El rápido progreso que ha experimentado la humanidad desde la revolución industrial y más recientemente desde la revolución digital se ha convertido en una amenaza emocional para muchos. El relativismo, tal y como algunos pensadores lo derivan de David Hume (una idea es verdadera si le corresponde una impresión), promete alivio para el individuo: si no hay teorías científicas, éticas o estéticas objetivamente correctas o falsas, también se elimina la obligación de tratar intelectualmente con ciertas afirmaciones, responder a las críticas o admitir los propios errores. Eliminadas las alternativas, el individuo solo flota en la corriente de su identidad colectiva, envuelto en las tradiciones de su sociedad. Si se le obliga a juzgar algo por sí mismo, sus sentimientos y no la razón o la lógica ganan. Allí donde se nivelan todas las diferencias, la razón ya no puede hacer pie.

Apenas habíamos descubierto en 1543 que la Tierra no es el centro del cosmos (revolución copernicana), cuando en 1859 Darwin presentaba su teoría de la evolución, mostrándonos entre otras cosas, que estábamos relacionados con los monos. 36 años después, Freud nos desvelaba que gran parte de nuestros pensamientos y nuestros actos están controlados por el subconsciente. Poco más tarde las ciencias sociales encontraban que las personas somos socializadas y moldeadas por nuestra cultura. Lo que, por un lado, si lo entendemos mal, puede representar un paso en el camino hacia el relativismo cultural, crea por otro lado el requisito previo para poder liberarse de las limitaciones sociales.

La perspectiva de una inteligencia artificial capaz no ya de comportarse como una mente humana, sino de superarla, presenta un potencial de incertidumbre sin precedentes

La revolución digital apenas acaba de empezar, pero se suma a los hitos mencionados en esta espiral de sorpresas del conocimiento que afectan severamente a la concepción que tenemos de nosotros mismos. Solo un ejemplo: la inteligencia artificial ya supera a la humana en varios aspectos. La perspectiva de una inteligencia artificial capaz no ya de comportarse como una mente humana, sino de superarla, presenta un potencial de incertidumbre sin precedentes.

El pensamiento subjetivo-relativista posmoderno ofrece al individuo, ante tales trastornos, un refugio en el que poder hibernar mentalmente sin tener que realizar cambios importantes en la propia vida o identidad. Sin renunciar realmente a la creencia en las ciencias que hacen posible su teléfono inteligente, el hombre del siglo XXI puede sentirse cómodo en una especie de Edad Media espiritual. Cuando todas las diferencias objetivas dan paso a relaciones subjetivas, la disonancia cognitiva pierde sus características incómodas. Las revelaciones también pueden ser ambiciosas, porque ocultan la idea de que los hechos existen, independientemente de si las personas creen en ellos o no. O, para decirlo de otra manera, el subjetivismo promete que basta con desear algo con la fuerza necesaria como para convertirlo en realidad. El hecho de que el lema “Todo vale” implica lógicamente la frase “… o nada vale” se pasa por alto deliberadamente.

De la mano del relativismo es posible sostener la creencia en todo tipo de cosas irracionales que no podrían encontrar lugar en una visión del mundo más objetiva. El espectro va desde la superstición tradicional de la existencia de lo sobrenatural, hasta los horóscopos y similares. Cada vez somos menos inmunes a la irracionalidad…. o lo somos tan poco como lo éramos hace 1000 años. Según estudios, alrededor del 35 al 50 por ciento de la población de los EE. UU. cree en fantasmas, ovnis y telepatía.

Su absurda tesis: el pene humano no es tanto un órgano genital masculino como un “constructo social dañino”

Si prefieren un punto de vista más intelectual, encontrarán toda clase de absurdos en la rica oferta de la posmodernidad. Esto queda adecuadamente ilustrado con el “experimento” de Peter Boghossian y James Lindsay. Los dos autores de la revista estadounidense “Skeptic” lograron, bajo seudónimos y con un artículo muy extraño, pasar los filtros de la revisión por pares de la revista “Cogent Social Studies” (entre otros hoax). Su absurda tesis: el pene humano no es tanto un órgano genital masculino como un “constructo social dañino”. Y aún más grotesco: es precisamente esta forma de órganos genitales lo que constituye una de las principales causas del cambio climático.

