Con monótona frecuencia los, a si mismos, llamados intelectuales suelen hacer aparición para pontificar –al estilo “papal”- sobre temas políticos, recientemente con motivo de las elecciones madrileñas, para estigmatizar como fascistas a todos los que no piensan como ellos.

Publicidad

Los estigmatizadores más ilustrados deben saber que tal denominación fue creada por José Stalin y convertida en un dogma político y como criterio de demarcación entre el “frente popular” y el resto de la humanidad. Hasta el verano de 1935, el comunismo soviético se ufanaba de ser el genuino y único representante de la izquierda, rechazando a la socialdemocracia por sus veleidades burguesas. Pero en agosto de aquel año, durante la 7ª reunión de la Komintern -la Internacional Comunista- Dimitroff, a las órdenes de Stalin, decretó la creación del frente popular entre comunistas y socialistas y con él la descalificación, bajo el apelativo fascistas, a todos los que no se sumaran a dicha alianza. Aquel giro copernicano, aún obedecido, fue difícilmente digerido por los viejos militantes comunistas que años atrás habrían “expulsado por oportunista, renegado y enemigo del comunismo, asalariado de la burguesía y contrarrevolucionario a Dimitrov”, según relata Babette Gross, pareja -desde 1922 hasta su muerte en 1940- y biógrafa en 1967 de Willi Münzenbeg, el mayor propagandista comunista de la historia.

El intelectual –nada que ver con un científico o un empresario– no está interesado en detalles técnicos o dificultades de tipo práctico. Le atrae la amplitud de miras y la falsa comprensión de lo social como un todo que el sistema planificado promete

Por cierto, llama la atención que el epiloguista de la edición española –2007- de dicha biografía, Antonio Muñoz Molina, en tanto que buen conocedor de las miserias políticas estalinistas protagonizadas por Münzenberg, firmara recientemente el manifiesto “Ahora sí” que podría haber sido redactado por el mismo Dimitrov con objeto de “cortar en seco el avance del fascismo”.

Aclarado el origen del absurdo desatino que los social-comunistas de nuestros días, cuyos epígonos y corresponsables de nuestra Transición política jamás reivindicaron -González nunca fue estalinista y Carrillo había dejado de serlo-, vienen a plantear de la mano de sus intelectuales, es una buena ocasión para hablar de ellos.

Es de suponer que un intelectual es alguien erudito y como tal puede emitir opiniones para que los menos leídos puedan orientarse mejor en la vida cultural y política.

Vaya por delante que un intelectual, desde la lógica progresista, solo puede ser políticamente de izquierdas; es decir, todo el pensamiento liberal -filosófico, político y económico- que ha iluminado el mejor mundo junto sus precursores -toda la cultura cristiano occidental- no es propiamente intelectual. De hecho, según el manifiesto “Ahora sí”, dichos ámbitos culturales serían fascistas.

En realidad, como ya había señalado un verdadero intelectual como Joseph A. Schumpeter: “La ausencia de responsabilidad directa para los asuntos prácticos y la consiguiente ausencia de conocimiento de primera mano, es lo que distingue a un intelectual”.

Para otro verdaderamente grande del pensamiento occidental, Friedrich Hayek: “Los intelectuales son gentes que juzgan todos los asuntos, no por sus méritos específicos, sino por ideas generales a la moda. No conocen nada a fondo. El intelectual –nada que ver con un científico o un empresario– no está interesado en detalles técnicos o dificultades de tipo práctico. Le atrae la amplitud de miras y la falsa comprensión de lo social como un todo que el sistema planificado promete. La repulsa emocional de los intelectuales contra el capitalismo está estrechamente ligada con la creencia de que todo aumento de riqueza se consigue al precio de un deterioro del nivel de vida de las capas sociales más débiles. Un tipo de pensamiento “suma cero” que no se tiene de pie”.

“Yo soy un hombre sin oficio. Ahora que ya soy viejo como los viejos tan sabios y respetados de mi infancia, puedo decirlo y anotarlo en mi cuaderno con autoridad y sin reparos. Carezco de un repertorio de conocimientos sólidos sobre algo concreto, no domino un arte o una técnica, y aunque a veces puede parecer que sé mucho o que al menos hablo como experto, en el fondo todo son vaguedades, palabrería, filfa y apariencia, con algunos relumbrones que crean la ilusión de un vasto saber apenas entrevisto”. Así comienza el capítulo 5 del reciente y excelente libro, El huerto de Emerson, de Luis Landero, un escritor tan brillante como intelectualmente honesto, que sin haber leído –probablemente- ni a Schumpeter ni a Hayek les otorga toda la razón.

