En la devoción por la tierra donde se ha nacido se oculta muchas veces un elitismo aristocrático, capaz de desbaratar las fronteras de la fisiología humana. Lo denunció Alexis de Tocqueville cuando percibió en La democracia en América (1835) cuán empeñados estamos en no reconocer en los demás los rasgos de humanidad y poco falta para que tomemos a ciertos individuos como “un ser intermedio entre el bruto y el hombre”, explicó.

La profecía de Tocqueville asoma 31 años antes de que “el gran brujo” Nathan B. Forrest combatiera la igualdad jurídica de los negros norteamericanos en defensa de los privilegios “amo-esclavo”. En el mismo año en que Forrest fundaba en Tennessee el club del Ku Klux Klan se conocían en el ámbito académico las Observaciones sobre una clasificación étnica de los idiotas (1866), una obra en donde su autor, John L. Down, consideró que no hay rastro de cualidades intelectivas superiores fuera de las poblaciones caucásicas, o sea, blancas.

Henry L. Mencken, apodado el sabio de Baltimore, avivó la discriminación social y propuso un programa de esterilización para los aparceros del sur de Estados Unidos

Igual que hicieron, entre otros, Meiners, Morton, Broca y Down, el editor y periodista Henry L. Mencken (1880-1956), apodado el sabio de Baltimore, avivó la discriminación social y propuso un programa de esterilización para los aparceros del sur de Estados Unidos. Mencken murió un año después de que EE UU derogara la última de las leyes que impedía a los afroestadounidenses ejercer el derecho al voto. La abolición de la infame legislación Jim Crow fue un suceso tardío puesto que, desde principios del siglo XX, se sabía desde el punto de vista científico que no había diferencias entre los cerebros de un blanco y de un negro: el neurólogo de la Universidad de Cornell, Burt Wilder, ya lo había mostrado con datos y fotografías en la mano durante su conferencia en la Charity Organization Society (Nueva York: 1909).

Al otro lado del Atlántico, en el continente europeo cundía asimismo el miedo a los cambios democráticos, miedo que iba escoltado por la furia que generaba el declive de las tradiciones elitistas. Y en ese duelo entre lo viejo y lo nuevo muchos abrazaron la existencia del Übermensch o Superhombre. El pensador que moriría loco, Friedrich Nietzsche, sobresalió de forma inusual en definir la morfología selectiva de individuos racialmente sobrehumanos. En La voluntad de poder (1901), el filósofo del imaginario alabó el objetivo moral y político de alcanzar “no solo una raza de señores cuya misión se agote gobernando, sino una raza que […] se pueda conceder todos los lujos, bastante fuerte para no aguantar la tiranía del imperativo de la virtud, bastante rica para no tener necesidad de la parsimonia y de la pedantería, más allá del bien y del mal”.

Lapouge tuvo la ocurrencia de separar a los europeos. Y distinguir la raza superior del ‘Homo europeus’ (ario, rubio, emprendedor) frente a la raza inferior del ‘Homo mediterraneus’ (semita, moreno y vago)

Pero Nietzsche no fue el único fanático. Hubo otros que multiplicaban sus quejas contra los infrahombres en alegatos a favor de los superhombres. Y a partir de este humus tenebroso y violento nacieron los atlas de anatomía “racista”. El fundador, junto con Jules Guesde, del Partido Socialista, hablamos de Georges Vacher de Lapouge (1854-1936), vulgarizó la propuesta eugenésica de promover el exterminio de pueblos enteros, en caso de no ponerse límites a la reproducción. Lapouge, que era un noble francés, tuvo la ocurrencia de separar a los europeos. Y distinguir la raza superior del Homo europeus (ario, rubio, emprendedor) frente a la raza inferior del Homo mediterraneus (semita, moreno y vago).

Con paños aristocratizantes se reflotó el mito de la raza escogida. Y con ayuda de las bioideologías se logró dar una orientación racista al nacionalismo. En España, la moda lamarckista de cortar a saltos la Historia produjo toda suerte de alucinaciones. El poeta gallego Eduardo Pondal y Abente (1835-1917), el vate de la nación gallega, llegó a escribir en su poema La raza: “vosotros sois de los cíngaros, de los rudos íberos, de los vagos gitanos, de la gente del infierno […,] nosotros somos de los celtas, nosotros somos gallegos”.

El lema, insultante, de “yo soy distinto a ti porque me siento más que tú” transmitía los venenos del Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853) de Joseph Arthur de Gobineau. Y de la creencia en grupos étnicos peores surgieron los cantos sobre la especificidad de una raza. Uno de sus bardos más conocidos, Sabino Arana y Goiri (1865-1903), el fundador del fascismo regionalista vasco, colocó a los vascos en un estrato moral y biológicamente tan superior que, en contraposición a ellos, Arana ubicó a los no vascos, esto es, a españoles (o maquetos) muy cerca del escalafón de los simios.