La sátira de Boghossian y Lindsay en la forma en que se llevó a cabo es únicamente posible desde la absurda pero permanentemente proclamada idea de que el propio sexo no está principalmente genéticamente predeterminado, sino que es fundamentalmente fruto de una construcción social. La verdad no es lo que dicta la genética, sino lo que dicta la percepción subjetiva de… ya les dejo yo a ustedes buscar sabios y dictadores de verdades.

Lo cierto es que los teóricos del Gender meinstreaming pueden referirse y citar a numerosos autores posmodernos. Michel Foucault, por ejemplo, consideraba la verdad únicamente como un producto de los sistemas sociales de poder y a la Razón apenas como “el lenguaje de la locura.  Este filósofo francés, que hoy en día se enseña en todas las universidades y centros de educación superior, se opuso explícitamente a “la idea de necesidades universales en la existencia humana” (Martin Rue: „Truth, Power, Self: An Interview with Michel Foucault”, in: Luther H. Martinet al. (Hg.) “Technologies of the Self”, The University of Massachusetts Press 1988, p. 11.)

Ya no se puede hablar de objetividad si la verdad es simplemente un sistema de procesos (sociales y culturales), que a su vez obedecen a relaciones de poder más o menos arbitrarias y una realidad fuera de estas relaciones no es reconocible para el hombre. Llegados a este punto, la esperanza en el poder emancipador de la razón queda completamente destrozada y, por lo tanto, también aquellos estándares comunes que podrían conectarnos como personas en la ciencia, el arte y la moralidad.

Quienquiera que pueda hacerte creer en algo absurdo puede hacer que cometas delitos

Voltaire, ese gran ilustrado, vivió demasiado pronto como para referirse a los posmodernistas cuando escribió: “Quienquiera que pueda hacerte creer en algo absurdo puede hacer que cometas delitos” (Voltaire: „Oeuvres complètes de Voltaire“, Band 8, 1836, S. 691.) Sin embargo creo que es  muy probable que habría dicho algo similar refiriéndose a muchos oscurantistas de nuestro tiempo.

Cito a Voltaire porque yo, como él, creo que lo verdaderamente iluminador es entender cómo la razón, la creatividad y la crítica ponen a disposición de las personas nuevos conocimientos y, por lo tanto, nos llevan a una vida objetivamente mejor. Los autores posmodernos no son de ninguna manera los únicos que carecen de esta comprensión del progreso en su hostilidad para razonar. Los ingenieros sociales (comúnmente llamados sociólogos, o ideólogos en algunos casos) nos invitan también a abandonarnos en manos de sus diseños y de quienes están “capacitados” para llevarlos adelante. Lo hacen porque rechazan las dos condiciones básicas de las sociedades que funcionan racionalmente: la libertad y la responsabilidad del individuo, su capacidad de juzgar y sopesar sus juicios sobre el mundo según la razón y lo aprendido. Evidentemente esto le hace a usted libre también para juzgar lo que le estoy contando como una solemne tontería. Faltaba más.

Allá por el 1900 la esperanza de vida era de 40. Hoy vivimos de promedio 80 años

La cultura de la creatividad y la crítica que comenzó en el siglo XVIII dio al mundo una época de progreso que aún continúa. Nunca en nuestra historia la mayor parte de la humanidad ha podido experimentar más prosperidad, paz y salud que hoy: A principios de la década de 1980, el 44 por ciento de la población mundial aún vivía en la pobreza extrema. Hoy apenas son el 11 por ciento. En 1950, el número de personas muertas en guerras en todo el mundo era de más de 20 por cada 100,000 habitantes, hoy en día este número es menor a 1. Allá por el 1900, incluso en Europa, la esperanza de vida era de 40. Hoy vivimos de promedio 80 años.

