El colectivismo, en todas sus variantes, es el fundamento de un sistema de valores y normas en el que usted y yo no pintamos absolutamente nada. El colectivista no dudará ni un instante en sacrificar su vida o la mía para lograr sus sacrosantos y moralmente superiores fines para el “conjunto de la sociedad”. Sí, ya lo sé, esto no nos lo cuentan en ninguna campaña electoral. De hacerlo no saldrían elegidos en unas elecciones y eso dificultaría su acceso al poder, impidiéndoles así violentar las instituciones para adaptarlas a la consecución de sus objetivos.

Los colectivistas se inventan enemigos e historias de salvación necesarias para enfrentarlos, porque si luchamos contra los enemigos, esto es: los capitalistas, la economía de mercado, los ricos, los peces gordos, la “casta”, entonces —y sólo entonces— podremos alcanzar el gran paraíso, la sociedad de iguales, la sociedad en la que la atención básica de todos está asegurada (pero sólo eso), en la que nadie tiene de qué preocuparse -y nadie puede pensar que puede mejorar su situación más allá de lo que se le asigna-, en la que poder ser infinitamente felices en compañía de los otros muchos zombies.

La cooperación entre individuos es la base de nuestra civilización. Esta cooperación no se fundamenta únicamente en la satisfacción de nuestros propios deseos, también incluye un componente eminentemente social, colectivo: la necesidad de armonía, paz y seguridad. Ésa y no otra, es la razón por la que nos organizamos en sociedades. El colectivismo, sin embargo, nos aleja de cualquier valoración positiva del individuo. La acción individual está en continuo proceso de regulación, invadida por una burocracia innecesaria. Los pensamientos incorrectos se suprimen, el pensador disidente se enfrenta a la ira de las masas y quienes dictan la ortodoxia. Una proporción significativa del esfuerzo político actual se invierte en reducir la autonomía individual. Desde la política se niega que los individuos puedan expresar su propia voluntad, consolidar su carácter y determinar su propio destino.

En la lucha contra una sociedad profundamente conformista, hostil ante cualquier forma de autonomía personal, no puedo pensar en una táctica mejor que la de recomendarles generar discusión en todas las áreas que les sea posible

El sello distintivo de todos los colectivistas es la hostilidad, el desprecio por los individuos. Los individuos no cuentan para nada, los grupos a los que se les asignan derechos, los grupos victimizados, los grupos a clientelizar y fidelizar están por encima de todo. Cada uno de nosotros —todos y cada uno de nosotros, los miembros de esos grupos paradójicamente también— somos elementos perfectamente prescindibles si de lograr el “bien común” se trata.

Hoy les cuento esto porque el pasado lunes leí un tuit que me heló la sangre. Christian Dorsten, director del Instituto de Virología de la Charité en Berlin, nos dejó a todos con la boca abierta y llenos de estupor:

Sus palabras en español: “Esta enfermedad es una enfermedad suave. Nos preocupamos de la sociedad, no de cada uno”. Nunca (excepto en boca de algún descerebrado de Extinction Rebellion) había oído por parte de alguien tan relevante un manifiesto colectivista tan contundente. Jamás había visto tanto desprecio por la vida de cualquiera de nosotros.

En palabras de Oscar Wilde, el individualismo altera «la homogeneidad de la especie, la esclavitud de las costumbres, la tiranía del hábito y la reducción del hombre al nivel de la máquina». En la lucha contra una sociedad profundamente conformista, hostil ante cualquier forma de autonomía personal, no puedo pensar en una táctica mejor que la de recomendarles generar discusión en todas las áreas que les sea posible, dejando que su individualidad y sus verdaderas inclinaciones, instintos y pensamientos corran libremente.

Foto: Ani Kolleshi

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5 COMENTARIOS

  1. En cualquier civilización hay cooperación de individuos, incluso en un civilización caníbal hay que cooperar. Por tanto, ese principìo no nos dice gran cosa. Luego, lo del «componente eminentemente social» es una pura abstracción que no explica nada. Lo que hay son estructuras de integración familiar, profesional, amistosa, municipal, etc. Esas estructuras o relaciones son tradiciones que van evolucionando en función de una multitud de factores.

    La sociedad, que es algo inexistente, puede sobrevivir en la idelogía pero lo preocupante es que la Civilización Occidental ya no tiene garantizada su supervivencia biológica.

  2. La verdad es que en español la frase suena bastante mal, aunque yo no suelo hacer mucho caso a las frases que sueltan por su boca portavoces de todo tipo. Uno nunca sabe si saben lo que están diciendo, o si era eso lo que querían decir.

