Los Millennials tal vez lo ignoren, pero hubo un tiempo en que las películas de superhéroes eran ante todo para los adolescentes y los niños. Los padres, si acaso, los acompañaban, pero se entendía que la idea de unos seres superiores que se encargaban de salvar al planeta carecía de atractivo para las mentes maduras, por ser fantasías simplonas y violentas sobre cómo se arreglan los problemas del mundo.

Aunque algunos de sus protagonistas ya existían, los Vengadores nacieron a principios de los años sesenta. Habían vivido la mayor parte de su historia en los comics, y su posterior aparición en las salas de cine fue esporádica y de éxito más bien limitado. Alumbrados al socaire de la Guerra Fría, al igual que Superman y otros personajes de DC y otras editoriales, los Vengadores nunca fueron ajenos a las veleidades políticas. Muy especialmente el Capitán América, que no solo fue azote de los comunistas, sino que llegó hasta a propinarle un puñetazo a un tal Adolf Hitler. Con todo, el mensaje de estos superhéroes tuvo siempre un alcance predominantemente juvenil y norteamericano, lo cual explica sus sobrias cifras al saltar a las pantallas.

Y de pronto, llegó el MCU, el Marvel Cinematic Universe. Desde 2005, cuando Marvel recompra los derechos de sus comics, el sello cinematográfico se convierte en una máquina de hacer dinero. Sus películas, aprovechando la carestía en las salas impuesta por las nuevas plataformas como Netflix y HBO y el auge de las series, copan las primeras posiciones en todos los rankings de recaudaciones. Y es que estas películas ya no son para los niños, sino que su alcance es ahora global, ubicuo. ¿Qué ha pasado?

El arrollador éxito cinematográfico de la tropa de los superhéroes de Marvel esconde una inquietante deriva de la filosofía política de las masas en Occidente

Las crisis del siglo XXI, la caída de las Torres Gemelas, la debacle financiera de 2008 (año de estreno de Iron Man 1) y otros velos que han caído, han desnudado a la clase política y creado, junto a otras circunstancias, un descrédito sin precedentes de las instituciones democráticas. Acabada la Guerra Fría, parecía que nunca se pondría el sol sobre el modelo político de Occidente. Pero Bin Laden y el Daesh, la plutocracia rusa y la emergencia de China han variado decisivamente este panorama, y el Viejo Continente, con su irrelevancia geopolítica y su crisis de identidad, también ha puesto de su parte para crear una tormenta perfecta contra el Estado de Bienestar y su sustento ideológico, la democracia moderna. De bien incontestable y conquista civilizatoria, ha pasado a ser elemento incomprendido y objetado, dando lugar a la que Giovanni Sartori denominó hace años como «democracia de los ausentes», de incierto porvenir.

En este enrarecido ambiente político, nada mejor que unos superhéroes que pongan orden en el cotarro. El nexo común de toda la saga Vengadores es la desconfianza del individuo frente a las instituciones; la quiebra del contrato social al que Hobbes y Rousseau apuntaron. Estos nietzscheanos Übermenschen desprecian cualquier sujeción a las normas y se consideran por encima de toda institución política o jurídica. Su líder moral es el Capitán América, defensor a ultranza del individualismo; su líder carismático, Tony Stark, que se autodefine como «genio, billonario, playboy y filántropo». Un soldado que ve al gobierno infectado de absolutismo y un condescendiente ultracapitalista en sempiterna pugna contra el Estado; entre ambos dirigen los destinos de SHIELD, el benefactor escudo que protege nuestro mundo. Desde hace unos años, ambos caracteres, distintos pero hermanados, cautivan a las masas, cansadas, quizá, de las muchas fatigas ciudadanas por las que hay que pasar para vivir libre y democráticamente en sociedad, y hartas también, eso es seguro, del exiguo nivel de quienes trabajan como sus representantes.

Todas las soluciones que los Vengadores plantean están por encima de la democracia. Su norte es el bien común, aunque decidido entre ellos e implantado con el apoyo de sus máquinas. La tecnología, salvífica, es el personaje encubierto de esta saga en la que se glorifica el progreso creativo y sofisticado. El mensaje es polarizante: Ultrón, Ivan Vanko, Thanos (una especie de ecologista ultra y sanguinario), frente a la moral infinita de Thor, Hulk y el resto. El enemigo (paradigmáticamente Hydra) suele ser extranjero. Las cuestiones políticas se dirimen con la nítida belleza de la violencia:  a golpes, a disparos o mediante el chorro triunfante de una energía arcana. Los conflictos de fondo, como la guerra de Iraq con la que Tony Stark se topa cuando alumbra su armadura, jamás son problematizados.