Desde el punto de vista nacionalista los racistas eran alienistas, dado que admitían que un ser humano puede ser enajenado de su humanidad al vivir al lado de otros seres humanos. En este contexto, del inventor del fascismo regionalista catalán, Enrique Prat de la Riba, sabemos que admiraba la tradición antisemita alemana. Y, creyendo que los siglos de cultura se transmiten por la herencia, de la Riba adujo en La nacionalidad catalana (1906) que la raza constituye un factor determinista de primer orden, pues “ser de una raza quiere decir tanto como tener el cráneo más o menos largo o amplio, alto o achatado, poseer un ángulo encefálico más grande o menos pequeño, ser de complexión orgánica fuerte o débil, ágil o pesada, delicada o grosera, estar inclinado a tales pasiones o vicios o a tales cualidades o virtudes”.

La raza no es criterio jurídico en un Estado de derecho. Es una antigualla muy tóxica, un relato a extinguir, dado que pervierte las relaciones sociales

No lejos de estas ponzoñas falsas y maniqueístas, en pleno siglo XXI bastantes personas se sienten amenazadas por la llegada, en su opinión, de individuos (¿racialmente?) “subculturales”. Los discursos apocalípticos de Michel Houellebecq recuerdan los gritos de descontento que lanzaba Oswald Splengler en su Decadencia de Occidente, hace justo 100 años. Y del mismo modo que los dirigentes de la Liga Norte desprecian por cuestiones identitarias a sus compatriotas del sur de Italia, los economistas anglosajones emplean de manera insultante ¿solo en términos financieros? el acrónimo “cerdos”, “pigs” en inglés, para referirse a los países meridionales menos prósperos, como Portugal, Italia, Grecia y España, mientras que ciertos políticos con partitura idénticamente sectaria persisten desde diversos puntos de la geografía europea en lanzarnos su peculiar mensaje nacionalista. Y ello con el propósito de mantener el postulado diferencial de que la raza está ahí, de que “los Otros nos invaden” y “no son de los nuestros”, además.

La raza no es criterio jurídico en un Estado de derecho. Es una antigualla muy tóxica, un relato a extinguir, dado que pervierte las relaciones sociales. Y, sin embargo, hay electores, dentro y fuera de Europa, que votan, ¿cómo es posible?, a partidos racistas. Con el “yo soy distinto a ti porque me siento más que tú” la modernidad parece que no ha llegado a cuajar lo más mínimo, igual que en algunas de las regiones españolas más ricas no pocos de sus líderes siguen apadrinando los axiomas antidemocráticos de aquel sacerdote llamado Félix Sardá y Salvany, para quien satánicamente El liberalismo es pecado (1884), debido a la naturaleza, delictiva e inmoral a su juicio, de la igualdad. Y de la libertad.

Foto: Noah Buscher


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María Teresa González Cortés
Vivo de una cátedra de instituto y, gracias a eso, a la hora escribir puedo huir de propagandas e ideologías de un lado y de otro. Y contar lo que quiero. He tenido la suerte de publicar 16 libros. Y cerca de 200 artículos. Mis primeros pasos surgen en la revista Arbor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, luego en El Catoblepas, publicación digital que dirigía el filósofo español Gustavo Bueno, sin olvidar los escritos en la revista Mujeres, entre otras, hasta llegar a tener blog y voz durante no pocos años en el periódico digital Vozpópuli que, por ese entonces, gestionaba Jesús Cacho. Necesito a menudo aclarar ideas. De ahí que suela pensar para mí, aunque algunas veces me decido a romper silencios y hablo en voz alta. Como hice en dos obras muy queridas por mí, Los Monstruos políticos de la Modernidad, o la más reciente, El Espejismo de Rousseau. Y acabo ya. En su momento me atrajeron por igual la filosofía de la ciencia y los estudios de historia. Sin embargo, cambié diametralmente de rumbo al ver el curso ascendente de los populismos y otros imaginarios colectivos. Por eso, me concentré en la defensa de los valores del individuo dentro de los sistemas democráticos. No voy a negarlo: aquellos estudios de filosofía, ahora lejanos, me ayudaron a entender, y cuánto, algunos de los problemas que nos rodean y me enseñaron a mostrar siempre las fuentes sobre las que apoyo mis afirmaciones.

6 COMENTARIOS

  1. Ando en desacuerdo con algunos comentarios que he leído. Seré muy conciso.

    Si alguien expresa que los sobrehombres tienen el derecho a gobernar por ser de la superraza de los superhombres; si ese alguien admite que los sobrehombres harán, fuera criterios morales, lo que les salga de sus excelcísimas seseras; si el mismo alguien indica que el resto de los miembros de la humanidad pertenece a la ralea de los infrahombres; ¿no se puede llamar racista a Nietzsche?, porque algunos de los comentaristas están proponiendo que sacar la bicha del racismo es un insulto en toda regla contra Nietzsche: él que no hacía más que insultar a la gente del pueblo, en especial a los trabajadores de tendencias anarquistas/socialistas/cristianas.