    Si la sociedad se compone de individuos y los individuos no son importantes sería mejor hacerlos importantes motivándolos a inmolarse, de esta manera su sacrificio tendría sentido al transferir a la sociedad salvada un valor moral superior. (No veo a muchos dispuestos, parece que no es la época adecuada)

    Si al individuo no se le hace participe como protagonista altruista de este sacrificio, la sociedad sufrirá una degeneración moral por la exterminación discriminada de individuos infecciosos.

    Veo ya la piras humeantes en los vertederos de extrarradio donde se inmola el «coronavirus» para reciclarse en altruismo. Qué bonito. Yo me pido el trampolín más alto.

  3. Entiendo la repulsa al colectivismo del autor, en tanto que, en grado extremo, puede convertirse en un totalitarismo donde los individuos son piezas substituibles y sin valor intrínseco y que pueden exterminarse por tanto si beneficia al conjunto. No obstante, creo que hay que valorar positivamente el buen «colectivismo», no el que pone a la economía o al Estado por encima de los individuos, sino el que trata de sacar el mayor beneficio para el mayor número (parafraseando el utilitarismo de Bentham). A veces sacrificios de unos pocos individuos salvan a una cantidad mucho mayor de población, como la heroica labor de algunos de nuestros miembros de las fuerzas del orden en labores que ponen en riesgo sus vidas, del mismo modo que una madre o un padre puede sacrificarse por sus hijos. No todo es un puro egoísmo individualista «para mí, para mí». Por suerte existen unos valores morales colectivistas, favoreciendo a la especie por encima del individuo.

    Hemos de pensar también que muchas de las grandes filosofías de la vida se asientan sobre valores colectivistas. Ocurre con el budismo, en el que el individuo es una gota de agua en el río de la vida. La metáfora de que los individuos son como hojas de un árbol que se renuevan con cada ciclo de estaciones y que lo tiene valor es la continua existencia del árbol y no sus hojitas caducas, es también utuilizada por Homero, o Marco Aurelio, o Schopenhauer. No es una idea estúpida, es la manera que tenemos de entender el sentido de la muerte del individuo. De lo contrario, desde un individualismo extremo, la muerte es una gran tragedia insuperable.

  4. “Ésa y no otra, es la razón por la que nos organizamos en sociedades”
    “Esta enfermedad es una enfermedad suave. Nos preocupamos de la sociedad, no de cada uno”.

    Sociedad es un concepto hobessiano, y …, curiosamente no existe tal cosa.
    No hay sociedad de individuos, no puede haber individuos aislados, todo individuo está vinculado a algo DESDE INCLUSO ANTES DE NACER. Por lo cual es pura falacia,…., un “constructo” irreal, pura ideología. No hay “ organizamos en sociedades” como triunfo de la voluntad, en el ser humano no hay otra forma, siempre ha vivido en grupos.

    Pre-ocuparse por el “in-dividuo” o “la sociedad” son en esencia dos caras de la misma moneda.

    Lo que parece claro es que estos in-dividuos no entienden la potencia de la función exponencial.
    Con una tasa de mortalidad de más del 3% (~0.2% gripe A, ) y una tasa de contagio casi el doble (entre 2 y 3, gripe 1.3) de la gripe la cosa no es broma. Más aún porque la foto lleva 2 semanas de retraso; lo exponencial es explosivo. Si bien la mortalidad se estima en 0.7% en países “avanzados” un colapso en el sistema sanitario puede provocar el repunte hasta un 3% o 4%.

    Y cabria mencionar que es el “in-dividuo” (es decir la parte no divisible de un grupo) quien por una parte multiplica el virus (la maquinaria celular multiplica el virus) y por otro lo combate.
    La mutación del virus depende de las características genéticas y el “biotopo humano” de la población.
    El virus, la piedra orgánica no muta, “la mutación” (error, adaptación, reorganización, …, o lo que sea) es cosa de las células y estas parte del individuo .

    Lo que esta gente hace cuando se refiere a “la sociedad” es referirse a “mis intereses”. Algo que se oye
    a menudo en la referencia a que las cuarentenas o el cierre de fronteras dañan la economía.
    Todo ello basado en los principios rectores del capitalismo (cosa y creación del Estado), que es la existencia de un flujo constante de renta. Esa correa de transmisión que soporta el Estado y su mercenariado es muy susceptible a un recorte en el flujo “circular” de la renta.
    Por lo cual, prefieren bailar con el diablo, antes que tomar medidas que dañen sus intereses (el eufemismo es “la sociedad” o “el individuo”).

    En el tema influyen muchas variables pero nunca y bajo ningún concepto se debería subestimar un desarrollo exponencial.

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