El éxito de la saga de los Vengadores expresa pues, de un lado, el hastío y la desconfianza frente a las instituciones; de otro, la conveniencia de que sean unos pocos hombres y mujeres poderosos quienes se hagan cargo de la pesada carga de la libertad, que diría Erich Fromm, salvándonos de las muchas amenazas que se ciernen sobre nosotros. La opción de una élite dirigente sin parlamento que la estorbe no es de ahora, sino que está ya en Platón, que no era precisamente un demócrata. La ciudadanía, abrumada, parece querer ceder el testigo: en ninguna de las decisiones de los Vengadores hay ciudadanos con voz y voto. Al fondo se adivina un monstruo totalitario, trajeado de salvador del mundo.

En Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt escribe: «Sería aún más erróneo olvidar […] que los regímenes totalitarios, mientras que se hallan en el poder, y los dirigentes totalitarios, mientras que se hallan con vida, gobiernan y se afirman con el apoyo de las masas». Por supuesto, no hay ningún conciliábulo detrás de las cintas de los Vengadores, que se limitan a satisfacer hábilmente recónditos anhelos de las masas (que sintonizan con ciertos intereses espurios). La idea en la que se nos instruye, camuflada entre el Dolby Surround, las palomitas y el merchandising, es la idoneidad de retirar el peso de la convivencia de la política y las instituciones para ceder el testigo a algunos millonarios y fuertes supuestamente ilustrados, y confiar en que el progreso tecnológico nos saque de los atolladeros que él mismo va creando.

Soluciones simples para problemas complejos: es la receta demagógica de siempre. Todos los totalitarismos se han fraguado en épocas de ambigüedad, inseguridad y profundización de las desigualdades, trazas que ya vislumbramos en nuestro tiempo. El totalitarismo atrae a ciertas élites por sus réditos y a las multitudes por sus efectos ansiolíticos. Se fragua a golpe de propaganda y suele esforzarse en ofrecer representaciones previas, para construir «el relato», como decimos ahora. La premisa es una ignorancia extendida, que el ciudadano medio sea incapaz de analizar certeramente su tiempo. Como explica también Arendt en el mismo texto: «El súbdito ideal del totalitarismo […] es aquel para quien la distinción entre realidad y ficción […] y entre verdadero y falso […] ya no existe».

Prometeo robó el fuego divino para liberar a los hombres de la tutela del Olimpo; Marvel nos invita a recorrer el camino inverso haciendo que añoremos Asgard. Los superhéroes no solucionan los males del planeta, se limitan a atajarlos para seguir ejerciendo como policías universales. Los supervillanos, a su vez, son nuestros chivos expiatorios, quienes nos proveen la consoladora sensación de que no son nuestra incompetencia y nuestra desidia las que nos amenazan, sino un misterioso mal.

En uno de los capítulos de la serie Los Simpson vemos a Homer hincado de rodillas y clamando al cielo: «No soy una persona religiosa. Pero si estás ahí, Superman, ¡sálvame!». La escena tiene mucha miga, porque Homer no está solo: caídos los grandes relatos, desprovistos como estamos de nuestros antiguos dioses y decepcionados con nuestros sistemas políticos, cada vez somos más infantiles en nuestro anhelo de alguien que baje a solucionarnos la papeleta. Tenemos retos globales, demográficos, ecológicos y geopolíticos de una magnitud nunca entrevista. Y andamos a la carrera, del trabajo a la actualidad y del ocio al miedo, a golpe de clic y sin ganas ni tiempo para las sutilezas. Las estadísticas dicen que desde que Iron Man llegó a nuestras pantallas la proporción de jóvenes norteamericanos que cree que la democracia es el mejor de los sistemas no para de disminuir. Y ahora, como predijeron Los Simpson, tenemos a Trump; y a Salvini, Le Pen y Orbán sacando pecho, y la literatura y el cine y las demás artes se anegan de distopías en las que la razón de la fuerza se impone a la fuerza de la razón. Como dijo Jean Cocteau, refiriéndose a la lectura: «Vamos con prisa. Nos saltamos las líneas. Vamos a ver cómo termina la historia».