    A mi juicio, el elitismo de Nietzsche es tan aristocrático como racista. Y delata un profundo miedo a los movimientos democráticos de masas. En Nietzsche no se sabe muy bien dónde empieza lo aristocrático y dónde acaba lo racista. Y si no era un racista, ¿por qué Nietzsche tuvo que dividir la Humanidad en dos bloques, el de los subhombres y el de los sobrehombres? Nietzsche era un pensador profundamente antidemocrático (https://www.casadellibro.com/libro-nietzsche-contra-la-democracia–montesinos-ensayo/9788492616671/1699924). Y ustedes olvidan que él situó su visión profética u oracular de la política en la época prepolítica = lejos de la etapa de la democracia griega (s. V a. C.).

    Saludos.

  2. Sinceramente llamar racista a Nietzsche es delirante.
    El maestro aleman imaginó el superhombre no físico sino de voluntad de ir mas allá en la busqueda de la verdad. Para el filósofo no era algo hereditario a lo Mendel sino una evolución personal, mucho más cercano al budismo que a las teorías sobre la raza. El Übermensch esta por encima de los demás pero no es una raza.

    Y lamentable el siglo pasado cuando todos los paletos, muchos de ellos con titulo universitario se apuntaron a falsas teorías como la nefrología, dimensiones craneanas, definiciones de razas y claro eso unido al nacionalismo fue letal: En Alemania ya sabemos donde acabó, pero en Francia e inglaterra hubo su razismo local. Nosotros ya vimos la explosion de los nacionalismos de pandereta locales con sus superhombres de pega, justo para diferenciarlos de los vecinos.

    Todo aquello esta muerto en ciencia. Más bien las pruebas de la evolucion nos indican que hace unos miles de años, todos eramos negros y residentes en Africa y de ahi emigramos por el mundo sufriendo mutaciones. Todos venimos de Lucy que nacio en la actual Tanzania o quizás de mas atras y pese a que les gustaria a muchjos la inteligencia proviene de parte de la herencia pero se manifiesta sobre todo en el ambiente donde uno vive cuando es positivo. La inteligencia es sobre todo de incubacion social. Como para pedirle a los inquilinos del tio Tom que resolvieran ecuaciones diferenciales desde la choza alumbrados con velas.

    La raza es uno de los parametros de la variabilidad humana, como la altura, o la talla de zapatos.

    Poco mas

  3. ¿Estoy en Disidentia?

    ¿No era que esto era un periódico donde se pueden decir las verdades sin miedo a la invectiva de los políticamente correctos?

    Yo sugeriría leer todos los ensayos sobre Coeficientes de Inteligencia y raza….desde de “The Bell Curve” de Murray hasta todos los que ponen a este a caer de un burro.

    Y luego ya si eso comentar sobre una base más realmente informada sobre qué sean las razas y sus características tanto biológicas, como ambientales, como educacionales y sus resultados en cuanto a desarrollo y bienestar

    Porque nadie se rasga las vestiduras si se dice que los negros están mejor dotados para ciertos deportes o ciertas actividades, pero todo el mundo se ofende si se dice que el CI medio es inferior en negros que en blancos (e inferior el de los blancos que el de los japoneses, chinos o koreanos)…

    Por supuesto que eso no significa que todo ser humano no deba ser tratado de igual forma en cuanto a derechos y a valía humana. Eso es un imperativo moral.

    Pero mejor mirar a la realidad de frente y no esconder la cabeza debajo del ala.

    Creo

  4. “hay electores, dentro y fuera de Europa, que votan, ¿cómo es posible?, a partidos racistas.” ¿De verdad? vaya que mal informado estoy, ¿Qué partidos son esos? como está hablando de una ámbito geográfico muy amplio, Europa y más allá, supongo que no se referirá exclusivamente a los que cita en el artíuculo, PNV, único partido genuinamente racista que conozco, y el nacionalismo catalán también. Pues no caigo cuáles son esos partidos racistas. Salvo que entendamos por racista todo aquello que se aleje del discurso progre sobre la inmigración, claro, entonces ya entiendo por dónde va el artículo.
    Por cierto el racismo es un invento muy moderno, otro hijo de la Ilustración y la modernidad, no una “antigualla”. No es una reacción de unas élites “tradicionalistas” contra la democracia, no, ni mucho menos. Es un producto progresista presuntamente científico y racionalista propio de la modernidad, como la eutanasia, la eugenesía o el aborto. No, no metan al Ancien Regime en esta historia, que ya tiene sus pecados, no es necesario que cargue con los de los demás. La modernidad tiene dos caras, una buena sin duda, pero también tiene una mala, y de esa se suelen olvidar con frecuencia los entusiastas del progreso, o se la atribuyen a otros.

  5. Parece que la autora tuviera un novio negro.
    Creo que se mezclan muchos puntos de vista, batiendo en el mismo vaso la aristocracia intelectual de Nietzsche críticando la perversión democrática con un nacionalismo que desprecia lo diferente o un esclavismo con el que poco tenemos que ver cómo nación, algo similar a la violencia machista, ahora resulta que somos los menos violentos del mundo.
    Nietzsche o Spengler solo tratan de advertirnos de la decadencia de la sociedad democrática que se avecinaba y de la que hoy tratamos de salir de manera desesperada.
    Una persona selecciona sus amistades en función de sus preferencias personales, una nación selecciona sus invitados en función de su idiosincrasia, no hay racismo excluyente, solo preferencias sociológicas.

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