La emergencia de este “mundo de la cultura firmante de manifiestos políticos” fue una genial invención del antes citado Willy Muzenberg, quien al servicio de Stalin alistó incluso en Hollywood –toda una brillante operación política– dicho mundo para la causa comunista. Antonio Gramsci teorizaría más tarde sobre esta fórmula.

Mientras que una educación científica disciplina el pensamiento hacia el rigor basado en el conocimiento de base empírica, el “mundo de la cultura” se caracteriza por pensamientos “blandos” carentes de solidez intelectual y con frecuencia rellenos de ideología política al uso. Veamos un reciente caso que revela claramente la contradicción entre el pensamiento intelectual blando y la dura realidad que el “mundo de la cultura” en ningún caso puede obviar ni refutar.

Zapatero, un héroe político para el mundo de la cultura, sigue siendo una referencia incuestionable a pesar de los siguientes hechos acontecidos durante sus gobiernos:

  • La renta per cápita disminuyó un 7,35% durante su mandato, algo nunca acontecido en la historia de España.
  • La convergencia con la UE que Aznar dejó en un 95% retrocedió al 85,2%: en sólo 8 años de gobierno se consumieron todas las ganancias obtenidas por González y Aznar juntos durante 22 años, para regresar al nivel de 1965.
  • El desempleo que en 2005 estaba en la media de la UE pasó de 1,8 millones de parados a más de 6 millones. Ni antes en España, ni en ningún país de nuestro entorno se han registrado cifras tan negativas.
  • La deuda pública creció mucho más que en los demás países europeos, acercándose al volumen del PIB. De representar el 60% de la media de la UE pasamos al 120%, mientras que la deuda per cápita casi se triplicó.

Aunque la intelectualidad no sea muy amiga de los números, los que se acaban de reseñar tienen que ver con el nivel de vida de la gente y por tanto de ellos mismos, y además con el futuro de nuestros hijos, que es muy triste quieran ignorar anegándolos de propaganda política ajena a la igualdad de oportunidades y una economía próspera para beneficio de todos.

Foto: Cottonbro.


Por favor, lee esto

Disidentia es un medio totalmente orientado al público, un espacio de libertad de opinión, análisis y debate donde los dogmas no existen, tampoco las imposiciones políticamente correctas. Garantizar esta libertad de pensamiento depende de ti, querido lector. Sólo tú, mediante el pequeño mecenazgo, puedes salvaguardar esa libertad para que en el panorama informativo existan medios nuevos, distintos, disidentes, como Disidentia, que abran el debate y promuevan una agenda de verdadero interés público.

Become a Patron!

Artículo anteriorArmas de distracción masiva
Artículo siguienteSofismas sobre Madrid
Soy Presidente del Foro de la Sociedad Civil, doctor en Ciencias Económicas, ingeniero, PADE del IESE, empresario, escritor y conferenciante. Estoy vinculado profesionalmente a alto nivel ejecutivo con las nuevas tecnologías, la innovación y las relaciones internacionales. Durante más de 20 años he ocupado las más altas responsabilidades institucionales en el sector TIC, la CEOE y diversas instancias europeas.

1 COMENTARIO

  1. Toda la razón!!!

    Si nos fijamos en España y pensamos en sus intelectuales más aclamados del último siglo, Ortega y Unamuno, que ni siquiera podían ser colocados a la izquierda y vemos sus contradicciones, desengaños y su falta de criterio a la hora de prever el futuro, no podemos que dar la razón al articulista.
    Pero si nos adentramos en la «intelectualidad» de la pura izquierda podemos encontrar todo tipo de desatinos y de ignominia. Para muestra las reacciones al libro y visita de Solzhenitsyn.
    Por cierto recomiendo, si lo encuentran, un libro de entrevistas (en tiempos de Franco) de Paniker a los intelectuales de la época. Las respuestas y también las preguntas de Paniker a los intelectuales de la izquierda de entonces mueven a la piedad o al desprecio. Leer las estupideces de Tamames, por ejemplo, lamentable.
    Leer a los del régimen… Es que no había color.

    La política es generalmente sucia, pero ensucia más esa moralina superficial propia de la izquierda.

Comments are closed.