Dudando y aprendiendo hemos llegado hasta aquí. Haciendo uso de la razón, herederos de las ideas de la Ilustración. Pero como la duda es parte de esa herencia, era previsible que tarde o temprano se volvería contra las condiciones de la Ilustración misma. El péndulo sigue su camino y nos ha traído a la negación de la razón, de la realidad y de la objetividad. Sin embargo, los problemas son inevitables y se necesita progreso para dominarlos. Pero como nunca podemos estar completamente seguros de haber encontrado la solución adecuada a un problema, debemos confiar en sociedades abiertas que cultiven una cultura de crítica objetiva, no un pensamiento único, una latría de lo subjetivo. Debemos mantenernos alerta, pues la razón sólo puede llevarnos a la prosperidad únicamente si no se vuelve contra sí misma, es decir: donde la verdad y la realidad se entienden como algo que puede ser perseguido y alcanzado objetivamente y con éxito.

Foto: Lacie Slezak

11 COMENTARIOS

  1. Me parece un artículo brillante, pero tengo algunas dudas:
    – Goya, uno de los máximos exponente de la Ilustración española, creó una serie de grabados destacando en uno de ellos que “El sueño de la razón produce monstruos.”
    – Pascal, el ideal antilustrado, basaba su obra en la razón, pero dejó escrito que “el corazón tiene razones que la razón ignora”.
    – El socialismo y el comunismo como en general cualquier ideología, debe apelar a la razón y al corazón, no puede apelar sólo a una de ellas y lo harán como convenga en favor del pre-juicio.
    Muy de acuerdo con el comentario de Tamuda.

  2. ¿Estamos en una época que ha perdido el sentido de la realidad? Parece querer decir el autor de este art. Pero antes habría que preguntarse en qué consiste la realidad para el hombre.

    Con los Tiempos modernos comienza un movimiento de gran amplitud que conducirá a expulsar de la visión del mundo tanto a los cuerpos celestes como a los ángeles. La desaparición de los ángeles es una historia que está por escribir, pero que se va concretando en una especie de tabú contra la metafísica, que a mi modo de ver, es la gran superstición sobre la que asienta la modernidad. Todo lo que no sea susceptible de comprobación lógica no existe, y además, está prohibido, dice este tabú. Bacon, el primero en asignar a la ciencia una orientación técnica, es quizás también el primero en afirmar que la física, una vez consumada, hará superflua a la metafísica. Y ¿por qué no prohibir algo que es superfluo? Primer atentado al modo en que el hombre se hace cargo de su realidad.

    Desde entonces, el espíritu público de las sociedades occidentales ha hecho de la adhesión al progreso el criterio del bien, pudiendo ser desacreditado sin apelación posible aquel que resulta sospechoso de rechazarlo o de oponerse a ello. Ahora bien, en la misma medida en que resulta indiscutible el crecimiento de los saberes y de las técnicas, en esa misma medida es difícil afirmar que el género humano progrese en civilización. Más discutible aún es la relación de causa-efecto entre el crecimiento del saber y del poder de las cosas y las consecuencias morales que supuestamente produce. El progreso resulta pues, objeto de una creencia, como en Auguste Comte. Otros lo creen ineluctable, como Spencer. Con el darwinismo recibe una base científica, dando a un mito ya existente las garantías científicas que exigía. Marx, que admiraba a Darwin y le habría dedicado gustosamente El Capital, consideraba el paso al comunismo el resultado de un movimiento natural.

    Pero esta visión naturalista y racionalista de lo que es realidad ha fracasado históricamente, porque niega la condición humana y pretende crear otra modificada que se ajuste a su proyecto; el Nuevo Hombre comunista, soviético, nacionalsocialista, fascista, o el andrógino actual al que aspiran las socialdemocracias europeas. Un hombre sin pasiones, que no es hombre ni mujer. En definitiva una quimera.

