia. La libertad, esa palabra tan manoseada, era entonces el enunciado de un mecanismo sin trampa ni cartón que conectaba riesgo y recompensa.

El Estado empieza a crecer

Con el tiempo, sin embargo, aquel impulso inicial empezó a intervenirse. A medida que la Transición fue utilizada para engordar el cuerpo político (la administración estatal, autonómica y municipal) y para empezar a planificar lo imposible, la lógica cambió. No hizo falta una conspiración: bastó la inercia. El intervencionismo creció como crecen las hiedras: al principio adornan; después la pared desaparece.

A comienzos de los ochenta, datos oficiales de la época citados por El País situaban el número de funcionarios en torno a 1,39 millones (1982). Hoy la cifra total al servicio de las administraciones públicas supera los tres millones: 3.043.024 en julio de 2024, según el Boletín Estadístico oficial, y por encima de 3,1 millones en julio de 2025. Dicho claramente: en términos de aparato, hemos más que doblado el tamaño. Y cuando el aparato crece, crece con él la tentación natural de justificar su existencia: más normas, más trámites, más supervisión, más burocracia, más ventanillas.

El dinero público, primero nacional y luego europeo, pasó a convertirse en el centro de gravedad alrededor del que giraba la economía. La política descubrió que podía administrar y parasitar el crecimiento, repartir incentivos y decidir ganadores. El milagro no fue un espejismo: existió. Fue fruto del esfuerzo de millones de ciudadanos anónimos. Pero la política no tardó en transformarlo en otra cosa: una burbuja cada vez más dependiente del gasto público, de la planificación artificial y de la arbitrariedad administrativa. El sano inconformismo del español medio fue siendo sustituido por una expectativa distinta: la de que alguien, desde arriba, siguiera marcando el rumbo.

Yo, que había llegado a ese mundo adulto de forma abrupta, aprendí entonces a moverme deprisa. A asumir responsabilidades antes de tiempo. A entender que la libertad no era una abstracción política, sino una relación directa entre riesgo y recompensa. El país, mientras tanto, aprendía otra cosa: a confundir prosperidad con tutela.

Todavía no lo sabíamos. Ni España ni yo. El deshielo había comenzado y el agua corría. Pero empezaban a formarse ya las corrientes subterráneas que, con los años, acabarían desviando el curso de nuestra historia.

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