Todo comienza siempre con el mismo hecho que viene repitiéndose desde los albores de la humanidad. Esta vez es mi padre, de ochenta años, quien se resiste a enfrentar la única verdad verdadera que habita en este mundo: que se muere y que ya no anda para tanta chavalería. Se ha empeñado en que la vejez no va con él y que su deseo por jugar en la liga norteamericana de baloncesto (NBA) se impone a sus agotadas fuerzas. No digo que por un tiempo no hiciera algunas proezas de barrio pero es que ahora… En fin, se le ha metido en la cabeza que sí puede. Alrededor de todo esto ha tomado una decisión inaudita: ha abandonado a su mujer, mi madre, y a todos sus hijos incluyéndome a mí. Ha liquidado todas sus propiedades, traspasado el negocio familiar y saldado todas las deudas que lo unían al banco.

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Con el ingente capital atesorado ha construido una pista de baloncesto equipándola con las máquinas más modernas. Ha rejuvenecido su vestuario alimentando el ropero de prendas del Zara. Y por si fuera poco se ha dado el lujo de contratar a Michael Jordan como personal training. Todo sea porque la NBA se haga con sus servicios de una vez y para siempre. Con los días se ha ido apartando de los amigos que le recuerdan la guisa en la que anda metido y solo se codea con extraños que aplauden su decisión. Ha fijado su residencia en Estados Unidos y por muchos días se ha dejado ver en esas pistas callejeras donde los cazatalentos descubren a jugadores revelación. Después de mucho ir y venir se ha apercibido que ninguno de estos le echa cuenta. Apenado ha sentido su corazón compungirse ante una injusticia arrebatadora. ¿Por qué yo, que tantos sacrificios he consumado por ver convertido mi sueño en realidad me veo una y otra vez rechazado? Ninguno de los monigotes imberbes aquí presentes ha hecho la menor prueba de ganarse halagos como los merece este servidor, se dice extrañado.

Ninguno se atreve a dar su opinión en público a sabiendas de que su opinión le pertenece al público

Entonces, secuestrado por un dolor irreprimible se convence así mismo que es un ser profundamente oprimido, la víctima de un régimen ancianofóbico. El descubrimiento de esta “verdad” le ha puesto muy contento. Ha sido capaz de desentrañar, sin más ayuda que la de sus entendederas, la misteriosa razón del porqué no se ven ancianos disputando partidos en la NBA. No guarda esta revelación para sí sino que la comparte allá donde va. De repente sus ideas convocan a otros viejos a su causa. Se reúnen, diseñan pulseritas, hacen alguna que otra manifestación al frente de la sede central de la NBA. Conjuran gritos de protestas y se plantan en medio del tráfico. Al principio nadie se fija en ellos. Para ganar fuerza mi padre ha consagrado su lucha a unos jóvenes periodistas. Algunas columnas por acá, cualquiera que otra entrevista por allá, va llenando los periódicos de tirada gratuita de vocablos impronunciables; gerontofobia, ancianofobia, o gerascofobia. Se va mascando un ronroneo favorable entre los vecinos. Un político de provincias se apercibe de los beneficios que supone concentrar bajo sus redes la voluntad de estos adeptos.

No se lo piensa dos veces y funda el partido de la tercera edad. Logra un escaño contra todo pronóstico y contagia al parlamento, con su oratoria engatusadora, de la necesidad de librar a los viejos de la opresión ejercida por la asociación nacional de baloncesto. Ante las muchas presiones la NBA se ve obligada a ceder y establece, siguiendo los parámetros del último reglamento, fijar una cuota mínima de ancianos por partidos. Sin embargo, y para salvaguardar la integridad física de los viejos realiza algunos cambios en sus reglamentos. Por ejemplo, desde hoy ya no está permitido pivotear ni se aceptan jugadores que sobrepasen los cien kilos pues el médico de la federación ha demostrado, con los mejores números, que las lesiones severas son ahora mucho más recurrentes. A pesar de que mi padre da por cumplido su sueño de jugar en la NBA se siente frustrado ante unas estadísticas de juego nefastas. No puede comprender que siendo un reconocido profesional no logra hacer un punto. Vuelve a su corazón esa frustración y sospecha que algún complot urdido entre los jugadores menos veteranos le dificulta la calidad de su juego.

No es lento para entender la estrategia que se esconde detrás de este comportamiento. Dice para sí: -estos esperan que nuestros pobres resultados hagan mella en el ánimo de los aficionados haciéndonos inútiles para el espectáculo. Finalmente, el sindicato de jugadores ancianos (SINDICAVIEJOS) toma cartas en el asunto y realiza una acusación formal contra la NBA. Bien recibida, todos los jugadores, especialmente los más jóvenes, se encuentran ahora ante el riesgo de afrontar cuantiosas multas ante la acusación de fomentar prácticas deportivas ancianofóbicas. Ante esto se curan en salud organizando una campaña de sensibilización que desvíe las sospechas. Algunos, los más radicales, llegan a tatuarse eslóganes del tipo “ser anciano es muy chulo” y memorizan muletillas muy socorridas por si la ocasión lo exige como esta que dice “yo también tengo amigos ancianos”. Ninguno se atreve a dar su opinión en público a sabiendas de que su opinión le pertenece al público. A la vez, las cadenas de televisión celebran por todo lo alto el hecho insólito que reconoce, a la tercera edad, como segmento integrado en las prácticas democráticas del deporte internacional.

Sin embargo, y ante la dificultad para conciliar el entretenimiento con la pérdida en el ritmo de los partidos, la NBA acuerda con SINDACAVIEJOS dar por buena una liga paralela a jugadores de la tercera edad. Aunque nadie se ha visto interesado en ella, los medios están obligados a retransmitir una proporción igual de partidos ante la inminente aprobación de la ley de la igualdad televisiva. De todo esto han pasado ya unos meses sin que mi padre pueda recibir el sueño libre de tormentos. Algo no cuadra en su cabeza. Aunque todo a su alrededor confirma que es un jugador profesional, eso sí, ahora de la liga veterana, se siente un farsante. Ya no tiene energías para entrar a canasta ni hacer mates. Se siente ridículo con unas calzonas que parecen calzones y fracasado es incapaz de remontarse a una edad que no puede cabalgar. Ante esta situación no ve otra alternativa que sacudirse la pena acudiendo a la farmacia del vecindario. Se hace con un bote de analgésicos y se atiborra de antidepresivos para derrotar un insomnio del que se cumplen cuatro meses. Lo último que hemos sabido de él ha sido de la adquisición de una nueva compañía; un caniche de nombre Roberto.

Foto: Joe Caione.


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Antonini de Jiménez
Soy Doctor en Economía, pero antes tuve que hacer una maestría en Political Economy en la London School of Economics (LSE) por invitación obligada de mi amado padre. Autodidacta, trotamundos empedernido. He dado clases en la Pannasastra University of Cambodia, Royal University of Laws and Economics, El Colegio de la Frontera Norte de México, o la Universidad Católica de Pereira donde actualmente ejerzo como docente-investigador. Escribo artículos científicos que nadie lee pero que las universidades se congratulan. Quiero conocer el mundo corroborando lo que leo con lo que experimento. Por eso he renunciado a todo lo que no sea aprender en mayúsculas. A veces juego al ajedrez, y siempre me acuesto después del ocaso y antes del alba.