Si ordenamos la población a lo largo del eje de abscisas en función de su nivel de renta, de tal modo que a la izquierda estén quienes no tienen renta alguna, y a la derecha quienes mayor renta tienen, el resultado ha de ser una cuesta. De menos a más, y de izquierda a derecha.

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Esto no tiene ningún misterio. Lo interesante es conocer cuál es la forma de esa cuesta y, en el ámbito particular, dónde se sitúa cada uno. La forma es la de una L tumbada, con una pequeña cuesta hasta alcanzar al 20 por ciento de la población, un glacis que se prolonga hasta el 90 por ciento, y una empinadísima cuesta.

Lo podemos ver en una serie de tuits que ha escrito Kilo Llaneras, y que desvelan una parte de la información que ha elaborado para el diario El País. En un gráfico vemos cómo el 90 por ciento de los adultos ingresa 44.000 euros al año o menos, y que la mitad no alcanza los 20.500.

Alguno de los lectores de Llaneras, muchos de ellos en realidad, se sorprenden de saber que el español medio, el que tiene a un lado y otro de la gráfica al mismo número de españoles, tenga unos ingresos de 20.500 euros. Hay otros datos interesantes:

¿Por qué quienes han leído estos datos se sorprenden? Porque muchos no tienen una idea clara de lo que ganan los españoles, y sobre todo no tienen idea de dónde se situarían en esa L tumbada. Lo dice el propio Llaneras

 El ingeniero y periodista ofrece dos motivos para ello. El primero es, en su opinión, el deseo: “Si eres pobre, seguramente prefieres evitar el estigma que acompaña a esa etiqueta. Y si eres relativamente rico, puede que no quieras plantearte si debieras ser más generoso”. Pero hay otra: “Vivimos rodeados con (sic) gente similar, como vemos en mapas de renta, voto, coles o cafés. Puedes estar en el 25% más rico (o pobre) y no tener ni idea, porque tu experiencia es que te rodea gente tan rica (o tan pobre) como tú”. Esta distorsión, que parece bien asentada, es muy conocida desde hace décadas. Tendemos a pensar que estamos en el medio o por debajo de la media, y que por así decirlo, los ricos son otros.

Vayamos ahora a la progresión fiscal. Quienes más ganan pagan más. Pero no porque el impuesto recaiga sobre una mayor renta, sino porque el tipo impositivo es mayor para los tramos más altos de ingresos. Si a ello le sumamos un mínimo que está exento, nos encontramos con que los impuestos directos son progresivos: gravan proporcionalmente más en las rentas más altas.

Para hacernos una idea de hasta qué punto son progresivos los sistemas fiscales, vamos al último anexo estadístico accesible online, correspondiente al ejercicio fiscal de 2018. Vamos a la carga impositiva del IRPF, que viene en la página 851. Hacienda contabiliza el número de declaraciones y el porcentaje que suponen sobre el total. Ese porcentaje no será muy diferente del de contribuyentes, y a estos efectos lo tomaremos así.

Esta estadística controla los ingresos que tributan por IRPF. Es un criterio distinto del que recoge Kiko Llaneras, que se basa en los ingresos por hogar, dividido por 1 por el primer adulto, más un 0,5 por los siguientes y por 0,3 en el caso de los niños.

Así, la mitad de las declaraciones (grosso modo, la mitad de los declarantes) son los que ganan hasta 16.500 euros. Son, en realidad, el 49,5 por ciento de los declarantes, pero aportan el 4,2 por ciento de la cuota íntegra. Para alcanzar la mitad de la cuota íntegra, tenemos que irnos a los ingresos declarados por debajo de los 45.000 euros, que son el 92 por ciento de los declarantes. El otro 8 por ciento de los contribuyentes de IRPF aporta la otra mitad. Y el 0,1 por ciento aporta el último 8,2% de los ingresos. En este aspecto, ocurre lo mismo que la distribución de los ingresos, ya que los ciudadanos no tienen una idea muy clara de cómo se reparte la carga fiscal en función de los ingresos.

Ahora sumemos los dos fenómenos: 1) los españoles creen que están más abajo en la escala de ingresos de lo que están. 2) Saben, aunque no tengan claro hasta qué punto, que los más ricos pagan más. Los dos fenómenos sumados dan como resultado lo que se conoce como la “ilusión fiscal”. La ilusión fiscal es la idea de que los impuestos los pagan otros. Es la idea que puso en circulación el hacendista italiano Amilcare Puviani bajo el nombre de “ilusión financiera”.

Si los españoles piensan que los impuestos los pagan otros, pero ellos recibirán las ayudas del Estado porque están en la clase media o baja, lo lógico es que pidan que los impuestos sean más altos. Y como esa ilusión no desaparece con unos impuestos más altos, es una fuerza que sigue fomentando el alza de los impuestos, por muy alto que estén. Los contribuyentes son como un burrito que tiene atado un palo a la espalda. Un palo que va más allá de la cabeza, y que tiene atada una zanahoria. El burro ve la zanahoria y anda hacia ella, pero como la zanahoria se mueve con él, nunca la alcanza por mucho que ande.

Cabe objetar una idea. Si los impuestos son progresivos, y hemos visto que lo son, entonces es cierto para una amplia mayoría de los contribuyentes que los impuestos “los pagan otros”. De modo que no hay “ilusión fiscal”, porque no es una ilusión.

Pero sigue siéndolo, en gran medida. En primer lugar, porque los ingresos por IRPF son casi iguales a los de los impuestos indirectos: el IVA y los otros tributos de ese estilo, y son impuestos regresivos. Aunque seguramente en conjunto la tributación es progresiva, no lo es mucho.

Y en segundo lugar, porque no se cumple la función lineal que vincula los ingresos fiscales y los servicios prestados por el Estado. El Estado, cuanto más ingresa más gasta. Pero, por un lado, el gasto se destina a los actores y sectores que constituyen sus apoyos políticos, y no están necesariamente entre los ciudadanos que más ayuda necesitan. Muchas veces no es así. Y, en segundo lugar, el mayor gasto puede destinarse en mayor proporción al despilfarro.

Puviani hablaba, en el siglo XIX, de la “ilusión financiera” como resultado de la voluntad de los políticos de esconder el coste fiscal de sus actuaciones. Y seguimos engañados.

Foto: dimitri.photography.


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