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David Cerdá García
Soy licenciado en ciencias empresariales y en filosofía. He trabajado en dirección de empresas más de veinte años y me dedico en la actualidad a la consultoría, las conferencias y la docencia (gestión de seres humanos, procesos en las organizaciones, pensamiento crítico, profesionalidad, creatividad e innovación). Me prodigo en media docena de idiomas. Doy clases en ESIC Business&Marketing School y otras escuelas de negocio. También escribo y traduzco. Como autor he publicado "Alrededor de los libros", "La deriva de la educación superior", "La organización viva", "Sangre en la hierba" y "El buen profesional". Como traductor, he firmado una veintena de títulos, incluyendo obras de Shakespeare, Rilke, Deneen, Tocqueville, Stevenson, Lewis y McIntyre.

13 COMENTARIOS

  1. “El problema de Europa…no es que una señora ministra socialista diga hoy mismo que los niños no son de sus padres”
    Amigo Brigante, no ha sabido usted captar la profundidad y sensibilidad de la ministra al pronunciar esas palabras, inspiradas en la poesía del mismo Kalhil Gibran:

    “Vuestros hijos no son vuestros hijos.
    Son hijos e hijas del anhelo de la Vida por sí misma.
    Llegan a través vuestro pero no de vosotros,
    Y aunque todavía están con vosotros no os pertenecen”

    En realidad viene a decir:
    “Vuestros hijos no son vuestro hijos
    son hijos e hijas del anhelo del Psoe mismo por educados.
    Llegan a través vuestro, pero vosotros no sois nadie
    Y aunque todavía están con vosotros, pertenecen al estado”

    “Podéis darles vuestro cariño mas no vuestros pensamientos,
    Ya que tienen los suyos propios.
    Podéis albergar su cuerpo, pero no su alma,
    Porque esta habita en la casa del mañana, que vosotros no podéis visitar ni siquiera en sueños”.

    Traducción:
    “Podéis darles vuestro cariño más no vuestros pensamientos
    Ya que tienen los suyos propios, que son los nuestros.
    Podeis albergar su cuerpo, pero no su moral,
    porque esta habita en la causa de la izquierda, con la que vosotros no podéis comulgar ni en sueños”.

    “Podéis esforzaros en ser como ellos, pero procurad no hacedlos como vosotros.
    Porque la vida no retrocede ni se demora en el ayer.
    Sois los arcos desde los que vuestros hijos, como flechas vivientes, son lanzados hacia adelante…”.

    Este último fragmento casi no necesita ni traducción, salvo:
    “Somos los arcos desde los que vuestros hijos, como flechas vivientes, son lanzados hacia adelante…”

    • Claro que lo he captado. Esta señora no ha inventado nada. Está maravillosamente retratado en la escena de la película “Los Gritos del Silencio” (The Killing fields”) cuando una niña en una clase de adoctrinamiento de los Jemeres Rojos (comunistas, no fascistas ni nazis, no a cada uno lo suyo comunistas de izquierdas) tacha de la pizarra las figuras de papá y mamá y borra la mano que les une con sus hijos. Eso es a lo que aspiran. Es lo que son, comunistas (ricachones esta vez) totalitarios que aspiran a la destrucción de la familia. Lo han dejado muy claro, el que tenga oídos para oír que oiga y el que tenga ojos para ver que vea. El peligro no es Orban o Trump, se podrá estar de acuerdo con ellos o no, pensar que son unos populistas o le que se quiera, pero el verdadero peligro para nuestra libertad son estos progres e izquierdistas totalitarios que además hacen el juego al verdadero poder, los Soros y compañía que por supuesto están encantados de que a los niños no los eduquen sus padres sino las grandes corporaciones a través de la publicidad y esta panda de tontos útiles de la izquierda que les convertirán en magníficos productores y en consumidores caprichosos.