    Los cantores del proyecto moderno, quieren que el hombre sea dueño tanto de sí como del universo, que tome las riendas de su destino. La retórica de la Ilustración es y permanece inagotable en este punto. Pero el optimismo de la Ilustración no recae en la naturaleza humana, sino más bien en lo que PODRÍA HACERSE con ésta mediante el progreso de la ciencia, la educación y el gobierno, y en general, mediante la reconstrucción racional de la sociedad, superando a esa criatura menesterosa, pasional y crédula que es el hombre. Es decir, no parte de la realidad del hombre tal y como se ha constituido históricamente, sino que negando la Historia, pretende fabricar un Hombre Nuevo que se ajuste a la quimera de un orden artificial. Proyecto ya experimentado y fracasado, pero que solo la torpeza burocrática en su forma socialdemócrata, se empeña en seguir llevando adelante.

    De otro lado, la idea de progreso se vuelve gustosamente hacia el pasado para medir con satisfacción las distancias ya recorridas y sacar razones para aguardar un futuro aún mejor. Hoy es la atmósfera invisible que tiñe la visión de la historia en las sociedades occidentales, amenizada con el colorido tecnológico.

  3. “…Eliminadas las alternativas, el individuo solo flota en la corriente de su identidad colectiva, envuelto en las tradiciones de su sociedad. Si se le obliga a juzgar algo por sí mismo, sus sentimientos y no la razón o la lógica ganan. Allí donde se nivelan todas las diferencias, la razón ya no puede hacer pie”

    Esa sería la consecuencia de un relativismo cultural asfixiante, Luis. Sin embargo, a nivel individual, como humanos que somos, aplicar la razón y la lógica en exceso, anulando el sentimiento, puede resultar infructuoso y abrumador para dilucidar o esclarecer cuestiones que nos lleven a elegir o tomar decisiones concretas. Y suele ocurrir que, cuando lo piensas mucho, lógica y razonadamente, es fácil que te acabes yendo por las ramas y que te alejes de la respuesta que buscas. Si lo piensas mucho, también te bloqueas, lo complicas sin remedio y lo peor de todo, hay un grado de incertidumbre que no consigues salvar. Valga la clave que le dio Hannibal Lecter a su inocente e impaciente Clarise, en El Silencio de los Corderos, para resolver el caso y echar el lazo al escurridizo asesino en serie: “Simplicidad, Claris”.

    El ejercicio de descomponer, desnudar y reducir los “problemas” o enigmas a lo esencial no es tan fácil. Como tampoco lo es identificar o reconocer las emociones más básicas que cubren necesidades nuestras o de otros, y que a su vez son las que soterradamente guían o motivan las acciones. Por algo se dice que: “La naturaleza acerca e iguala a los hombres y en cambio la educación y la cultura los clasifica y los separa”.
    Si consiguiéramos mirar a los individuos de los grupos humanos como personas que son y no en base a clasificaciones políticas, religiosas, educativas, ideológicas, por raza, por sexo, por estatus social… sería más fácil tratarlos como personas y comprender que sus necesidades y sus problemas esenciales no son tan diferentes a los nuestros. Pero claro, la expansión y complejidad de las sociedades en todos los órdenes es el espejo en el que se miran y se acaban saturando los individuos a niveles insoportables. A mayor complejidad tecnológica, personal, relacional y social, mayor nivel de diferencias ficticias entre los actores sociales, peor comunicación efectiva entre ellos y más aislamiento.

    Y es que toda forma de vida social, desde la aparición del Homo Sapiens, es un continuo de situaciones vividas como reales y en permanente construcción y conflicto, en el entorno que ocupamos y nos movemos, con unos claros efectos físicos y mentales. Por lo general, la pertenencia a un grupo social o la identificación con una determinada identidad y cultura, no es un proceso cerrado ni definitivo, sino que depende de esa construcción continua, donde la cultura y la identidad si existen, funcionan y tienen sentido, es en la práctica cotidiana y no en el mundo abstracto de las ideas.

