Recientemente una persona que se calificaba de liberal afirmaba que le parecía muy bien que del balcón del Ayuntamiento de Madrid pendiera una bandera arcoíris o bandera LGBT. Yo repliqué que no estaba de acuerdo, que en los edificios de las instituciones sólo debían estar presentes los símbolos estrictamente constitucionales, aquellos que representan a todos los ciudadanos sin hacer referencia a preferencias particulares de ninguna clase, por legítimas que sean.

Seguramente pensaría que, con mi parecer, evidenciaba algún tipo de animadversión contra las personas homosexuales. Y es más que probable que en su fuero interno automáticamente me etiquetara como conservador o peor, como reaccionario y homófobo, cuando en realidad no es mi caso, ni mucho menos………[CONTENIDO EXCLUSIVO MECENAS]

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Las instituciones y las banderas arcoíris

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1 COMENTARIO

  1. Efectivamente, Javier, las instituciones deben ser lo más neutrales posibles y no herramientas al servicio del poder o gobierno de turno para hacer posible su visión particular de la realidad. En Cataluña por ejemplo, que cuelgue del balcón del ayuntamiento de Barcelona un enorme lazo amarillo es es ignorar y discriminar a más de la mitad de la sociedad catalana que no comparte lo que ese símbolo representa en el imaginario colectivo independentista.

    Luego está la utilización sectaria y partidista que se hace de la fiesta del colectivo LGTBI, a través de instancias gubernamentales y mediáticas, para señalar a “la derecha” como enemiga number one de este colectivo, obviando la realidad incómoda, para ellos, referida al desprecio, la discriminación, la persecución y el rechazo que la izquierda más marxista, intolerante y radical practica de forma humillate y vergonzosa con este colectivo en los países vírgenes y “progresistas”, donde no hay rastro del capitalismo ni de la “tiranía” del “liberalismo opresor”.

    Como si la inclinación, identificación o condición sexual de cada cual, para ser auténtica y reconocida como tal, tuviera que estar inscrita forzosamente en un colectivo determinado que encima se reserva su derecho de admisión; como si esa inclinación, identificación o condición sexual de cada cual tuviera que estar inscrita forzosamente en una ideología política exclusiva y excluyente.
    Al final, acaban desvirtuando la razón de ser y la esencia del colectivo, practicando con los otros el mismo abuso, la misma discriminación y el mismo rechazo de los que denuncian ser objeto, obligando indirectamente a todos sus integrantes a pasar por su aro y a comulgar con sus mismas ruedas de molino. Una pena que la primera víctima de esta “fiesta” de los colorines sea la libertad con mayúsculas.

    Como bien apunta en su artículo, Javier, la democracia debería ser un sistema de control de poder pensado para salvaguardar al ciudadano de cualquier tipo de dictadura, incluida la mayoritaria.