      • No ha podido expresarlo mejor, Brigante. Los ricachones anónimos que siempre han operado desde la sombra, solo que ahora, tomando lo peor de las dos corrientes políticas antagónicas, se han reciclado y transformado ideológicamente como auténticos mutantes (que ríase usted de los Iron Man), pero clásicos y convencionales a la hora de imponer su credo, salvaguardar sus privilegios, intereses y cuotas de poder sobre el resto y por supuesto, fieles al sacrosanto principio de que ese fin último que persiguen justifica siempre los medios.

        La provocación de la ministra es precisamente para tensar, polarizar y llamar a la acción de los ciudadanos a que tomen partido: “Estáis con el gobierno o con VOX?”.

        De manera que, al llevar la polémica a ese terreno se distrae la atención sobre los contenidos específicos que se imparten y cómo se imparten, al tiempo que se hurta el debate a los ciudadanos y se elude el derecho a que esos contenidos puedan ser cuestionados, revisados y consensuados por toda la comunidad educativa y no solo una parte de esa comunidad que comulga con sus predicamentos y milita en sus filas.

  2. ” Como explica también Arendt en el mismo texto: «El súbdito ideal del totalitarismo […] es aquel para quien la distinción entre realidad y ficción […] y entre verdadero y falso […] ya no existe»”

    Efectivamente, David, parece que se está cumpliendo con creces el objetivo de convertirnos en súbditos ideales del totalitarismo más desencarnado y abyecto revestido de socialdemocracia. Y no sé si las ficciones de Marvel han contribuido a ello pero su análisis de ese trasfondo me parece acertado y coherente con esa deriva acelerada de nuestras sociedades democráticas occidentales que han ido envejeciendo al mismo ritmo que el progreso tecnológico ha ido ganado terreno sutilmente, en un control social sin precedentes, en todas las áreas que podamos imaginar y que sigue imparable.

    Todo ello, sin que los ciudadanos, en apariencia libres, iguales y con derechos, nos hayamos dado cuenta del cambiazo que supone haber sido vendidos y engullidos por el globalismo político más atroz y hegemónico. Porque el triunfo de la política sobre la moral acaba degenerando en ideologías perversas y totalitarias al servicio de un Estado absolutista, opresor y represor que solo rinde pleitesía a una pequeña élite dispuesta a mantener sus privilegios a nuestra costa y a imponernos, encima, su credo.

    El truco está en debilitar al máximo nuestros vínculos sociales, en diluir nuestra cognición, identidad y moral en un estado gaseoso de difícil aprehensión; el truco está en hacernos dudar de todo hasta agotar nuestras fuerzas; el truco está en convertir a la “opinión pública” en un decorado de cartón piedra, organizado mediaticamente, para que al final del día ya no distingamos lo verdadero de lo falso ni la realidad de la ficción.

    • Sí, lo que pasa es que para David, la socialdemocracia y el globalismo no pintan nada en esta historia, o mejor aún son los buenos de la peli.

  3. Tiene gracia que un artículo que comienza con el acertado diagnóstico de que la infantilización de la sociedad actual hace que las pelis de súperheroes sean vistas y requetevistas por adultos, acabe realizando un análisis profundamente….infantil. Vayamos por partes. “Pero Bin Laden y el Daesh, la plutocracia rusa y la emergencia de China han variado decisivamente este panorama, y el Viejo Continente, con su irrelevancia geopolítica y su crisis de identidad, también ha puesto de su parte para crear una tormenta perfecta contra el Estado de Bienestar y su sustento ideológico, la democracia moderna.”…hombre yo creo que faltan algunos peones en el tablero ¿no le parece? ¿y la socialdemocracia? ¿y la izquierda y sus nuevas banderas, como la ideología de género, el feminismo radical, el multiculturalismo? ¿y que decir del globalismo? Estos no aparecen en el artículo, deben ser los grandes defensores de la identidad de Europa, los paladines de la responsabilidad individual frente al infantilismo social. Porque amigos no lo duden ustedes el problema de Europa no es la censura asfixiante de los políticamente correcto, no es que una señora ministra socialista diga hoy mismo que los niños no son de sus padres, no es la precarización del empleo favorecido por una inmigración masiva descontrolada, no es la ideología de género y la destrucción de la familia, célula básica de nuestra sociedad…¡qué va! el problema son las películas de Marvel cuyos guionistas son Trump, Orban, Le Pen, Salvini y supongo que Abascal ¡faltaría más! Si la izquierda europea se ha vendido al gran capitalismo financiero internacional, la culpa no es de la izquierda, no, es de Trump…al que votan los obreros. SI el gobierno de España anuncia públicamente que los niños no son de sus padres, los totalitarios no son los socialistas y podemitas, no, los totalitarios son Orban y Salvini que nunca dirían eso (en Hungría desde luego a fecha de hoy los niños son de sus padres), si la progresía mundial ha creado una sociedad de adolescentes permanentes sentimentaloides, la culpa no es de la progresía, no, es de los que apelan a la responsabilidad personal.
    En fin, ya se sabe respuestas simples para problemas complejos. Por ejemplo ¡se acaba el mundo porque aumenta la temperatura a lo bestia por culpa del ser humano! problema complejo; solución simple, cogemos a una niña enferma de dieciséis años y con grandes dosis de emotividad y culpabilidad convencemos a los adolescentes permanentes que sacrifiquen su libertad y bienestar para salvar el mundo…..espera que esto no lo defiende Orban ni Trump, me cachis….