  4. La ideología liberal y la ideología comunista son subpoductos racionalistas de la Ilustración. Al abolir lo sagrado con subterfugios racionalistas y simplistas, ese espacio fue ocupado por las ideologías que se fueron construyendo con una mezcla de razones, sofismas y vestigios fragmentarios de relatos sagrados, en especial el comunismo al desplegar astutamenmte el paradigma de la víctima de resonancias cristianas.
    La Ilustración sirvió de impulso para las ciencias de la naturaleza, para la tecnología y para la industrialización, pero no consiguió llevar su luz a lo más recóndito de la naturaleza humana. Curiosamente muchos científicos del XIX eran apasionados practicantes del espiritismo y de otros entretenimientos nada racionales.
    La razón había sido una herramienta intelectual en Occidente mucho antes de la banalización de la Ilustración que generó una desastrosa simplificación de la condición humana al aplicar formas de las ciencias duras o supuestos mecánicos para explicar el comportamiento del individuo y de las sociedades. Eso empobreció todo el campo de las humanidades e hizo de las nacientes disciplinas sociológicas instrumentos de control antes que de conocimiento.

  5. Saludos y gracias por comentar.
    Una respuesta a sus varias preguntas: la razón -es mi opinión, evidentemente- debe ayudarnos a acercarnos a la realidad, a la verdad. Si aceptamos como verdadero y real lo que “vemos” a través del filtro ideológico, por ejemplo, estamos errando en nuestro acercamiento a la comprensión de lo nos rodea, y por ende, de nosotros mismos.
    A su último comentario: cierto. Lo de los caminos a-traumáticos es un invent. El invent, diría yo.

  6. Es que la búsqueda de la verdad comienza cuando se empatiza con el lugar de donde se trata de filtrar y extraer. A veces los puntos de vista son tan cambiantes que solo el objetivo puede darte una idea de donde se comienza y se acaba de ser realista. Con medias verdades juegan por ejemplo los comunistas que aún necesitando de 6 horas de discurso como Fidel Castro en sus mejores momentos, pueden convencer con argumentos a medida de que el comunismo es bueno aún con la miseria en la que viven los cubanos.

  7. Veritas, Quod Veritas? preguntó el ilustrado y racionalista romano al supertiscioso judio que creía en lo sobrenatural. Hay algo que no entiendo del planteamiento del artículo, probablemente debido a mis pocos conocimientos filosóficos. Si la modernidad y su producto la Ilustración sembraron la duda ¿de qué se extraña el autor que su nieto preferido, la posmodernidad, dude de todo? Si los filósofos de la Ilustración nos enseñaron que no existe verdad objetiva, que todo depende de los sentidos, que el hombre nace sin ideas innatas y por tanto es moldeable mediante la educación para crear ese hombre nuevo virtuoso ¿de qué se extraña que hoy en día se afirme como doctrina oficial que no existen hombres o mujeres, que todo es un producto cultural y que por tanto puede alterarse esa creencia subjetiva?.
    Por último un comentario a la siguiente afirmación del articulista: “La cultura de la creatividad y la crítica que comenzó en el siglo XVIII dio al mundo una época de progreso que aún continúa. Nunca en nuestra historia la mayor parte de la humanidad ha podido experimentar más prosperidad, paz y salud que hoy” Sí, es verdad, pero también es verdad que esa misma cultura engendró los monstruos que llevaron a cometer exterminios masivos de población.

    • Saludos y gracias por comentar.
      Una respuesta a sus varias preguntas: la razón -es mi opinión, evidentemente- debe ayudarnos a acercarnos a la realidad, a la verdad. Si aceptamos como verdadero y real lo que “vemos” a través del filtro ideológico, por ejemplo, estamos errando en nuestro acercamiento a la comprensión de lo nos rodea, y por ende, de nosotros mismos.
      A su último comentario: cierto. Lo de los caminos a-traumáticos es un invent. El invent, diría yo.

      • Muchas gracias por su respuesta. Comparto su afirmación de que la razón debe ayudarnos a acercarnos a la verdad, pero ¿no le parece que eso enlaza más con el pensamiento tradicional cristiano que con la Ilustración ? Al menos con la Ilustración eciclopedista por llamarla de alguna manera

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