  4. Los superhéroes son los diosecillos ancestrales del neolítico pero con la tecnología de ahora un poco exagerada. Es que la humanidad no puede sobrevivir sin alguna clase de mitología. La gente hace como que estos superhéroes son de mentira para aparentar que no se los cree, pero lo cierto es que la gente cumple con el rito de atender sus historietas, de poner posters en las paredes, es decir de extender el culto politeísta.
    Claro que después de haber tenido un monoteímo tan creativo como el catolicismo, estos mitos reciclados precristianos con ropajes futuristas pues tienen poca enjundia narrativa. Sí que es cierto que se van trabajando bastante el tema de la culpa del superhéroe.

  5. Trump es un presidente elegido democráticamente en el único país con democracia representativa del mundo. Le recomiendo, ya que es traductor de Tocqueville, “La democracia en América”. La “historia” de los USA la ha escrito su cine y todo el mundo cree que es verdad, la historia y el cine, incluso los mismos norteamericanos. La historia del la conquista del lejano oeste, por ejemplo, y los duelos a pistola no es mas que spaghetti western, ficción.

  6. Habla de Trump, Salvini, Orban (y no son ya entre sí lo mismo) pero no cita el resto de populismos de extrema izquierda que siguen un patrón muy similar de acabar en nombre de la comunidad y dando a unos ‘salvadores’ nuestra libertad se llamen Trump (aunque no creo que en USA lo consideren un salvador, su experiencia democrática hace que el poder sea limitado que además es lo que propugna Trump) o Iglesias o Tsipras…

    • No vi el capítulo de los Simpson al que se refiere el autor, pero yo he interpretado que Trump, Orban o Le Pen sacan pecho al ser las reliquias de una democracia desaparecida ante la dictadura que imponen los salvadores del mundo.

    • Pues hoy día la única garantía de defensa de la libertad y de nuestra cultura que queda en occidente frente al totalitarismo progre son precisamente Trump, Orban y compañía y a las pruebas me remito. Ni Trum ni Orban han dicho nunca que los niños no son de sus padres. Hoy, en España, el gobierno español lo acaba de anunciar. Ah además acaba de crear una Dirección de asuntos raciales, exigiendo pedigrí racial a su titular. Creo que el precedente no está en la Hungría de Orban pero a lo mejor me equivoco.

  7. La historia acaba bien, pero eso es en la segunda parte y no se puede desvelar. Esta nueva historia trata de dos superhéroes que en realidad es uno. Un cigoto extraterrestre que al estrellarse en la tierra tiene la mala fortuna de partirse en dos.
    Supermacho y Superhembra caen en extremos opuestos de la tierra buscándose con afán para recomponerse en su unidad. En el periplo deben evitar toda contaminación terrícola de género que les reste energía.
    Os podéis imaginar quienes les persiguen y las dificultades a las que tendrán que enfrentarse, también como en su camino hacia el encuentro van librando de la esclavitud de género a chochilocas y pitorisas. Y no cuento más que la imaginación es libre y cada cual lo puede terminar como le de la gana.
    Para los que se hayan quedado con las ganas de saber el final les diré que fueron felices y comieron perdices al modo de Alcántara, mucho mejor final que una perdiz a secas.

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